Manual de supervivencia para una boda Bienvenidos al paraíso #2
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Bienvenidos al paraíso #2

—Ay, hijo —dijo con voz temblorosa, pero llena de vida—, si el paraíso existe, debe parecerse a esto.

Lucas soltó una carcajada suave y se inclinó para besarle la frente, mientras la anciana se sujetaba el sombrero de paja que la brisa juguetona intentaba robarle.

—Y tú, abuela, serías la reina del paraíso —le susurró, haciéndola reír.

Lucas, divertido, comentó en voz baja:

—Como mis padres vean esto, cancelan el vuelo de vuelta… aunque creo que mi abuela se mudaría antes que ellos.

El padre de Lucas negó con la cabeza, aún impresionado.

—No me extraña que la gente no quiera volver a casa después de ver algo así —dijo, tomando también un cóctel.

Sofía apenas escuchaba. Sus ojos se perdían en los reflejos del agua que atravesaban el lobby como espejos líquidos, en el brillo del mármol color arena y en los ventanales abiertos al océano.

El sonido del mar se mezclaba con las risas, los saludos y el tintinear de las copas.

Un joven empleado los acompañó hasta la recepción, donde cada huésped firmó su registro y recibió pulseras de colores y copas de bienvenida. Todo parecía perfecto, coreografiado, luminoso.

Pero dentro de Sofía, algo seguía en otra frecuencia.

Cuando finalmente subió a su habitación, la 205, en el segundo piso del edificio, el aire acondicionado la recibió con una caricia fría que contrastaba con el calor del exterior.

El silencio pulcro de las paredes blancas la envolvió.

Dejó la maleta sobre la cama y, al mirar alrededor, se dio cuenta de que incluso allí el resort había dejado su sello navideño: una pequeña guirnalda de luces doradas enmarcaba el cabecero, un centro de mesa con piñas naturales y flores rojas descansaba sobre la consola y, en la esquina, junto a la butaca, había un diminuto árbol tropical decorado con conchas, estrellas marinas y un gorrito de Papá Noel en la punta.

Sofía sonrió, sorprendida por aquella mezcla tan improbable como encantadora.

Entonces se acercó a la terraza y abrió las puertas de cristal.

El golpe de calor, el olor del mar y el sonido de las olas la envolvieron de golpe.

Frente a ella, el Pacífico brillaba bajo la luz suave de la mañana, con un resplandor casi líquido que hacía entrecerrar los ojos.

El cielo era de un azul claro, salpicado de nubes delgadas que parecían flotar perezosas sobre el horizonte.

El sol se elevaba alto, bañando el resort con una claridad dorada que hacía centellear las barandillas, los ventanales y las flores que trepaban por los balcones.

Los primeros surfistas ya estaban en el agua, deslizándose sobre las olas con movimientos precisos y fluidos. Sofía apoyó las manos en la barandilla, respiró profundo y cerró los ojos.

Y entonces, cuando los volvió a abrir, lo vio.

Allí abajo, en la orilla, entre los instructores que cargaban tablas y reían bajo el sol, una silueta familiar. Alta, morena, con un andar inconfundible.

El corazón de Sofía dio un vuelco.

El aire pareció escapársele del pecho.

Durante unos segundos no pudo moverse.

El sonido del mar se volvió distante, como si todo a su alrededor se difuminara. Una punzada la atravesó, mezclada de nostalgia y vértigo.

¿Era Kai?

Quiso convencerse de que no. De que era solo su mente jugándole una mala pasada. Pero la forma en que aquel hombre giró la cabeza, el modo en que el sol le tocó la piel… era él. Tenía que ser él.

Sofía retrocedió un paso.

Sintió el corazón latirle en las sienes, el pulso acelerado.

El aire cálido del exterior parecía demasiado denso, casi irrespirable.

—No puede ser… —susurró.

Un mareo leve la obligó a apoyarse en el marco de la puerta. Cerró los ojos, tratando de calmarse, pero el impulso fue más fuerte que la razón.

