La sorpresa más inesperada #2
Sus ojos seguían el movimiento oscuro del agua.
—Cuando estaba aquí, ayudaba en el resort todo lo que podía. Compaginar las dos cosas era agotador… pero me hacía feliz.
La sonrisa volvió a aparecer un instante.
Pero desapareció igual de rápido.
—Hasta que tuve aquella caída.
Lucas frunció el ceño.
—¿Una caída?
Kai bajó la mirada y, casi por reflejo, llevó la mano a la pierna.
Sus dedos se detuvieron sobre la zona de la cicatriz, como si el recuerdo todavía viviera allí.
—La pierna —dijo.
Guardó un segundo de silencio antes de añadir, con una resignación tranquila:
—Mala suerte, mala ola, mal día…
La brisa volvió a soplar desde el océano.
Lucas lo observaba ahora con una mezcla de respeto y tristeza, comprendiendo que detrás de la calma de Kai había mucho más de lo que parecía.
Porque a veces el mar no solo te enseña a surfear.
A veces también te enseña a sobrevivir.
Llámalo como quieras. Pero desde entonces no pude competir más. Los médicos dijeron que no podría forzar la pierna como antes. Así que dejé el surf. Me quedé en el resort como instructor.
Sus palabras cayeron con un peso suave pero devastador. La brisa levantó un par de hojas del suelo y las arrastró frente a ellos.
—Aun así —continuó Kai—, si cierro los ojos todavía siento el mar debajo de la tabla. A veces, cuando estoy muy saturado, salgo y cojo una ola. Solo para recordar que sigo vivo.
Lucas sonrió con cierta melancolía.
—Pues se nota. Tienes alma de surfista, Kai. De los que no se rinden.
Kai soltó una risa leve, cansada.
—No estoy muy seguro de eso hoy.
Caminaron unos pasos más. La entrada iluminada del resort ya se extendía ante ellos como un refugio.
Fue entonces cuando Lucas volvió a hablar:
—Antes del accidente… Liam dijo algo sobre Sofía.
Kai tensó la mandíbula.
—Dilo.
—La llamó puta. Y dijo que si acostarse con él no significó nada para ella —Lucas bajó aún más la voz—.
Pero no era cierto. Me lo dijo abajo, en la barra del bar, justo cuando empezó a beber tanto: fingió haberse acostado con ella.
Él quería que Sofía creyese que sí lo había hecho, que se habían acostado juntos.
Kai se quedó quieto un instante.
Como si el mundo se congelara durante un segundo exacto.
El mar rugía a lo lejos, profundo y oscuro, rompiendo contra las rocas con un sonido constante que parecía acompañar el peso de sus pensamientos.
—Mintió… —susurró al fin.
La palabra salió apenas como un hilo de voz.
—Todo este tiempo… mintió.
Sacudió ligeramente la cabeza, incrédulo.
Lucas lo miró de reojo. En su expresión había una mezcla de tristeza y comprensión.
—Ahora ya lo sabes.
Kai levantó la vista.
A lo lejos, entre las palmeras que se mecían con la brisa nocturna, empezaban a aparecer las primeras luces del resort. El Paradise Royal brillaba en la distancia, elegante y silencioso, como una constelación dorada atrapada entre la vegetación tropical.
Las luces cálidas iluminaban los caminos, las terrazas y los ventanales del edificio principal, reflejándose tenuemente sobre el océano cercano.
Durante un momento, Kai se quedó observándolo en silencio.
Luego habló.
—Ahora lo sé.
Su voz ya no era la misma.
Había en ella una firmeza nueva, una determinación que antes no estaba.
—Y no pienso perderla otra vez.
Continuaron avanzando hacia el resort mientras las luces crecían delante de ellos, cada vez más brillantes. La noche seguía oscura, pero algo en el aire había cambiado.
Como si el mar, por fin, empezara a devolverles respuestas.
Kai y Lucas cruzaron el vestíbulo, todavía mojado por la humedad de la noche. El mármol brillaba bajo la luz tenue y, al fondo, el murmullo del mar atravesaba las paredes como un recordatorio de que nada había terminado aún.
Lucas fue el primero en verlas.
—Ahí —susurró, inclinando la cabeza hacia la izquierda.
Sofía y Andrea estaban sentadas en el salón: una con un vaso de leche entre las manos, la otra con una copa de vino que casi no tocaba. Kai sintió algo acomodarse en el pecho al ver a Sofía… calmada, viva, ahí.
Los dos se acercaron despacio.
Andrea se puso de pie de inmediato, nerviosa, demasiado rígida para ser ella.
—¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está Liam? —preguntó casi sin voz.
Lucas, que había ensayado la frase mentalmente desde la comisaría, lo soltó del tirón:
—Liam sigue con vida. Está muy grave… pero se recuperará.
Luego miró a Sofía, a Kai, y añadió:
—Hemos declarado lo necesario, pero falta vuestra parte. El inspector quiere hablar con vosotras… pero hoy no. Resulta que conocía al padre de Kai y confía en él. Sabe que fue un accidente.
Andrea respiró hondo, como si hubiera estado conteniéndose media hora. Pero Lucas la vio temblando y emocionada a la vez. Kai también. Y Sofía, que la conocía mejor que nadie, lo entendió al instante.
Se levantó sin decir palabra y caminó hacia una mesa cercana. Cogió un servilletero de madera con un puñado de pañuelos blancos. Volvió, lo dejó en el centro de la mesa y se acomodó el mechón rebelde detrás de la oreja.
—Andrea… ya puedes darle la noticia —dijo, con una sonrisa que solo Kai captó completa.
Andrea parpadeó. Miró a Sofía, luego a Kai, luego al servilletero, como si fuera una señal divina. Después, sin poder evitarlo, lanzó los brazos al cuello de Kai con una fuerza capaz de partir espinas dorsales.
—¡¡Enhorabuena!! —gritó entre risas y lágrimas—. ¡Me alegro tanto por vosotros! ¡No sabéis cuánto! ¡Estoy feliz de verdad!
Kai, que no esperaba ese impacto emocional, sostuvo a Andrea torpemente mientras buscaba la mirada de Sofía, que reía en silencio, con una mano sobre el vientre.
Lucas, desconcertado, los miró a todos.
—¿Perdón? ¿Qué está pasando? —preguntó, arqueando una ceja.
Sofía se giró hacia él, con los ojos brillantes.
—Voy a ser mamá, Lucas.
Fue como ver un río desbordándose. Lucas abrió los ojos, luego la boca, luego las manos… y de repente estaba llorando como un niño pequeño.
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¡Dios! —balbuceó—. ¡Pero esto es… esto es…!
Y, por puro instinto —y porque tenía la nariz completamente inundada—, extendió un brazo hacia el servilletero que Sofía había colocado estratégicamente. Lo arrastró hacia él con torpeza y sacó un puñado de pañuelos mientras todos lo observaban con una mezcla de ternura y absoluto entretenimiento.
Kai se llevó una mano a la frente y negó, riéndose.
—Ahora lo entiendo —dijo entre carcajadas—. Todo esto es por Lucas.
Andrea y Sofía se unieron a la risa.
Contagiándose la una de la otra, dejando que, por primera vez en toda la noche, el miedo soltara un poco su agarre.
Y mientras Lucas seguía secándose las lágrimas, feliz y desconcertado, Kai miró a Sofía.
A su sonrisa.
A su gesto inconsciente protegiendo su vientre.
A la vida que estaban a punto de construir.
Y por un instante —un breve instante, pero perfecto— el mundo volvió a encaja
Capítulo 14