Manual de supervivencia para una boda Regresar no siempre es volver #2
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Regresar no siempre es volver #2

—Queremos conocer Andalucía, probar la paella, los vinos… —añadió su padre—. Dicen que la gente allí es puro corazón.

—Os va a encantar —respondió Sofía con una sonrisa, imaginándolos paseando por las calles empedradas bajo el sol.

El teléfono de Sofía empezó a sonar, rompiendo la quietud del momento.

Era Andrea.

—¡Sofía! Estamos en Rockefeller, ¿vienes o qué? Lucas ya se ha caído dos veces —dijo entre risas al otro lado de la línea.

Sofía sonrió.

—En diez minutos estoy allí.

Se despidió con un beso en la mejilla de cada uno, prometiendo volver pronto.

Al salir, el aire frío de la tarde la envolvió como una ola. Se subió a su Mini azul, encendió la calefacción y el motor rugió suavemente.

Mientras conducía por la ciudad, las luces de Nueva York se reflejaban en el parabrisas: escaparates iluminados, farolas temblando bajo la brisa, los primeros copos de nieve cayendo con timidez.

El tráfico avanzaba lento, pero el ambiente tenía algo mágico: una mezcla de música lejana, bocinas amortiguadas y el murmullo constante de la gran ciudad.

Sofía tarareaba su canción favorita, que sonaba en la radio, mientras los edificios parecían alzarse a ambos lados como gigantes silenciosos.

El coche giró por la Quinta Avenida y, en el horizonte, empezaron a verse los destellos dorados del árbol gigante del Rockefeller Center.

Su rostro se iluminaba con las luces navideñas que se reflejaban en el cristal; sus ojos brillaban con una nostalgia suave.

La música sonaba de fondo.

Aparcó, respiró hondo y bajó del coche.

El aire olía a castañas asadas y chocolate caliente. A lo lejos, el sonido de las cuchillas sobre el hielo y las risas de la gente llenaban la plaza. Sofía sonrió, se ajustó el abrigo y caminó hacia la pista, dejando que la energía viva de Nueva York la envolviera.

El Rockefeller Center brillaba como un corazón encendido en medio del invierno.

Las luces del gigantesco árbol de Navidad se reflejaban sobre la pista de hielo, donde decenas de patinadores giraban entre risas y villancicos.

El aire era frío, limpio, vibrante, y olía a azúcar tostada y chocolate caliente.

Sofía avanzó entre la multitud con una sonrisa, los copos cayendo despacio sobre su abrigo.

Se detuvo un instante al borde de la pista, observando la escena con una sensación de ternura melancólica: familias, parejas, niños riendo, la vida girando con su propio ritmo mientras Nueva York seguía latiendo.

—¡Sofía! —la voz de Andrea rompió el murmullo de la música.

Ella se giró y vio a su amiga acercarse sobre los patines, riendo, con Lucas tambaleándose detrás.

—¡Míralo! —gritó Andrea entre carcajadas—. ¡No ha durado ni dos minutos sin caer!

Lucas levantó los brazos teatralmente desde el hielo.

—¡Protesto! ¡Ese niño me ha empujado!

Sofía rió, sintiendo cómo la calidez del momento se abría paso dentro de ella.

Y entonces lo vio.

Liam estaba junto al banco donde la gente se ataba los patines. Llevaba un abrigo gris oscuro y una bufanda enrollada con descuido; el cabello despeinado, los ojos brillando con esa mezcla de nostalgia y algo más, algo que Sofía reconoció pero no quiso nombrar.

Cuando la vio, le dedicó una sonrisa suave, contenida, casi nerviosa.

—Hola —dijo él cuando se acercó—. ¿Vienes dispuesta a romperte una pierna conmigo?

Sofía sonrió de lado.

—No lo creo. Pero Lucas va camino de conseguirlo.

Ambos rieron. Hubo un segundo de silencio después, un parpadeo de complicidad que se instaló entre ellos.

A su alrededor, las luces navideñas parpadeaban como si todo el escenario se hubiera detenido solo para enmarcar esa mirada.

El grupo patinaba entre risas, tropezones y caídas torpes que arrancaban carcajadas incluso de los desconocidos que los rodeaban.

