Manual de supervivencia para una boda Deseo y confusión #2
33%

Deseo y confusión #2

Sofía lo miró fijamente, intentando leer en sus ojos si hablaba en serio o si aquello era otra de sus promesas vacías.

El motor de la moto rugió de pronto, grave y contenido, como si esperara su decisión.

El sonido llenó el aparcamiento, rebotando entre las palmeras y el asfalto húmedo.

El aire olía a caucho caliente e incertidumbre.

Kai se giró hacia ella despacio, el brillo del farol dibujando una línea dorada sobre su perfil.

Le tendió el casco negro, mate, con una visera ahumada que reflejaba el resplandor de la noche.

—Póntelo —le dijo con voz baja, serena, pero con un matiz de urgencia.

Sofía lo miró un segundo, indecisa, con el corazón latiéndole desbocado.

La brisa movía su cabello, su conjunto —o lo que quedaba de su conjunto de short y top— ondeaba ligeramente, y las luces del resort se reflejaban en sus ojos.

—Estás loco —murmuró finalmente.

Kai soltó una carcajada suave, la mirada fija en ella.

—Sí —replicó, arqueando las cejas con una sonrisa ladeada—. Por ti.

El viento sopló con más fuerza, arrastrando consigo el murmullo del mar.

Sofía dudó apenas un instante más, pero aquellas dos palabras la desarmaron.

Después, con un gesto resignado, tomó el casco y se lo colocó.

Kai subió a la moto, esperó a que ella se pusiera el casco y, en cuanto sintió sus manos aferrarse a su cintura, giró el acelerador.

El rugido llenó la noche.

La moto se deslizó fuera del aparcamiento como una flecha negra, dejando atrás el resplandor cálido del resort.

Las luces se fueron diluyendo poco a poco entre el rumor del mar y el zumbido grave del motor, hasta quedar solo la carretera serpenteando junto a la costa, iluminada intermitentemente por los faros.

El viento los envolvía, tibio y salado, cargado con el aroma del océano. Las palmeras pasaban a los lados como sombras líquidas, y la luna, alta sobre el horizonte, bañaba la escena con un resplandor plateado que hacía brillar la pintura metálica de la moto.

Sofía se aferraba a la cintura de Kai, sintiendo bajo sus manos la tensión de su abdomen, el movimiento acompasado de su respiración.

Al principio lo hizo con cautela, casi con distancia.

Pero a medida que la moto ganaba velocidad, el miedo se transformó en una sensación vertiginosa de libertad.

Apoyó la cabeza sobre su espalda y cerró los ojos un instante.

El aire le rozaba las mejillas, le desordenaba el cabello, le acariciaba la piel desnuda de los brazos y las piernas con una mezcla de frescura y fuego.

El perfume de Kai —una combinación de ron dulce, bergamota y madera de cedro— la envolvía, cálido y embriagador. Era el mismo aroma que recordaba de las noches en Hawái, el mismo que se le había quedado grabado en la memoria como una promesa.

Respiró hondo, y el corazón le dio un vuelco.

Kai, al sentir la presión de sus brazos alrededor de él, contuvo la respiración un segundo. Apretó el manillar con fuerza, no por la velocidad, sino por el temblor que le recorrió el pecho.

Hacía meses que no sentía ese contacto, la forma en que Sofía encajaba detrás de él, ligera, cálida, como si su cuerpo reconociera el suyo incluso antes que su mente.

No dijo nada. Solo sonrió levemente, mirando la carretera que se abría frente a ellos, mientras el rugido del motor se mezclaba con el latido acelerado de su corazón.

Sofía, mientras tanto, se dejaba llevar. Cada curva, cada cambio de velocidad, era como una respiración compartida. A través del tejido de la camiseta de Kai sentía el calor de su piel, y una parte de ella deseó que el trayecto no terminara nunca.

Quiso odiarlo, recordar por qué lo hacía, pero en ese instante solo existían ellos, el viento, la carretera y el rumor lejano del mar golpeando las rocas.

La moto giró hacia un camino más estrecho, flanqueado por helechos y buganvillas que brillaban bajo la luz de los faros.

El rugido se atenuó.

El aire olía ahora a tierra húmeda y a madera, a selva y a noche tropical.

Finalmente, tras unos minutos de carretera serpenteante entre palmeras y acantilados, la moto negra se detuvo frente a la casa de Kai.

El motor dejó de rugir, y el silencio que siguió se sintió casi tangible, solo roto por el murmullo constante del mar y el leve suspiro metálico del motor enfriándose.

Sofía parpadeó despacio, todavía aturdida por la velocidad del trayecto, por el vino y por la cercanía de Kai. Su corazón latía acelerado, como un tambor que no lograba calmarse, y el aire nocturno le rozaba la piel con un frescor salado que la hacía estremecerse.

Kai se giró lentamente, dejando que la penumbra de la noche bañara su rostro. Sus miradas se encontraron, cargadas de palabras que ninguno se atrevía a pronunciar. Solo el viento, jugando con las hojas de las palmeras, parecía susurrar secretos, confidencias que flotaban entre ellos.

Ella hizo un leve intento de dar un paso, pero el pie dolía demasiado y la moto la había dejado un poco mareada.

Entonces Kai, con movimientos suaves pero firmes, la tomó entre sus brazos.

El mundo se redujo a la calidez de su cuerpo, al aroma a cedro, ron y mar que lo envolvía, y al vaivén rítmico de su respiración.

Cruzaron el umbral de la casa, y el aroma cálido a sándalo, a flores secas y a té recién hecho los recibió.

La luz era tenue, dorada, filtrándose entre cortinas de lino que se movían suavemente con la brisa del mar.

Sobre una consola de madera, una pequeña corona navideña hecha con hojas de palma entrelazadas, flores blancas y un par de conchas nacaradas aportaba un toque festivo sin romper la armonía del lugar.

Junto a ella, una vela aromática con notas de vainilla y canela ardía con una llama tranquila, dejando en el aire un susurro de Navidad, delicado y perfectamente integrado en el ambiente tropical de la casa.

Cuando la verdad se mostró, la sombra perdió fuerza y el corazón comenzó, por fin, a respirar.

Capítulo 8