Adornos y recuerdos #2
Su mirada se clavó en Sofía. Ni una palabra, ni un gesto brusco. Solo una frialdad que heló la habitación.
—En realidad —dijo con voz seca, contenida—, venía a confirmar la fecha de la boda. Pero veo que no hace falta continuar la reunión.
Andrea dio un paso al frente, con los ojos muy abiertos.
—Señor Johnson, espere, por favor…
Pero él ya se estaba girando, el abrigo rozando el marco de la puerta al salir, dejando tras de sí un leve olor a colonia y el sonido seco de sus pasos alejándose por el pasillo. El eco resonó como un golpe final, como si el silencio hubiera decidido quedarse allí, suspendido entre ellas.
Andrea se llevó las manos a la cabeza.
—No puede ser… —murmuró, incrédula, mirando a Sofía—. No puede ser que hayas dicho eso.
Sofía alzó la vista despacio, con los ojos abiertos y una mezcla de rabia y desconcierto.
—¿Perdona? —dijo, con la voz temblando entre la culpa y la defensa—. Hemos sido las dos, Andrea. Las dos hicimos el comentario. No me cargues ahora toda la culpa.
Andrea se quedó inmóvil, con los labios apretados, sin saber qué responder. El murmullo lejano de la calefacción fue lo único que llenó el espacio entre ambas.
Sofía bajó la mirada al suelo, donde la luz cálida de la lámpara dibujaba sombras doradas sobre la alfombra.
No había querido decirlo, no en serio. Era una broma amarga, un pensamiento al aire, pero el daño ya estaba hecho.
—Déjame intentar arreglarlo —dijo al fin, con la voz cansada pero firme—. Espera aquí.
Andrea, sin esperar respuesta, dejó a Sofía sola en la estancia, con la sensación de que todo el aire había quedado detenido.
Dio un paso hacia la puerta y salió corriendo tras el señor Johnson, los tacones golpeando el suelo brillante del pasillo.
Durante varios minutos, Sofía permaneció sola, escuchando el zumbido lejano de los fluorescentes y el golpeteo sordo del viento contra las ventanas.
Dentro del despacho, el ambiente se sentía helado, como si el comentario de Sofía hubiera congelado algo entre ellas.
Por fin, la puerta se abrió de nuevo.
Andrea regresó despeinada, con el rostro enrojecido y una mezcla de rabia y cansancio en la mirada.
Cerró la puerta del despacho tras ella con un golpe seco.
La estancia quedó en silencio, salvo por el tic-tac del reloj que colgaba sobre el archivador y el tenue zumbido del calefactor en la esquina.
Sofía, aun junto al escritorio, no se atrevía a moverse.
La luz cálida del flexo se reflejaba en sus mejillas, ya húmedas, y hacía brillar el borde de sus ojos cansados.
—¿Y? —preguntó Sofía en voz baja, sin atreverse a mirarla.
Andrea dejó el bolso sobre el escritorio con un golpe seco.
—He tenido que convencerlo de que lo tuyo fue un malentendido —respondió, conteniendo la ira—. Le he dicho que estás pasando por un mal momento, que tu ex te dejó, que luego conociste a otro y también ha resultado ser un desastre… que ya no crees en el amor.
La voz de Andrea se quebró ligeramente al pronunciar esa última frase. Sofía la miró, con los labios entreabiertos, y de repente las lágrimas le brotaron sin contención, resbalándole por las mejillas.
Andrea siguió, esta vez más despacio, pero con el temblor en la voz de quien reprime el cansancio y la frustración.
—Le he dicho que no era tu intención ofender a nadie —continuó Andrea, con la voz temblorosa—, y que necesitamos este contrato. Sofía, esta boda nos deja una suma enorme, ¿lo entiendes? No es solo dinero, es reputación, es trabajo, es nuestra credibilidad.
El silencio que siguió fue denso, casi físico. Solo se oía el ruido lejano del viento golpeando los ventanales. Sofía tragó saliva, intentando hablar, pero apenas le salió un hilo de voz.
—Lo siento, Andrea… de verdad lo siento mucho.
