Regresar no siempre es volver #4
El eco de sus palabras resonó en la pequeña habitación, amplificando la tensión creciente.
El aire se volvió espeso, cargado de incertidumbre y miedo.
Ella, con el cabello revuelto y los ojos brillantes de furia y vulnerabilidad, recogía la ropa del suelo como si fuera su última defensa.
Él, en cambio, parecía sorprendentemente tranquilo, una calma que a Sofía le resultaba sospechosa, casi insultante.
—Tranquila, está todo controlado.
—¿Controlado? ¿Qué significa eso exactamente? —preguntó, con la voz temblorosa.
La pregunta quedó flotando en el aire, una súplica disfrazada de acusación.
Liam se sentó en la cama, la sábana cubriéndole el torso desnudo. La luz proyectaba sombras sobre su rostro, acentuando sus rasgos y ocultando la verdad en sus ojos.
—Significa que no tienes de qué preocuparte. Todo está bien —dijo.
Sofía estalló.
—¡No me vengas con eso! —exclamó, alzando la voz—. Sabes perfectamente a qué me refiero.
—¿Has usado protección? ¿Dime que te pusiste condón? ¿O te olvidaste?
La última pregunta se le ahogó en la garganta. El miedo a la respuesta la paralizaba.
Liam suspiró, un sonido que a ella le resultó exasperante.
—Mira, no hay necesidad de alterarse. Fue un momento de… pasión. Y a veces, en esos momentos, las cosas se olvidan.
La sangre le hirvió.
—¿¡Olvidan!? —gritó—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Esto no es un juego! ¡Estamos hablando de algo serio!
Sofía caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieta. La incertidumbre la carcomía, la ansiedad la devoraba.
—Cálmate, Sofía —dijo Liam, extendiendo una mano hacia ella, con la voz más baja—. Te prometo que, si pasa cualquier cosa, yo estaré a tu lado. Lo solucionaremos juntos.
Sofía se detuvo en seco.
El aire entre ambos se volvió espeso, casi sólido. Lo miró fijamente, con los ojos enrojecidos, cargados de rabia, impotencia y algo más… algo que ni ella misma sabía nombrar.
El silencio cayó de golpe.
Un silencio denso, pesado, que llenó la habitación como si incluso el aire hubiera decidido detenerse.
Liam bajó la mirada, incapaz de sostener la suya.
Sofía respiró hondo, temblando. Culpa. Vergüenza. Inseguridad. Todo mezclado, enredado en un nudo que le oprimía el pecho.
Su voz salió apenas como un susurro, pero fue cortante.
—Márchate, Liam. Es mejor que te vayas.
Hizo una pausa.
—Olvida todo lo que ha pasado. Bórralo de tu mente. Haz como si nunca hubiera ocurrido.
Liam permaneció inmóvil unos segundos. Luego asintió despacio, sin decir nada. Se inclinó para recoger su ropa, con movimientos torpes, cargados de una tristeza muda. Antes de salir, la miró una última vez, pero ella ya no lo miraba.
El portazo resonó seco, como un punto final.
Sofía se quedó quieta, inmóvil, en medio del dormitorio.
Su respiración era lo único que se oía.
Caminó lentamente hacia la cocina, con los pensamientos pesándole más que su propio cuerpo. Puso a hervir agua para el café; el sonido burbujeante llenó el silencio, pero ni siquiera eso consiguió romper el vacío que sentía dentro.
Tomó la taza entre las manos. El vapor le rozó el rostro, tibio, casi reconfortante… pero no bebió. El amargor del café parecía el mismo que el que se había quedado instalado en su alma.
Cerró los ojos un instante y, sin quererlo, volvió allí.
Hawái.
La brisa salada, tibia.
El sonido rítmico del mar rompiendo contra la costa.
La luz dorada del atardecer, esa que parecía envolverlo todo en un resplandor imposible.
Mientras el aroma del café seguía impregnando el aire, los recuerdos comenzaron a entrelazarse en su mente como fragmentos de una película que no sabía detener.
Las imágenes de Kai volvían una y otra vez: su sonrisa, aquella que parecía iluminarlo todo; su voz, grave y serena, cuando pronunciaba su nombre; el brillo de sus ojos, tan intenso que a veces le costaba sostenerle la mirada.
Recordó su piel bajo la lluvia, la calidez de sus abrazos, la forma en que la observaba cuando creía que ella no lo notaba.
Pero junto a esos recuerdos, como una sombra que manchaba todo lo hermoso, se coló también aquella imagen.
La de Kai abrazando a la muchacha en la puerta de su casa.
El beso en la mejilla.
Las manos de él acariciándole el rostro con ternura.
Sofía sintió el pecho apretarse, como si una mano invisible le estrujara el corazón. Cerró los ojos, pero la escena seguía ahí, repitiéndose con cruel nitidez.
No entendía por qué.
No entendía cómo.
Él le había dicho que era la única.
La única a la que había llevado a su rincón secreto, la única que había tocado su silencio y lo había hecho sonreír de verdad.
La única que lo había visto sin máscaras.
Entonces, ¿por qué?
¿Por qué esos abrazos?
¿Por qué esos besos?
¿Por qué todo lo demás?
Sofía se llevó una mano al pecho, intentando contener el temblor que le subía por la garganta. Recordó sus palabras en la orilla, la voz de Kai preguntándole al oído:
—¿Eres mía?
Y recordó su propia respuesta, dicha con el corazón latiéndole como un tambor desbocado:
—Mi mente y mi corazón te pertenecen.
Aquella promesa ahora pesaba sobre ella como una herida abierta.