Tenía que verlo.

Tenía que saber si era él.

Tomó aire, se apartó el mechón húmedo del rostro y, sin pensarlo dos veces, salió de la habitación, con el corazón golpeándole el pecho y el sonido del océano siguiéndola, como una llamada imposible de ignorar.

Sofía avanzó por el pasillo con el corazón todavía desbocado.

El corredor del hotel olía a madera pulida y a flores tropicales recién cambiadas en los jarrones.

Sus pasos resonaban suaves sobre la alfombra color arena.

Pulsó el botón del ascensor y esperó. Un sonido metálico, el leve ding de las puertas abriéndose, y una ráfaga de aire frío la envolvió.

Dentro, las luces eran cálidas, doradas, reflejando su silueta en el espejo del fondo.

Se miró un instante, apenas un segundo. Su rostro tenía esa expresión entre incredulidad y anhelo que ella misma no sabía explicar.

Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, la recibió el rumor alegre del resort.

El lobby era una explosión de vida: turistas riendo, empleados con camisetas del resort perfectamente alineadas al uniforme y el sonido de un ukelele flotando desde algún rincón, mezclándose con el murmullo de las maletas rodando sobre el pulido suelo de mármol.

A su derecha, el mostrador de recepción brillaba con un toque festivo: pequeñas guirnaldas doradas y blancas enmarcaban los bordes, piñas cubiertas de luces diminutas y coronas navideñas adornaban la superficie, y un árbol en miniatura con conchas y estrellas de mar relucía discretamente detrás del mostrador.

A su izquierda, el bar mostraba sus cócteles de colores vibrantes, servidos en vasos altos coronados con trozos de fruta fresca y sombrillitas, mientras guirnaldas de luces y pequeñas bolas rojas colgaban del techo, completando el ambiente tropical con un sutil espíritu navideño.

Sofía caminó entre la gente con prisa contenida, como si su cuerpo avanzara solo. Salió al exterior y el calor la golpeó con fuerza, húmedo, envolvente. El sendero hacia la playa serpenteaba entre palmeras y jardines rebosantes de hibiscos. A lo lejos, el rumor del mar crecía, profundo y constante.

Pasó junto a la piscina infinita, donde decenas de personas se bañaban y reían. Un grupo bailaba al ritmo de música local; otros bebían margaritas en los bordes, con las gafas de sol reflejando el azul intenso del agua. Todo parecía un cuadro de felicidad luminosa, pero Sofía apenas lo veía.

Descalza, caminó sobre la arena caliente.

El mar la llamaba.

Cuando sus pies tocaron la orilla y la espuma le rozó los dedos, levantó la vista.

Buscó entre las figuras del horizonte, entre los surfistas, los instructores, los cuerpos que se movían con el brillo del sol sobre la piel.

Nada.

Kai no estaba allí.

El aire se le escapó en un suspiro. Lo había imaginado. Lo había deseado tanto que su mente le había jugado una mala pasada. Se llevó una mano al pecho, intentando controlar la respiración. El corazón aún le latía con fuerza, pero ya no por la emoción, sino por una punzada amarga de decepción.

Entonces el mareo volvió, leve pero persistente. Sus tripas gruñeron y el vacío en el estómago la trajo de vuelta a la realidad.

Necesitaba comer algo.

Cruzó el sendero de nuevo hasta el restaurante del resort, un espacio abierto con mesas de madera oscura y manteles color marfil.

El aire olía a café recién hecho, a frutas tropicales, a pan tostado.

Tomó una bandeja y se sirvió un cuenco grande de fruta: papaya, mango, piña, kiwi y un puñado de fresas.

Se sentó junto a la ventana, frente al mar.

El primer bocado fue dulce, refrescante, pero algo la sobresaltó. Una sensación extraña en su interior. Se removió en la silla y, entonces, lo sintió: un calor húmedo, inconfundible.

Le había bajado la regla.

Suspiró, con un gesto de resignación.

Dejó el cuenco de fruta a medio comer y se levantó con un gesto distraído.