Manual de supervivencia para una boda Complicidad y pañuelos
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Complicidad y pañuelos

L a luz se filtraba por las cortinas como una caricia dorada, cálida, suave.

Sofía despertó despacio, aún envuelta en esa calma tibia que queda después de una noche en la que no hubo más que abrazos, respiraciones acompasadas y un silencio lleno de paz.

Extendió la mano hacia el otro lado de la cama, con una sonrisa somnolienta…

pero solo encontró sábanas frías y un hueco vacío.

Abrió los ojos del todo. Se incorporó, el cabello revuelto, las sábanas desordenadas, la piel todavía perfumada por la cercanía de Kai.

—¿Kai? —susurró, sin obtener respuesta.

Se levantó de la cama, con los pies rozando el suelo de madera cálida, y caminó hasta el balcón. Corrió la cortina.

El mundo se abrió ante ella.

El océano desplegado, azul profundo.

La brisa de la mañana moviendo su pijama.

Y allí, una silueta recortada contra el brillo plateado del sol…

Kai.

Sobre su tabla, deslizándose como si fuera una extensión más del mar.

Sofía apoyó una mano en la barandilla, fascinada. Lo observó esquivar una ola y luego dejar que otra lo elevara, como si la naturaleza lo reconociera, lo reclamara. Su cuerpo fluía con el agua, con la fuerza y la suavidad del océano.

Y entonces lo entendió.

Lo sintió.

Cuando estoy ahí fuera, no pienso… solo soy. No hay ruido. No hay dolor. No hay pasado. Solo el mar y yo.

Sofía lo vio.

Lo vio en cada giro, en cada caída suave, en cada ascenso luminoso.

Vio la libertad.

Vio su corazón latiendo en la cresta de cada ola.

Vio por qué él vivía así, por qué, aun habiendo perdido tanto, seguía encontrando razones para levantarse cada mañana.

Y una emoción cálida le recorrió el pecho.

Una mezcla de ternura, admiración… y amor.

Un amor que crecía lento, seguro, como la marea subiendo sin que nadie pudiera detenerla.

Esa tarde era el gran día.

La boda.

La celebración.

La primera vez que iban a aparecer juntos, oficialmente, como… algo.

Como lo que fueran.

Como lo que estaban empezando a ser.

Sofía suspiró, aun con la mirada fija en la figura de Kai deslizándose sobre el mar. El brillo del agua parecía envolverlo, como si perteneciera más al océano que a la tierra firme. Finalmente, se obligó a apartarse del balcón.

Entró al baño y se dio una ducha ligera. El agua tibia resbaló por su piel como una caricia que despejaba la mente, disipando el vértigo dulce que todavía llevaba en el pecho. Cerró los ojos, dejando que el sonido del agua acompañara el latido acelerado que Kai le había provocado solo por existir.

Cuando salió, el vapor aún acariciaba el espejo.

Abrió la maleta y sacó un vestido de rayas marineras, con un bolsillo a un lado: ajustado, corto, sencillo, de esos que abrazan el cuerpo sin esfuerzo y que parecían hechos para una mañana luminosa junto al mar.

Se secó un poco el pelo con la toalla, sin prisa, dejando que algunos mechones húmedos cayeran sobre sus hombros.

Luego tomó el móvil de la cómoda, se puso unas chanclas, respiró hondo… y salió.

Caminó por el pasillo silencioso, bajó en ascensor y se dirigió al restaurante, aun con el eco de las olas —y de Kai— latiendo en su cabeza.

El restaurante estaba medio lleno, bañado por una luz suave que entraba desde las cristaleras abiertas. El rumor del mar se mezclaba con las conversaciones matutinas y el tintineo de vasos.

Pequeños adornos navideños colgaban discretamente de las vigas de madera y, sobre algunas mesas, brillaban centros con piñas decoradas y luces diminutas que parpadeaban suavemente.

Un árbol de Navidad, decorado con conchas y diminutas tablas de surf, ocupaba una esquina sin robar protagonismo al océano que se veía al fondo.

Sofía dio apenas dos pasos hacia la barra de desayuno cuando su estómago protestó con una punzada seca. Tragó saliva y, aunque intentó ignorarlo, el aroma del café recién hecho la golpeó de lleno.

Y entonces llegó.

Se llevó una mano a la boca, buscando desesperadamente un respiro, cualquier punto donde el aire llegara limpio y la calma se hiciera presente. Dio un paso hacia atrás, tambaleante, sintiendo cómo el mundo parecía girar a su alrededor, los sonidos del restaurante amplificados, confusos.

Fue entonces cuando una voz conocida rompió el murmullo de las conversaciones y el tintinear de la cubertería, clara y cálida, llamando su atención. Sus ojos se desplazaron hacia el fondo del salón, donde la luz de la mañana caía desde los ventanales grandes, bañando las mesas con un brillo dorado.

Allí, en una mesa redonda, la familia de Andrea y Lucas se encontraba reunida, ya desayunando.

Los padres de Andrea charlaban entre ellos; la madre de Andrea se ajustaba las gafas de sol sobre la cabeza, mientras Lucas, lleno de energía, repartía abrazos y sonrisas, saludando a todos con su característico entusiasmo.

Las primas de Andrea conversaban animadamente y la abuela de Lucas, con su bastón apoyado junto a la silla, sonreía con calma, observando la escena con unos ojos llenos de arrugas que contaban historias de otra época.

Sofía parpadeó, intentando recomponerse.

