Nadie #2
—Estás fatal —murmuró, ya más relajada, aunque aun con el corazón acelerado.
—Previsiva —corrigió Sofía, sonriendo de lado.
Kai observaba la escena con una sonrisa divertida, sin entender del todo la dinámica, pero captando perfectamente que allí había una conversación paralela, invisible, solo accesible para ellas dos. No preguntó. Intuía que algunas cosas no necesitan explicación.
Lucas, aun riendo, añadió:
—Desde luego, cuando llegue el bebé… esto va a ser nivel experto.
Andrea lo miró de reojo, con una sonrisa calculada.
—Cuando llegue —repitió.
Sofía sonrió orgullosa, como quien acaba de salvar una situación crítica sin que nadie más lo note.
Kai seguía observando la escena con una sonrisa tranquila, divertida, pero en silencio. No entendía muy bien la referencia, y su expresión lo delataba.
—¿Quiénes son Mary Poppins y la señora Doubtfire? —preguntó al final en voz baja, inclinándose ligeramente hacia Sofía.
Ella se rió aún más fuerte al escucharlo.
—Luego te lo explico, amor —susurró—. Es mejor que lo descubras poco a poco.
El ambiente se relajó entre risas, bromas y miradas cómplices. El hall, con su decoración navideña y su bullicio suave, parecía despedirlos con una promesa silenciosa: el día aún guardaba sorpresas.
Salieron del resort y el jeep ya los esperaba frente a la entrada principal, detenido bajo la sombra de las palmeras decoradas con discretas guirnaldas que aún recordaban que, aunque el sol brillara con fuerza, seguían en Navidad.
El motor estaba apagado, pero parecía impaciente, como si supiera que aquel día no iba a ser uno cualquiera.
Un empleado del resort se adelantó con una sonrisa respetuosa y le tendió las llaves a Kai.
—Que tengan un gran día —dijo.
Kai asintió agradecido y abrió la puerta del copiloto para que Sofía se acomodara; después rodeó el vehículo para subir.
Andrea y Lucas ocuparon los asientos traseros.
Lucas llevaba la cámara de fotos colgada al pecho, como si fuera una extensión más de su cuerpo; ya tenía el dedo preparado, atento, incapaz de perderse ningún instante.
—Por si acaso —murmuró, levantando la cámara—. Hoy percibo buenos recuerdos.
El jeep arrancó suavemente y abandonaron el resort mientras el edificio principal quedaba atrás, emergiendo entre la vegetación como un oasis marfil y madera.
La carretera se abrió ante ellos, estrecha al principio, serpenteando entre palmeras altas, hibiscos en flor y helechos que parecían inclinarse al paso del vehículo.
El sol de la mañana se filtraba entre las hojas, proyectando destellos dorados que entraban y salían por el parabrisas, como un juego de luces en movimiento. El aire cálido acariciaba la piel y traía consigo el olor salino del océano, mezclado con tierra húmeda y flores tropicales.
Sofía apoyó el codo en la ventanilla, dejando que la brisa le despeinara ligeramente el cabello. Sus dedos buscaron los de Kai y los entrelazaron con naturalidad.
—Me encanta este momento —dijo en voz baja—. Cuando el día aún no ha decidido del todo qué va a ser.
Kai sonrió sin apartar la vista de la carretera.
—Antes de que preguntéis —añadió Kai mientras conducía—, no es nada atrevido. Sofía manda ahora mismo —dijo, mirándola de reojo—. Nada de riesgos.
—Gracias —respondió ella, apretándole la mano.
Lucas suspiró exageradamente desde atrás.
—Mi espíritu aventurero llora un poco, pero lo aceptaré.
Lucas no dejaba de girarse de un lado a otro, capturando imágenes: una curva perfecta entre palmeras, un rayo de sol atravesando la espesura, Andrea riendo sin darse cuenta de que estaba siendo fotografiada.
La carretera empezó a abrirse un poco más, dejando ver el azul intenso del océano entre claros de vegetación. A lo lejos, las olas rompían contra la costa con una calma fascinante, marcando un ritmo constante, casi reconfortante.
El jeep avanzaba sin prisa, como si el tiempo se hubiera ajustado a ellos. No había urgencia. Solo la sensación compartida de estar viviendo algo que, sin saber por qué, sabían que recordarían siempre.
Kai echó un vistazo rápido al retrovisor, comprobando que todos estaban cómodos, y luego volvió a mirar al frente.
—Os prometí un día especial —dijo—. Pero aún no hemos llegado.
Sofía apretó su mano un poco más fuerte, con una sonrisa tranquila, mientras el jeep seguía avanzando entre luz, palmeras y promesas abiertas.
El jeep se detuvo en el Maui Ocean Center y, durante unos segundos, ninguno de ellos se movió.
El edificio se alzaba ante ellos, integrado en el paisaje, con líneas suaves, grandes cristaleras y tonos claros que parecían reflejar el propio océano.
A su alrededor, palmeras meciéndose lentamente, banderas ondeando con la brisa marina y el murmullo constante del mar como telón de fondo.
Kai bajó primero y rodeó el vehículo para ayudar a Sofía. Le ofreció la mano con un gesto natural, protector, y ella la tomó sonriendo. En cuanto sus pies tocaron el suelo, él pasó el brazo por su cintura, acercándola a su cuerpo como si separarse no fuera una opción posible.
