Manual de supervivencia para una boda El silencio que vino después #3
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El silencio que vino después #3

De fondo, el sonido del mar: un eco lejano que parecía mantenerlos dentro de una burbuja donde el mundo real quedaba fuera.

Sus cuerpos estaban empapados de agua, de sudor, de deseo, pero en el abrazo en el que se convirtieron, nada de eso importaba.

Eran dos formas vibrando en una frecuencia exacta, en perfecta sincronía.

Kai murmuró contra su mejilla:

—No me sueltes.

Sofía entrelazó sus dedos con los de él y, sin responder con palabras, abrió la palma para que el pulso de ambos se confundiera en uno solo.

La luz de la mañana entraba tamizada por las cortinas claras, envolviendo la habitación en un resplandor cálido, casi dorado. El aire aún conservaba la calma de las primeras horas, esa quietud que solo existe antes de que el día empiece de verdad.

Kai fue el primero en vestirse.

Se puso una camiseta blanca de manga corta, ligera, con un escote en V abierto por cordones, dejando al descubierto parte de su pecho bronceado.

El colgante descansaba sobre su piel, atrapando la luz cada vez que se movía.

Completó el conjunto con un pantalón azul marino, de tono profundo y sereno como el océano al amanecer, de corte recto y cómodo, y unas deportivas blancas Hermès, limpias, sobrias, elegantes sin esfuerzo.

Se giró entonces.

Sofía estaba terminando de vestirse.

Llevaba un vestido de lino color marfil, largo, de tirantes finos y escote recto, sencillo a primera vista, pero lleno de intención.

Las aberturas geométricas en la zona del abdomen le daban un aire moderno y delicadamente sensual, sin resultar excesivo.

El tejido caía recto y fluido hasta los tobillos, y una abertura lateral alta en la falda permitía que el vestido se moviera con ella, acompañando cada paso, cada gesto.

Completaba el conjunto con unas sandalias blancas.

Kai la recorrió con la mirada de arriba abajo, sin disimulo.

Sofía no había elegido ese vestido para impresionar a nadie, pero sabía el efecto que causaría en él. Solo quería sentirse bien, ligera, libre. Empezar el día sin prisa, sin expectativas, simplemente siendo ella.

Con un gesto despreocupado, se recogió el cabello en un moño improvisado, dejando mechones sueltos alrededor del rostro. Ese descuido calculado la hacía aún más hermosa.

Kai se acercó por detrás.

No dijo nada. Solo apoyó las manos suavemente sobre sus costados durante un segundo, como si quisiera memorizarla así. Sofía levantó la mirada en el espejo y sus ojos se encontraron.

Antes de salir, Kai se detuvo.

Deslizó la mano con cuidado sobre su vientre, en un gesto protector, íntimo, casi reverente, y luego la atrajo hacia él. El beso que le dio fue lento, profundo, cargado de promesas silenciosas.

Kai se inclinó hacia ella, con esa media sonrisa peligrosa que siempre la desarmaba.

—¿Y si hoy no salimos de la habitación? —murmuró, rozándole el oído—. Porque estoy a un paso de volver a desnudarte despacio… y no dejarte salir en todo el día.

Sofía lo miró y volvió a posar la mano sobre su vientre.

—No tardes mucho en llevarnos a desayunar —dijo con fingida solemnidad.

En ese momento, un suave gorgoteo desde su vientre rompió el silencio.

Ambos se miraron un segundo… y estallaron en risas.

Kai negó con la cabeza, divertido, y abrió la puerta de la cabaña, haciéndose a un lado para dejarla pasar primero, como si aquel gesto sencillo fuera una costumbre antigua entre ellos.

El pasillo exterior estaba bañado por la luz de la mañana cuando, casi al mismo tiempo, la puerta de la cabaña contigua se abrió. De ella salió un empleado del resort, todavía medio adormilado, ajustándose la camiseta del uniforme.

Era el mismo chico con el que Sofía se había topado aquella vez, cuando había llamado a la puerta equivocada creyendo que era la habitación de Kai.

El muchacho alzó la vista… y se quedó inmóvil al verlos juntos.

Sus ojos pasaron de Sofía a Kai y se detuvieron un segundo de más en él. Frunció el ceño, ladeó la cabeza y, con un gesto cómplice, se acercó un poco.

—Eh… —murmuró, bajando la voz—. Ojo con lo que haces, tío. Aquí no se mezclan los empleados con los huéspedes. No vaya a ser que te pillen y te metas en un lío.

Kai se quedó muy serio durante exactamente medio segundo.

Sofía fue la primera en reaccionar. Se llevó la mano a la boca y soltó una carcajada limpia, incapaz de contenerse. Kai la miró… y acabó riendo también, sacudiendo la cabeza.

—Gracias por la advertencia, amigo —dijo Kai, con absoluta naturalidad—. Tendré cuidado.

El chico asintió, convencido de haber cumplido con su deber, y siguió su camino sin sospechar nada.

Cuando desapareció por el sendero, Sofía se apoyó en Kai, todavía riendo.

—Me encanta que nadie sepa quién eres —susurró, aun con una sonrisa—. Es como vivir con un secreto.

Kai rodeó su cintura con el brazo y le besó la sien con un gesto tranquilo, casi cotidiano.

