La sorpresa más inesperada
S ofía seguía temblando cuando Lucas y Kai desaparecieron en el ascensor con los agentes. El pasillo quedó en silencio, apenas sostenido por el eco lejano de voces y radios policiales. Entonces giró hacia Andrea y, sin pensarlo, se lanzó a sus brazos.
Andrea la atrapó con fuerza, envolviéndola como un refugio.
—Ey, ey… Sofía —murmuró, acariciándole la espalda—. Ya pasó, todo va a salir bien.
Pero Sofía rompió a llorar de golpe, sin poder contenerse más, aferrándose a ella como si se fuera a deshacer.
—No quiero perderlo otra vez —susurró con la voz rota, hundida en su hombro—. No quiero…
Andrea se separó un poco, mirándola a los ojos.
—Estás nerviosa, Sofía… muy nerviosa —le limpió una lágrima con el pulgar—. Vamos abajo, al salón, y nos tomamos algo. Te va a sentar bien.
Sofía soltó una risa mínima, torpe.
—Cualquier cosa… menos vino.
Andrea arqueó una ceja, sin entender nada, pero decidió no insistir.
—Pues un cóctel o un cubata, si quieres, pero salgamos de aquí antes de volvernos locas.
El salón del resort estaba casi vacío, envuelto en una penumbra suave que las lámparas apenas conseguían romper.
La noche seguía espesa y profunda, pegándose a los ventanales como una sombra inmóvil.
La luz tenue caía sobre las mesas oscuras, dándoles un brillo discreto, silencioso, como si el lugar también guardara la respiración después de todo lo ocurrido.
Un camarero se acercó con una sonrisa profesional.
—¿Qué desean?
—Una copa de vino tinto, por favor —pidió Andrea, dejándose caer en el sillón como si su cuerpo pesara cien kilos.
Sofía respiró hondo.
—Yo… —levantó la mirada, seria—. Un vaso de leche caliente.
Andrea giró la cabeza hacia ella tan despacio como si temiera que Sofía se desvaneciera si la miraba demasiado rápido.
—¿Leche caliente?
Sofía no pudo evitar reír. Una risa suave, nerviosa, preciosa. Instintivamente, llevó la mano a su vientre.
Andrea siguió el gesto… y se quedó congelada.
—Sofía… —su voz salió fina, afilada, temblando por todas partes—. ¿Sofía…?
Sofía asintió despacio.
—Estoy embarazada.
Andrea tardó dos segundos en procesarlo.
En el tercero, se levantó de golpe con los brazos al aire.
—¿CÓMO? ¿CUÁNDO? ¿DÓNDE?
Sofía dejó escapar una pequeña sonrisa, agotada pero luminosa.
—Kai es el padre de mi bebé.
Andrea se llevó ambas manos a la cabeza, caminó en círculos, volvió a pasearse frente a ella.
—O sea… ¿qué…? ¿Cuándo? ¿Cuándo lo supiste? ¿No estabas con la regla? ¡¿Qué está pasando?!
—El médico lo ha confirmado —Sofía bajó la mirada a su vientre, de nuevo con esa ternura nueva—. De unos cuatro meses.
—¿¡EL MÉDICO?! —Andrea abrió aún más los ojos—. ¿Pero cuándo has ido tú al médico si te he perdido de vista media noche?
Sofía dejó escapar un suspiro largo, cansado, como si todo lo vivido aquella noche aún siguiera acomodándose dentro de ella.
—Creo que te has perdido demasiadas cosas esta noche… —murmuró con una media sonrisa—. Y para que entiendas todo lo que ha pasado, tengo que empezar por el momento en que salí corriendo de tu cena de compromiso.
Andrea la miró en silencio, expectante.
Sofía dudó un segundo, como si buscara el punto exacto por el que empezar.
—¿Recuerdas que me viste salir detrás de aquella camarera?
Andrea asintió de inmediato.
—Claro que lo recuerdo —respondió, todavía intrigada—. Pensé que te había pasado algo.
Sofía dejó escapar una pequeña risa.
—Vi algo en su muñeca… una trenza. La misma que había perdido.
Andrea inclinó la cabeza, siguiendo atentamente cada palabra.
—Y por eso saliste detrás de ella.
Sofía asintió.
—La seguí hasta la playa. —Hizo una pequeña pausa y sonrió con cierta vergüenza—. Me caí en la arena, hice el ridículo… todo muy digno.
Andrea soltó una risa breve.
—Muy tú.
Sofía sonrió apenas, pero enseguida volvió a ponerse seria.
—Pero esa chica…
Se detuvo un instante, como si todavía le costara creerlo.
—Era Kalea.
Andrea parpadeó, sorprendida.
—La camarera era su hermana.
El silencio cayó entre ellas durante unos segundos.
Andrea soltó el aire despacio, casi con alivio, como si una pieza que llevaba mucho tiempo fuera de lugar terminara por encajar.
—Lo sabía… —susurró, negando levemente con la cabeza—. Y no sabes cuánto me alegro por ti.
Sofía bajó la mirada un momento, recordando aquella noche, aquella confusión, aquella huida precipitada que entonces le había parecido inevitable.
—Kai no pudo explicármelo —dijo finalmente, en voz baja—. Cuando me vio marcharme… pensó que yo había arreglado las cosas con Liam. Liam se lo dijo. Le hizo creer que nos íbamos a casar.
Andrea frunció el ceño.
—¿En serio?
Sofía asintió despacio y guardó silencio un momento antes de continuar.
—Y yo… cuando lo vi abrazando a aquella chica… creí que era otro de sus ligues. Pensé que había sido solo una más.
Andrea negó con la cabeza muy despacio, como si todavía le costara asumir la cantidad de casualidades mal colocadas que habían estado a punto de separarlos.
