Manual de supervivencia para una boda Deseo y confusión
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Deseo y confusión

E l golpe contra la arena la dejó sin aire. Sofía intentó incorporarse, el corazón martilleándole en el pecho, las manos hundidas en la arena húmeda que se le pegaba a la piel, el short y el top, ambos salpicados de arena y humedad.

—¡Malditos tacones! —exclamó, mientras se deshacía de ellos.

Todo a su alrededor giraba un poco —el vino aún le nublaba la cabeza— y, por un instante, no supo si lo que veía era real o un eco de su imaginación.

Frente a ella, una sombra se recortó contra la luz anaranjada de las antorchas que aún brillaban desde el resort. Su respiración se detuvo. El murmullo del mar fue lo único que oyó… hasta que esa voz la alcanzó, profunda, inconfundible, cargada de algo que dolía reconocer.

—Sofía…

El mundo pareció detenerse. Ella levantó la vista despacio y ahí estaba Kai, acercándose con el ceño fruncido, los pasos firmes sobre la arena.

El viento le revolvía el cabello, desordenando los mechones que caían sobre su frente, mientras la luz plateada de la luna dibujaba un brillo metálico sobre la línea tensa de su mandíbula.

Vestía unos vaqueros desgastados, salpicados de arena, y una camisa blanca, abierta en el cuello, que se movía con la brisa.

Sobre su pecho, el colgante de cuero oscuro —una fina tira trenzada con una pequeña moneda antigua, grabada con un símbolo hawaiano apenas visible— relucía al compás de su respiración.

Cada paso que daba parecía más lento, más inevitable.

Sofía lo observó acercarse, incapaz de moverse, con el corazón latiendo al ritmo del mar.

Por un instante, el murmullo de las olas y el roce del viento bastaron para llenar todo el espacio entre ellos.

Él se agachó para ayudarla, pero Sofía se apartó bruscamente, haciendo una mueca de dolor al apoyar el pie.

—¿Otra vez aprendiendo a correr antes de andar? —dijo Kai con una sonrisa leve, intentando romper la tensión.

Sofía lo miró, los ojos encendidos, y sin pensarlo le soltó una bofetada seca que resonó en el aire.

Kai se llevó una mano a la mejilla, sorprendido. El golpe pareció resonar más fuerte que el viento. Una sonrisa incrédula se dibujó en sus labios, apenas un temblor, mitad asombro, mitad ironía.

—Guau… pegas con fuerza.

—No entiendo cómo pudiste hacerlo —dijo ella con la voz temblorosa, más de rabia que de pena—. Me mentiste, Kai. Me engañaste. Jugaste conmigo. Dijiste que yo era la única.

Él dio un paso hacia ella, desconcertado, el ceño fruncido, intentando comprender de dónde salía todo aquello.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, la voz ronca, casi en un susurro—. Yo… yo no te mentí, Sofía.

—¿Ah, no? —soltó ella con una risa quebrada, amarga—. Entonces explícame por qué te fuiste sin despedirte, por qué desapareciste como si nada.

Kai respiró hondo. Su mirada bajó un segundo, como si buscara las palabras en la arena. Cuando volvió a mirarla, había una mezcla de tristeza y rabia contenida en sus ojos.

—Liam me dijo… —empezó, pero la voz se le quebró un instante—. Me dijo que no hacía falta que me preocupara por ti. Que lo habíais arreglado todo.

Tragó saliva.

—Que os ibais a casar.

Las palabras quedaron suspendidas entre los dos, flotando en el aire salado de la noche.

Sofía, apoyada en un pie, con el short manchado de arena y las piernas temblorosas, lo miró sin comprender.

El viento le enredaba el cabello contra el rostro, y sus ojos verdes, húmedos, reflejaban una mezcla de confusión y dolor.

—¿Qué? —susurró al fin, incrédula—. ¿Qué acabas de decir?

Kai asintió apenas, sin poder sostenerle la mirada.

—Eso fue lo que me dijo. Y yo lo creí, Sofía. Lo creí.

Por un momento, el silencio fue tan denso que solo se oía el rumor del mar, constante, implacable, como si fuera testigo mudo de todo lo que había quedado roto entre ellos.

—¿Y tú? —preguntó ella, con la voz baja, herida—. ¿Por qué no viniste a despedirte? ¿Por qué no te despediste de mí, Sofía?

Ella lo miró sin pestañear, con la respiración agitada. Por un instante pareció querer decir algo, pero se contuvo. Luego dio un paso hacia él, la arena cediendo bajo sus pies descalzos.

—¡Fui a despedirme! —gritó, avanzando hacia él—. Fui a buscarte y te vi. Te vi con ella. Esa chica… la del cabello oscuro, con la trenza.

Kai la miró unos segundos en silencio, mientras el aire entre ellos se cargaba de tensión.

Sofía, con el corazón acelerado, sintió cómo su respiración se volvía más rápida.

Sabía que no debía quedarse, que lo mejor sería marcharse antes de que la situación se complicara aún más.

Pero sus pies parecían clavados en el suelo, como si una fuerza invisible la mantuviera allí, frente a él.

Finalmente, con un suspiro, se dio la vuelta para irse, decidida a poner fin a aquel encuentro que la desestabilizaba tanto.

Fue entonces cuando Kai actuó. Con una rapidez que la tomó por sorpresa, justo cuando ella se daba la vuelta para marcharse, él la agarró del brazo con fuerza, tirando de ella hasta pegarla contra su pecho.

