Lágrimas saladas, recuerdos dulces
E l sonido del ascensor se apagó y Sofía caminó lentamente por el pasillo, con el abrigo aún cubierto de nieve. Cada paso resonaba suave sobre la moqueta y, por un momento, temió abrir la puerta. Sentía el peso del día, el cansancio, la tristeza y el eco de las palabras que no debió decir.
Respiró hondo. Giró la llave.
El calor del hogar la envolvió de inmediato.
La casa olía a canela, a pino y a pan recién hecho.
Desde la cocina llegaba una melodía navideña suave, de esas que parecían abrazar el aire.
Andrea estaba allí, de espaldas, removiendo algo en una cazuela, mientras Lucas, concentrado, colocaba servilletas y copas en la mesa, enderezando una y otra vez el mismo centro de mesa como si fuera una obra de arte.
Cuando Andrea escuchó la puerta, se giró.
Sus miradas se cruzaron.
Y no hizo falta decir nada.
Andrea dejó la cuchara sobre la encimera y corrió hacia ella.
—Lo siento… —susurró, rodeándola con los brazos antes de que Sofía pudiera siquiera cerrar la puerta.
Sofía sintió cómo todo el peso que llevaba encima se rompía. Se derrumbó, literalmente, entre los brazos de su amiga, dejando que las lágrimas le corrieran libres por las mejillas.
Andrea la apretó más fuerte entre sus brazos, con el rostro hundido en su hombro.
—Perdóname, Sofía —susurró con voz temblorosa—. Me he pasado… he sido una idiota. No te merecías que te hablara así.
Sofía sintió un nudo en la garganta.
—No, no, no digas eso… —negó suavemente, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Yo también lo siento. Es solo que… no puedo más, Andrea.
Andrea se apartó apenas unos centímetros. Sus mejillas estaban húmedas y se secó las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recomponerse.
—Es que la boda me tiene fuera de mí… —dijo entre suspiros—. Y tú no tienes culpa de nada, Sofía. De nada.
Sofía la miró en silencio. El reflejo de las luces del árbol parpadeaba sobre sus rostros, tiñendo la escena de un tono cálido, casi melancólico.
—Estoy enamorada de Kai —confesó al fin, con un hilo de voz que se quebró en mitad del aire—. Y no consigo olvidarlo. Por más que intento ocupar mi cabeza… su recuerdo sigue ahí.
Llevó la mano al pecho, cerrando los ojos como si tratara de contener algo que dolía demasiado.
—Cada vez que cierro los ojos, lo veo —continuó—. Y no dejo de pensar en aquella chica. Tal vez… tal vez no fui suficiente para él.
Andrea la miró con ternura, con esa mezcla de cariño y dolor que solo se tiene por alguien a quien se quiere de verdad.
—Eh, mírame —dijo, sujetándole el rostro—. No digas eso. Tú vales demasiado, Sofía. Si él no lo vio, el problema es suyo, no tuyo.
Sofía rompió a llorar otra vez y Andrea volvió a abrazarla, hundiendo la cara en su cabello. Por unos segundos, el silencio las envolvió. Solo se escuchaba el leve tintineo de las luces del árbol y el borboteo de la salsa caliente en la cocina.
Sofía bajó la mirada.
Por un instante, una idea cruzó su mente, tan rápida como un destello: contarle la verdad. Contarle lo que había pasado con Liam, cuando la soledad y el alcohol la arrastraron a hacer algo que aún le pesaba.
Pero se detuvo.
El pensamiento de ella y Liam juntos, la imagen de sus manos sobre ella, le atravesó la memoria como una punzada. No podía. No debía.
Se llevó una mano al cabello, suspirando. Quería contárselo, pero no encontraba el valor. Solo quería olvidar, olvidar el error, la culpa. Solo quería pensar en Kai, solo en él.
Fue entonces cuando Lucas, que había permanecido quieto con una servilleta en la mano, las observó en silencio. Y, de pronto, se llevó una mano a los ojos. Primero disimuló, pero luego soltó un pequeño sollozo.
Andrea y Sofía levantaron la vista al mismo tiempo.
Lucas, con la nariz roja y los ojos brillantes, intentaba limpiarse disimuladamente las lágrimas con el dorso de la mano.
—No… no puedo con vosotras —balbuceó, con la voz entrecortada—. Me vais a hacer llorar otra vez y ya me he manchado la camisa.
Andrea y Sofía se miraron al instante, sorprendidas, y un segundo después estallaron en una carcajada, una de esas que nacen entre las lágrimas, que liberan la tensión acumulada.
