El silencio que vino después #4
—¿Cómo no le va a gustar? —respondió, llevándose su mano al pecho—. Es un regalo enorme, pero sobre todo es muy tú. Andrea va a alucinar.
Sofía se dejó llevar de nuevo por el paso de ambos, aliviada, como si se hubiera quitado un peso invisible de encima.
Delante de ellos, entre palmeras y luz dorada, el resort se abría lleno de voces, risas y movimiento.
Guirnaldas doradas colgaban de los troncos de las palmeras; la decoración navideña brillaba con una delicadeza tropical.
El día los esperaba allí, vivo, generoso, como si aún tuviera muchas sorpresas reservadas para ellos.
Kai caminaba a su lado, sereno, pero con esa atención constante que tenía hacia ella, como si incluso en medio del bullicio su mundo siguiera siendo Sofía.
Entonces, casi como quien menciona algo sin importancia, comentó:
—Ah… por cierto.
Sofía giró el rostro hacia él.
Kai la miró de reojo, con esa calma suya, y dijo:
—Ha quedado una suite libre. He mandado cambiar tus cosas de habitación… a la suite.
Las palabras tardaron un segundo en asentarse.
Sofía se detuvo en seco.
—¿Una… suite?
Su voz sonó como si acabara de escuchar algo imposible.
Kai asintió, como si estuviera hablando del tiempo.
—He pensado que allí estarías más cómoda.
Sofía se llevó ambas manos a la boca, los ojos abiertos, brillantes, como una niña a la que le acaban de decir que el mar es suyo.
—Kai… no me lo puedo creer.
Él la observó, divertido.
—¿Qué?
—¡Una suite! —repitió, como si al decirlo en voz alta pudiera comprobar que era real—. Yo… yo nunca he estado en una suite.
Kai arqueó apenas una ceja.
—¿Nunca?
Sofía negó con la cabeza, todavía incrédula.
—No sé ni cómo es una suite. En mi cabeza, las suites son cosas de películas… de gente importante… de champán y batas blancas. Vamos, como Pretty Woman .
Kai soltó una carcajada.
—No sé qué es Pretty Woman.
—Bueno… entonces te va a gustar.
Sofía lo miró, todavía con las manos cerca del rostro, como si no supiera si reír o llorar.
—Pero… ¿por qué haces esto?
Kai se detuvo un instante, inclinándose apenas hacia ella, como si el resto del mundo pudiera esperar.
Su sonrisa se volvió más cálida.
—Porque te amo.
Una frase simple.
Pero dicha como un juramento.
Sofía sintió cómo algo dentro de ella se derretía.
Kai le ofreció el brazo con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo regalarle un pedazo de lujo y calma.
Abrió ligeramente la puerta del edificio principal, y una ola de aire cálido mezclada con música suave de ukelele los envolvió.
El lobby estaba vivo, lleno de turistas y trabajadores, con risas y conversaciones flotando en el aire.
A la derecha, el mostrador de recepción brillaba con decoraciones navideñas: luces doradas enredadas entre pequeños árboles de mesa, guirnaldas verdes adornadas con piñas y bolas rojas, y un aroma delicado a canela que parecía flotar sobre el mostrador.
A la izquierda, el bar del bufé mostraba recipientes altos con frutas tropicales, coronadas con trozos de piña y pequeños adornos navideños que daban un aire festivo sin resultar exagerados.
El bufé del resort despertaba despacio, envuelto en el murmullo alegre de la mañana.
Grandes ventanales abiertos dejaban entrar la brisa marina, cargada de sal y sol temprano, mientras el tintinear de los cubiertos y el aroma del café recién hecho llenaban el espacio.
Andrea y Lucas ya estaban sentados en una de las mesas redondas, rodeados por sus padres y algunos familiares más.
Reían, hablaban a la vez, se interrumpían con anécdotas de la noche anterior, como si la celebración de la boda se hubiera negado a terminar del todo.
Los rayos de sol atravesaban los ventanales, iluminando los rostros emocionados y las mesas llenas de platos de fruta, tostadas y zumos recién exprimidos.
Cuando Sofía y Kai entraron cogidos de la mano, el ambiente seguía vibrando con esa felicidad despreocupada.
Cada uno tomó una bandeja. Kai se sirvió café, fruta y pan tostado; Sofía eligió fruta fresca y un zumo natural de naranja, frío y brillante.
Caminaron juntos hacia la mesa. Hubo saludos, besos en las mejillas, bromas suaves.