Sofía no intentó resistirse. Su cuerpo, traicionero, se rindió al contacto, al calor que emanaba de él.

El aroma que desprendía —una mezcla embriagadora de ron dulce, bergamota, lavanda y cedro— la envolvió, despertando en ella un deseo que había intentado enterrar.

Cerró los ojos, sintiendo cómo su voluntad se desvanecía.

El deseo la consumía, ardiente e imparable.

Tenerlo tan cerca le hacía anhelar sentirlo, recordar sus manos recorriendo cada centímetro de su cuerpo.

Evocó lo que habían sido meses atrás, cuando todo era fácil, cuando el mundo giraba en torno a ellos dos.

Aquel recuerdo la inundó, borrando las barreras que había construido para protegerse.

Su respiración se mezcló con la de él y, antes de que pudiera pensar, sus labios se encontraron en un beso intenso.

El beso fue como un viaje en el tiempo, llevándola de vuelta al principio, cuando el amor era puro y el deseo no tenía límites.

Sus labios se devoraron con ansia, sus lenguas se entrelazaron en un baile frenético, como si intentaran recuperar todo lo que habían perdido.

Kai la sujeto con más fuerza, sus manos deslizándose por su cuerpo, apretando sus nalgas con posesión.

Sofía gimió suavemente, el sonido ahogado por el beso, mientras el comenzaba a meter sus manos por su short, exponiendo su piel al cálido aire de la noche.

Ella se rindió por completo, dejándose llevar por la corriente de sensaciones que la invadían. Sus manos se aferraron a sus hombros, sus uñas se clavaron en su piel a través de la camisa, intensificando la sensación de urgencia que los consumía.

Sofía intentó recuperar el aliento, su corazón latiendo con más fuerza en su pecho.

¿Qué había hecho? ¿Por qué no lo había detenido?

Las preguntas la asaltaron, pero en ese momento no tenía respuestas.

Solo sabía que, a pesar del deseo que la consumía, algo en su interior le decía que no podía permitir que le volviera a romper el corazón, no podía permitir que le hiciese daño otra vez.

Entonces lo empujó con fuerza.

—¿Qué estás haciendo? —le espetó, apartándolo—. No soy una más, Kai. No soy parte de tu colección, ni un juego más de tus conquistas.

Él la observó, sólido, sin palabras, mientras ella intentaba alejarse cojeando. Al apoyar el pie soltó un gemido de dolor.

—Sofía… —Kai dio un paso adelante—. ¿Estás bien?

—¡No me toques! —replicó ella, aunque su voz carecía ya de fuerza.

Pero fue demasiado tarde. Kai ya la había alcanzado. La levantó en brazos con una facilidad desconcertante, como si su cuerpo no pesara nada, como si fuera solo bruma y aire. Sofía forcejeó, golpeando su pecho con los puños cerrados, los ojos empañados por lágrimas que se negaban a caer.

—¡Suéltame! ¡Kai, suéltame!

Él no lo hizo. La sostuvo con firmeza, el pulso acelerado, el aliento rozándole el cabello.

—Solo necesito darte respuestas —respondió él con voz firme, casi suplicante—. Y tampoco voy a dejarte así.

Entonces se inclinó, aun con ella en brazos, para recoger del suelo sus zapatos de tacón, que yacían medio hundidos en la arena. La luna los bañaba con su luz pálida, recortando sus siluetas contra el horizonte del mar.

El aire olía a mar y a gasolina cuando atravesaron el sendero hasta el aparcamiento.

El rumor de las olas quedaba atrás, amortiguado por la distancia, mientras las luces del resort se difuminaban entre las sombras de las palmeras.

El aire olía a sal y a tierra húmeda, y un farol solitario derramaba su resplandor ámbar sobre el asfalto, tiñendo la escena de un brillo casi irreal.

Allí, bajo en ese halo de luz, una moto BMW S1000RR negra esperaba como una bestia contenida.

El metal relucía impecable, casi líquido bajo la luna; los reflejos de cromo parecían cortar la oscuridad.

Era una de esas máquinas que imponen respeto solo con verlas.

En el manillar descansaba un casco negro brillante, y el logotipo azul y blanco de BMW resplandecía como una insignia de otro mundo.

Kai la depositó suavemente sobre el asiento de la moto, cuidando de no hacerle daño en el tobillo.

Sofía, todavía algo mareada, lo miró con una mezcla de confusión y desafío.

—Ni borracha me subo yo a eso —dijo con una media sonrisa temblorosa, apoyando una mano sobre el depósito de gasolina.

Kai soltó una carcajada suave, la mirada fija en ella, divertida y cálida, con ese brillo que mezcla ternura y descaro.

—No… borracha ya estás —bromeó, arqueando las cejas, mientras el reflejo del farol delineaba su sonrisa torcida.

Sofía le devolvió la sonrisa apenas un segundo antes de volver a adoptar un gesto firme.

—No pienso ir contigo en una moto a ningún sitio, Kai. No pienso moverme de aquí.

El viento levantó un mechón de su cabello, que se enredó en su mejilla. Kai dio un paso hacia ella.

—Sofía, si quieres respuestas, tienes que venir conmigo —dijo con voz baja, grave, cargada de algo que no era una súplica, pero tampoco una orden.