—Lucas —dijo Sofía, entre risas, secándose las mejillas—, si quieres te dejamos solo para que puedas seguir llorando a gusto.
Él levantó una ceja, fingiendo indignación, aunque no podía ocultar la sonrisa que se le escapaba. Andrea, negando con la cabeza, le respondió con un tono juguetón:
—¡Anda, ven aquí, que te falta un abrazo también, mimoso!
Lucas soltó una risa entre mocos y se acercó, abriendo los brazos de par en par.
—Vale, pero que conste que esto es abuso emocional colectivo —dijo, antes de abrazarlas a las dos con fuerza, apretándolas contra su pecho.
—¡Buah! —protestó Sofía, riendo—. ¡No me restriegues tus mocos en mi jersey, Lucas!
—Demasiado tarde —respondió él, riéndose también, mientras Andrea lo empujaba suavemente sin dejar de reír.
Durante un instante, los tres se quedaron así, enredados, riendo y llorando al mismo tiempo, mientras las luces del árbol parpadeaban detrás de ellos.
Había algo mágico en ese pequeño apartamento: la sensación de hogar, de familia elegida, de amor sin condiciones. Fuera, la nieve seguía cayendo sobre la ciudad; dentro, el calor de aquella escena parecía suficiente para derretir cualquier invierno.
La salsa empezó a hervir con un burbujeo traicionero y, en un instante, un pequeño humo blanco se elevó desde la cazuela.
Andrea corrió a apagar el fuego.
—¡Ay, no, no, no! —gritó Andrea desde la cocina.
Lucas, con un tono medio teatral, se secó las lágrimas y dijo:
—Bueno, ¿y ahora quién sirve la cena? Porque yo estoy emocionalmente agotado.
La exageración hizo que Sofía soltara una carcajada.
Aun con los ojos húmedos, Sofía se dejó caer en el sofá, riendo.
Desde la cocina se escuchó la voz alarmada de Andrea:
—¡Chicos, la salsa se ha quemado! ¡Huele a desastre!
Lucas alzó las cejas, olfateó el aire y puso cara de concentración.
—Confirmo el diagnóstico —sentenció con solemnidad—. Hemos perdido la cena.
Hubo un segundo de silencio… y los tres estallaron en una carcajada.
—Yo propongo que pidamos una pizza —añadió Lucas, levantando las manos en gesto de rendición—.
Andrea se dejó caer junto a Sofía en el sofá, riendo aún.
—Pizza suena bien —dijo entre suspiros—. Pero esta vez la pides tú, sentimental.
Lucas hizo una reverencia exagerada y fue por el teléfono, mientras las dos lo miraban entre risas.
Entre el aroma a salsa quemada y el tintineo de las luces del árbol, el apartamento se llenó de una risa sincera, una risa que desde hacía mucho tiempo a Sofía le salía del alma.
El timbre de la puerta sonó, cortando el eco de sus risas como una nota aguda en medio del murmullo cálido del apartamento.
Lucas se levantó de un salto, llevándose una mano al pecho con aire teatral.
—¡Mi momento ha llegado! —proclamó con voz solemne—. ¡Por fin la cena!
Andrea y Sofía se miraron y estallaron en carcajadas mientras él desaparecía por el pasillo a zancadas. Cuando abrió la puerta, el repartidor lo saludó con una sonrisa cansada, con el aire helado de la calle colándose entre ellos.
—Buenas noches —dijo el joven—. Tres pizzas, ¿verdad?
—¡Feliz Navidad! —respondió Lucas, entregándole el dinero con un gesto generoso y dándole una buena propina.
—Muy amable, señor. ¡Feliz Navidad para usted también! —contestó el repartidor, antes de desaparecer por el pasillo, dejando tras de sí una estela de aire frío y olor a pizza recién horneada.
El aroma cálido invadió el apartamento de inmediato: masa dorada, queso fundido, orégano y un toque irresistible de albahaca.
—Oh, huele a gloria —dijo Andrea, aspirando profundamente, mientras Lucas dejaba las cajas sobre la mesa.
Sofía sonrió, ayudando a repartir los platos y las servilletas. El árbol de Navidad parpadeaba a su lado, iluminando sus rostros con tonos dorados y verdes. Afuera, la nieve seguía cayendo, silenciosa y constante, tiñendo el mundo de un blanco perfecto.
La cena fue rápida, casi atropellada. Entre mordiscos y sorbos de vino tinto, las risas llenaban el pequeño apartamento, mezclándose con el sonido tenue de los villancicos y el chisporroteo del radiador.
—Andrea, ¿lo tienes todo preparado? —preguntó Lucas con la boca llena, señalando el aire con el trozo de pizza.
