Manual de supervivencia para una boda Complicidad y pañuelos #2
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Complicidad y pañuelos #2

—Sí… creo que debería tumbarme un poco.

Justo entonces, Lucas apareció corriendo por el pasillo con la botella de agua en la mano, intentando recuperar el aliento.

—¡Aquí! —dijo, entregándosela a Sofía como si fuera un objeto sagrado.

Sofía bebió un sorbo, luego otro, y suspiró con alivio.

—Gracias… creo que ya estoy mejor.

Pero cuando se llevó la mano al bolsillo del vestido, se quedó congelada.

—No… no puede ser.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Andrea.

—La llave. Creo que he perdido la llave de la habitación.

Kai ni siquiera dudó.

—No pasa nada. Vamos a recepción y pedimos otra.

Los cuatro caminaron juntos hacia el mostrador. El vestíbulo estaba tranquilo, iluminado por una luz cálida que se reflejaba en el suelo pulido, creando un suave brillo dorado.

La recepcionista los recibió con una sonrisa amable, mientras a su alrededor, discretamente, se respiraba el espíritu navideño: guirnaldas de luces blancas y doradas adornaban los bordes del mostrador; pequeñas piñas decoradas con destellos rojos y verdes descansaban en los extremos, y un mini árbol de Navidad con conchas y estrellas marinas sobresalía detrás del mostrador, iluminando la zona con un brillo acogedor y elegante.

Kai apoyó el codo en el mostrador.

—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó la recepcionista.

—He perdido la llave de mi habitación… ¿podrías hacerme una copia, por favor?

—Por supuesto —respondió mientras encendía el ordenador—. ¿Qué número de habitación es?

—La 205, del segundo piso —dijo Sofía con calma.

La chica empezó a teclear. Pero entonces Sofía, sin cambiar el tono ni la expresión, añadió:

—Ah, y… también me gustaría hablar con el gerente del resort.

Hubo un microsegundo de silencio.

Kai se giró hacia ella, sorprendido.

Muy sorprendido.

La forma en la que la miró decía claramente: «¿En serio estás haciendo esto?».

Luego la sorpresa dio paso a una sonrisa lenta, divertida, casi peligrosa.

Ella ya lo sabía y, encima… lo estaba usando para gastarle una broma.

Andrea no pudo contener la carcajada silenciosa. Se inclinó hacia Kai, lo miró y le guiñó un ojo.

—Creo que ya está lista para la sorpresa —susurró, encantada.

Kai no apartó los ojos de Sofía. La observó como si la viera por primera vez, como si ese pequeño gesto hubiera encendido algo cálido dentro de él.

Asintió, muy despacio.

—Sí… —dijo con voz baja, llena de significado—. Creo que sí.

Luego añadió, con una curvatura suave en los labios:

—Ahora te toca a ti ser la sorprendida.

Lucas le puso la mano en el hombro a Andrea y le susurró:

—¿Vamos con ellos?

Andrea lo miró como si le acabara de decir la mayor tontería del mundo.

—Cariño… no tenemos suficientes pañuelos —replicó, dramatizando—. Y hemos guardado algunos para la boda.

Lucas abrió la boca, ofendido de broma, mientras Kai soltaba una risa suave. Incluso la recepcionista, que aún seguía preparando la nueva tarjeta, se tapó la boca para no reír demasiado alto.

El grupo entero quedó envuelto por una burbuja de humor que alivió, por un momento, todo lo que habían vivido desde la noche anterior. Las risas se mezclaban con el murmullo distante de las olas y el canto lejano de las gaviotas, creando un instante de calma inesperada, algo casi mágico.

Andrea se inclinó discretamente hacia Kai, con una sonrisa cómplice, y deslizó algo por detrás de su mano, un gesto tan rápido que parecía un simple roce.

Kai lo percibió de inmediato; con un movimiento casi instintivo, cogió el objeto y lo guardó en el interior del bolsillo de su bañador sin que nadie se diera cuenta: ni Sofía, distraída riéndose del comentario de Andrea, ni Lucas, que aún intentaba recomponerse del ataque de carcajadas.

—Vale, vale, lo pillo —dijo Lucas—. Nos vemos luego. Y no tardéis, que Andrea se queda sin uñas cuando se pone nerviosa.

