Manual de supervivencia para una boda Al borde del abismo
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Al borde del abismo

S ofía caminaba junto a Kai, los pasos lentos, arrastrados; se sujetaba a su brazo con la cabeza ligeramente inclinada. Tenía el rostro pálido y los ojos enrojecidos por el cansancio.

Cuando Kai pasó la tarjeta por el lector, el pitido del seguro resonó con un clic suave.

—Ya casi estás dentro —murmuró él—. Solo tienes que descansar.

Entonces, desde el fondo del pasillo, se oyó una voz conocida.

—¿Sofía?

Lucas y Andrea aparecieron al fondo del pasillo. Andrea tenía todavía la sonrisa viva, el brillo en los ojos de quien no quería que la fiesta acabara.

—¿Estás bien? —preguntó, acercándose—. Llevamos rato buscándote, me tenías preocupada.

Sofía apenas alcanzó a contestar cuando, detrás de ellos, una silueta tambaleante emergió de la penumbra del pasillo.

Liam.

La camisa abierta, el rostro enrojecido por el alcohol y los ojos llenos de una furia contenida.

—¿Qué pasa aquí? —masculló, con una sonrisa ladeada que no llegaba a los ojos—. ¿Otra vez juntos?

Andrea dio un paso atrás, sorprendida. Kai se giró despacio, tensando la mandíbula. Lucas fue el primero en reaccionar.

—Vamos, Liam —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. Estás borracho. Ven, te acompaño a tu habitación.

Pero Liam se zafó de un tirón.

—¡No me toques! —gritó.

El eco rebotó por las paredes blancas del pasillo.

Kai dio un paso al frente, con voz firme, baja:

—Liam, este no es el momento.

—¿El momento? —rió, con un sonido amargo, quebrado—. ¿Tú hablas de momento, señor dueño del resort?

El silencio cayó de golpe.

Andrea abrió los ojos, sin comprender. Sofía sintió un vuelco en el pecho.

—Sí —continuó Liam, tambaleándose hacia él—. ¡El gran Kai! No es un simple empleado, ¿verdad? No, no… eres el maldito dueño. El tipo al que todos aquí le sonríen porque les paga la nómina.

Kai no respondió.

Su rostro era una máscara de contención, pero las venas del cuello se le marcaban, tensas, como si toda su calma estuviera sostenida por un hilo demasiado frágil.

Liam, en cambio, era pura tormenta.

Sus ojos brillaban con un fuego descontrolado, el cuerpo balanceándose ligeramente por el alcohol, pero cargado de una agresividad que hacía imposible prever su siguiente movimiento.

—Liam… basta —dijo Kai con voz baja, intentando mantener la calma—. No merece la pena.

Intentó sujetar a Liam del brazo, con la intención de apartarlo y sacarlo de allí antes de que todo fuera peor.

Pero Liam reaccionó con violencia.

Lo empujó de golpe.

Kai retrocedió un paso, recuperando el equilibrio justo a tiempo.

Fue entonces cuando Andrea reaccionó.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia Sofía, que estaba a un lado de Kai, paralizada, incapaz de apartar la mirada de la escena

—Vamos dentro, Sofía, por favor —le dijo con urgencia, sujetándola por el brazo.

Pero Sofía no se movía.

El miedo le había agarrotado el cuerpo. Estaba clavada al suelo, observando a los dos hombres como si cualquier movimiento pudiera desencadenar algo aún peor.

Andrea tiró suavemente de ella, intentando apartarla de la pelea, colocándose entre Sofía y ellos como un gesto instintivo de protección.

Mientras tanto, Lucas dio un paso adelante para ayudar a Kai.

Entre los dos intentaron sujetar a Liam por los brazos.

—¡Soltarme! —rugió Liam.

Forcejeó con una fuerza inesperada, sacudiéndose como un animal acorralado. Sus hombros chocaban contra los de Kai y Lucas mientras trataban de contenerlo sin golpearlo.

