El impulso de la urgencia #3
De allí salían Liam y una de las primas de Andrea. Ambos tenían el rostro enrojecido, el cabello despeinado, la respiración agitada.
Ella se colocaba la falda derecha y se bajaba el top, mientras que él se subía la cremallera del pantalón.
Evitaron las miradas, se apartaron con torpeza.
El aire del pasillo estaba impregnado de perfume, alcohol y música que llegaba amortiguada desde la terraza.
Kai se tensó de inmediato. Sofía solo pudo observar, paralizada.
Liam levantó la vista y la encontró con los ojos, se pasó una mano por el cabello y esbozó una sonrisa fingida antes de regresar junto a los demás.
Hubo un segundo de silencio denso, insoportable.
El aire se llenó de algo frío, cortante.
—Sofía… —balbuceó Liam, intentando componer una sonrisa nerviosa.
Pero ella ya no escuchaba.
El mareo regresó con más fuerza.
Kai la sujetó por la cintura justo antes de que tropezara.
—Sofía, mírame —le dijo con voz baja, firme—. No mires a nadie más. Respira.
Ella apretó los ojos, tratando de contener el temblor de las manos.
El sonido del mar se filtraba desde fuera, como un rumor distante.
Por dentro, en cambio, todo era un caos: rabia, confusión y un nudo insoportable en el pecho.
Kai la condujo hacia el interior del baño, en silencio.
No hizo preguntas.
Solo se quedó junto a ella, esperando, protegiéndola con una calma que contrastaba con el torbellino que ardía en los ojos de Sofía.
El salón del resort seguía vibrando con risas y música, aunque ahora los destellos cálidos de las luces se entrelazaban con los suaves reflejos de guirnaldas doradas y luces de colores que colgaban del techo.
Copas medio vacías relucían entre el brillo de pequeñas estrellas navideñas colocadas sobre las mesas.
El rumor del mar llegaba desde la terraza, mezclándose con los acordes de una guitarra suave al fondo y con el murmullo festivo de campanillas y adornos colgando de las palmeras interiores.
El aire olía a vino, flores tropicales y un toque de canela y pino, recordando a todos que, aunque estuvieran en pleno verano hawaiano, también se respiraba Navidad allí.
Liam regresó a la mesa principal con el paso algo tenso, las manos aún húmedas por el agua del lavabo. Intentaba recomponerse, fingir normalidad, pero su gesto lo delataba.
Andrea estaba allí, radiante, con el vestido ligero que dejaba escapar reflejos dorados bajo la luz.
Sus ojos brillaban con el entusiasmo y el cansancio de quien lleva todo un día en pie, coordinando risas, abrazos y preparativos.
Hablaba con Lucas y los familiares, gesticulando mientras su pulsera tintineaba contra la copa.
Al verlo acercarse, levantó la mano y lo llamó:
—¡Liam!
Su voz era amable, aunque un poco apurada.
Liam se acercó despacio, todavía con la sonrisa forzada de quien no sabe si llega en buen momento.
—¿Sí?
Andrea le sonrió con ternura.
—Ha habido un cambio de planes para mañana.
Él arqueó las cejas sin entender.
—¿Qué cambio?
Andrea intercambió una rápida mirada con Lucas antes de contestar, como si buscara apoyo en su gesto.
—Sofía va a ir con Kai. Y tú, si no te importa, acompañarás a mi prima.
El murmullo del salón se apagó de golpe dentro de su cabeza.
Las risas, las copas, el sonido de los cubiertos… Todo quedó suspendido, lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—¿Con Kai, el instructor? —repitió él, en voz baja, casi un susurro.
Andrea asintió, distraída, sin captar el filo que había en su tono.
—Sí, es lo mejor. Sofía me lo ha pedido y… bueno, tú así no vas solo —dijo, sonriendo antes de volver su atención a su madre, que le hablaba desde el otro extremo de la mesa.
Pero Liam ya no escuchaba.
Un calor repentino le subió por el cuello, tiñéndole las orejas de rojo.
Sintió un latido fuerte, irregular, en las sienes.
Eran celos, rabia, una punzada humillante de impotencia que le quemaba las entrañas.
La imagen de Sofía riendo con ese hombre volvió a su mente como una herida abierta.
No podía soportarlo.
Giró la cabeza, examinando la terraza, los reflejos de las luces en las copas. Buscaba a Sofía, desesperado, pero no la vio.
Solo turistas bailando, camareros pasando bandejas y un cielo de un azul profundo sobre las palmeras.
«Estará dentro» , pensó, recordando el baño, el pasillo, el eco del agua corriendo.
Sin dudarlo, se giró y caminó hacia el interior del resort.
El contraste lo envolvió: del bullicio festivo a un pasillo silencioso, apenas iluminado por faroles colgantes. El sonido de sus pasos resonaba en el suelo de piedra.
Y entonces lo vio.
Kai estaba apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos del pantalón vaquero, escuchando con atención a uno de los empleados.
El hombre, un tipo joven con camiseta del resort, lo miraba con respeto, casi con nerviosismo.