—Así que ninguno de los dos sabía lo que había pasado realmente…
—No —respondió Sofía con una pequeña sonrisa tranquila—. Yo me fui antes de escucharlo. Y él creyó que ya me había perdido.
Sus dedos volvieron a apoyarse sobre su vientre casi sin darse cuenta.
—Pero hemos vuelto a encontrarnos… ahora sí tengo todas las respuestas que llevaba tanto tiempo esperando.
Andrea volvió a dejarse caer en el sillón como si las piernas, de pronto, hubieran decidido no sostener más emociones aquella noche. Se llevó una mano a la frente, todavía intentando asimilar todo lo que acababa de escuchar, y dejó escapar una risa entre incredulidad y ternura.
—¡Dios mío…! —exclamó, mirándola como si aún no terminara de creérselo—. Todo esto es una pasada.
Sofía sonrió despacio. No respondió enseguida. Solo volvió a llevarse la mano al vientre con ese gesto tan suyo, tan natural, tan lleno de significado, como si al tocarlo confirmara en silencio que todo aquello era real.
—Sí… —murmuró con suavidad—. Pero la verdadera pasada es esto.
Sus dedos descansaron sobre su vientre mientras su sonrisa se abría aún más, luminosa, serena, distinta a cualquier otra que Andrea hubiera visto antes.
—Y ya hemos elegido el nombre —añadió después, levantando la mirada hacia ella—. Se llamará Leilani.
—Significa flor celestial… y Sofía en hawaiano.
El nombre quedó suspendido entre las dos, cálido, definitivo, como si en ese instante la niña hubiera empezado a existir también en voz alta, allí mismo, en medio del silencio elegante del salón.
Andrea tardó apenas un latido en reaccionar.
Pegó un salto literal del sillón antes de lanzarse sobre ella, riendo, casi gritando, con un pequeño sollozo de emoción atravesándole la voz. La abrazó con cuidado, pero con una alegría imposible de contener, y le plantó un beso sonoro en la mejilla.
—¡VOY A TENER UNA SObrINITA! ¡UNA SObrINITA, SOFÍA! ¡DIOS MÍO, NO ME LO CREO!
Se apartó apenas un segundo para mirarla otra vez, con los ojos brillando, todavía sujetándole las manos, como si necesitara comprobar que todo aquello era real.
Cuando por fin se sentó, aun con las manos en la cabeza, soltó una carcajada incrédula.
—Y tú sufriendo porque no tenías un manual de supervivencia para esta boda… —negó con la cabeza, mirándola con un amor inmenso—. Sofía, cariño… ya lo tenías. Era este.
Se inclinó y tocó suavemente el vientre de Sofía.
—Tu destino. Tu camino. Kai. Y Leilani.
« Tú no necesitabas un manual… necesitabas encontrarlos a ellos ».
Andrea sonrió, feliz, luminosa.
—Y vaya si lo encontraste.
La humedad impregnaba el aire, haciendo que cada respiración se sintiera densa, como si el mundo aún no terminara de soltar la tensión de lo ocurrido.
Caminaban sin prisa, las suelas mojadas golpeando el asfalto brillante. Las luces del resort parpadeaban a lo lejos, reflejándose en los charcos como si temblaran también.
Kai respiró hondo. El salitre le llenó los pulmones y, por un momento, deseó poder vaciarse con ese aire, dejando todo atrás.
Fue Lucas quien rompió el silencio.
—¿Tus padres? —preguntó con cautela, sin mirarlo directamente—. El inspector… mencionó algo del accidente.
Kai tardó unos segundos en responder.
Tenía la vista fija en la línea oscura del horizonte, donde el mar y la noche parecían fundirse en una sola sombra infinita. La brisa arrastraba el olor salado del océano, moviendo suavemente las hojas de las palmeras cercanas.
Cuando habló, su voz salió baja.
Como si cada palabra tuviera que abrirse paso a través de algo que todavía dolía.
—Fue hace muchos años…
Guardó un pequeño silencio antes de continuar, como si el recuerdo le arañara la garganta.
—Yo era un niño. Mi padre conducía de vuelta a casa… mi madre iba a su lado.
Lucas no dijo nada. Simplemente lo escuchaba.
—Un coche se cruzó en su carril —continuó Kai—. El conductor iba tan borracho que no vio ni la curva.
Bajó la mirada hacia la carretera.
—Los mató a los dos en el acto.
El sonido lejano del mar llenó el silencio que siguió.
Lucas bajó la cabeza.
—Lo siento, Kai.
Kai respiró hondo. El aire salado pareció darle un pequeño respiro, aunque no suficiente para borrar lo que llevaba dentro.
—Mi abuela se encargó de todo —dijo finalmente—. De mí… de Kalea… del resort.
Su voz se suavizó ligeramente al mencionar a su abuela.
—Ella lo sostuvo como pudo. Con el dinero del seguro mantuvo el resort a flote… hasta que cumplí los dieciocho y pude empezar a ocuparme yo.
Lucas levantó la mirada.
—¿Kalea?
Kai asintió.
—Mi hermana pequeña.
Durante unos segundos volvieron a guardar silencio. El sonido del océano parecía llenar todos los huecos entre sus palabras.
Después Kai añadió, con un matiz leve de nostalgia en la voz:
—Aunque, en realidad… yo siempre he sido surfista profesional.
Lucas giró la cabeza hacia él, sorprendido.
—¿Profesional? No tenía ni idea.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Kai.
Pequeña.
Breve.
Y un poco rota.
—Sí. Empecé a competir a los catorce años. Gané algunas competiciones… y durante mucho tiempo mi vida fue eso.
Miró hacia el mar.
—Las olas… los aeropuertos… viajar de un sitio a otro.