La familiaridad del grupo y la calidez del ambiente la alcanzaron como un abrazo suave: una mezcla de alivio y tensión, porque, aunque estaba rodeada de rostros conocidos, su cuerpo aún reaccionaba a la ansiedad de la mañana.

El aroma del café y la fruta recién cortada flotaba en el aire, mezclándose con los rayos de sol que jugaban entre los cristales, creando un instante suspendido entre la realidad y la emoción.

—¿Sofía? —Andrea, con un vestido veraniego y una coleta alta, apareció de repente entre dos mesas—. ¡Eh, mira quién está aquí!

Lucas apareció detrás de ella, con una sonrisa enorme y el pelo aún mojado, como si acabara de salir de la piscina.

—Hombre, la futura mamá y dama de honor —bromeó—. ¿Has dormido bien? Tienes cara de…

Pero se detuvo. Ambos lo hicieron.

Sofía tenía la mano apretada contra la boca, los ojos entrecerrados, la respiración cortada.

—¿Sofía? —Andrea frunció el ceño, avanzando hacia ella—. ¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien?

Sofía negó; con la otra mano buscó apoyo en una silla cercana.

—Voy a… tengo que… —murmuró.

Lucas señaló rápidamente hacia el pasillo lateral.

—Baños. Allí. Corre.

Sofía apenas llegó a asentir antes de llevarse las manos a la boca y salir casi corriendo, con Andrea pegada a su espalda y Lucas detrás, abriéndoles paso entre las mesas.

—¡Perdón, perdón! —iba diciendo Lucas a todos los que esquivaba, levantando las manos en un gesto torpe pero amable—. Emergencia digestiva, ¡sigan desayunando!

Sofía no pudo sostenerse más. Empujó la puerta del baño con un quejido ahogado y desapareció dentro. Andrea entró detrás de ella sin pensarlo un segundo.

El sonido sordo de la puerta al cerrarse dejó a Lucas solo, plantado en el marco, sin saber qué hacer con las manos.

Dentro, Sofía se inclinó sobre el lavabo justo a tiempo. Andrea, a su lado, le apartó el pelo con suavidad: una mano firme en su nuca, la otra sujetándole la frente.

—Tranquila… tranquila, Sofía, respira —susurró, con esa mezcla de urgencia y ternura que solo Andrea sabía manejar.

Cuando Sofía terminó, Andrea rasgó un trozo de papel, se lo pasó por la frente para secarle el sudor frío y luego le ofreció otro para limpiarse la boca.

—Ya está, ya pasó… —murmuró.

En ese momento, desde dentro del baño, la voz de Andrea se elevó, fuerte y clara:

—¡Lucas! ¡Trae una botella de agua!

Lucas reaccionó como si le hubieran lanzado un cubo de agua encima.

—¡Voy, voy! —dijo, alejándose a toda prisa del marco de la puerta.

Y fue justo al girar la esquina del pasillo cuando casi chocó de frente con Kai.

Kai llevaba una toalla colgada al cuello, el torso aún húmedo por el surf, gotas resbalando lentamente por su piel. El pelo mojado le caía por los hombros, y su respiración era tranquila, en profundo contraste con el caos nervioso de Lucas.

Kai frunció el ceño, sorprendido.

—¿Dónde vas con tanta prisa? —preguntó Kai, arqueando una ceja al verlo pasar.

Lucas apareció por el pasillo casi corriendo, visiblemente agitado.

Tenía la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando con rapidez, como si hubiera atravesado medio resort a toda velocidad.

Intentó hablar, pero durante un segundo las palabras parecieron quedarse atrapadas en su garganta.

—¡Sofía…! —logró decir finalmente, llevándose una mano al pecho para recuperar el aire—. ¡Sofía ha vomitado!

Kai se incorporó de inmediato.

—Está con Andrea —añadió Lucas apresuradamente—. Me ha mandado a buscar agua… una botella de agua.

La preocupación cruzó el rostro de Kai al instante, como un relámpago.

—¿Dónde está?

Lucas señaló hacia el pasillo.

—En el baño… al fondo.

Kai no dudó.

Echó a andar rápido, con pasos firmes que resonaban sobre el suelo mientras avanzaba por el corredor. Desde la terraza del resort llegaba amortiguada la música de los ukeleles, mezclada con algunas risas lejanas y el murmullo del mar al fondo, pero para él todo eso había desaparecido.

Llegó hasta la puerta del baño.

Se detuvo justo en el marco y golpeó suavemente con los nudillos.

—¿Sofía…? —preguntó con voz baja pero firme—. ¿Todo bien?

Hubo un breve silencio al otro lado.

Entonces la voz de Andrea respondió desde el interior:

—Sí, Kai. Ya salimos… solo un momento.

Kai se quedó allí, esperando, la toalla en el cuello, los hombros relajados, pero el gesto lleno de inquietud, atento a cada sonido detrás de la puerta.

La puerta del baño se abrió despacio.

Sofía salió primero, con el rostro aún pálido pero ya más tranquila. Andrea seguía a su lado, sosteniéndola por el codo como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento. Kai se enderezó en cuanto la vio, la toalla aún en el cuello, las gotas del mar aun resbalándole por el rostro.

—¿Estás bien? —preguntó, preocupado.

Sofía respiró hondo y asintió.

—Sí… sí, estoy bien. Solo han sido las náuseas matutinas. Me ha dado hambre y luego… bueno, no me ha dado tiempo a más, tenía ganas de vomitar.

Kai ladeó la cabeza con una media sonrisa suave, aliviada.

—¿Quieres subir a la habitación?