Regresar no siempre es volver #3
Sofía respiraba despacio, con la cabeza apoyada en el asiento y los párpados entreabiertos.
El maquillaje ligeramente corrido, el cabello suelto cayéndole sobre el abrigo, la piel encendida por el vino.
Tenía ese aire frágil y sereno de quien se ha dejado vencer por el cansancio y la nostalgia al mismo tiempo.
—Sofía… —susurró Liam, con voz baja, casi temiendo despertarla.
Ella abrió los ojos lentamente y sonrió con torpeza.
—¿Ya hemos llegado? Tengo frío.
—Sí. Ya estás en casa.
Él bajó del coche y dio la vuelta para abrirle la puerta. El aire helado los envolvió al instante. Sofía salió tambaleante, riendo apenas, mientras Liam le sujetaba el brazo.
—No hacía falta que me acompañaras —dijo ella entre dientes, con voz suave.
—Sí hacía falta —contestó él—. No confío ni en tus tacones ni en el vino que llevas encima.
Subieron despacio los escalones hasta la puerta del edificio. El sonido de sus pasos resonaba hueco, íntimo, en el portal silencioso.
Sofía buscó las llaves en el bolso, riendo entre murmullos, y tardó varios intentos en acertar con la cerradura.
Liam la observaba en silencio.
Las luces del vestíbulo dibujaban destellos dorados en su cabello y sombras suaves en la piel. Había algo en ella esa noche —algo vulnerable, cálido, auténtico— que le hizo contener la respiración.
Cuando por fin consiguió abrir la puerta, Sofía se tambaleó ligeramente. Liam, rápido, le sujetó el brazo antes de que perdiera el equilibrio.
—Déjame que te acompañe hasta arriba —dijo él con voz suave.
Ella no protestó; solo asintió con una sonrisa cansada, los ojos medio entornados.
Esperaron en silencio frente al ascensor. Las luces del vestíbulo parpadeaban, reflejándose en el metal pulido de las puertas. Cuando el ascensor llegó, Sofía apoyó la cabeza en el hombro de Liam. Él no dijo nada; solo la sostuvo con cuidado mientras subían.
El pasillo del piso estaba tranquilo, apenas iluminado por la luz de emergencia.
Liam cogió las llaves de su mano y abrió la puerta. Dentro, el apartamento estaba en penumbra, impregnado por el perfume tenue de ella, por el eco de su rutina y de su soledad.
Sofía tropezó con el borde de la alfombra y Liam volvió a sujetarla con un gesto automático, protector.
—Vamos —murmuró—. Estás en casa.
Liam sostuvo a Sofía con cuidado mientras ella se tambaleaba, sus tacones altos la traicionaban en cada paso.
La habitación giraba a su alrededor, y él podía sentir cómo su cuerpo se apoyaba cada vez más en el suyo, como si fuera su única ancla en medio de la tormenta de alcohol que la embargaba.
En la penumbra del apartamento, el mundo parecía reducirse a ellos dos.
Sofía intentó soltarse, pero sus piernas no le respondían como debían, y Liam la guio con suavidad hacia la cama.
—Cuidado, Sofía —murmuró él, con la voz baja y controlada, en contraste con el caos que ella parecía llevar dentro.
Ella no respondió. Solo dejó escapar un suspiro pesado antes de dejarse caer sobre el colchón. Sus tacones aún estaban puestos y sus pies parecían luchar por liberarse de ellos.
Liam se arrodilló frente a ella, observando cómo sus manos temblaban al intentar deshacerse de los zapatos. Sus dedos no lograban coordinarse, y los tacones permanecían firmes, como si se resistieran a abandonarla.
—Déjame ayudarte —dijo.
Tomó uno de los tacones con firmeza y lo deslizó fuera de su pie con un movimiento suave. Repitió el gesto con el otro y los dejó caer al suelo con un sonido sordo. Sofía cerró los ojos, como si ese pequeño acto la hubiera agotado por completo.
Su vestido negro, ajustado y elegante, ahora parecía demasiado para su estado. Su cabello, antes perfectamente peinado, caía en mechones desordenados sobre su rostro.
Liam se sentó en el borde de la cama, mirándola con una intensidad que no intentaba ocultar. Sofía respiraba profundamente, su pecho subiendo y bajando con un ritmo irregular. Tenía los ojos cerrados y los labios ligeramente separados, como si estuviera a punto de decir algo que nunca llegaba.
Sabía que estaba al borde del sueño.
Una sonrisa sutil se dibujó en sus labios.
Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a desabrochar los botones de su vestido. El tejido se deslizó por sus hombros, dejando al descubierto su piel. Sofía no se movió, sumida en un sueño pesado, ajena a todo.
Liam retiró el vestido y la dejó en ropa interior. Se quedó observándola unos segundos, demasiado quieto, como si necesitara grabar esa imagen en su memoria.
—Eres tan hermosa —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Cubrió su cuerpo con una manta ligera, asegurándose de que estuviera cómoda. Luego se levantó y rodeó la cama. Se quitó la camisa y los pantalones con rapidez y se metió bajo las sábanas, colocándose a su lado.
Se acomodó con cuidado, dejando su cuerpo cerca del de ella.
Quería que, al despertar, lo viera allí. Que su mente, aún nublada, dudara. Que creyera que habían compartido algo. Que el recuerdo fuera confuso, borroso… pero suficiente.