—Solo queremos llevarte a tu habitación —dijo Kai, intentando mantener la voz firme.

Pero Liam ya no escuchaba.

El alcohol y la rabia habían tomado el control.

Entre empujones y tirones, Kai y Lucas consiguieron arrastrarlo unos pasos hacia la puerta de la habitación.

El marco apareció detrás de ellos.

El umbral.

Pero justo cuando estaban a punto de cruzarlo, Liam se revolvió con violencia.

Empujó a Kai con todas sus fuerzas.

La puerta, que estaba apenas entreabierta, se abrió de golpe cuando el cuerpo de Kai chocó contra ella.

El golpe hizo que la madera rebotara contra la pared con un sonido seco.

Kai cayó hacia el interior de la habitación prácticamente a la fuerza.

Y Liam fue detrás.

Todavía forcejeando.

Lucas intentó seguirlos para separarlos, mientras Andrea mantenía a Sofía apartada, sujetándola con firmeza.

Dentro de la habitación, la ventana del balcón estaba abierta.

La brisa marina entraba arrastrando el olor salado del océano, mezclado con el perfume de la noche y el fuerte aroma del alcohol.

Las cortinas se agitaban con el viento, ondeando como fantasmas blancos alrededor de ellos.

Kai levantó las manos.

No en posición de ataque.

Sino de contención.

—Liam… basta —dijo otra vez—. No quiero hacerte daño. Solo queremos llevarte a tu habitación.

Liam soltó una sonrisa ronca.

—Daño… —repitió, clavando los ojos en él—. Ya me lo hicisteis. Tú… y ella.

Y entonces, sin aviso.

En un movimiento brusco.

Le lanzó un puñetazo directo al rostro.

El golpe alcanzó a Kai de lleno.

Su cabeza se giró por el impacto, su cuerpo tambaleándose hacia atrás… mientras intentaba, aun así, sujetarlo sin devolver el golpe.

—¡Liam, para! —gritó Lucas.

Entonces Sofía apareció en la puerta, con Andrea detrás.

—¡Liam! ¡Por favor, suéltalo!

Kai intentó separarse, pero Liam lo acorraló contra la barandilla del balcón. La noche se extendía abajo, negra, inmensa.

Los dos forcejeaban y el sonido de los cristales temblaba con cada golpe seco contra la barandilla.

—¡Suéltalo, Liam! —gritaba Sofía, con la voz rota y el corazón desbocado.

Liam lo agarró del cuello y apretó con rabia. Kai intentó decir algo, pero apenas le salía la voz.

—Sofía… vete… —jadeó.

—¡Cállate! —rugió Liam, apretando más—. ¡Puta! ¡Te acostaste conmigo hace unos días, no significó nada, ¿verdad?! ¡Nada!

Las palabras cayeron como un disparo.

Sofía se llevó las manos a la boca. El aire pareció abandonarla. Las lágrimas le desbordaron los ojos mientras una oleada de vergüenza, culpa y confusión la atravesaba. Recordó despertarse desnuda, borracha, con lagunas negras en la memoria.

Andrea la miró, desconcertada, incapaz de entender qué estaba ocurriendo.

Fue entonces cuando Lucas dio un paso al frente.

Con suavidad, pero con una firmeza inesperada, sujetó a Sofía por el brazo. La obligó a mirarlo a los ojos.

—Eso nunca sucedió, Sofía.

Ella parpadeó, desorientada.

—¿Qué…? —susurró, apenas audible.

Lucas mantuvo la mirada fija en la suya.

—Nunca te acostaste con él —repitió con claridad—. Eso es lo que Liam quería que creyeras.

El silencio que siguió fue espeso.

—Lo escuché abajo, en la barra del bar —continuó Lucas—. Estaba tan borracho que se le escapó. Presumía de haberte hecho creer algo que nunca pasó.