—Bienvenida —le susurró—. Creo que te va a gustar.
Sofía levantó la vista, deslumbrada. El sol se reflejaba en los cristales del centro, creando destellos azules y plateados que parecían moverse como agua viva.
—Es precioso… —murmuró, apoyándose un segundo más en él de lo necesario.
Andrea y Lucas bajaron detrás. Lucas ya tenía la cámara en la mano, aunque antes de disparar se quedó quieto, observando a Sofía y Kai con una sonrisa involuntaria.
—Míralos —susurró Andrea—. Si se separan más de veinte centímetros, ni se reconocen.
Andrea rió suavemente, con esa ternura tranquila que solo aparece cuando ve a alguien a quien quiere profundamente habitar la felicidad sin miedo. No dijo nada más. No hizo falta. Solo seguía observándolos tan cerca el uno del otro que parecía que el mundo se hubiera organizado a su alrededor.
Antes de entrar al Maui Ocean Center se alzaba la enorme estatua de una ballena, majestuosa, detenida en un salto eterno, como si emergiera del suelo para volver al océano. Su silueta azulada brillaba bajo el sol, y el murmullo de los visitantes se mezclaba con el sonido lejano del mar.
Lucas fue el primero en detenerse en seco.
—Eh, eh, esperad —dijo, ya colgándose la cámara del cuello con gesto decidido—. Esto hay que inmortalizarlo.
Colocó a Sofía y a Kai frente a la ballena.
Kai rodeó la cintura de Sofía con naturalidad, la atrajo hacia sí con ese gesto protector que ya le nacía sin pensarlo.
Sofía apoyó una mano en su pecho; la otra descansaba instintivamente sobre su vientre.
Levantó la mirada hacia él justo cuando Lucas disparó la cámara.
El clic capturó algo más que una imagen: capturó una calma compartida, una promesa silenciosa.
—Ahora vosotros —ordenó Lucas, entregándole la cámara a Sofía.
Sofía sonrió y se colocó frente a Andrea y Lucas.
Andrea se acercó a su marido, apoyó la cabeza en su hombro y Lucas, exagerando como siempre, alzó la barbilla con pose solemne justo antes de que Sofía hiciera la foto.
Sofía rió al apretar el botón, sabiendo que aquella imagen estaría llena de vida, de esa complicidad tan suya.
En ese momento pasó cerca un pequeño grupo de turistas que caminaban animadamente, hablando entre ellos con sonrisas y gestos rápidos. Lucas los vio y no dudó ni una décima de segundo. Se adelantó con la cámara en alto, decidido.
—Perdonad… ¿podríais…? —empezó, señalando la cámara y luego al grupo, convencido de que el lenguaje universal haría el resto.
Los turistas lo miraron… y parpadearon.
Ni una palabra de inglés.
Ni una.
Lucas no se rindió. Al contrario, intensificó la actuación.
Se señaló a sí mismo, señaló a Andrea, luego a Sofía y Kai; levantó la cámara como si fuera un trofeo, hizo el gesto de apretar un botón, sonrió exageradamente, juntó a las personas con las manos, incluso imitó el sonido de una cámara con la boca.
Los turistas se encogían de hombros, se miraban entre ellos, murmuraban en chino sin entender absolutamente nada.
Detrás, Kai, Andrea y Sofía ya no podían más.
—No tiene solución —susurró Andrea entre risas.
—Ninguna —añadió Sofía, llevándose una mano al vientre mientras se doblaba de la risa.
Kai negó con la cabeza, divertido.
—Este hombre es un espectáculo.
Lucas siguió probando. Cambió de estrategia.
Hizo como si fuera fotógrafo profesional, se agachó, volvió a levantarse, indicó posiciones invisibles en el aire…
hasta que, finalmente, uno de los turistas dio un paso al frente, le quitó la cámara de las manos con decisión y, con un gesto claro y universal, señaló al grupo.
«Id allí. Quietos».
Lucas levantó las manos en señal de rendición.
—¡Eso! ¡Eso quería decir yo desde el principio! —anunció orgulloso, como si todo hubiera salido exactamente según su plan.
Los cuatro se colocaron rápidamente, aun riendo, y el turista hizo la foto. Cuando devolvió la cámara, Lucas inclinó la cabeza con una reverencia exagerada.
—Finalmente hemos inventado un nuevo idioma, ellos con sus dudas y yo con mis gestos —sentenció.
Y las carcajadas volvieron a estallar, ligeras, espontáneas, mientras la ballena gigante parecía observar la escena desde lo alto, cómplice silenciosa de aquel momento absurdo, perfecto e inolvidable.
Cuando por fin se dispusieron a entrar al Maui Ocean Center, Kai se adelantó con naturalidad hacia la taquilla. Dio un par de pasos, dispuesto a sacar las entradas, cuando de pronto una voz familiar lo detuvo.
—¡Kai, amigo mío!
Antes de que pudiera reaccionar, un hombre se acercó con una sonrisa abierta y lo abrazó con fuerza, de esas que no necesitan explicación. Kai tardó apenas un segundo en reconocerlo y devolverle el gesto con la misma calidez.
—¡Pero mírate! —dijo el hombre, separándose lo justo para mirarlo de arriba abajo—. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? Desde la última vez que coincidimos aquí… demasiado.