Se acurrucó a su lado, sintiendo el calor de su piel. Sofía respiraba de forma regular, completamente ajena a su presencia.
—Despierta, Sofía —susurró, aunque sabía que no lo haría.
La habitación permanecía en silencio, rota solo por el sonido de sus respiraciones y el murmullo lejano del tráfico.
Las horas pasaron y Sofía siguió dormida, su cuerpo relajado, tranquilo.
Liam permaneció allí, inmóvil, esperando.
Entonces ella murmuró algo entre sueños. Una palabra apenas audible, un nombre que se escapó de sus labios como un suspiro.
—Kai…
Liam se quedó rígido.
El eco de ese nombre le atravesó el pecho como una corriente helada. La habitación se llenó de un silencio denso, pesado.
La miró en la penumbra, dormida, frágil, ajena a todo.
Y en ese instante lo comprendió.
Se había enamorado de otro.
De alguien que no estaba allí. De alguien que vivía en sus sueños.
Liam apretó la mandíbula y desvió la mirada hacia la ventana, donde los copos de nieve caían lentos, como si el mundo también contuviera el aliento.
No iba a rendirse.
No está vez.
Sabía que tendría que luchar contra un fantasma, contra un recuerdo que aún la habitaba. Pero estaba dispuesto.
Porque verla así, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, encendió en él una determinación nueva.
No dejaría que Kai siguiera siendo su sombra.
No dejaría que Sofía se le escapara otra vez.
Esta vez, haría todo lo posible para que ella volviera a mirarlo.
Esta vez, lucharía por hacerla suya.
El amanecer se filtraba tímido entre las cortinas de la habitación de Sofía, tiñendo el aire con una luz dorada y frágil.
El silencio era espeso, apenas roto por el rumor lejano del tráfico y el tic-tac del reloj sobre la cómoda.
Sofía abrió los ojos lentamente. La cabeza le pesaba, el cuerpo le dolía como si hubiera corrido una maratón. Durante un instante no supo dónde estaba. Todo parecía borroso, difuso, y una punzada de desconcierto le atravesó el pecho cuando se dio cuenta de que no estaba sola.
Giró el rostro y allí, a su lado, Liam dormía. Su perfil descansaba sobre la almohada, la respiración acompasada, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente. Tenía una mano extendida hacia ella.
Sofía se quedó quieta, observándolo en silencio. Había algo profundamente humano en aquella escena, algo cálido y triste al mismo tiempo. Entonces la realidad la golpeó con fuerza: estaban en su cama. En su casa. Y completamente desnudos.
Se incorporó despacio, el corazón acelerado, la mente nublada. Los recuerdos eran fragmentos inconexos: las luces del Rockefeller, el frío, las risas, el brindis, la música de fondo, la voz de Liam ofreciéndose a llevarla a casa… y después, nada. Un vacío.
El reloj del móvil marcaba las nueve y media. Sofía suspiró y se llevó una mano a la sien, intentando calmar el dolor de cabeza.
La ropa de Liam estaba tirada en el suelo, su abrigo colgaba de la silla, sus bragas negras junto a sus tacones. Todo parecía fuera de lugar, como si su propio hogar hubiera dejado de pertenecerle durante unas horas.
—Buenos días —murmuró él, con voz ronca, entreabriendo los ojos.
Ella se detuvo en seco.
—¿Qué… qué haces aquí? —susurró, aún desconcertada.
Liam se incorporó despacio, frotándose el rostro.
—Anoche estabas muy mal, Sofía. Apenas podías mantenerte de pie —dijo con calma—. Te traje a casa. No podía dejarte sola.
—¿Aquí? —preguntó ella, mirando alrededor.
Él asintió, con una media sonrisa cansada.
—No quise dejarte en el sofá. Tenías frío… te metí en la cama.
Sofía seguía mirándolo, el corazón desbocado, intentando ordenar el caos que se arremolinaba en su cabeza.
—¿Pero… ha pasado algo entre nosotros? —preguntó finalmente, con la voz entrecortada.
Liam soltó una breve risa nerviosa y se pasó una mano por el cabello despeinado.
Ella se levantó, buscando su bata, tratando de recuperar la compostura. Liam la observaba, notando ese brillo distante en sus ojos, ese muro invisible que la mantenía lejos incluso cuando estaba tan cerca.
—¿Tú qué crees? —dijo él, con un brillo travieso en la mirada.
—¡No, no, no, no…! ¡Esto no puede ser! ¡Esto no puede haber pasado! —exclamó Sofía, llevándose las manos a la cabeza, caminando de un lado a otro junto a la cama.
—Tranquila, Sofía, respira… —intentó calmarla él, aun sonriendo.
Ella se detuvo en seco y se giró hacia él, con una expresión seria.
—Liam, esto no puedes contárselo a nadie. ¿Me oyes? Ni a Andrea, ni a Lucas, ni a nadie. Esto se queda entre tú y yo.
Liam arqueó una ceja, todavía con la sonrisa en los labios, intentando contener una carcajada.
—Vale, vale… te doy mi palabra —dijo, levantando las manos en señal de rendición.
—Lo digo en serio —insistió ella, con el ceño fruncido, entre la confusión y la rabia.