Manual de supervivencia para una boda Bienvenidos al paraíso #3
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Bienvenidos al paraíso #3

El ascensor se le hizo eterno.

Cada número que ascendía brillaba con una lentitud insoportable, como si el tiempo decidiera jugar con ella.

Cuando por fin llegó a su habitación, dejó caer la tarjeta sobre la consola y se quedó mirando un segundo su reflejo en el espejo. Tenía el rostro ligeramente enrojecido por el sol y los ojos cansados, como si las emociones del día le pesaran más que el calor.

Entró al baño y abrió la ducha. El agua cayó con un murmullo tibio, envolviéndola en una nube de vapor.

Sofía apoyó las manos en la pared fría de azulejos, cerró los ojos y dejó que el agua corriera por su nuca, por sus hombros, resbalando hasta borrar el sudor y el desorden de la jornada.

El olor del jabón de coco se mezcló con el vapor y llenó el espacio de un aroma dulce, casi tropical.

Durante unos segundos, no existió nada más que el sonido del agua y su propia respiración.

Luego se secó deprisa con una toalla blanca, recogió el cabello en un moño improvisado y se miró al espejo otra vez. Se sentía distinta, más ligera, como si la ducha le hubiera devuelto algo de calma.

De la maleta sacó un short vaquero corto, con los bordes deshilachados y gastados por el tiempo, y se lo puso sin pensarlo demasiado.

Después eligió una camiseta de color coral, suave, que contrastaba con el tono de su piel. Se la anudó a la cintura, dejando ver un leve rastro del vientre todavía húmedo por el agua.

Se puso un tampón, se perfumó con una bruma ligera de vainilla y bergamota y respiró hondo.

Fuera, el sonido lejano del mar y las risas que venían del bar del resort parecían recordarle que el mundo seguía girando, aunque dentro de ella todo siguiera quieto.

Tomó el móvil de la consola y la tarjeta magnética de la habitación, deslizándola entre los dedos.

La cama, perfectamente hecha, seguía oliendo al suavizante del resort y al aire salado que entraba desde la terraza.

Se miró por última vez en el espejo: el cabello aún húmedo recogido en un moño improvisado, la camiseta coral anudada a la cintura, el short vaquero dejando ver el brillo dorado de sus piernas. Abrió la puerta y salió al pasillo.

El clic suave del cierre resonó tras ella y el aire fresco del sistema de ventilación la envolvió con un soplo casi perfumado.

A esas horas, el resort rebosaba de vida: se oían risas lejanas, el chapoteo en la piscina, el sonido vibrante de los vasos en la terraza donde servían cócteles.

La luz del sol se colaba a través de los ventanales del pasillo, derramando reflejos dorados sobre el suelo de mármol.

Sofía bajó en el ascensor, viendo su propio reflejo multiplicado en las paredes metálicas.

Cuando las puertas se abrieron, cruzó el vestíbulo buscando con la mirada a Andrea y Lucas, pero no los vio. Había grupos de turistas con camisetas floreadas, empleados moviendo carritos con toallas y el murmullo de conversaciones que se mezclaba con la música suave del piano del lobby.

Sacó el móvil y marcó el número de Andrea.

—¿Dónde estáis? —preguntó, con el teléfono pegado al oído, mientras salía hacia la terraza y el brillo del mar la cegaba por un instante.

Esperó la respuesta mirando el horizonte, con una mano sobre los ojos para cubrirse del sol.

El día avanzaba, pero en su pecho ya latía la sensación de que algo importante estaba a punto de suceder.

La voz de Andrea sonó alegre, amortiguada por el eco del agua.

—¡En el spa! Tienes que venir, Sofía, esto es el paraíso.

Sofía sonrió con un deje cansado y miró a su alrededor. El sol brillaba con fuerza, el aire vibraba con la música y el murmullo de las olas. Entonces lo vio: Liam, tumbado en una hamaca junto a la piscina, con gafas de sol y el torso descubierto, un cóctel a medio beber sobre la mesita.

Sin pensarlo, se acercó.

Se sentó en la hamaca de al lado y suspiró, todavía con la sensación del calor en la piel.

Liam giró la cabeza hacia ella y sonrió, ladeando un poco el vaso.

—Vaya, mira quién ha vuelto del paraíso interior —bromeó, con voz relajada.

Sofía se colocó las gafas de sol, intentando ocultar su gesto cansado, y respondió con media sonrisa:

—Necesitaba aire. Y fruta. Y una ducha. En ese orden.

Liam soltó una risa baja, casi ronca, mientras se incorporaba un poco.

Justo en ese momento, un camarero pasó sirviendo bebidas, la bandeja equilibrada con destreza entre las manos.

Sofía tomó de la bandeja un vaso de zumo de piña fresco, con la sombrillita azul que lo hacía parecer aún más exótico.

El día brillaba sobre ellos, la piscina reflejaba destellos plateados y, por un instante, el mundo parecía detenerse entre el murmullo del agua y la tensión invisible que siempre los unía.

El aire olía a sal, crema solar y flores dulces. Sofía se dejó caer sobre la hamaca junto a Liam, cerrando los ojos un instante, buscando una tregua en sus pensamientos. El murmullo del agua y las risas lejanas parecían flotar en el aire como una melodía difusa.

De pronto, una voz familiar rompió la calma

Capítulo 6