Manual de supervivencia para una boda Nadie
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Nadie

E l despacho quedó en silencio tras la última pregunta.

En aquel espacio abierto y luminoso, algo seguía latente, como una corriente bajo la superficie.

El accidente estaba claro.

La desaparición, no.

Maleco sostuvo la mirada unos segundos más, luego asintió despacio.

—Muy bien. Con lo que nos han contado, queda claro que fue un accidente —dijo finalmente—. No hay indicios de nada más.

El peso de la tensión comenzó a aflojarse, aunque no del todo. El inspector cerró su libreta, se colocó las gafas y se puso en pie. Kai hizo lo mismo.

—Lamento la interrupción de esta mañana —añadió Maleco con un tono más humano—. No era nuestra intención alterar la tranquilidad del resort.

Kai mantuvo la compostura, firme pero correcto.

—Solo quería evitar un espectáculo innecesario —respondió—. Gracias por entenderlo.

Se estrecharon la mano. El gesto fue breve, cordial, cargado de algo que ninguno verbalizó. Después, los agentes abandonaron el despacho y sus pasos se perdieron por el pasillo, alejándose poco a poco, como si con ellos se marchara una parte de la tensión… pero no toda.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a instalarse, distinto ahora. Más liviano, pero atravesado por una inquietud sutil.

Lucas fue el primero en romperlo. Se frotó las manos con una sonrisa que intentaba devolver la normalidad al ambiente.

—Y bien… —dijo, mirando a todos—. ¿Qué vamos a hacer hoy?

Andrea lo miró arqueando una ceja.

—¿Hoy? —repitió—. ¿Después de todo esto?

—¡Claro! —exclamó Lucas—. Mañana volamos de vuelta a Nueva York. No pienso irme sin exprimir este último día como se merece.

Sofía intercambió una mirada con Kai. Él sonrió de lado, esa sonrisa tranquila que siempre parecía colocar las cosas en su sitio.

—Creo que nos merecemos un día bonito —dijo Kai—. Sin interrogatorios. Sin accidentes. Solo… vivirlo.

Andrea asintió, apoyándose en el hombro de Lucas.

—Después de lo que acaba de pasar —añadió—, creo que nos lo hemos ganado.

Sofía respiró hondo. Fuera, el sol seguía brillando; el océano seguía allí, eterno, indiferente a los miedos humanos. La vida continuaba, obstinada, hermosa.

Pero mientras salían del despacho, algo quedó suspendido en el aire: la certeza de que el accidente estaba resuelto… y la incómoda pregunta de qué había sido de Liam después.

Porque no todos los silencios significan paz.

Algunos solo anuncian lo que aún está por llegar.

Salieron del despacho todavía con la tensión reciente flotando en el aire, como un eco que se resistía a desaparecer. Fue Andrea quien la rompió primero, llevándose una mano al estómago con un gesto dramático.

—Lucas, me parece fenomenal que quieras exprimir el día al máximo —dijo, mirándolo de reojo—, pero yo todavía no he desayunado. Ni tú. Ni Kai.

Lucas abrió la boca para protestar… y la cerró de inmediato, como si acabara de darse cuenta de algo evidente.

—Vale. Es cierto. Detalles —admitió, encogiéndose de hombros.

Entonces levantó la vista hacia Kai, con una media sonrisa pícara.

—Verás, Kai… como todavía me toca dormir en tu sofá…

Sofía no pudo evitar reírse. Se apoyó ligeramente en Kai, divertida, mientras él le dedicaba una mirada cómplice. Ella sí había desayunado. Y bien. Kai se había asegurado de ello con una dedicación que no había pasado desapercibida para nadie.

—No miréis así —dijo Sofía entre risas—. Prometo no restregarlo demasiado.

Kai negó con la cabeza, fingiendo resignación, y juntos regresaron al bufé.

Esta vez, el ambiente era distinto. La curiosidad tensa de antes se había diluido, sustituida por el murmullo habitual del resort: conversaciones suaves, risas dispersas, el tintinear de la vajilla.

El aire estaba impregnado del aroma del pan recién horneado, de la fruta cortada brillando bajo la luz, del zumo natural recién exprimido.

Todo parecía haber vuelto a su sitio, como si la mañana hubiera decidido concederles una tregua.

Desayunaron sin prisas. Entre bocados compartidos, bromas ligeras y algún comentario sobre la noche anterior, el día se fue desplegando ante ellos con una promesa clara: disfrutarlo, sin más.

Cuando terminaron, Kai se levantó despacio. Una sonrisa misteriosa le cruzó el rostro.

—Bien —dijo, mirándolos a todos—. Hora de cumplir mi promesa.

Andrea y Lucas se miraron entre ellos y levantaron una mano casi al mismo tiempo.

—Antes de eso… —empezó Andrea— tenemos que localizar a la familia. Avisarles de que hoy no estaremos en el resort.

—Y subir a cambiarnos —añadió Lucas—. Porque si esto es una «aventura», yo no pienso ir vestido como para una siesta.

Sofía asintió y miró a Kai.

—Yo también tengo que subir. Preparar una bolsa… cambiarme las chanclas, coger una toalla, crema solar, las gafas de sol…

Kai sonrió, ya anticipándose al plan.

Quedaron en verse todos en el hall del resort, junto a la recepción.

