Entre el vino y la rabia
— ¡Ahí estáis! —exclamó Andrea, caminando hacia ellos con paso ligero, llevaba un pareo blanco y las gafas de sol sobre la cabeza, la seguía Lucas, cargando una toalla al hombro y una sonrisa tan amplia como el cielo de Hawái.
Sofía levantó la vista justo cuando una sombra se proyectó sobre su rostro. Andrea se inclinó por detrás de la hamaca y la abrazó con esa efusividad tan suya, el cabello suelto le brillaba bajo el sol.
—¡Tengo noticias! —anunció con una sonrisa que casi se podía oír.
Sofía parpadeó, sorprendida, dejando a un lado el zumo de piña que tenía en la mano.
—¿Noticias? —preguntó, sonriendo con cierta curiosidad.
—Sí —dijo Andrea, acomodándose junto a ella—. Han organizado una cena preboda. Algo pequeñito, familiar, ya sabes… solo nosotros.
Esta noche, en la terraza del resort.
A su lado, Lucas se dejó caer en una tumbona con una risa baja, moviendo la cabeza.
—Dicen que será algo informal —añadió con tono irónico—, pero ya los conozco. Seguro que acaban montando una película.
Sofía soltó una risa suave y se incorporó un poco, recogiendo las piernas sobre la hamaca.
—¿Y los demás? —preguntó—. ¿Tus padres, los de Lucas, las primas, la abuela…?
Andrea se echó hacia atrás y se cubrió los ojos del sol con una mano.
—La abuela de Lucas se ha quedado descansando en la habitación —respondió con ternura—. Ya sabes que el viaje la ha dejado agotada. Y mis padres, las primas, los suyos… todos siguen en el spa. Creo que no van a salir de allí en horas.
Lucas soltó una carcajada.
—Les dije que con tanta aromaterapia y agua van a salir como ciruelas pasas.
Andrea le dio un codazo, divertida, mientras Sofía sonreía viendo cómo el sol destellaba sobre el agua de la piscina y la brisa movía las palmeras con un ritmo lento, casi musical. Por un instante, todo parecía perfecto.
Pero entonces sintió que el calor le pesaba y un leve mareo volvió a subirle por el cuerpo, suave pero persistente. Un pinchazo en el abdomen la obligó a llevarse disimuladamente la mano al vientre.
Andrea, siempre atenta, frunció el ceño.
—¿Estás bien? —preguntó.
Sofía asintió despacio.
—Sí, solo… estoy un poco mareada. Me ha bajado la regla justo hoy y creo que el calor me está matando. Voy a subir un rato a descansar y después bajo para la cena, ¿vale?
Andrea la miró con esa mezcla de preocupación y cariño que solo una mejor amiga sabe tener.
—Vale, pero no te duermas del todo, ¿eh? —le guiñó un ojo—. Que esta noche quiero verte guapísima. Tenemos que brindar por el último día antes del gran caos.
Sofía rió de nuevo, se puso las gafas de sol y se levantó despacio, despidiéndose también de Liam, que la observaba en silencio desde su hamaca.
—Nos vemos luego —le dijo ella con una leve sonrisa.
—Descansa, Sofía —respondió él, con un tono más serio de lo habitual.
El ascensor la devolvió a la quietud de los pasillos, donde solo se oía el zumbido lejano del aire acondicionado y el rumor del mar filtrándose por las ventanas. Al entrar en su habitación, el olor a flores frescas y a su propio perfume le resultó casi reconfortante.
Dejó caer las gafas sobre la cama, abrió la maleta y comenzó a sacar las prendas cuidadosamente dobladas. Sus manos se detuvieron al encontrar la funda del vestido de dama de honor.
La abrió despacio, como si aquel gesto tuviera algo ceremonial, y lo colgó en una percha frente a la ventana.
El vestido color champán, de tela ligera y suave, reflejaba la luz del mediodía, tiñendo el aire de un resplandor dorado.
Cada pliegue parecía atrapar un destello del sol tropical, como si la prenda guardara en sí misma un pedazo de luz.