Andrea le dio un golpe cariñoso en el brazo y Lucas retrocedió riéndose.

Kai hizo un gesto para guiar a Sofía hacia la salida. Ella caminó a su lado, todavía con una mano sobre el vientre, como si necesitara recordarse que la vida seguía ahí, suave y pequeña.

Apenas cruzaron los ventanales, Sofía lo miró de reojo, con una sonrisa tímida y divertida.

—Sabes que hoy es la boda, ¿verdad? —dijo, alzando una ceja—. Y que una chica necesita su tiempo para prepararse.

—¿Y vas a llevar esos tacones de diez centímetros? —preguntó, divertido.

—Por supuesto que voy a llevar tacones —respondió Sofía, fingiendo ofensa mientras alzaba ligeramente la barbilla.

Sus ojos brillaban con esa chispa traviesa que aparecía cada vez que quería provocarlo un poco.

Luego, con una media sonrisa pícara que apenas logró disimular, añadió:

—¿No sabes que las mujeres llevamos tacones para que los hombres se fijen en los pechos y el culo?

Kai no parpadeó.

Ni siquiera intentó ocultar la intensidad de su mirada.

Simplemente, inclinó la cabeza un poco hacia un lado, observándola con ese brillo lento y profundo que parecía recorrerla de arriba abajo sin prisa.

—Yo no necesito que lleves tacones para fijarme en eso —replicó en voz baja.

Su tono era cálido.

Seguro.

Peligrosamente cercano.

Mientras hablaba, su mano se acercó despacio. El dedo índice rozó la nuca de Sofía y descendió con lentitud por su cuello, dibujando una caricia ligera que continuó hacia su hombro y su brazo.

El contacto fue apenas un susurro sobre la piel.

Pero bastó.

Sofía sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

—¡Ay! —se le escapó, sorprendida.

El vello de sus brazos se había erizado de golpe.

El rubor subió rápido desde el cuello hasta sus mejillas, como una ola imposible de detener.

Intentó disimularlo, pero terminó soltando una carcajada nerviosa mientras le daba un pequeño empujón en el brazo.

—¡Estáis muy graciosos todos hoy! —refunfuñó entre risas.

Pero sus ojos seguían brillando.

Y Kai lo sabía.

Siguieron caminando hasta el BMW M9, que los esperaba bajo un sol brillante.

La carrocería negra absorbía el calor ligeramente, reflejando el cielo azul como un espejo líquido, y el aire caliente temblaba sobre el asfalto, creando ondas que distorsionaban la luz.

El calor envolvía todo, espeso, vibrante, haciendo que cada paso resonara con el aroma salado del mar cercano.

Kai abrió la puerta del copiloto pero, antes de dejarla subir, dibujó una mirada traviesa en su rostro y se inclinó detrás de ella.

—Ven aquí un segundo.

—¿Qué haces? —preguntó Sofía, aunque ya sonaba divertida, expectante, un poco nerviosa.

Kai sacó una cinta suave del bolsillo del bañador.

—Te voy a vendar los ojos.

—¿Otra sorpresa? —Sofía suspiró con resignación exagerada—. Ya sabes lo que opino de las sorpresas.

—Hoy tendrás que aguantar —replicó él, anudando la venda con delicadeza, sin dejar de sonreír—. Y créeme… esta te va a gustar más.

Sofía dejó escapar un suspiro más lento, no de rendición sino de confianza, de esa certeza cálida que se le instalaba en el pecho cada vez que Kai la miraba.

En lugar de apartarse el pelo, inclinó la cabeza hacia él, como quien acepta un juego con una mezcla de paciencia y picardía, dejando claro que confiaba plenamente en sus manos.

—Está bien… pero recuerda que estoy embarazada —murmuró con una sonrisa traviesa.

Kai soltó una risa suave, breve, que le iluminó los ojos.

—Lo sé.

—Entonces espero que no sea nada raro… —añadió Sofía, divertida, mientras él ajustaba la venda sobre su cabeza.

Kai bajó la voz hasta convertirla en un roce cálido contra su oído.

—Jamás contigo.

La guió con las manos en su cintura y ella subió al coche confiada, rodeada por el calor del día y la quietud expectante del momento que estaba a punto de comenzar.

Capítulo 15