—¡Lucas! —rió Andrea, golpeándolo en el brazo—. No hables con la boca llena, que vas a atragantarte.
Sofía los miraba con ternura, riendo, pero en el fondo sentía ese leve nudo de emoción y ansiedad: el viaje, Hawái, los recuerdos… y Kai.
Andrea miró de pronto el reloj en la pantalla de su móvil.
—¡Dios santo! —exclamó, levantándose de golpe—. ¡Mira la hora! Tenemos que estar en el aeropuerto a las dos de la madrugada. Lucas, vámonos.
Se giró hacia Sofía con gesto decidido.
—Sofía, revisa la maleta, revisa la documentación. Deja todo preparado en la puerta. No te olvides de tu vestido de dama de honor, ¿vale?
Sofía asintió, algo abrumada, pero sonriendo.
—Tranquila, lo tengo todo controlado.
—Te ayudamos a recoger rápido antes de irnos —dijo Andrea, ya apilando los platos vacíos—. Dúchate, deja la maleta lista y la documentación en el bolso. Te esperamos abajo a la una y media en punto, ¿ok?
—Prometido —respondió Sofía, con una sonrisa cansada pero ilusionada.
Lucas se limpió las manos con una servilleta y se acercó a abrazarla.
—Te recogeremos en la puerta. No te duermas, ¿eh? —bromeó, guiñándole un ojo.
—No prometo nada —dijo ella, riendo.
Se despidieron entre abrazos, risas y la promesa de nos vemos en unas horas. La puerta se cerró con un suave clic y el silencio volvió poco a poco al apartamento.
Sofía recogió las copas, apagó las luces y se quedó un instante frente al árbol de Navidad. Las luces parpadeaban en reflejos dorados sobre su piel.
Suspiró, se quitó los zapatos uno a uno, dejándolos caer junto al sofá con un golpe leve y apagado. El silencio del apartamento se mezclaba con el parpadeo intermitente de las luces del árbol de Navidad, que proyectaban reflejos dorados sobre las paredes.
Cruzó el pasillo despacio y encendió la luz del baño.
El vapor comenzó a llenar el aire en cuanto abrió la ducha.
El agua caliente golpeó los azulejos y una fragancia de jabón de jazmín y almendras envolvió el espacio, transformándolo en un refugio cálido.
Sofía cerró los ojos mientras el agua le caía por el cuello, por los hombros, arrastrando el cansancio del día, pero también —como si fuera inevitable— los recuerdos.
Por un instante, le pareció sentir el roce de otra piel contra la suya. El recuerdo era tan nítido que el corazón se le encogió. El tacto de las manos de Kai, el calor de su respiración en su cuello, el sonido de las olas rompiendo contra la orilla…
Todo regresó con la fuerza de una ola que no se puede contener.
Cerró el grifo lentamente. El vapor empañaba el espejo y su reflejo apenas era una silueta borrosa, casi irreal.
Ya en la habitación, con el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros, colocó la maleta encima de la cama. La abrió con suavidad, como si dentro guardara algo frágil. Comenzó a guardar las prendas una a una, doblándolas con cuidado, sin prisa.
Alzó la vista y sus ojos se detuvieron en el vestido colgado en la percha, protegido dentro de su bolsa de satén. La tela parecía brillar bajo la luz tenue de la lámpara.
Se quedó quieta, contemplándolo. El silencio pesaba y, en su mirada, se mezclaban la melancolía y una chispa de ilusión.
«¿Qué pensará cuando me vea con este vestido?», pensó.
Y, en su mente, casi sin quererlo, se dibujó la imagen de Kai mirándola como aquella primera vez, con esa intensidad silenciosa que le erizaba la piel.
El recuerdo del roce de sus dedos, el temblor de su respiración, el sonido del mar… todo volvió en un solo instante, como una escena superpuesta en la penumbra de su habitación.
Sofía cerró los ojos y, por un segundo, fue como si el tiempo se detuviera: solo estaban ellos dos, el rumor del océano y esa conexión que, aunque rota, seguía viva en cada rincón de su memoria.
Cuando los volvió a abrir, las luces del árbol parpadeaban a lo lejos desde el salón. Inspiró hondo, cerró la maleta con un clic y la dejó junto a la puerta.
El viaje comenzaba otra vez.
El tic-tac del reloj acompañó su respiración lenta mientras el sueño la iba venciendo. Fuera, la nieve seguía cayendo sobre la ciudad.
En pocas horas, el vuelo la llevaría de nuevo a Hawái… y quizá, sin saberlo, también de vuelta hacia su destino.
Capítulo 4