Manual de supervivencia para una boda El silencio que vino después #2
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El silencio que vino después #2

Comenzaron a moverse con la pausa calculada de quien siente que posee el mundo entero.

Cada embestida sacudía las sábanas aún húmedas; cada retirada era un vacío breve que se disipaba al volver a llenarla.

Sofía controló el ritmo al principio: subía hasta el borde y descendía, rodeándolo, apretando los músculos internos hasta que Kai pronunció su nombre con la voz quebrada.

Cuando él agarró sus caderas y tomó el control, el compás se volvió más profundo, más persistente. La habitación olía a sal, a deseo, a sexo reciente.

Sofía apoyó una mano en el muslo de él y con la otra buscó el clítoris; lo tocó mientras él la penetraba, y un estallido recorrió su columna.

Sus gemidos se hicieron más altos, más continuos.

Kai, percibiéndola cerca del clímax, deslizó la mano hasta su vientre, cubrió la suya y guio la presión, marcando el ritmo.

El orgasmo de Sofía fue una onda larga y dilatada. Se inclinó hacia delante, lo apretó con la pared interna en espasmos dulces que lo succionaban. Kai no pudo contenerse más: levantó las caderas y la penetró hasta el fondo una última vez, soltando un gruñido grave mientras llegaba al éxtasis.

Permanecieron unidos, temblando, la respiración descompuesta.

Sofía se dejó caer de costado sin separarse del todo; Kai la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho jadeante. El cabello húmedo de ella cayó sobre el antebrazo de él, y la luz de la habitación proyectaba sombras danzantes en la pared, plegándose al compás residual de sus respiraciones.

Sofía giró la cabeza, encontró su boca y se fundieron en un beso lento, posterior al clímax, cargado de calma.

De fondo, el sonido del mar: un eco lejano que parecía mantenerlos dentro de una burbuja donde el mundo real quedaba fuera.

Sus cuerpos estaban empapados de agua, de sudor, de deseo, pero en el abrazo en el que se convirtieron, nada de eso importaba.

Eran dos formas vibrando en una frecuencia exacta, en perfecta sincronía.

Kai murmuró contra su mejilla:

—No me sueltes.

Sofía entrelazó sus dedos con los de él y, sin responder con palabras, abrió la palma para que el pulso de ambos se confundiera en uno solo.

La luz de la mañana entraba tamizada por las cortinas claras, envolviendo la habitación en un resplandor cálido, casi dorado. El aire aún conservaba la calma de las primeras horas, esa quietud que solo existe antes de que el día empiece de verdad.

Kai fue el primero en vestirse.

Se puso una camiseta blanca de manga corta, ligera, con un escote en V abierto por cordones, dejando al descubierto parte de su pecho bronceado.

El colgante descansaba sobre su piel, atrapando la luz cada vez que se movía.

Completó el conjunto con un pantalón azul marino, de tono profundo y sereno como el océano al amanecer, de corte recto y cómodo, y unas deportivas blancas Hermès, limpias, sobrias, elegantes sin esfuerzo.

Se giró entonces.

Sofía estaba terminando de vestirse.

Llevaba un vestido de lino color marfil, largo, de tirantes finos y escote recto, sencillo a primera vista, pero lleno de intención.

Las aberturas geométricas en la zona del abdomen le daban un aire moderno y delicadamente sensual, sin resultar excesivo.

El tejido caía recto y fluido hasta los tobillos, y una abertura lateral alta en la falda permitía que el vestido se moviera con ella, acompañando cada paso, cada gesto.

Completaba el conjunto con unas sandalias blancas.

Kai la recorrió con la mirada de arriba abajo, sin disimulo.

Sofía no había elegido ese vestido para impresionar a nadie, pero sabía el efecto que causaría en él. Solo quería sentirse bien, ligera, libre. Empezar el día sin prisa, sin expectativas, simplemente siendo ella.

Con un gesto despreocupado, se recogió el cabello en un moño improvisado, dejando mechones sueltos alrededor del rostro. Ese descuido calculado la hacía aún más hermosa.

Kai se acercó por detrás.

No dijo nada. Solo apoyó las manos suavemente sobre sus costados durante un segundo, como si quisiera memorizarla así. Sofía levantó la mirada en el espejo y sus ojos se encontraron.

Antes de salir, Kai se detuvo.

Deslizó la mano con cuidado sobre su vientre, en un gesto protector, íntimo, casi reverente, y luego la atrajo hacia él. El beso que le dio fue lento, profundo, cargado de promesas silenciosas.

Kai se inclinó hacia ella, con esa media sonrisa peligrosa que siempre la desarmaba.

—¿Y si hoy no salimos de la habitación? —murmuró, rozándole el oído—. Porque estoy a un paso de volver a desnudarte despacio… y no dejarte salir en todo el día.

Sofía lo miró y volvió a posar la mano sobre su vientre.

—No tardes mucho en llevarnos a desayunar —dijo con fingida solemnidad.

En ese momento, un suave gorgoteo desde su vientre rompió el silencio.

Ambos se miraron un segundo… y estallaron en risa.

