Manual de supervivencia para una boda Regresar no siempre es volver #5
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Regresar no siempre es volver #5

—A sus órdenes, jefa —respondió él con una media sonrisa.

Cuando Sofía y Andrea salieron del edificio, la ciudad las envolvió con su magia invernal.

Era Nueva York en diciembre, pura vida y espectáculo.

Las calles vibraban con el bullicio de la gente cargando bolsas, el tintinear de los cascabeles y el vapor que escapaba de las alcantarillas bajo el aire helado.

Los taxis amarillos pasaban veloces, salpicando charcos, mientras las luces de los escaparates lanzaban destellos de rojo, verde y dorado.

Un Papá Noel tocaba una campanilla junto a la entrada del metro, y el olor a castañas asadas se mezclaba con el de los pretzels recién hechos.

Andrea hablaba sin parar, entusiasmada con los últimos detalles de la boda, mientras Sofía la escuchaba intentando mantener la sonrisa.

A cada paso, el sonido de los villancicos y las luces parpadeantes le devolvían una sensación extraña: el contraste entre el calor festivo de la ciudad y el frío que aún llevaba dentro.

Cada vez que el viento le rozaba el rostro, era como si una brisa del Pacífico volviera a recordarle a Kai, al mar, al sabor del agua salada y al brillo de su mirada.

Andrea, sin darse cuenta, la tomó del brazo con una sonrisa.

—Vamos, que hoy es la última prueba de los vestidos… y quiero verte sonreír como antes.

Sofía asintió despacio, dejando escapar un suspiro.

—Lo intentaré.

Y mientras caminaban entre las luces navideñas de Nueva York, el bullicio y el tintinear de los trineos, la ciudad entera parecía un escenario inmenso.

Un lugar perfecto para los sueños ajenos, pero demasiado brillante para un corazón que aún no había aprendido a olvidar.

El sonido de una campanilla anunció su entrada cuando empujaron la puerta de cristal.

El interior de la tienda parecía sacado de una película romántica: techos altos con lámparas de cristal, paredes cubiertas de molduras doradas y una suave fragancia de flores blancas flotando en el aire.

La luz entraba tamizada por las cortinas de encaje, iluminando los vestidos expuestos como si cada uno guardara su propio secreto.

—Bienvenidas, señoritas —saludó una de las asesoras con una sonrisa impecable—. Pase, Andrea, su cita está confirmada.

Enseguida, otra dependienta se acercó con dos copas de champán burbujeante en bandejas plateadas, acompañadas de pequeños sándwiches de salmón y canapés de queso con uvas.

—Para que se relajen antes de la magia —dijo con un guiño cómplice.

Andrea soltó una risita nerviosa, alzó su copa y miró a Sofía.

—Por nosotras, y porque esto salga perfecto.

—Por ti —corrigió Sofía, chocando suavemente su copa contra la de su amiga.

Mientras esperaban, Sofía se dejó envolver por el ambiente: los tonos marfil y champán de los vestidos, el murmullo de las modistas moviéndose entre maniquíes, el sonido delicado de las cremalleras y las perchas.

Todo era elegante, etéreo… como un suspiro sostenido.

Cuando Andrea salió del probador, Sofía contuvo el aliento.

El vestido era una obra de arte: seda blanca con ligeros reflejos dorados, escote corazón y mangas de encaje que caían suavemente por los hombros. El cuerpo se ceñía a su silueta con una delicadeza que parecía dibujarla, y la falda fluía hacia el suelo como un río de luz.

Andrea caminó unos pasos hasta el gran espejo y se giró hacia su amiga.

—¿Qué te parece? —preguntó con voz temblorosa.

Sofía sonrió, pero sus ojos se humedecieron.

—Pareces una princesa. No, mejor… parece que el vestido te estaba esperando.

Andrea se rió, nerviosa y feliz a la vez, mientras la modista ajustaba la tela en su cintura.

—No llores, que me haces llorar —dijo entre risas, y ambas se miraron con ese cariño que solo las amigas verdaderas comparten.

Después fue el turno de Sofía.

Una de las asistentes le entregó una percha con el vestido de dama de honor que Andrea había elegido para ella:

un diseño bohemio, de color champán, suave, con un escote triangular profundo y finos tirantes que se entrelazaban en la espalda. La tela, ligera como el viento, caía en ondas hasta los tobillos, con una abertura lateral que dejaba ver la entrepierna al moverse.

Era elegante, sensual sin ser excesivo, y tenía ese toque de libertad que tanto recordaba al mar de Hawái.

Cuando Sofía salió del vestidor, Andrea aplaudió con emoción.

—¡Estás preciosa! —exclamó, llevándose las manos a la boca—. Justo como imaginé. Eres mi dama de honor estrella.

—No exageres… —murmuró Sofía, ruborizándose, observándose en el espejo.

Por un momento, la imagen que veía le devolvía algo de confianza, como si pudiera volver a reconocerse después de tanto tiempo.

Las otras damas de honor —las tres primas de Andrea— charlaban animadamente al fondo, probándose accesorios y riendo con naturalidad. El ambiente era festivo, cálido.

Sofía, sin embargo, sentía un leve nudo en el pecho.

Andrea la observó, y su sonrisa se volvió más suave.

—Sofía… ¿aún te incomoda que Liam sea el padrino de Lucas?

Sofía negó con un leve gesto.

—No —respondió con serenidad—. Ya no. Ya no siento nada por él. Lo nuestro quedó atrás.

Hizo una pausa y, bajando la mirada, añadió casi en un susurro:

—Mi corazón ya pertenece a otra persona.

Andrea la miró con ternura, comprendiendo más de lo que Sofía decía.

—Kai… —murmuró.

Sofía asintió despacio, con los ojos empañados.

—No sé cómo voy a reaccionar cuando lo vea. No sé si mi corazón lo va a soportar.

Andrea se acercó, le tomó las manos y las apretó entre las suyas.

—Escúchame —dijo con voz firme pero dulce—. Has pasado por mucho. Pero ahora toca vivir el presente.

Disfruta este momento, Sofía. No pienses en lo que fue ni en lo que vendrá. Solo en lo que tienes ahora.

Hizo una breve pausa antes de continuar:

—A veces las cosas no salen como esperamos.

Pero lo que está destinado para ti, nadie te lo puede quitar.