El impulso de la urgencia #2
Por un momento, el tiempo pareció detenerse.
El rumor del pasillo, los pitidos de las máquinas, el zumbido del aire acondicionado… todo desapareció.
Solo estaban ellos dos.
Kai la miró unos segundos más y, sin poder evitarlo, se inclinó.
Rozó sus labios con los de ella en un beso breve, casi temeroso, pero lleno de una calma que Sofía no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Un latido nuevo se abrió paso en medio del caos, reclamando su lugar sin pedir permiso.
Capítulo 10
Un latido inesperado
Capítulo 10 ✦ Un latido inesperado
C uando se apartó, su voz salió suave, apenas un murmullo:
—Espero que te encuentres mejor… ya te han puesto la medicación.
Sofía lo miró en silencio, aun sintiendo el calor de su beso en los labios.
—Kai… tengo que decirte una cosa —dijo, con la voz entrecortada.
Él frunció el ceño, intentando descifrar lo que escondía su tono. Pero antes de que pudiera responder, la puerta volvió a abrirse.
El médico entró con una carpeta en la mano y una sonrisa discreta.
—Buenas noticias —anunció, mirando a ambos—. Todo está bien. De hecho, más que bien.
Felicidades… van a ser padres.
Las palabras flotaron en el aire, densas, casi irreales.
Kai se quedó quieto, parpadeando.
Su mirada fue hacia Sofía, como si buscara confirmar que lo había escuchado bien.
Ella lo miró, los ojos húmedos, incapaz de articular palabra.
Entonces Kai sonrió.
No una sonrisa amplia, sino una de esas que nacen despacio, desde dentro.
Le apretó la mano con fuerza, con emoción contenida, como si en ese gesto quisiera decirle mil cosas que aún no encontraba cómo decir.
—¿Padres? —repitió en voz baja, y la palabra pareció encenderle la mirada.
El médico, aun de pie junto a ellos, hojeó los papeles.
—¿Quieren saber el sexo del bebé?
Sofía lo miró de inmediato y negó con la cabeza.
—No —dijo, temblando—. Prefiero esperar.
Kai soltó una risa leve.
—Yo sí quiero saberlo —dijo, sin apartar la vista de ella.
El médico arqueó una ceja, divertido.
—Entonces, ¿sí o no?
Ambos se miraron, y el silencio entre los dos fue casi cómplice.
Kai suspiró, encogiéndose de hombros.
—Está bien, no.
Pero entonces Sofía, en un impulso, sonrió entre lágrimas.
—No, espera… sí. Quiero saberlo.
El médico los observó, divertido, y dijo con una sonrisa:
—De acuerdo… ¿definitivamente sí?
Kai y Sofía se miraron una vez más, como si el mundo se resumiera en esa coincidencia, y asintieron al unísono.
—Sí —dijeron los dos, al mismo tiempo.
El médico sonrió, cerró la carpeta y los miró con ternura.
—Enhorabuena —dijo—. Es una niña.
El aire pareció llenarse de luz.
Sofía se llevó las manos al rostro, entre risas y lágrimas, mientras Kai la miraba con los ojos brillantes.
Su mano seguía aferrada a la de ella, firme, cálida, como una promesa silenciosa.
—Una niña… —susurró Kai, casi sin aliento. Y luego, mirándola a ella, añadió con una sonrisa temblorosa—: será tan caótica y hermosa como su madre.
Sofía no respondió. Solo le devolvió la mirada, y por primera vez no hubo distancia ni miedo entre ellos.
Solo esa certeza luminosa y frágil de que, pese a todo, estaban exactamente donde tenían que estar.
El reloj del pasillo marcaba casi medianoche cuando el médico regresó con la sonrisa amable de quien trae alivio.
—Todo está en orden, Sofía —dijo, revisando una última vez las notas de su carpeta—. La medicación le ha hecho efecto, pero necesito que descanse y, por favor, nada de alcohol. Su cuerpo necesita calma.
Sofía asintió, todavía algo pálida, mientras Kai la ayudaba a incorporarse.
Él permanecía a su lado en todo momento, silencioso, atento, con esa mezcla de preocupación y ternura que a Sofía la desarmaba.
El sonido distante de los monitores del hospital marcaba un pulso constante, suave, como si acompañara su respiración.
—Mañana es la boda de Andrea —murmuró ella, intentando recomponerse mientras se ponía en pie.
Kai la observó, inclinando apenas la cabeza.
—Lo sé —respondió con voz baja, serena—. Pero ahora tienes que descansar.
—Lo haré —susurró Sofía, dibujando una sonrisa leve, cansada pero sincera.
Él no dijo nada más. Se inclinó hacia ella, la rodeó con los brazos y la levantó con cuidado.
—Te llevo al resort —añadió él, sin dejar espacio a discusión.
El roce de su piel contra la suya, la calidez de su cuerpo, hicieron que Sofía apoyara la cabeza en su hombro sin pensarlo.
Kai caminó por el pasillo del hospital con paso firme.
Las luces blancas parpadeaban sobre ellos, reflejándose en el suelo pulido, mientras el eco de sus pasos se mezclaba con el rumor lejano de las puertas automáticas abriéndose.
En los mostradores habían colgado pequeñas guirnaldas de luces cálidas que resplandecían con discreción, y una diminuta estrella dorada colgaba del árbol de Navidad que el personal había puesto junto a la sala de espera.
El contraste entre el olor a desinfectante y ese toque festivo, casi frágil, hacía que el pasillo se sintiera extraño, como si el mundo exterior se filtrara por las rendijas para acompañarlos, aunque fuera en silencio.