Kai negó con la cabeza, divertido, y abrió la puerta de la cabaña, haciéndose a un lado para dejarla pasar primero, como si aquel gesto sencillo fuera una costumbre antigua entre ellos.

El pasillo exterior estaba bañado por la luz de la mañana cuando, casi al mismo tiempo, la puerta de la cabaña contigua se abrió. De ella salió un empleado del resort, todavía medio adormilado, ajustándose la camiseta del uniforme.

Era el mismo chico con el que Sofía se había topado aquella vez, cuando había llamado a la puerta equivocada creyendo que era la habitación de Kai.

Ella le tomó la cara entre las manos y lo atrajo hacia arriba hasta su boca; esta vez el beso fue más profundo.

Su pene se apoyó contra el pubis de ella.

Sofía hizo un movimiento lentísimo de caderas, frotando la base de él contra la hendidura húmeda, sin permitir la penetración aún.

Ambos soltaron un gemido simultáneo. Kai bajó la frente hasta apoyarla en la de ella y respiraron al mismo ritmo: lento, hondo, como si quisieran desquitarse del tiempo perdido, de la tortura contenida en la espera.

Sofía, con una sonrisa que mezclaba deseo y desafío, empujó suavemente el pecho de él hasta que Kai se reclinó de espaldas sobre la cama.

Ella se arrodilló entre sus muslos y, sin perder el contacto visual, bajó la cabeza.

Su respiración acarició el tronco erecto; recorrió la vena principal de abajo arriba con la punta de la lengua, saboreando el ligero matiz salado de la piel limpia.

Kai jadeó, y sus dedos se enredaron en los mechones húmedos de Sofía.

Cuando ella tomó la cabeza entre sus labios y la succionó con una presión lenta y medida, su espalda se arqueó y soltó un gruñido bajo, casi animal.

Sofía no apresuró el ritmo; giró la lengua alrededor del borde del glande, lo recorrió en caminos húmedos, descendió hasta los testículos, que besó uno a uno antes de volver a subir.

Su boca era caliente, húmeda y deliberada; sus manos acariciaban los muslos de Kai con trazos hipnóticos.

Cuando Kai sintió que el placer se cernía demasiado cerca, la apartó con un tirón suave, la atrajo hacia arriba y la hizo girar con delicadeza, de modo que ella quedó sobre él, la espalda apoyada en su pecho.

Sus rodillas se flexionaron, abriéndose, y él introdujo la punta de los dedos en la hondura húmeda, probando la calidez que lo reclamaba.

Sofía tembló y emitió un gemido agudo.

Él la acarició lentamente, deslizando un dedo, luego dos, en un vaivén medido que se sincronizó con la respiración de ambos.

Su pulgar se detuvo en el clítoris y comenzó a trazar círculos apenas presionados; Sofía apoyó la nuca contra su hombro y empujó las caderas contra su mano, solicitando más profundidad.

Kai le susurró al oído, con la voz entrecortada:

—Quiero sentirte dentro de mí.

Sofía respondió con una contracción intensa de su sexo que casi lo hizo perder el control. Él retiró los dedos, se incorporó parcialmente, guio su pene hasta la entrada y descendió en ella con lentitud deliberada. Ambos contemplaron la desaparición gradual de su longitud en su interior.

El calor lo envolvió por completo.

Sofía dejó caer la cabeza hacia atrás, el cabello húmedo goteando sobre las caderas de él.

Comenzaron a moverse con la pausa calculada de quien siente que posee el mundo entero.

Cada embestida sacudía las sábanas aún húmedas; cada retirada era un vacío breve que se disipaba al volver a llenarla.

Sofía controló el ritmo al principio: subía hasta el borde y descendía, rodeándolo, apretando los músculos internos hasta que Kai pronunció su nombre con la voz quebrada.

Cuando él agarró sus caderas y tomó el control, el compás se volvió más profundo, más persistente. La habitación olía a sal, a deseo, a sexo reciente.

Sofía apoyó una mano en el muslo de él y con la otra buscó el clítoris; lo tocó mientras él la penetraba, y un estallido recorrió su columna.

Sus gemidos se hicieron más altos, más continuos.

Kai, percibiéndola cerca del clímax, deslizó la mano hasta su vientre, cubrió la suya y guio la presión, marcando el ritmo.

El orgasmo de Sofía fue una onda larga y dilatada. Se inclinó hacia delante, lo apretó con la pared interna en espasmos dulces que lo succionaban. Kai no pudo contenerse más: levantó las caderas y la penetró hasta el fondo una última vez, soltando un gruñido grave mientras llegaba al éxtasis.

Permanecieron unidos, temblando, la respiración descompuesta.

Sofía se dejó caer de costado sin separarse del todo; Kai la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho jadeante. El cabello húmedo de ella cayó sobre el antebrazo de él, y la luz de la habitación proyectaba sombras danzantes en la pared, plegándose al compás residual de sus respiraciones.

Sofía giró la cabeza, encontró su boca y se fundieron en un beso lento, posterior al clímax, cargado de calma.