Andrea respiró hondo, pasándose una mano por el cabello, mirando al suelo para no estallar. La ira y la tristeza se mezclaban en su rostro, reflejadas por la luz cálida que caía desde la lámpara del techo.
—Tenías que haberte quedado en casa con Lucas —dijo finalmente, con tono firme, aunque sin gritar—. O, mejor aún, tenías que haber seguido de vacaciones.
Sofía bajó la mirada, apretando los labios, sin atreverse a responder. Andrea se acercó al perchero, tomó su abrigo y el bolso con un movimiento rápido y, antes de abrir la puerta, se detuvo un segundo, de espaldas a ella.
—Voy a tu casa —dijo sin girarse—. Tú… —hizo una pausa antes de abrir la puerta— piensa bien en lo que quieres, Sofía. Porque, si sigues así, vamos a perder muchos contratos.
El clic metálico de la puerta al cerrarse resonó en toda la oficina. Sofía se quedó inmóvil, observando la sombra de Andrea desvanecerse al otro lado del cristal esmerilado.
Fuera, la nieve seguía cayendo, lenta, silenciosa, cubriendo los cristales con un velo blanco.
Sofía se dejó caer en la silla, cubriéndose el rostro con ambas manos. El silencio pesaba tanto como el arrepentimiento.
Su reflejo en la ventana le devolvió una imagen cansada, con los ojos tristes, los mismos que una vez la abuela de Kai había descrito con una ternura que ahora dolía al recordar.
La puerta del edificio se cerró tras ella con un golpe amortiguado.
El frío de la calle la envolvió enseguida, clavándose en su piel como agujas finas. La nieve seguía cayendo, lenta, persistente, iluminada por las farolas que dibujaban halos dorados sobre la acera.
Sofía cruzó los brazos sobre el pecho, bajó la cabeza y comenzó a caminar sin rumbo.
Los taxis pasaban de largo, levantando agua sucia a su paso.
El aire olía a café recién hecho y a humo de los puestos callejeros que aún seguían abiertos.
A esa hora, Nueva York tenía un brillo distinto: el de una ciudad que nunca duerme, pero que a veces parece mirar hacia otro lado.
El viento le enredaba el cabello mientras avanzaba.
A cada paso, las luces de los escaparates le devolvían destellos de una vida que se le antojaba ajena: parejas riendo dentro de los cafés, niños pegando la nariz al cristal de una tienda de juguetes, una mujer ajustándose un abrigo caro antes de subir a un taxi. Todo seguía su curso, todo, menos ella.
Se detuvo en una esquina, respirando hondo, viendo cómo su aliento se convertía en vapor. Y, sin poder evitarlo, su mente viajó a Hawái.
El murmullo del tráfico se fue diluyendo, sustituido por el sonido del mar. Las luces frías de Nueva York se transformaron en aquella luz cálida y dorada que lo envolvía todo.
Pudo ver el reflejo del atardecer sobre el agua, el movimiento de las palmeras, el olor a sal, el tacto de la arena húmeda entre los dedos.
Y luego, su voz.
La voz de Kai.
—¿Eres mía? —le preguntó él aquella noche, con la respiración entrecortada, con los ojos ardiendo de sinceridad.
Y ella, con el corazón temblando, había dicho que sí, que su mente y su corazón le pertenecían.
Pero la imagen se quebró.
El mar se disolvió en el asfalto, la brisa se volvió viento helado. Y, en su lugar, volvió aquella otra escena, clavándose en su pecho: Kai abrazando a la chica morena en la puerta de su casa.
Sus risas. El gesto con que él le acariciaba las mejillas.
Sofía apretó los ojos, intentando borrar la imagen. Pero no podía.
Cuatro meses después, seguía ahí.
Seguía sintiendo el mismo dolor que la primera noche.
El semáforo cambió a verde.
Sofía cruzó la calle despacio, con la mirada perdida.
Cuando pasó frente a un escaparate, su reflejo la sorprendió: llevaba el maquillaje corrido, los ojos enrojecidos, la bufanda mal anudada.
Parecía una versión lejana de sí misma.
Una que ya no creía en los finales felices, ni en el para siempre.
Hay momentos en los que la vida no se rompe de golpe, sino despacio, como una promesa que se va desgastando.
Capítulo 3