Hilos del tiempo #2
—Tal vez solo necesitas tiempo… o alguien que te recuerde quién eras antes.
Sofía lo miró. Su gesto era tierno, honesto, pero ella sabía que no debía dejarlo avanzar.
—No, Liam —dijo despacio—. No quiero que te confundas. No busco volver atrás. No contigo.
Él sostuvo su mirada unos segundos y luego asintió en silencio. Ninguno de los dos volvió a hablar por un rato.
El avión siguió avanzando, cruzando el cielo como una sombra plateada.
Conforme pasaban las horas, el aire en la cabina comenzó a cambiar. Ya no era el frío metálico del despegue en Nueva York; el ambiente se volvía más templado, más húmedo. Las mantas caían sobre los regazos y los pasajeros se desabrochaban chaquetas e incluso se quitaban jerséis.
Sofía, cansada, se quitó la suya y la dobló con cuidado sobre las piernas. Liam hizo lo mismo, dejando su abrigo a un lado. La temperatura cálida y el rumor constante del avión formaban una especie de arrullo.
Ella apoyó la cabeza contra el respaldo y, poco a poco, el sueño la fue venciendo. El cansancio, los nervios, el peso de los recuerdos y las emociones no resueltas comenzaron a mezclarse con el zumbido del motor y el leve temblor del avión.
Liam la miró de reojo. Tenía el rostro relajado, el cabello algo revuelto y una calma vulnerable que hacía mucho que no veía en ella. Quiso cubrirla con la manta, pero Sofía se removió ligeramente, ya con calor. Así que simplemente se limitó a ajustar el respaldo para que estuviera más cómoda.
Fuera, el cielo comenzaba a transformarse. En el horizonte, una línea de azul oscuro y púrpura se insinuaba a lo lejos. No era el amanecer aún, pero algo en el tono del aire indicaba que estaban dejando atrás la noche del norte y acercándose a otro clima, a otro mundo.
Sofía, entre sueños, apoyó la cabeza sobre el hombro de Liam. Él permaneció inmóvil, con una mezcla de sorpresa y ternura. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y se permitió quedarse así, sintiendo el peso suave de ella sobre su brazo.
Andrea, desde su asiento, volvió a mirar hacia atrás. Vio la escena —la cabeza de Sofía sobre el hombro de Liam, la luz azul reflejada en sus rostros— y sonrió.
—Míralos —susurró a Lucas—. Al final, el destino los ha vuelto a juntar.
Lucas sonrió apenas, sin estar del todo convencido.
—Solo son amigos —respondió, en voz baja.
El avión siguió su rumbo sobre el océano, alejándose del invierno neoyorquino hacia el calor tropical.
Entre el sueño y la vigilia, Sofía soñó con el mar, con la arena tibia y una figura esperándola en la orilla.
El recuerdo la envolvió, tan nítido que casi podía sentir su voz entre el rugido de los motores.
El vuelo siguió su curso, suspendido entre dos mundos: el que dejaba atrás… y el que la esperaba.
Fuera, el cielo era un lienzo infinito de azul oscuro. La aeronave avanzaba silenciosa, como si se deslizara sobre un océano invisible. En la cabina, las luces estaban atenuadas; los pasajeros dormían o murmuraban en voz baja. El aire olía a café y a sueño.
Sofía, recostada en el asiento, empezó a moverse inquieta.
La manta cayó al suelo y una gota de sudor le resbaló por la sien.
Su respiración se aceleró sin que ella lo notara.
En su mente, las imágenes aparecían fragmentadas: el mar de Hawái, los farolillos flotando, el rostro de Kai acercándose entre la bruma, sus ojos…
y, de pronto, todo se tornó oscuro. El mar se agitó violentamente, la arena se abrió bajo sus pies y la figura de Kai se alejaba, difuminándose en la distancia, mientras una voz la llamaba.
—¡Kai! —gritó Sofía, sobresaltada.
Su voz resonó en la cabina como un trueno contenido. Algunos pasajeros se giraron de inmediato. Una niña al otro lado del pasillo abrió los ojos asustada. Andrea se incorporó bruscamente desde su asiento, mirando hacia atrás. Lucas, medio dormido, la imitó.
Liam también despertó, confuso, parpadeando, mientras Sofía se llevaba una mano al pecho.
—¿Sofía? —murmuró—. Tranquila, fue una pesadilla.
Pero ella no podía responder. Su respiración era rápida, entrecortada. El corazón le latía con una fuerza dolorosa; los recuerdos y la confusión se entremezclaban en su mente. Notaba el sudor pegándole la camiseta al cuerpo, las manos frías, el pecho oprimido.
Andrea ya se había levantado del asiento, intentando acercarse, pero el pasillo era estrecho.
—Sofía, respira —le decía desde unos asientos más atrás—. Respira, por favor.
Ella se llevó las manos al rostro, tratando de calmarse, pero una sensación de angustia creciente la invadió. Se desabrochó el cinturón con torpeza y se levantó de golpe.
—Necesito aire… —murmuró, apenas audible, y comenzó a avanzar tambaleándose hacia el pasillo.
—Señorita, por favor, tiene que volver a su asiento —la detuvo una azafata al verla pasar—. Vamos a iniciar el descenso.
—Solo… un momento —jadeó Sofía, llevándose la mano al pecho.
Liam se levantó detrás de ella, preocupado.
—¡Sofía! Espera, déjala respirar un segundo —dijo, intentando alcanzarla.
La luz tenue del avión parpadeó lentamente cuando comenzaron las turbulencias.
Sofía se detuvo un instante, con la mirada perdida, intentando sostenerse del respaldo de un asiento. Todo le daba vueltas. El sonido del motor, las voces lejanas, la presión del aire…
Todo se volvió distante, como si estuviera sumergida bajo el agua.
La azafata volvió a hablarle; su voz se oía distorsionada.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
Pero Sofía ya no escuchaba. Su cuerpo cedió.
—¡Sofía! —gritó Liam al verla caer.
El golpe fue sordo, suave, amortiguado por la alfombra del pasillo. Varios pasajeros se incorporaron alarmados. Andrea soltó un grito ahogado mientras Lucas se levantaba de un salto.
Las luces de emergencia se encendieron parcialmente.
La azafata se arrodilló junto a Sofía, intentando incorporarla con cuidado.
—Está respirando —dijo, con la voz tensa—. Solo se ha desvanecido.
Liam se agachó a su lado, tomándole la mano.
—Sofía, ¿me oyes? —susurró, rozando su frente con los dedos—. Ya estás bien, tranquila.
Andrea llegó un segundo después, con los ojos enrojecidos por el susto.
—Por favor, dígame que está bien —le pidió a la azafata, con la voz rota.
—La presión —respondió la mujer, intentando mantener la calma—. Puede ser el cansancio o la falta de sueño.
Desde los altavoces, una voz serena del capitán interrumpió el murmullo:
—Señores pasajeros, estamos iniciando el descenso hacia Hawái. Les rogamos que permanezcan en sus asientos.
Liam la ayudó a incorporarse lentamente, sosteniéndola por la espalda, mientras la azafata traía una botella de agua. Sofía, aún aturdida, abrió los ojos. Su mirada buscó a Liam, luego a Andrea.
—Lo siento… —susurró, débil.