Sofía sonrió al sentarse; por un instante, todo parecía exactamente donde debía estar. La vida continuando, amable, generosa.
Entonces, el sonido cambió.
Unas botas firmes y decididas resonaron sobre el suelo de madera, rompiendo el ritmo ligero del desayuno.
El murmullo se fue apagando poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del lugar.
Varias cabezas se giraron al unísono cuando los agentes de policía cruzaron el bufé con paso seguro, avanzando directamente hacia aquella mesa.
El contraste fue brutal.
Los huéspedes observaron en silencio. Las risas se congelaron.
Sofía y Andrea intercambiaron una mirada inmediata, cargada de todo aquello que no se había dicho aún.
No habían declarado. No habían testificado sobre lo ocurrido con Liam.
Sobre aquella caída desde el balcón que casi le cuesta la vida.
La alegría se resquebrajó en el aire.
Las bandejas quedaron olvidadas sobre la mesa, el zumo intacto, el café sin tocar. Nadie hablaba. Incluso la brisa marina, que hasta hacía un segundo se colaba ligeramente por los ventanales, pareció detenerse, como si el propio océano contuviera la respiración.
Los agentes avanzaron directamente hacia su mesa.
Kai cerró suavemente los dedos alrededor de la mano de Sofía, un gesto silencioso, protector.
En medio de aquel desayuno que prometía normalidad, la incertidumbre se sentó con ellos, pesada, inevitable.
Y todos comprendieron, sin que nadie tuviera que decirlo, que la celebración había terminado de verdad.
—Señor Lani —dijo uno de los agentes.
Kai se levantó despacio. El leve roce de su silla contra el suelo de madera pareció amplificarse en medio del silencio que había caído sobre el bufé.
—Sí.
—Necesitamos que nos acompañe junto con las dos testigos del accidente.
El silencio fue absoluto.
Kai dio un paso al frente, con calma, pero con una autoridad que no necesitaba alzar la voz.
—No —respondió—. Van a ser ustedes quienes me acompañen a mí. Este es mi resort. Quedé con usted, inspector, en que las testigos declararían sin necesidad de montar ningún espectáculo.
El inspector Maleco sostuvo la mirada unos segundos antes de asentir.
—De acuerdo.
Kai se volvió hacia Sofía y, con un gesto firme, pero delicado, le ofreció la mano. Ella la tomó sin dudar. Kai la ayudó a levantarse con cuidado, protegiéndola casi de forma instintiva, y luego buscó a Andrea con la mirada.
—Venid conmigo —dijo en voz baja, pero con una autoridad tranquila que no admitía réplica.
Andrea asintió de inmediato. Lucas no lo pensó ni un segundo: se colocó a su lado, como si aquel fuera el lugar que le correspondía. Los cuatro comenzaron a caminar, seguidos por el inspector Maleco y el otro agente.
Al cruzar el bufé, el murmullo regresó poco a poco, pero ya no era el mismo.
Las conversaciones se interrumpían a su paso.
Algunos huéspedes los observaban con abierta curiosidad; otros bajaban la mirada, incómodos.
Las bandejas quedaron olvidadas sobre la mesa; el aroma del pan recién horneado y del café seguían flotando en el aire, pero nadie parecía prestarle atención.
Entre los empleados, las miradas se dividían.
Había quienes sabían perfectamente quién era Kai: el dueño del resort, el hombre que había elegido caminar siempre al mismo nivel que ellos.
En sus ojos había respeto, preocupación, una tensión silenciosa.
Otros, en cambio, solo veían a un compañero más guiando a la policía por el corazón del resort, sin imaginar la magnitud real de su presencia.
Sofía percibía todo sin mirar directamente a nadie.
Sentía la mano de Kai firme entre la suya, anclándola, recordándole que no estaba sola.
Andrea caminaba erguida, decidida. Lucas, en cambio, mantenía una seriedad poco habitual en él; el ceño levemente fruncido, los labios apretados.
Aun así, no pudo evitar deslizar las manos dentro de los bolsillos del pantalón, tanteando con disimulo, como si comprobara si llevaba algún paquete de clínex…
por lo que pudiera pasar. No encontró nada, pero el gesto le sirvió para tomar aire y recomponerse.
Sofía lo observó de reojo y, al captar aquel gesto tan propio de él, le dedicó una mirada cómplice, cargada de ternura, y una sonrisa apenas insinuada, de esas que solo nacen entre quienes se conocen de verdad.