Manual de supervivencia para una boda Al borde del abismo #2
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Al borde del abismo #2

Las cortinas se agitaron con una ráfaga de viento, golpeando suavemente la pared, como si nada hubiera pasado. A lo lejos, la risa despreocupada de algún huésped junto a la piscina se mezcló con el rugido constante del mar, ajeno, eterno.

El mundo seguía girando.

Pero para ellos, en aquella habitación suspendida entre el miedo y el abismo, todo acababa de cambiar para siempre.

Sofía gritó el nombre de Liam.

Kai se quedó quieto, pálido, con las manos temblorosas, mirando hacia abajo.

Andrea cayó de rodillas, cubriéndose el rostro.

El tiempo pareció suspenderse.

El viento agitaba las cortinas, arrastrando consigo el olor a sal y alcohol. El silencio posterior era tan espeso que parecía morder el aire.

Desde el borde del balcón, a través de la barandilla abierta, se veía el cuerpo de Liam, que yacía entre la hierba húmeda y la arena, unos metros más abajo.

Su camisa blanca se había manchado de tierra, de sombra, de noche, mientras las luces del resort parpadeaban sobre él, bañándolo en reflejos dorados y azulados que palpitaban como brasas en la distancia.

El rumor del mar seguía ahí, constante, implacable, como un corazón que no dejara de latir aunque todo lo demás se detuviera.

Y entre el murmullo de las olas y la respiración entrecortada de los que aún temblaban en la habitación, el destino ya había hablado.

Había decidido por todos.

Andrea cubrió su boca con las manos. Lucas, con el rostro desencajado, ya gritaba pidiendo ayuda.

—¡Necesitamos ayuda! ¡Rápido, que venga alguien!

La voz de Lucas se quebró en el aire, resonando por el pasillo como una alarma.

Durante unos segundos, el silencio del resort pareció romperse en mil pedazos.

Primero llegaron los pasos.

Pasos apresurados que golpeaban el suelo del corredor, acercándose desde distintas direcciones. Puertas que se abrían de golpe. Voces confusas. El sonido de alguien preguntando qué estaba pasando.

Algunos huéspedes asomaban la cabeza desde sus habitaciones, todavía medio vestidos; otros salían directamente al pasillo con expresión desconcertada, tratando de averiguar el origen de aquel alboroto que había roto la calma de la noche.

Los murmullos crecían.

—¿Qué ha pasado?

—¿Ha sido una pelea?

—¿Alguien se ha caído?

La puerta de la habitación, que había quedado entreabierta, se abrió de golpe.

Dos empleados del resort irrumpieron primero, visiblemente alterados. Detrás de ellos aparecieron varios miembros de seguridad y algún trabajador más que se había acercado al escuchar los gritos.

Uno de los guardias miró rápidamente hacia el balcón y luego hacia el interior de la habitación, tratando de entender lo ocurrido.

Otro empleado salió corriendo por el pasillo con el walkie-talkie en la mano.

—¡Avisad a emergencias! —gritó al aparato mientras avanzaba—. ¡Necesitamos una ambulancia ahora mismo!

El murmullo de voces y pasos llenó el corredor.

La calma festiva del resort se había transformado en un caos contenido, lleno de miradas inquietas y preguntas sin respuesta.

Pasaron unos minutos.

Diez.

Quizás quince.

El tiempo parecía haberse vuelto extraño, pesado, suspendido.

Entonces, finalmente, por el pasillo aparecieron dos hombres con trajes oscuros. Caminaban con rapidez, seguidos muy de cerca por una mujer uniformada del personal de emergencias del resort.

Entraron en la habitación casi sin detenerse.

—¿Señor Lani? —preguntó uno de los hombres, ligeramente jadeante—. ¿Qué ha ocurrido aquí?

Kai no respondió de inmediato.

Tenía a Sofía entre sus brazos.

Una de sus manos permanecía firme sobre el vientre de ella, como si aquel simple gesto pudiera protegerla de todo lo que acababa de suceder… como si temiera que el destino pudiera volver a golpear en cualquier momento.

Sus ojos estaban fijos más allá de la terraza, hacia la oscuridad de la noche.

Durante unos segundos pareció incapaz de encontrar las palabras.

—Un accidente —dijo al fin, con voz grave, controlada, aunque el temblor de su mandíbula lo traicionaba—.

El hombre asintió con rapidez.

—Los servicios de emergencias están de camino.

Kai cerró los ojos un instante, respirando hondo.

El sonido lejano de una sirena comenzó a abrirse paso entre el rumor del mar.

Y en ese momento, la gravedad de lo ocurrido empezó a hacerse real para todos.

Sofía se aferró al brazo de Kai, los ojos abiertos de par en par, buscando en él una respuesta que nadie podía darle.

—¿Está muerto? —preguntó con un hilo de voz—. Kai… ¿está muerto?

Pero nadie respondió. Andrea la abrazó desde atrás, intentando calmarla, murmurando su nombre entre sollozos.

El personal del resort intentaba mantener a los curiosos alejados mientras los médicos descendían hasta el cuerpo de Liam.

Las luces de las linternas se movían entre la vegetación, recortando figuras fantasmales.

Uno de los agentes se acercó a Kai.

—Señor Lani, tiene que acompañarnos. Solo necesitamos su declaración para el informe inicial.

Kai asintió sin apartar la mirada de Sofía.

Se inclinó hacia ella, acariciándole la mejilla con una dulzura contenida, casi como si temiera quebrarla.

—No te preocupes, todo saldrá bien —le susurró, rozándole la frente con los labios—. Tranquilízate… enseguida vuelvo.

Ella intentó aferrarse a su camisa, pero Lucas intervino, tocándole el hombro.

—Iré con él —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba—. Quédate con Andrea.

Kai se detuvo un segundo antes de salir. La miró una última vez. Su rostro, bañado por las luces azuladas, parecía el de alguien suspendido entre la realidad y el sueño. Se obligó a apartar la vista para marcharse.

Kai y Lucas siguieron a los agentes hacia la salida, mientras las luces azules bañaban la fachada del resort y las sombras de ambos se alargaban sobre el suelo.

Sofía se quedó allí, de pie, abrazada a Andrea, mirando hacia el vacío donde Liam había caído. La ambulancia se alejaba, con su sonido apagándose entre el rumor del mar. Las olas rompían contra la orilla, indiferentes, como si no hubiera pasado nada.