—Bueno… algunos empleados sí lo saben —admitió—. Los que son del pueblo. Allí todos me conocen desde siempre. Pero los que son de fuera no tienen ni idea de que soy el dueño.

Se encogió ligeramente de hombros, sin darle importancia, mientras seguían caminando.

—Y los que lo saben… no hablan de ello. Nunca lo han hecho. Supongo que me respetan por eso.

Sofía levantó la vista hacia él, atenta.

—Siempre he querido vivir así —continuó Kai, con la voz serena—. Como un empleado más. No quiero que me traten por lo que soy… sino por cómo soy.

Apretó un poco más el brazo alrededor de ella, firme, protector.

—Lo otro no me define.

Sofía apoyó la cabeza en su hombro, comprendiendo que, en el fondo, esa sencillez era una de las cosas que más lo hacían único.

El calor tropical empezaba a notarse, acariciando sus pieles mientras el murmullo constante del mar acompañaba sus pasos.

La brisa salada revolvía suavemente el cabello de Sofía y acariciaba la curva de su vientre, haciendo que Kai sonriera al sentirla tan cercana, tan suya.

Avanzaban por el sendero de madera que serpenteaba entre palmeras e hibiscos en flor; el aroma dulce de las flores se mezclaba con la fragancia del océano y el susurro de los pájaros tropicales.

—¿Y cuándo sale el vuelo de Andrea y Lucas? —preguntó Kai, mirando de reojo a Sofía. Su voz era ligera, pero curiosa, como si quisiera alargar el paseo sin prisas.

—Creo que mañana por la mañana temprano —respondió Sofía, girando la cabeza para encontrar sus ojos con los de él, con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Kai apretó suavemente su mano.

—Entonces podemos aprovechar el día de hoy con ellos —dijo, dejando que la voz sonara despreocupada, aunque sus ojos mostraban la alegría de tenerla allí, a su lado.

Sofía arqueó una ceja, divertida.

—¿Qué tienes pensado? —preguntó, con un hilo de picardía.

—Improvisaremos —respondió él, encogiéndose de hombros, con esa calma que parecía envolverla y darle seguridad incluso en lo inesperado.

Avanzaron entre el sendero y la vegetación.

Las palmeras del resort se alzaban como guardianes silenciosos, y el edificio principal empezó a asomarse a lo lejos, su fachada marfil y madera resplandeciendo bajo el sol, con cascadas cayendo sobre los estanques y luces navideñas colgando de las palmeras, que parpadeaban como diminutas estrellas.

Kai apretó un poco más la mano de Sofía y bajó la voz, íntimo:

—Y tú… ¿tienes claro que quieres quedarte aquí, en Hawái, conmigo?

—su mirada se fijó en ella, buscando sinceridad, seguridad, mientras el viento jugaba con los mechones de su cabello—.

¿No te gustaría que fuéramos a visitar a tus padres primero?

Darles la noticia de que nos vamos a casar, de que vamos a tener un bebé, de que vas a quedarte aquí conmigo…

Sofía sonrió, dejando que el viento y el sol la acariciaran, sintiendo que cada palabra de él era un puente hacia un futuro que hasta hacía poco solo podía imaginar.

—Sí —susurró—. Quiero quedarme contigo, aquí.

Su sonrisa se ensanchó mientras se acercaban al resort, sintiendo que cada paso los acercaba no solo a sus amigos y familiares, sino a la vida que juntos comenzaban a construir.

Caminaban despacio por los senderos de piedra que serpenteaban entre la vegetación del resort, aún húmeda por el rocío de la mañana.

Pequeñas piñas decorativas con diminutos gorros de Papá Noel asomaban entre los arbustos, como guiños festivos escondidos a propósito para quien supiera mirar.

Todo tenía un aire cálido, casi mágico, como si el lugar celebrara algo más que la Navidad.

El aroma dulce de flores tropicales se mezclaba con el de café recién hecho y pan horneado que llegaba desde el bufé, envolviéndolos en una sensación de hogar improvisado.

Sofía apretó la mano de Kai con un gesto instintivo, sintiendo que cada paso los acercaba al corazón palpitante del resort, a ese punto donde la vida se cruzaba, donde las risas, las historias y los reencuentros parecían estar esperándolos.

—He estado pensando… —dijo ella de pronto, rompiendo el silencio cómodo—. Cuando hable con mis padres y les cuente todo, quiero pedirles que me manden mis cosas. Mis libros, mi ropa, mis cosas de Nueva York.

Kai giró ligeramente la cabeza hacia ella, atento.

—Todos tus recuerdos tienen que estar contigo —respondió con naturalidad, como si nunca hubiera existido otra opción.

Sofía respiró hondo y añadió, bajando un poco la voz, casi como si confesara un secreto:

—Y también está mi coche. Tengo un Mini azul… Las llaves las quiero llevar conmigo para dárselas a Andrea cuando nos despidamos en el aeropuerto. No le he regalado nada por la boda y… —hizo un gesto con los hombros— me sentía fatal por eso.

Kai se detuvo un instante, obligándola a mirarlo.

—¿Un Mini azul? —repitió, sorprendido primero, divertido después—. Sofía, eso no es “ no regalar nada ”.

Ella soltó una pequeña risa, esta vez más libre, más tranquila.

—¿Crees que le gustará? —preguntó, todavía con esa duda dulce que la acompañaba.

Kai no dudó ni un segundo.