Sofía se quedó mirándolo en silencio, con los brazos cruzados y la mente en otra parte.
«¿Dónde estará Kai?», pensó.
Desde que había llegado, no había logrado verlo en ningún sitio. Ni en la playa, ni entre los instructores, ni siquiera en el vestíbulo del resort. Su nombre le daba vueltas en la cabeza como una canción imposible de olvidar.
Lo necesitaba.
Necesitaba verlo, hablarle, comprender qué había pasado.
Y, sobre todo, necesitaba saber si él también la recordaba.
Suspiró, se llevó una mano al cabello y se dejó caer sobre la cama. El aire acondicionado soplaba suave, meciendo las cortinas. Fuera, el rumor del océano marcaba un ritmo hipnótico.
Cerró los ojos y, poco a poco, el cansancio la envolvió.
Entre la luz cálida que se filtraba por la ventana y el eco lejano de las olas, Sofía se quedó dormida, con la imagen de Kai todavía flotando en su mente.
El móvil vibró sobre la mesita de noche, rompiendo el silencio espeso de la habitación. Sofía se removió entre las sábanas, aturdida, con el cuerpo aún pesado del sueño.
La pantalla mostraba el nombre de Andrea. Contestó con voz ronca, medio dormida.
—Sofía, ¡date prisa! —dijo Andrea entre risas—. En media hora nos vemos abajo para la cena, ¿vale?
—¿Cena…? —murmuró Sofía, todavía desorientada.
—La cena preboda. ¡No llegues tarde!
El sonido de la llamada terminó con un pitido suave.
Sofía se quedó un instante sentada al borde de la cama, con la mirada perdida, dejando que el eco de la voz de Andrea la arrancara del sueño. Había dormido profundamente, tan agotada por el viaje, el calor y aquel dolor persistente en el abdomen, que ni siquiera había escuchado la alarma del móvil.
Se levantó despacio, caminó hacia el baño y se miró en el espejo.
El reflejo le devolvió un rostro cansado, los ojos algo hinchados, la piel perlada por el calor tropical.
Abrió el grifo, dejó correr el agua fría y se enjuagó la cara una y otra vez, buscando despejarse.
Después se recogió el cabello en un moño alto improvisado, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro.
Regresó al dormitorio, abrió la maleta que había dejado sobre la cama y empezó a rebuscar entre la ropa.
Sacó un conjunto informal pero elegante: un top corto y un short con líneas geométricas abstractas en tonos beige y negro.
La tela, ligera y sedosa, parecía pensada para ese clima; respiraba, se movía con ella.
Eligió unas sandalias tipo botín negras, con tacón de aguja de diez centímetros y tiras entrelazadas, el tobillo ceñido por una pequeña cremallera dorada. Se las puso despacio, mirando cómo la luz del atardecer que se filtraba por la terraza dibujaba reflejos en el suelo de madera.
Después, se maquilló con suavidad: una base ligera, un toque de brillo en los labios, algo de máscara de pestañas.
Dejó caer el cabello sobre los hombros y se roció el cuello con su perfume favorito, ese que siempre le recordaba a los inviernos en Nueva York.
Tomó su bolso de mano beige, echó dentro el móvil, un pequeño monedero con su documentación, algo de dinero y la tarjeta de la habitación.
Una última mirada al espejo: respiró hondo, ensayó una sonrisa.
Entonces apagó las luces y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
El pasillo del resort estaba iluminado con una luz cálida y dorada, el sonido lejano del mar se mezclaba con la música suave que llegaba desde el vestíbulo.
El aire de la noche estaba impregnado de jazmín y brisa marina, un murmullo cálido que se deslizaba entre las luces colgantes y las mesas vestidas de lino blanco.
El restaurante al aire libre del Paradise Royal Resort se extendía junto a la playa, entre antorchas encendidas y el rumor constante del océano al fondo.
El cielo era una cúpula violeta, salpicada de estrellas recién nacidas.