Fuera, la noche hawaiana los envolvió con su humedad dulce y su perfume a flores.
El cielo estaba despejado, impregnado de estrellas.
Frente a ellos, el BMW M9 de Kai —negro, impecable, con las líneas aerodinámicas reflejando los faroles del aparcamiento— parecía una bestia dormida.
Kai abrió la puerta con un gesto suave y acomodó a Sofía en el asiento.
Luego rodeó el coche, se sentó al volante y arrancó.
El motor rugió con un sonido profundo, grave, que vibró en el aire.
El coche avanzó por la carretera serpenteante, flanqueada por palmeras que se mecían al ritmo del viento.
Las luces del hospital quedaron atrás, disolviéndose en la distancia, y el resplandor del mar comenzó a reflejarse en los cristales.
Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo nada.
Solo se oía el murmullo del motor, el zumbido suave de los neumáticos sobre el asfalto y el rumor del océano, siempre presente, acompañándolos.
Entonces Kai rompió el silencio.
—¿Qué te parece el nombre de Leilani? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.
Sofía giró ligeramente la cabeza, sorprendida.
—¿Leilani? —repitió, saboreando las sílabas.
Kai asintió, una sonrisa apenas dibujada en el perfil iluminado por la luz del tablero.
—Significa “ niña bonita ” o “ flor celestial ”. Me parece que le quedaría bien.
Sofía bajó la mirada hacia sus manos, que descansaban sobre el regazo.
Su respiración se volvió más lenta, más honda.
—Leilani… —susurró—. Pues no suena mal.
Kai la miró de reojo y esbozó una sonrisa.
—Perfecto —dijo, con un leve brillo en los ojos.
En ese instante, el aire entre ellos cambió.
La tensión, el miedo, todo se disolvió en un silencio cálido, lleno de significado.
El coche seguía su curso, dejando atrás la ciudad dormida, los faros cortando la oscuridad con líneas doradas.
Sofía apoyó la cabeza en el cristal y dejó escapar un suspiro.
En su mente, la imagen de la casa de Kai, la mirada dulce de Malia, las palabras de la anciana… todo se mezclaba con la certeza nueva que crecía dentro de ella.
Kai, al volante, no podía evitar sonreír. Pensaba en su hermana Kalea, en cómo reaccionaría al saberlo, en su risa cuando se enterara de que pronto tendría una sobrina.
—Kalea va a estar feliz —murmuró, más para sí que para Sofía—. Siempre quiso una hermana pequeña.
Sofía lo escuchó y sonrió también, dejando que esa frase la envolviera como una caricia.
El coche se adentró por el camino que conducía al resort.
Kai la observó de reojo, con una sonrisa apenas perceptible.
—¿Y el pie? —preguntó, rompiendo el silencio con una voz suave, casi cómplice—. ¿Todavía te duele?
Ella giró el rostro hacia él, con una expresión tranquila, más ligera que antes.
—No —dijo—. Ya no me duele nada. —Y levantó uno de los zapatos de tacón del suelo—. De hecho, creo que ya puedo volver a ponerme los tacones.
Kai soltó una pequeña risa, de esas que apenas se notan pero lo dicen todo.
—Entonces eso significa que estás lista para volver a pelear con el mundo.
Sofía lo miró con una media sonrisa y contestó:
—O para arrepentirme en los primeros cinco pasos.
Las luces de la entrada brillaban a lo lejos como un oasis entre palmeras, reflejándose sobre la carrocería del BMW como destellos de agua. Sofía sintió una paz ligera, frágil, pero real.
Una flor celestial, pensó.
Leilani.
El amor, el poder y la mentira rara vez se muestran a simple vista.
Capítulo 11
Más allá de la apariencia
Capítulo 11 ✦ Más allá de la apariencia
E l resort seguía vivo, con música y risas que se escapaban desde la terraza principal.
Andrea y Lucas seguían celebrando con sus padres y primas; las luces colgantes titilaban sobre las mesas como luciérnagas, y el aire olía a flores tropicales y a vino.
Sofía quiso acercarse para saludar, y Kai la acompañó.
Las conversaciones se mezclaban con las risas, las copas resonaban, y los padres de Andrea hablaban animadamente con los de Lucas.
Andrea los vio acercarse y sonrió al instante.
—¡Por fin! —exclamó—. Me tenías preocupada, Sofía.
Sofía la abrazó y luego, con una mirada cómplice hacia Kai, dijo con voz suave:
—Andrea, quiero pedirte algo. Quiero que Kai sea mi acompañante en la boda.
Andrea arqueó una ceja divertida, miró a Kai y luego a Sofía.
—Por supuesto —respondió, asintiendo con calidez—. Me parece perfecto.
Sofía sonrió, agradecida. Pero apenas unos segundos después, un olor fuerte —a comida, a vino, tal vez a perfume— le llegó de golpe, y el estómago se le revolvió.
Sintió una punzada y una oleada de náuseas.
—Kai… —murmuró, llevándose una mano al vientre—. Creo que voy a vomitar…
Él la sujetó antes de que se tambaleara.
—Tranquila, vamos —dijo, tomándola por los hombros—. Los servicios están por allí.
La condujo despacio a través del vestíbulo. La música se escuchaba lejana, amortiguada por el murmullo del mar nocturno.
Al doblar el pasillo que conducía a los baños, una puerta se abrió de golpe.
Sofía se detuvo en seco.