Le había entregado todo… y sentía que él había jugado con sus sentimientos, que la había hecho creer en algo que no existía.
Las lágrimas, silenciosas, empezaron a correrle por las mejillas.
Abrió los ojos con un suspiro. Necesitaba escapar de sí misma, de esa mezcla de culpa y añoranza que la devoraba por dentro.
Dejó la taza de café sobre la encimera. El sonido del cristal contra la madera retumbó en el piso vacío, y caminó hacia el baño.
Se sentía rota.
Rota por dentro y por fuera.
Como si cada pedazo de ella siguiera allá, entre el rumor del mar y la mirada de un hombre que ya no sabía quién era.
El ruido del agua llenó el aire.
Cuando se metió bajo la ducha, dejó que el agua caliente corriera por su cuerpo, intentando borrar los recuerdos, las imágenes, las palabras.
Pero el agua no podía limpiar lo que dolía por dentro.
El agua seguía cayendo, resbalando por su piel como una lluvia interminable.
Sofía permanecía allí, inmóvil, con la frente apoyada contra la pared fría, dejando que el murmullo constante de la ducha la envolviera. El vapor llenaba el baño con un velo denso y tibio, donde el tiempo parecía haberse detenido.
Sus pensamientos flotaban entre imágenes confusas: el mar de Hawái, la voz de Kai, el eco del portazo de Liam. Todo se mezclaba, desdibujado.
Entonces el timbre sonó.
Cortante.
Inesperado.
Quebró el hilo de recuerdos como un cristal que se rompe.
Sofía parpadeó, desconcertada, como si despertara de un sueño demasiado largo. Durante un segundo no supo dónde estaba. El vapor seguía ascendiendo en espirales lentas cuando cerró el grifo y el silencio volvió a ocuparlo todo.
Salió de la ducha con movimientos lentos, el agua aun resbalando por sus hombros. Se envolvió en el albornoz, el tejido cálido pegándose a su piel húmeda.
El aire del pasillo estaba más frío y le erizó la piel mientras avanzaba hacia la puerta.
El timbre volvió a sonar, esta vez más insistente.
Sofía, aun con el cabello húmedo y el albornoz ceñido al cuerpo, cruzó el pasillo dejando tras de sí un rastro de vapor tibio. Apretó el nudo del albornoz antes de coger el telefonillo.
—¿Sí? —dijo, con voz ronca.
Del otro lado, una mezcla de risas y voces desafinadas rompió el silencio.
—¡Navidad, Navidad, dulce Navidad! —cantaban Andrea y Lucas a coro, entre carcajadas.
Sofía no pudo evitar una sonrisa, pequeña pero real.
—Subid —contestó, y pulsó el botón para abrir la puerta.
Minutos después, el timbre volvió a sonar y ella abrió la puerta del piso. Una ráfaga de aire helado irrumpió en el interior.
Andrea entró la primera, envuelta en un abrigo rojo brillante, el gorro de lana blanco ladeado, seguida de Lucas, que cargaba sobre el hombro un árbol de Navidad medio torcido, envuelto en una malla.
La nieve derretida goteaba sobre el suelo del pasillo.
—¡Por favor! —exclamó Andrea, mirando alrededor—. Esto no parece ni Navidad.
—Buenos días a ti también —respondió Sofía con media sonrisa, sujetándose el albornoz por reflejo.
Andrea la miró de arriba abajo, incrédula.
—¿Pero tú acabas de salir de la ducha? —preguntó, arqueando una ceja.
—Más o menos —dijo Sofía, encogiéndose de hombros.
—¡Vete a vestirte ahora mismo antes de que cojas una pulmonía! —ordenó Andrea, soltando el bolso sobre el sofá—. Nosotros traemos la Navidad, pero tú al menos podrías ponerte algo de ropa.
El piso estaba en penumbra, apenas con un par de luces encendidas y sin un solo adorno a la vista.
—Vamos a arreglarlo un poco antes de que te deprimas más —añadió, guiñándole un ojo.
Lucas, detrás de ella, forcejeaba con el árbol intentando mantenerlo de pie.
—¿Alguien puede decirme dónde dejo este pino suicida? —gruñó, divertido.
Dejó el árbol apoyado contra la pared, se frotó las manos entumecidas y sonrió.
—Traigo refuerzos —dijo, levantando una bolsa llena de adornos, luces y guirnaldas doradas—. Y café de verdad, del bueno.
—No hacía falta…
Andrea resopló, negando con la cabeza, mientras Sofía reía y retrocedía hacia el pasillo.
—Vale, vale —dijo ella—, me visto y vuelvo. Pero no me destrocéis el suelo con ese árbol.
—Demasiado tarde —contestó Lucas, mirando las gotas que dejaban un pequeño rastro hasta la alfombra.
Andrea soltó una carcajada y comenzó a quitarse los guantes y el abrigo.
—Es Navidad, Sofía. Y aunque no te apetezca mucho celebrarla, te prometo que te vas a sentir mejor cuando todo esto brille un poco.
El contraste era perfecto: el calor del vapor que aún flotaba en el aire, el aroma leve a café y jabón, y ellos dos, trayendo consigo el invierno, el bullicio, la risa… y un pedazo de Navidad.
Lucas se quedó trasteando con el árbol mientras las chicas se preparaban para salir. Andrea había insistido en que no podían retrasar más la última prueba de los vestidos: el suyo de novia y el de Sofía, su dama de honor.
—Lucas, encárgate tú del milagro navideño —dijo Andrea, señalando el árbol—. Nosotras vamos a la prueba y cuando vuelva quiero que esto parezca el Rockefeller Center.