Andrea se cambió sin prisas, eligiendo un vestido que hablaba por sí solo: un escote en V profundo, con una pequeña abertura en forma de lágrima en el centro, tirantes anchos y un corte recto que caía con elegancia hasta media pierna.

El tejido ligero, en un tono burdeos intenso, resaltaba su piel y se movía con gracia a cada paso.

Se miró al espejo, satisfecha, y tomó aire antes de salir.

Lucas, por su parte, optó por algo completamente distinto —y muy él—: un pantalón de lino blanco, fresco, y una camisa hawaiana imposible de ignorar.

Sobre el fondo verde se desplegaban hojas de palmera en colores vivos: fucsia, amarillo, naranja…

una explosión tropical que parecía hecha a medida de su entusiasmo.

Se miró al espejo, levantó el mentón con orgullo.

—Perfecto —murmuró—. Que Hawái se prepare.

Con todo listo, cada uno tomó su camino hacia el punto de encuentro, sin saber aún qué sorpresa les tenía preparada Kai… pero con la certeza de que el día no iba a pasar desapercibido.

El hall del resort respiraba Navidad sin perder su alma tropical.

Guirnaldas de hojas de palma trenzadas con luces cálidas recorrían las columnas de madera; pequeñas estrellas doradas colgaban entre las plantas y, en un rincón, un árbol decorado con piñas, conchas marinas y bolas rojas brillaba discretamente bajo la luz natural que entraba a raudales por los ventanales.

Todo olía a mezcla de flores frescas, café recién hecho y ese algo indefinible que tienen los lugares felices.

Andrea y Lucas ya esperaban junto a la recepción. Andrea sostenía una pequeña bolsa de tela, ligera, casi simbólica. Lucas llevaba lo justo colgado del hombro, con la cámara preparada, como si el día pudiera escaparse si no estaba listo para capturarlo.

Fue entonces cuando los vieron llegar.

Sofía apareció primero, caminando con calma, seguida muy de cerca por Kai. Pero lo que realmente captó la atención fue la bolsa que Kai llevaba colgada del hombro: grande, abultada, llena hasta arriba. Parecía más propia de alguien que se marcha una semana que de una excursión de unas horas.

Andrea se llevó la mano a la boca, abriendo los ojos con teatral incredulidad.

—Madre mía… —murmuró—. No quiero pensar cómo será esto cuando llegue el bebé.

Lucas tardó exactamente medio segundo en romper a reír. Señaló primero la bolsa de Sofía y luego la suya, que parecía ridículamente pequeña en comparación.

—¿Pero tú te vas de excursión… o de mudanza? —bromeó—. Porque, a este paso, vais a necesitar a Mary Poppins y a la señora Doubtfire juntas.

Andrea soltó una carcajada inmediata, negando con la cabeza.

—Tal cual. Una con el bolso infinito y la otra para poner orden en el caos.

Sofía los miró fingiendo ofensa, aunque la risa se le escapaba por los ojos.

—Oye, soy una mujer previsiva —se defendió—. Toallas, crema, zapatillas, gafas de sol… y, por si acaso, condones.

Hubo una décima de segundo de silencio.

Exactamente una.

Andrea se quedó rígida. Los ojos se le abrieron como platos, el color se le fue del rostro y, de pronto, reaccionó llevándose la mano al pecho, como si Sofía acabara de lanzar una granada verbal en mitad del hall.

—¡Hija de puta! —exclamó en un susurro alarmado, mirándola con pánico puro.

Lucas, ajeno al terremoto interno que acababa de provocarse, soltó una carcajada despreocupada.

—¡Ves! —dijo—. Eso es pensar en todo. Siempre he dicho que Sofía es la más sensata del grupo.

Andrea tragó saliva. Durante un instante, de verdad creyó que se le iba a escapar toda la verdad: las pastillas, la tregua estratégica, el «todavía no», el «más adelante».

Todo eso que llevaba meses administrando con paciencia quirúrgica frente a un marido que adoraba a los niños casi tanto como ella, pero que, de momento, tendría que esperar porque, en el fondo, Andrea aún necesitaba tiempo.

No era falta de amor ni de ilusión. Amaba a Lucas con una certeza limpia, y habían hablado muchas veces de niños, de buscarlos después de la boda, de formar una familia.

A él le encantaban; siempre lo había hecho.

Tenía esa forma natural de conectar con los pequeños, como si aún conservara algo intacto de la infancia.

Pero ella no se sentía preparada.

Todavía no.

No se veía madre aún, no se reconocía en ese lugar al que la vida parecía querer empujarla tan deprisa.

Necesitaba respirar, asentarse, disfrutar de lo que acababan de construir sin sentir que el siguiente paso era inmediato e irreversible.

Por eso había decidido esperar un poco más.

Por eso seguía tomando las pastillas anticonceptivas. Y por eso no se lo había dicho a Lucas.

No era una mentira nacida del engaño, sino del miedo a herir, del deseo de ganar tiempo sin romper nada.

Un « todavía no » silencioso, guardado con cuidado, confiando en que, cuando llegara el momento, sabría cómo decirlo.

Y Sofía lo sabía.

Sofía la miró entonces. Solo un segundo. Pero fue suficiente.

Una mirada cómplice, afilada, cargada de intención.

«Tranquila, no he dicho nada. Te cubro».

Andrea exhaló por fin, cerró los ojos un instante y negó con la cabeza, llevándose una mano a la frente.