Manual de supervivencia para una boda Regresar no siempre es volver #6
12%

Regresar no siempre es volver #6

Si él es realmente tuyo, la vida se encargará de volver a juntaros… y si no, será porque hay algo mucho mejor esperándote.

No te castigues más pensando en lo que pasó.

Sofía bajó la mirada, conteniendo las lágrimas.

—Suena tan fácil cuando lo dices así…

Andrea sonrió con ternura.

—No lo es, lo sé. Pero a veces hay que soltar para que el destino tenga espacio para actuar.

Sofía respiró hondo, mirándose una última vez al espejo. El reflejo le devolvía una mujer distinta, más fuerte, aunque en sus ojos aún habitara la nostalgia del mar, en el que nunca dejó de pensar.

Al salir de la boutique, una ráfaga de aire frío las envolvió como un soplo repentino de invierno. El contraste con el ambiente cálido y perfumado del interior fue inmediato: la ciudad vibraba con vida propia, iluminada por las miles de luces que anunciaban la inminente llegada de la Navidad.

Los escaparates de la Quinta Avenida brillaban con decoraciones espectaculares —muñecos de nieve en movimiento, renos cubiertos de purpurina, copos de cristal suspendidos como si flotaran en el aire— y el sonido lejano de un coro callejero interpretando Jingle Bell Rock se mezclaba con el rumor constante del tráfico.

Sofía y Andrea salieron riendo, todavía con la emoción del vestido de novia y las copas de champán que les habían ofrecido dentro.

Andrea sostenía una bolsa blanca de satén donde el vestido de novia reposaba, envuelto con el mismo cuidado con el que se guarda un sueño.

Su rostro seguía iluminado, todavía embriagado por la emoción de haberse visto vestida de blanco.

A su lado, Sofía llevaba su propio vestido, que caía con elegancia dentro de la funda de satén, y lo miraba con una sonrisa tenue. Las copas de champán que les habían servido en la boutique aún les dejaban un leve cosquilleo en la cabeza, como si la efervescencia se hubiera colado en el aire.

En la acera, una fina capa de nieve empezaba a cubrir los coches y los adoquines.

Los taxis amarillos pasaban veloces, reflejando el parpadeo multicolor de las luces que colgaban entre los edificios.

El aire olía a canela, café y castañas asadas; un vendedor ambulante giraba los frutos sobre una vieja plancha humeante mientras el vapor se elevaba formando nubes doradas bajo la luz de las farolas.

Las primas de Andrea, también damas de honor salieron detrás de ellas con sus fundas colgando del brazo y risas que se mezclaban con el murmullo de la ciudad.

—Parece mentira que ya nos vamos —dijo una, soplando el vaho frente a su rostro.

—Ni me hables, aún tengo que cerrar la maleta —añadió otra, riendo.

Andrea levantó su bolsa con orgullo y bromeó:

—¡Y vosotras, mis estrellas, las que vais a iluminar mi gran día!

Las carcajadas se mezclaron con el sonido de un saxofón callejero. Una niña pasó corriendo con un gorro rojo y un globo plateado, y Sofía, sin poder evitarlo, sonrió. Sentía el corazón ligero, aunque la nostalgia seguía escondida bajo la superficie, esperando cualquier descuido para despertar.

Las cuatro caminaron por la acera entre luces navideñas, risas y taxis que pasaban con estelas de humo blanco. Detrás de ellas, la boutique cerró sus puertas y los maniquíes del escaparate quedaron en silencio, como testigos del último instante antes del viaje.

Al llegar a la esquina, las primas se despidieron.

—Nos vemos en el aeropuerto, ¿vale? No te atrevas a llegar tarde, que si perdemos ese vuelo te lo recordaremos el resto de tu vida.

—Tranquilas —respondió Andrea entre risas—. Lucas ya me tiene cronometrada.

—¡Y tú también, Sofía! —añadió otra, dándole un beso en la mejilla—. Prepárate para volver a sentir el calor de Hawái… ese lugar donde todo parece volver a la vida.

Sofía sonrió con esfuerzo, pero su pecho se encogió. El simple nombre de Hawái bastó para que la imagen de Kai, con su sonrisa serena y su mirada de mar profundo, se abriera paso otra vez en su mente.

—Lo intentaré —dijo.

Se despidieron entre abrazos, promesas de fotos y bromas sobre el viaje. Las primas se alejaron entre la multitud, con sus risas perdiéndose entre el bullicio de la ciudad.

Andrea y Sofía quedaron un instante quietas, observando cómo las luces reflejaban su brillo sobre el pavimento húmedo. Un carruaje de caballos pasó lentamente frente a ellas, las campanillas del arnés sonaban con un ritmo pausado, casi nostálgico.

—Nueva York tiene su propia magia —susurró Sofía, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo.

—Sí —respondió Andrea, sonriendo—, pero ya verás… la magia de Hawái en Navidad tampoco se olvidará.

Un copo de nieve cayó sobre la mejilla de Sofía, derritiéndose enseguida. Bajó la mirada, pensativa, mientras ambas comenzaban a caminar calle abajo, entre luces, villancicos y el reflejo dorado de los escaparates.

El mundo parecía detenerse por un instante. Y aunque Sofía intentaba convencerse de que todo estaba en calma, su corazón sabía que el verdadero torbellino apenas estaba por comenzar.

Algunas cosas se decoran para que brillen; otras se esconden porque siguen doliendo.

Capítulo 2