—Señor Lani —decía el empleado—, los novios han cambiado de opinión. Quieren la ceremonia en el rompeolas. Dicen que prefieren la vista al atardecer.
Kai asintió despacio, su voz grave y tranquila.
—Perfecto. Que monten el arco junto a la orilla y coloquen las antorchas desde la entrada hasta el altar. Quiero que esté listo antes del amanecer.
El empleado asintió varias veces, inclinando la cabeza.
—Sí, señor. Por supuesto, señor Lani.
Liam se detuvo en seco, en mitad del pasillo.
«Señor Lani».
Las palabras retumbaron en su cabeza.
Miró a Kai, que consultaba su reloj con calma antes de despedirse del trabajador con un gesto leve.
Todo encajó.
No era un empleado más.
Era el dueño.
El dueño del resort.
El hombre al que todos obedecían.
Liam sintió cómo algo dentro de él se tensaba hasta casi romperse.
El aire se volvió espeso, la sangre le golpeaba las sienes con cada latido.
Kai Lani.
El tipo que tenía a Sofía riendo, mirándolo como si el resto del mundo no existiera, era también el hombre que lo controlaba todo: el dinero, el lugar, las reglas.
Sus puños se cerraron con fuerza.
Y una idea oscura, afilada, empezó a tomar forma en su mente.
Se dio la vuelta despacio, con el rostro endurecido, y regresó hacia la terraza.
Las luces cálidas, las risas, el sonido de las copas… todo le parecía una burla.
Cada paso que daba resonaba como un golpe seco en el suelo, marcando el compás de una rabia contenida.
Cuando atravesó de nuevo la terraza, el aire húmedo del mar le rozó la cara.
Andrea reía, Lucas brindaba con los suyos, y el mundo seguía girando, ajeno a la tempestad que le ardía en el pecho.
Pero Liam ya lo había decidido.
Esa noche, o mañana, en la boda, todos sabrían quién era realmente Kai Lani.
Y quién era Sofía.
Su sonrisa fue apenas un temblor amargo en los labios antes de perderse entre la multitud, mientras el rumor de las olas se mezclaba con la música y el eco lejano de su propio odio.
El ruido del mar llegaba amortiguado, como si incluso las olas se hubieran cansado de celebrar.
En la terraza, las luces doradas temblaban sobre los vasos medio vacíos, y Liam permanecía apoyado en la barra, con la mirada perdida en algún punto que ya no existía.
Pidió una copa de vodka. Y luego otra.
El sonido vibrante del hielo se convirtió en el único sonido constante, un pulso helado que acompañaba su soledad.
El camarero le sirvió otro trago sin que él lo pidiera, y Liam lo bebió con esa resignación que tienen los que ya han decidido perder.
Por un instante, su reflejo en el cristal del vaso le devolvió una imagen que casi no reconoció: los ojos vidriosos, la sonrisa rota, la sombra del hombre que había sido.
«¿Con Kai?», resonó otra vez la voz de Andrea en su cabeza, esa frase que seguía repitiéndose como un eco maldito.
Con Kai. El dueño del resort. El hombre al que todos obedecían.
El alcohol empezó a hacer su trabajo: primero calor en la garganta, luego fuego en el pecho, después niebla en la mente.
Y en esa niebla, Sofía aparecía una y otra vez —riéndose, girando sobre sí misma, con ese conjunto ligero y los pies descalzos sobre la arena—, mientras él intentaba aferrarla y ella se desvanecía entre las luces.
Lucas lo encontró así, encorvado sobre la barra, con los codos hundidos y la mirada perdida en el fondo del vaso.
—Hombre, amigo, ¿tú por aquí? —dijo Lucas, intentando sonreír, con ese tono entre sorpresa y preocupación.
Liam levantó apenas la vista. La sonrisa fue un temblor amargo en los labios antes de desvanecerse.
—¿Qué haces bebiendo solo? —preguntó Lucas, buscando romper el silencio, pero las palabras rebotaron sin respuesta.
Liam murmuró algo ininteligible, una mezcla de nombres, culpa y alcohol. Solo se entendieron unas pocas frases sueltas:
—…Intenté… que pensara… que nos habíamos acostado… pero no… no funcionó…
Entonces Lucas lo miró con un gesto lento, como si las piezas empezaran a encajar.
—¿No pasó nada con Sofía? —preguntó en voz baja.
Liam no respondió. Solo bajó la cabeza, y el hielo volvió a sonar, marcando el compás de su derrota.
El aire olía a vodka y a sal. La música seguía sonando a lo lejos, pero ya no tenía sentido.
Lucas se quedó allí un momento más, viendo cómo Liam se hundía despacio en su propio silencio, antes de marcharse.
Y cuando se fue, Liam pidió otro trago.
Y otro.
Y otro.
Hasta que incluso el eco del hielo terminó por desaparecer.
El pasillo del resort estaba casi en silencio.
Solo el rumor lejano de las olas y el zumbido tenue del aire acondicionado llenaban el aire espeso de la madrugada.
Hay momentos en los que basta un solo paso en falso para que todo se precipite.
Capítulo 12