Al borde del abismo #3
Pero ella sabía que algo se había roto para siempre.
La puerta del ascensor se cerró tras ellos con un sonido seco. Lucas caminaba a su lado en silencio. Ninguno de los dos habló durante el trayecto en el coche patrulla. Fuera, las luces del resort se iban desdibujando en el retrovisor, tragadas por la noche.
En la comisaría, el aire olía a café rancio y a papel húmedo, un aroma que parecía impregnarse en cada rincón del edificio.
Las paredes eran de un tono gris amarillento, iluminadas por tubos fluorescentes que zumbaban con un ritmo cansado.
Sin embargo, entre tanta sobriedad, se colaba un pequeño destello de Navidad: un diminuto árbol en una esquina, decorado con luces parpadeantes y una estrella solitaria en la punta, y sobre el mostrador, una guirnalda discreta se enroscaba alrededor del teléfono. Era apenas un susurro festivo.
Un agente les ofreció dos vasos de agua de plástico, pero ninguno los tocó.
Kai se sentó frente a la mesa metálica. Apoyó los codos, entrelazó las manos y respiró hondo, tratando de mantener la calma. Lucas estaba junto a él, de pie, con la chaqueta sobre un brazo y el rostro tenso.
—Señor Lani —empezó el inspector, un hombre de unos cincuenta años, voz ronca, mirada directa—. Necesitamos que nos relate lo ocurrido, con todo detalle.
Kai asintió lentamente.
—Liam… estaba alterado. Había bebido —empezó, su voz grave pero firme—. Me gritó cosas, me empujó. Intenté calmarlo, sujetarlo… pero perdió el equilibrio. Fue un accidente.
El agente tomó notas sin levantar la vista.
—¿Puede confirmar si hubo una pelea previa?
Kai dudó un segundo.
—Sí. Pero no fue una pelea como tal. Solo… intentaba evitar que se hiciera daño. —Su mirada se perdió en algún punto invisible frente a él—. Yo no quería que terminara así.
Lucas intervino entonces, con tono firme pero cargado de nervios.
—Yo estaba allí. Intentando separarlos. Liam estaba fuera de sí, y Kai… Kai solo intentaba detenerlo.
El inspector levantó la vista.
—¿Hubo testigos además de ustedes dos?
Lucas tragó saliva.
—Sofía y Andrea. Ellas lo vieron todo. Pero ninguna de las dos está en condiciones de declarar esta noche.
El agente asintió, haciendo una anotación final.
—La ambulancia lo ha llevado al hospital. Está grave, pero con vida —dijo sin mirarles—. En cuanto tengamos el parte médico, confirmaremos los detalles.
Kai cerró los ojos por un instante. El alivio fue breve, pero real.
Lucas le dio una palmada en el hombro.
—¿Lo ves? —murmuró—. Todo va a aclararse, amigo. ¿Tienes un pañuelo?
Kai lo miró de reojo, agotado, negando con la cabeza.
—Ojalá fuera tan simple —susurró.
Un silencio denso llenó la sala. Solo se escuchaba el zumbido del ventilador en la esquina y el golpeteo de un lápiz contra el metal.
Fuera, la lluvia había empezado a caer, fina, persistente.
El inspector cerró el cuaderno con un chasquido seco.
—Por ahora pueden marcharse —dijo, levantando la vista hacia ellos—. Pero no abandonen el resort. Mañana retomaremos la declaración.
Lucas, que había permanecido en silencio, parpadeó un par de veces antes de reaccionar.
—¿Mañana? —repitió, incrédulo—. Pero… mañana me caso.
El inspector alzó una ceja, sorprendido, y Kai, que ya se encontraba de pie, dio un paso al frente.
Su voz sonó serena, pero cargada de un cansancio que se filtraba en cada palabra:
—Oficial, ¿podríamos posponer la declaración? —hizo una breve pausa, mordiéndose el labio inferior—. Mañana es la boda de mi huésped… —se corrigió con un suspiro leve—. Bueno, de mi amigo.
El hombre lo observó un instante en silencio. Su mirada, serena al principio, se fue suavizando poco a poco. Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia él.
—Tú eres Lani… el hijo de Keoni Lani, ¿verdad?
Kai asintió despacio.
—Sí, señor.
El inspector suspiró, el gesto vencido por un recuerdo.
—Conocí a tu padre. Un hombre justo, decente.
Hace años, antes del accidente… —bajó la voz—. Lamento mucho lo que ocurrió. Me llamo Maleko… y fui muy amigo de tu padre desde que éramos críos.
Kai asintió, sin palabras.
El inspector cerró la carpeta con un golpe suave y dijo:
—Está bien. No os preocupéis. Todos aquí sabemos quién eres, Kai. Eres un buen muchacho, igual que tu padre. Mañana no habrá declaración… y procurad que no haya más sobresaltos.
Lucas dejó escapar un suspiro entre risas nerviosas.
—Gracias, de verdad. Prometo que mañana nadie se caerá, al menos, de ningún balcón.
El inspector lo miró con una expresión cansada, casi divertida.
—Será mejor que así sea —replicó, mientras se ponía el sombrero y salía del despacho.
Fuera, la lluvia, que antes había comenzado a caer fina y persistente, ya había cesado. El aire olía a tierra mojada y sal. Las luces de los coches se reflejaban sobre el asfalto húmedo, dibujando destellos dorados y temblorosos.
Kai y Lucas cruzaron la calle en silencio, con el rumor lejano del mar colándose entre los tejados. La noche seguía cerrada, espesa, y el cielo aún guardaba el brillo apagado de las nubes.
Capítulo 13