El silencio que vino después #5
Atravesaron los senderos de piedra que conducían a la zona administrativa. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa marina, como si el mundo insistiera en seguir siendo hermoso incluso en medio de la incertidumbre.
Kai abrió la puerta de su despacho y los hizo pasar.
El despacho se desplegó ante ellos amplio y luminoso, con una calma casi solemne.
Grandes ventanales ocupaban una de las paredes, abiertos al jardín tropical y al mar que se extendía más allá, infinito, azul, respirando con un vaivén constante que parecía entrar en la estancia.
La luz natural bañaba el lugar, reflejándose sobre la madera clara del suelo.
Las paredes estaban decoradas con cuadros de gran formato: tablas de surf apoyadas en la arena, siluetas deslizándose sobre olas gigantes, cuerpos en equilibrio perfecto contra el horizonte.
No había ostentación, sino identidad. Aquello no era el despacho de un empresario distante, sino el refugio de alguien profundamente unido a la isla.
La mesa de Kai era amplia, de madera sólida, pulida por el uso.
Sobre ella, apenas lo esencial: algunos documentos ordenados, un portátil y una pequeña figura tallada en madera que parecía representar una ola.
Detrás, un sillón grande y cómodo, de líneas sencillas.
Frente a la mesa, dos sillones de cuero marrón oscuro, gastados lo justo para resultar acogedores, invitando más a conversar que a ser interrogado.
Kai cerró la puerta con suavidad, como si incluso el sonido pudiera resultar excesivo en aquel momento.
Luego rodeó la mesa y, sin decir nada, apartó una de las sillas con cuidado para Sofía.
No fue un gesto grande ni teatral, pero tampoco pasó desapercibido.
La ayudó a sentarse con una atención delicada. Casi reverente.
—Es la más cómoda —le susurró en voz muy baja, inclinándose apenas hacia ella.
Antes de que nadie hablara, levantó la mirada hacia el inspector Maleco.
Su expresión seguía siendo educada, pero había en sus ojos una firmeza innegociable.
—Quiero que lo sepa —añadió con voz serena, pero contundente—. Mi prometida está embarazada. No quiero preguntas ni comentarios que puedan alterarla.
Maleco asintió despacio, con seriedad.
—Lo entiendo.
Sin esperar respuesta, Kai se giró hacia el teléfono del escritorio. Marcó una extensión con la misma naturalidad con la que alguien pide agua.
—Por favor, ¿podrían traer a mi despacho una bandeja con fruta fresca, zumo natural de naranja y un par de tostadas? —pidió—. Gracias.
Colgó despacio y volvió junto a Sofía, apoyando brevemente la mano en el respaldo de su silla, como un ancla silenciosa. Se habían ido del bufé sin tocar el desayuno, y él no iba a permitir que pasara ni un minuto más con hambre. No en su estado. No hoy.
Andrea y Lucas tomaron asiento también. El despacho quedó envuelto en una quietud expectante, interrumpida solo por el rumor lejano del mar colándose por los ventanales.
Allí, lejos del bufé, de las miradas y del ruido, la historia podía contarse con calma.
La declaración fue clara, casi dolorosamente sencilla.
Andrea respiró hondo antes de empezar. No hablaba deprisa; eligió cada palabra como si al hacerlo pudiera volver a ordenar aquella noche.
—Liam estaba muy bebido —dijo al fin—. Buscaba a Kai.
Maleco levantó la vista de la libreta.
—¿Con qué intención?
—Confrontarlo —respondió Andrea sin dudar—. Estaba alterado, celoso, fuera de sí. Lo vi recorrer el pasillo con pasos torcidos; parecía que necesitara saldar algo que llevaba dentro.
Sofía apretó las manos sobre su regazo. Kai permanecía a su lado, inmóvil.
—Cuando lo encontró —continuó Andrea—, empezó a provocarlo. Al principio solo eran palabras, pero Liam apenas podía sostenerse. Tenía la mirada perdida, la voz espesa, el cuerpo sin equilibrio.
Andrea cerró un instante los ojos, reviviendo la escena.
—De repente, se lanzó contra Kai y le dio un puñetazo en la cara. Fue rápido, brusco. Kai no lo esperaba.
Kai, desde el sillón, asintió en silencio.
—Mi reacción fue sujetarlo —añadió—. Solo eso. Intenté separarlo de mí, crear distancia.
Andrea retomó la palabra.
—Liam dio un mal paso. Tropezó. La ventana estaba abierta. No fue un empujón; fue el movimiento de su propio cuerpo, sin control.
El despacho pareció encogerse.
—Todo ocurrió muy deprisa. Liam perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, por el balcón.
Sofía tragó saliva.
—No hubo intención —añadió con la voz baja—. Nadie lo empujó. Fue el alcohol, un accidente, un mal paso. Todo junto.
Andrea asintió con firmeza.
—La ambulancia llegó enseguida. Se lo llevaron consciente, aunque muy malherido. Más tarde supimos que sobrevivió a la caída.
Maleco escribió sin interrumpir.
—Al día siguiente —continuó Andrea—, Liam asistió a la boda como invitado. Iba en silla de ruedas, completamente escayolado. Estaba vivo. Presente.
Kai añadió:
—Después de la celebración… nadie ha vuelto a verlo.
El inspector levantó la mirada.
—¿Nadie?
—Nadie.
El silencio que siguió no fue de alivio, sino de inquietud.
Capítulo 18