Sobre las barandillas de madera, guirnaldas de luces cálidas se extendían formando curvas como luciérnagas tropicales y, entre las palmeras decoradas, colgaban adornos navideños hechos de conchas pintadas a mano.
Incluso las antorchas tenían un lazo rojo en la base y, en el centro del restaurante, un árbol navideño poco convencional —formado con tablas de surf superpuestas y coronado por una estrella de mar— brillaba con un encanto imposible de ignorar, mezclando la magia de la Navidad con el alma del paraíso.
Sofía llegó un poco tarde, con su bolso de mano beige y el paso todavía algo torpe por el cansancio del día.
Andrea la vio acercarse y agitó la mano con entusiasmo.
—¡Sofía, por fin! —exclamó, sonriendo—. Te estábamos esperando.
En la mesa, decorada con pequeñas estrellas navideñas, la familia de Andrea reía animadamente.
Las primas conversaban con copas de vino en la mano, los padres de Lucas contaban anécdotas del viaje y Liam —al otro extremo de la mesa— levantó la vista al verla.
La saludó con una sonrisa discreta, pero Sofía notó esa mirada que se alargó más de lo necesario.
La música cambió, envolviendo el aire con tambores de piel y un ritmo ancestral que vibraba en el suelo.
Frente al restaurante, sobre una pequeña tarima iluminada por antorchas decoradas con un lazo rojo, comenzó un espectáculo tradicional hawaiano.
Los chicos, con el torso desnudo y coronas de hojas verdes, movían las caderas al compás de los tambores mientras giraban antorchas de fuego, dibujando círculos incandescentes en el aire.
El reflejo del fuego danzaba sobre sus pieles brillantes, sobre los rostros de los invitados y sobre el mar oscuro que respiraba detrás.
A un lado, las chicas, con faldas de rafia y collares de flores, se movían con una gracia hipnótica; sus manos contaban historias en el aire: el viento, el mar, el amor.
El perfume del aceite de coco y las guirnaldas de plumerías flotaban en el ambiente, mezclándose con el olor salado del océano.
Sofía observaba la escena, fascinada, con la copa de vino entre los dedos. La luz del fuego se reflejaba en sus pupilas y, por un momento, se dejó arrastrar por aquella energía primitiva, esa mezcla de belleza, ritmo y misterio que parecía envolverlo todo.
El espectáculo era un torbellino de color y sonido: fuego, risas, piel, tambor, viento.
Todo parecía perfecto… hasta que Lucas, medio bromista, distraído por el vino, rompió el encanto del momento y soltó una frase que cortó el aire.
—Bueno, ya que nos estamos sincerando esta noche… Liam, ¿le contamos a Andrea lo de tu pequeña aventura con Sofía? —dijo entre carcajadas, sin pensar.
Andrea lo miró sin entender.
Liam palideció.
Sofía, que tenía la copa de vino en la mano, se quedó inmóvil.
El silencio se hizo pesado, espeso.
Sofía apartó lentamente la copa, la dejó sobre la mesa y lo miró directamente.
—¿Qué dijiste, Lucas? —preguntó, con una voz tan baja que heló el ambiente.
Lucas abrió la boca, titubeó; se dio cuenta de su error.
—Yo… no quería… fue Liam el que...
Pero Sofía ya había girado la cabeza hacia Liam y, en su mirada, había una mezcla de rabia, vergüenza y traición.
—¿Tú se lo contaste? —susurró.
Liam intentó justificarse, pero ella no quiso escucharlo.
Su voz tembló entre los murmullos y el sonido del mar.
—¿Tan poco te importó como para contarlo como si fuera una anécdota?
Andrea trató de incorporarse, preocupada.
Observaba la escena sin comprender del todo qué acababa de ocurrir. Las palabras de Lucas habían caído en medio de la mesa como una piedra en el agua, levantando una ola de silencio incómodo que nadie parecía saber cómo manejar.
Miró a Sofía, luego a Liam, y volvió a Sofía.
Había demasiadas cosas en el aire que no encajaban.