Andrea giró la cabeza bruscamente hacia Sofía.

Su expresión era de puro desconcierto.

—¿Esto…? —preguntó mirando primero a uno y luego a otro—. ¿Esto es lo que estabais intentando ocultar en la cena?

Sofía se quedó boquiabierta.

—¿Qué…?

La palabra apenas logró salir de su garganta.

Lucas asintió.

—Dijo literalmente que no había pasado nada. Que solo había conseguido manipularte para que pensaras que sí… para que volvieras con él.

Durante un segundo, el mundo pareció inclinarse.

Sofía sintió cómo algo dentro de ella se rompía… y al mismo tiempo se recolocaba.

El nudo de culpa que llevaba apretándole el pecho empezó a aflojarse. El peso que había cargado sin saberlo comenzó a desprenderse lentamente, como si alguien estuviera retirándole una piedra del corazón.

Pero la liberación llegó mezclada con otra oleada de emociones.

Rabia.

Humillación.

Vergüenza.

Dolor.

Andrea se quedó completamente inmóvil apenas un segundo. Fue el tiempo justo que necesitó la furia para prenderle en el pecho.

—Hijo de puta… —murmuró primero, con una voz baja que casi parecía un suspiro.

Luego levantó la cabeza.

Sus ojos brillaban.

—¡Qué tío más cerdo! —estalló de repente—. ¡Hijo de puta!

Dio un paso al frente, el cuerpo entero vibrándole de rabia.

—¡Es un cerdo! ¿Me oyes? ¡Un cerdo!

Su mirada se clavó en Lucas.

—Es que no tengo ni ganas de que esté en mi boda —dijo, respirando con dificultad—. Lucas, te lo digo en serio. No merece ni estar cerca de nosotros mañana.

Sacudió la cabeza, todavía furiosa.

—¿Pero qué clase de amigo es este, por Dios?

Mientras Andrea desahogaba su indignación, Sofía seguía allí.

Sofía la miraba sin verla, todavía recomponiéndose por dentro. La verdad acababa de caerle encima como una ola tardía, liberadora y devastadora a la vez.

Porque si aquello era cierto… entonces todo el dolor que había llevado dentro, toda la culpa que había sentido, todas las noches preguntándose qué había hecho mal…

Nunca habían sido suyas.

Habían sido de él.

Fue entonces cuando Lucas reaccionó.

Sin decir una sola palabra, sin pensarlo dos veces, giró sobre sí mismo y salió disparado de la habitación. El eco de sus pasos rompió el silencio del pasillo como un disparo seco.

—¡Lucas, rápido, pide ayuda! —gritaba Andrea desde dentro, con la voz rota por el miedo.

Lucas corría, el corazón a punto de salírsele por la boca, mientras su mente —incapaz de procesar tanta tensión— buscaba refugio en lo absurdo.

—Madre mía… ¿Qué sería una boda sin un poco de drama? Y yo que pensaba que lo peor sería quedarme sin pañuelos mañana…

Su voz se perdía por el corredor mientras golpeaba puertas con la mirada, buscando a alguien, a cualquiera.

Dentro de la habitación, el tiempo parecía haberse detenido.

Kai y Liam seguían forcejeando, cuerpos tensos, respiraciones desbocadas.

El aire estaba cargado, espeso, como si cada segundo pesara demasiado.

Sofía apenas podía moverse; sentía el miedo clavado en el pecho, la garganta cerrada, las piernas incapaces de responder.

Andrea no dejaba de gritar, de suplicar, de maldecir.

Kai reunió la última fuerza que le quedaba. No fue un golpe. No fue un ataque. Fue un empujón desesperado, instintivo, solo para apartarlo.

Un instante.

Un resbalón.

El sonido seco del cuerpo golpeando la barandilla.

Y después… silencio.

Un silencio brutal, antinatural, que lo devoró todo.

Todo se detuvo.