Manual de supervivencia para una boda Adornos y recuerdos
14%

Adornos y recuerdos

E l ascensor se detuvo con un leve temblor en el piso de Sofía. Al abrirse las puertas, una ráfaga cálida y perfumada a canela y pino las envolvió de inmediato: cálida, familiar, casi mágica. Andrea y Sofía intercambiaron una mirada curiosa antes de salir al pasillo.

La puerta del apartamento estaba entreabierta y, desde dentro, se escapaba el suave parpadeo de luces de colores. Al empujarla, la escena que encontraron parecía sacada de una película navideña.

El pequeño piso de Sofía estaba iluminado solo por el resplandor dorado del árbol de Navidad, cuyas luces danzaban sobre las paredes como reflejos de fuego.

Lucas llevaba la camisa remangada y una sonrisa satisfecha; el cabello revuelto y un toque de purpurina atrapado en la frente.

En la mesa del centro, frente al sofá, dos tazas de chocolate caliente humeaban, desprendiendo ese perfume irresistible a cacao espeso y canela recién molida. A su lado, un plato con galletas decoradas en forma de copos de nieve completaba la escena.

Llevaba un gorro de Papá Noel ladeado y una expresión satisfecha mientras colocaba los adornos en el árbol.

El brillo dorado se reflejaba en las bolas plateadas y en los adornos que colgaban de las ramas, llenando el espacio de una calidez hogareña que contrastaba con el bullicio y el frío de las calles de Nueva York, donde los taxis pitaban y la nieve empezaba a mezclarse con el humo de los puestos callejeros.

—Justo a tiempo —dijo Lucas, girándose hacia ellas con una sonrisa traviesa—. Si hubierais tardado un poco más, me bebía vuestro chocolate.

Andrea soltó una risa alegre y dejó las bolsas en el sofá. Se quitó el abrigo antes de lanzarse a sus brazos.

Él la abrazó, la levantó unos centímetros del suelo y giró con ella, haciéndola reír aún más.

—Pero bueno, ¡si esto parece una postal! —dijo ella, mirándolo con ternura.

—Os dije que quería que este piso respirara espíritu navideño antes de que nos marcháramos —respondió él, bajando de la banqueta y dándole un beso en la frente—. ¿Qué tal la prueba del vestido?

—Perfecta —contestó Andrea—. Todo está listo. Solo falta que llegue el gran día.

Sofía, mientras tanto, se dejó caer en el sofá con un suspiro y observó cómo las luces del árbol parpadeaban.

Por un momento, el brillo dorado le recordó los farolillos de papel flotando sobre el mar de Hawái, aquella noche en la que, junto a Kai, había pedido un deseo que jamás confesó en voz alta.

El reflejo de las luces se movía sobre las paredes del apartamento como pequeñas olas y, en su mente, el recuerdo la llevó de vuelta allí: el aire cálido, impregnado de sal; el rumor constante del océano golpeando suavemente la orilla; la sonrisa de Kai mientras el viento despeinaba su cabello.

Cerró los ojos.

Podía sentirlo otra vez.

Las manos de él rodeando su cintura bajo la luz plateada de la luna, su voz ronca susurrando su nombre, el tacto áspero de su piel contra la suya, el murmullo del mar envolviéndolos como un secreto.

Recordó el olor de su perfume, esa mezcla de madera, ron, lavanda, bergamota y castaña. La forma en que la miraba, como si el mundo se redujera a ese instante, a ese gesto, a ellos.

Una lágrima, traicionera, resbaló por su mejilla.

Una sonrisa temblorosa le cruzó los labios, seguida de una punzada de dolor.

—«Te echo de menos…» —murmuró apenas, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.

Abrió los ojos. El árbol seguía allí, titilando frente a ella. Pero las luces ya no parecían doradas, sino frías, impersonales, como las calles de Nueva York bajo la nieve.

Sintió un nudo en la garganta. Había intentado convencerse de que todo aquello no había sido más que una historia efímera, una ilusión tropical bajo un cielo ajeno. Pero no podía. Porque lo que había sentido con Kai no se parecía a nada.

La imagen de él abrazando a aquella chica volvió a su mente, cruel y nítida como una fotografía grabada a fuego.

Volvió a escuchar su risa, su voz diciéndole que era la única. Y ahora, el eco de esas palabras la hacía estremecerse.

Lucas acababa de terminar de decorar el árbol y, en ese momento, Andrea lo abrazaba por detrás, riendo, mientras intentaba colocarle el espumillón alrededor del cuello.

—¡Quieto, que te falta una estrella aquí! —bromeó ella, señalándole la cabeza.

Lucas fingió indignarse, pero acabó riendo y la levantó en vilo, girándola en el aire antes de besarla entre carcajadas.

Sofía los observaba en silencio, con una sonrisa apagada.

Desde el sofá, Andrea y Lucas parecían vivir dentro de una postal navideña: el árbol resplandecía con luces cálidas, el reflejo dorado bailaba sobre los cristales de la ventana y los villancicos envolvían la estancia como un abrazo suave.

Lucas intentaba colocar el último adorno —una estrella de madera tallada— mientras Andrea reía, sujetando una guirnalda que se negaba a mantenerse en su sitio.