Andrea abrió ligeramente la boca, como si fuera a preguntar algo, pero se detuvo. No era el momento. Aquella era su boda, su noche, y lo último que quería era que todo se desmoronara delante de los invitados.
Así que simplemente levantó la mano con un pequeño gesto, casi imperceptible, dirigido a Sofía.
Un gesto claro.
—Sofía, cálmate, por favor… no pasa nada, no es el momento… luego hablamos.
Lo entendió al instante.
Sofía respiró hondo, intentando recomponer el temblor que llevaba dentro.
—Tienes razón, Andrea… —dijo finalmente con la voz más suave de lo que realmente se sentía—. No quiero arruinarte la noche.
Forzó una sonrisa quebrada, levantó la copa y añadió:
—Brindemos por los novios.
Las copas tintinearon alrededor de la mesa, pero para Sofía el sonido llegó amortiguado, lejano.
Y mientras el vino comenzaba a correr con más rapidez de la cuenta, Andrea no dejó de observarla de reojo.
Sabía que algo había pasado entre Liam y Sofía.
Algo importante.
Algo que, tarde o temprano, tendrían que hablar.
Pero no allí.
No esa noche.
Sofía bebió una copa, luego otra y otra más.
El aire se volvió denso, el murmullo del mar se mezclaba con la música y Sofía comenzó a sentir esa familiar sensación de vértigo, de calor, de querer olvidar.
Fue entonces cuando una joven camarera se acercó con una bandeja.
Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza, la piel tostada, los ojos esquivos.
Depositó los platos sobre la mesa con manos temblorosas.
Sofía, distraída por el vino, bajó la mirada… y algo le golpeó el pecho como un relámpago.
Aquella trenza.
Una pequeña trenza de hilo de muchos colores, con una diminuta concha en la punta, anudada en la muñeca de la chica.
Era su trenza.
La misma que había perdido en Hawái meses atrás.
Su respiración se entrecortó.
Levantó lentamente la mirada y, por un segundo, las piezas del recuerdo encajaron.
Kai.
La casa.
La otra chica.
Ella.
—Espera… —murmuró Sofía, poniéndose en pie con brusquedad.
Las copas tintinearon, el mantel se agitó.
—¡Espera!
La joven la miró; el pánico se encendió en su rostro.
—¡Déjame! ¡Yo no te he hecho nada! —gritó, retrocediendo con la bandeja aún en las manos.
Sofía intentó avanzar, tambaleándose, traicionada por los tacones de aguja y por el vino que ya empezaba a nublarle el equilibrio.
—¡Solo quiero hablar contigo! —insistía, con la voz quebrada—. Por favor… solo dime por qué llevas mi trenza.
Pero la chica ya había echado a correr, cruzando la terraza del restaurante entre las mesas todavía ocupadas por algunos invitados. Las luces cálidas de las guirnaldas temblaban sobre las mesas y las copas, mientras varias cabezas se giraban sorprendidas al ver pasar a Sofía.
El sonido de sus tacones de diez centímetros golpeaba con fuerza sobre las tablas de madera de la terraza, un tac-tac irregular que delataba tanto la prisa como el mareo.
Sofía la siguió, tropezando entre las mesas, oyendo tras de sí la voz de Andrea llamándola.
Pero ella siguió avanzando como pudo, atravesando el borde de la terraza y alcanzando el sendero de madera que conducía hacia la playa. Allí el sonido de sus pasos cambió, hueco y más acelerado, mientras el murmullo del mar empezaba a escucharse cada vez más cerca.
—¡Espera! —gritó otra vez, con la respiración entrecortada—. ¡No quiero hacerte daño!
—¡Joder! ¡Cómo corre la cabrona! —exclamó Sofía.
La joven se volvió una última vez antes de perderse entre las sombras.
—¡Yo no te he hecho nada! ¡Déjame en paz! —repitió, y su voz se desvaneció en el rumor del mar.
Sofía la siguió hasta la arena, pero al dar un paso más, el tacón se clavó en la orilla, el equilibrio se quebró, y cayó de bruces sobre la arena húmeda.
Capítulo 7