Manual de supervivencia para una boda Hilos del tiempo #3
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Hilos del tiempo #3

—Shh, tranquila —le respondió Andrea, tomándole la mano—. No digas nada. Ya casi llegamos.

El avión continuó descendiendo, el rugido del motor llenando el silencio denso del momento. Fuera, las primeras luces del Pacífico asomaban entre las nubes, un amanecer dorado que parecía abrirse paso entre la oscuridad.

Y allí, en medio de ese tránsito entre cielo y tierra, entre el pasado y lo que estaba por venir, Sofía volvió a cerrar los ojos.

Esta vez no había pesadillas, solo el rumor del viento… y el eco del nombre de Kai, diluyéndose suavemente entre las nubes.

El avión descendía lentamente entre un mar de nubes doradas.

Eran las ocho y cinco de la mañana en Hawái y la luz del amanecer teñía el horizonte de un tono ámbar, casi líquido, que se filtraba por las ventanillas de la cabina.

El avión parecía flotar entre el fuego del sol y el azul inmenso del Pacífico.

El aire en el interior se volvía cada vez más cálido, más denso, como si el verano se colara por cada rendija. La sensación era distinta, envolvente. Después de once horas de vuelo y una noche que había parecido interminable, el mundo al otro lado del cristal parecía de otro planeta.

Sofía parpadeó despacio.

El primer rayo de luz tocó su rostro y ese simple gesto —tan leve, tan humano— bastó para devolverle el color a las mejillas. Liam, aun a su lado, la observó con preocupación. Ella intentó incorporarse despacio.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó él, en voz baja.

—Cansada… pero bien —respondió con una sonrisa débil.

Andrea se giró desde unos asientos más atrás, con el cabello algo despeinado y los ojos enrojecidos.

—Nos has dado un buen susto, ¿lo sabías? —dijo, medio riendo, medio llorando.

Sofía asintió, mirando por la ventana. Fuera, el mar se extendía como una lámina infinita de cristal líquido.

El altavoz del avión anunció con tono sereno:

—Damas y caballeros, en unos minutos aterrizaremos en el Aeropuerto Internacional de Honolulu. La temperatura exterior es de veintinueve grados centígrados y el cielo se encuentra despejado. Bienvenidos a Hawái.

La frase quedó suspendida en el aire como una promesa.

Sofía cerró los ojos un instante, respirando hondo.

La vibración del avión recorrió el fuselaje mientras descendía suavemente, acompañada por el murmullo emocionado de los pasajeros que ya comenzaban a moverse en sus asientos, impacientes por recoger sus cosas.

Fuera, el sol naciente se reflejaba sobre el ala del avión, convirtiéndola en un espejo dorado que destellaba sobre la pista aún húmeda por él roció de la mañana.

Durante unos segundos, todo pareció quedarse suspendido entre el cielo y la tierra.

Andrea le alcanzó una botella de agua y Sofía bebió despacio.

—No te muevas mucho todavía —le dijo—. Ya casi estamos.

Sofía asintió, todavía con el pulso acelerado.

El avión rozó la pista. Un temblor suave recorrió el fuselaje y, luego, el sonido de las ruedas tocando tierra marcó el final del viaje. Algunos pasajeros aplaudieron. Otros suspiraron. Andrea soltó una risa nerviosa, mientras Lucas le daba un beso rápido en la sien.

Sofía miró por la ventanilla: el paisaje la deslumbró de nuevo.

El aeropuerto estaba rodeado de palmeras que se mecían suavemente con la brisa. A lo lejos, el mar brillaba como un espejo roto por el sol. Todo parecía más vivo, más intenso. El aire mismo tenía otro ritmo, otro pulso.

—Bienvenida de nuevo —susurró Andrea, inclinándose hacia ella.

Sofía la miró, sonrió con melancolía y dijo apenas, como un suspiro:

—Sí… hemos vuelto.

La puerta del avión se abrió y una bocanada de aire cálido inundó la cabina.

Ese aroma… sal, flores tropicales y el leve perfume del mar. Sofía lo reconoció al instante. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: el corazón le dio un vuelco. Era el mismo aire que una vez había compartido con Kai, el mismo que había sentido en la piel cuando todo empezó.

Salieron en fila, arrastrando las maletas de mano, con el murmullo de los pasajeros mezclándose con los saludos alegres de la tripulación. En el exterior, el cielo era de un azul imposible y el sol caía sobre ellos como una caricia cálida.

Andrea respiró profundamente y exclamó, sonriendo como una niña:

—¡Por fin en Hawái!

Lucas la abrazó por la cintura y, juntos, bajaron por la pasarela.

Sofía se quedó un segundo atrás, mirando el horizonte.

Las montañas volcánicas se alzaban majestuosas, cubiertas de vegetación.

La luz se reflejaba en el mar como si cada ola fuera una chispa dorada.

Y, en ese instante, su corazón —aún frágil, aún dolido— se llenó de una sensación familiar: la promesa de algo que no había terminado del todo.

Respiró hondo.

El aire cálido le envolvió el rostro y, por primera vez desde que había salido de Nueva York, sonrió de verdad.

La isla la recibía como si el tiempo se hubiese detenido. Y, aunque no lo sabía aún, aquel amanecer sería el comienzo de algo que estaba a punto de reescribirlo todo.

Lección no escrita del manual: si vuelves al paraíso, llévate valor… y un buen plan de escape.

Capítulo 5