El aroma a chocolate caliente y canela llenaba la estancia y, por un instante, Sofía creyó sentir que todo estaba en calma. Pero, debajo de aquella serenidad aparente, algo dentro de ella dolía, como una nota disonante en medio de una melodía perfecta.

De pronto, el sonido del teléfono rompió el hechizo.

Un timbre agudo resonó en todo el apartamento como un golpe seco que la devolvió de golpe a la realidad.

Andrea, aun riendo, se separó de Lucas y frunció el ceño.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó, limpiándose las manos en un paño de cocina.

Sofía la vio mirar la pantalla y, en ese instante, el brillo de su expresión cambió.

—Es el señor Johnson —dijo Andrea con un suspiro. La risa desapareció de su rostro mientras descolgaba—. ¿Señor Johnson? Sí, claro… por supuesto… ahora mismo.

El tono de su voz se volvió serio. Cuando colgó, Lucas la observó desde el árbol, todavía con la estrella en la mano.

—¿Pasa algo? —preguntó él.

Andrea negó con un gesto rápido.

—Nada grave, supongo. Necesita vernos en el despacho.

Sofía se levantó despacio, dejando su taza sobre la mesa.

—Vamos entonces —dijo, con un tono que mezclaba profesionalidad y cansancio.

Lucas se acercó y, con una sonrisa cálida, les pasó un brazo a cada una.

—Tranquilas, yo termino aquí —dijo, señalando el árbol—. Prometo que, cuando volváis, este salón estará decorado y la cena lista sobre la mesa.

Andrea sonrió con ternura y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Mi hombre es un amor. No empieces sin mí —bromeó.

El ascensor se cerró tras ellas y la música navideña del apartamento quedó amortiguada por el zumbido lejano de la ciudad.

Fuera, Nueva York brillaba bajo las luces de diciembre.

El cielo gris comenzaba a oscurecer y una fina capa de nieve cubría las aceras.

El aire era frío, cortante, y el vaho escapaba de sus labios con cada palabra.

Eran apenas las seis y media de la tarde, pero la ciudad ya estaba completamente iluminada: los escaparates resplandecían con luces doradas, los árboles de las avenidas estaban envueltos en guirnaldas y el sonido de los villancicos se mezclaba con el murmullo de los transeúntes que se apresuraban a regresar a casa.

Andrea levantó la mano y detuvo un taxi.

Las luces del vehículo reflejaron destellos sobre la nieve húmeda.

Durante el trayecto, las calles de Manhattan se deslizaban veloces al otro lado del cristal: las farolas, los carteles luminosos, los cafés con las puertas entreabiertas y el vapor escapando al exterior.

Sofía observaba en silencio, con la frente apoyada en el cristal helado, mientras los recuerdos se le mezclaban con la niebla.

El taxi giró hacia la avenida donde se encontraba el edificio de su oficina.

Desde fuera, las luces del vestíbulo brillaban como un faro sobre el pavimento cubierto de nieve.

Subieron hasta la planta veintisiete, al despacho que compartían, donde todavía quedaban catálogos abiertos, bocetos de flores y muestras de telas sobre las mesas.

Andrea dejó su bolso y su abrigo en el perchero, soltando un largo suspiro.

—Espero que esto no sea otra crisis de pánico preboda —murmuró.

Sofía se acercó a la ventana, apoyando la frente en el cristal frío.

Desde allí, la ciudad parecía otro mundo: las luces de los coches se deslizaban lentamente entre la nieve sucia de los bordes y los semáforos tintineaban, reflejando tonos rojos y verdes sobre el pavimento mojado.

Era una de esas tardes heladas de invierno en las que Nueva York parecía contener la respiración.

—Sea lo que sea, lo resolveremos —dijo Sofía, intentando sonar segura, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

Andrea la observó desde su escritorio, en silencio.

La conocía demasiado bien como para creer en esa calma fingida.

Sofía dejó escapar una pequeña risa amarga.

—¿Sabes lo que pienso a veces, Andrea? Que tengo una ironía de la vida.

—¿Por qué lo dices? —preguntó su amiga, aunque ya intuía la respuesta.

—Organizo bodas, respiro amor todos los días y, sin embargo… —hizo una pausa, mirando las luces de la avenida— yo no tengo suerte. Ni con Liam ni con Kai. Siempre termino rota y, aun así, sigo creyendo en los finales felices, en que una se casa para siempre.

Andrea se acercó despacio y le puso una mano en el hombro.

—No todos los finales felices son iguales, Sofía —murmuró con suavidad.

Sofía giró la cabeza hacia ella con una sonrisa torcida y, en ese instante, algo oscuro y punzante cruzó su mente.

—O mira tú, Andrea… —dijo en voz baja, casi sin pensar— que si lo que viene a decirnos el señor Johnson es que no hay boda porque descubrió que ella lo engaña, porque a él no se le levanta. Vamos, está claro que se casa con él por su cartera, no por amor.

—Bueno, siempre puede tomar viagra —dijo Andrea.

—Sí, como un bote entero —respondió Sofía.

Las palabras salieron rápidas, cargadas de ironía y cansancio, pero no habían terminado de resonar cuando la puerta del despacho se abrió.

El silencio fue instantáneo.

Allí, de pie, estaba el señor Johnson, con su abrigo oscuro todavía puesto y la expresión congelada.