La pista brillaba bajo las luces doradas y plateadas que se reflejaban en el hielo, mientras la gran estatua de Prometeo resplandecía al fondo, bañada por el fulgor de las guirnaldas navideñas.

Andrea grababa cada momento con el móvil, gritando entre risas que aquello tenía que quedar para la historia, mientras Lucas intentaba —sin éxito— hacer piruetas imposibles que terminaban siempre en el suelo, con el público aplaudiendo su desastre.

Sofía giraba lentamente sobre el hielo, más despacio que los demás.

El aire helado le rozaba el rostro, despeinándole algunos mechones sueltos que se escapaban del gorro de lana.

Por un instante, dejó de escuchar las risas, el ruido, la música navideña que sonaba de fondo. Todo se volvió un murmullo lejano.

La luz de los focos se reflejó en el hielo como un destello dorado y, de pronto, el reflejo se transformó.

El hielo bajo sus pies se convirtió en arena dorada.

El aire gélido, en una brisa cálida con aroma a mar.

Parpadeó y, durante un segundo, estaba allí otra vez: Hawái.

El jeep avanzando por la carretera junto al océano, el viento enredándole los mechones sueltos del cabello.

Kai a su lado, riendo, con una mano en el volante y la otra sujetando su cintura.

Su voz, grave y tranquila, y esa sonrisa que la desarmaba.

«Así sentirás el viento de otra manera».

Y ella levantándose, dejando que el aire le golpeara el rostro, con los ojos entrecerrados y el corazón latiendo rápido, sintiendo la adrenalina correr por todo su cuerpo.

Liam la miraba desde unos metros más atrás, admirándola sin disimulo, como si la viera por primera vez y, al mismo tiempo, la reconociera en cada gesto.

Había algo distinto en ella.

Más serena, más segura… y, al mismo tiempo, más lejos.

Liam lo notaba. La Sofía que tenía delante ya no era la misma que había conocido antes del viaje. Y, sin embargo, sentía que no podía dejarla ir otra vez.

Ella reía mientras giraba, la bufanda volando, el mundo detenido mirándola, el reflejo de las luces en el hielo dibujando destellos dorados sobre sus rostros.

El aire helado volvió a colarse en sus pulmones. La música regresó. Las risas. El eco de los patines sobre el hielo. Pero por dentro, algo se había quedado quieto.

Giró una última vez, dejando que el movimiento la envolviera como si fuera un intento de sacudirse la nostalgia, de esconder el temblor que le recorría el pecho.

Andrea, sin darse cuenta de la melancolía que se le había colado en la mirada, la llamó desde la otra punta de la pista.

—¡Sofía, sonríe, que estoy grabando!

Sofía alzó la vista, forzó una sonrisa y saludó con la mano.

El flash del móvil capturó ese momento: una sonrisa perfecta sobre un fondo de luces y hielo…

…sin que nadie notara que, detrás de esa sonrisa, se escondía el recuerdo de una noche en Hawái y de un hombre que aún le ardía en el pecho.

Kai.

Después de un rato, con las mejillas encendidas y las manos entumecidas, Andrea propuso ir a un pub cercano para entrar en calor.

El grupo salió entre risas, dejando atrás la pista y la música.

El pub estaba a apenas dos calles, un lugar pequeño y acogedor, con paredes de ladrillo, guirnaldas y el olor a cerveza y canela mezclándose en el aire. Se sentaron junto a la ventana. Fuera, la nieve caía con lentitud, cubriendo los coches y las aceras. Dentro, el ambiente era cálido, casi íntimo.

Pidieron copas. Primero una, luego otra. Las risas crecieron, las conversaciones se volvieron más suaves, los gestos más lentos.

—¡Por los padrinos de boda! —brindó Lucas, alzando su vaso con una sonrisa tan amplia que hizo reír a todos.

—Y por las damas de honor que siempre salvan el día —añadió Andrea, mirándolos divertida.

Sofía levantó su copa, pero su sonrisa se desdibujó por un instante.

El nombre de Kai cruzó su mente como un relámpago.

Por un segundo, el bullicio del bar se volvió lejano.

Liam la observó. Había aprendido a leer los silencios de Sofía mejor que sus palabras.

—Estás en otro sitio —murmuró, acercándose un poco.

Ella lo miró, sorprendida.

—No… solo estoy cansada.

—No —respondió él en voz baja—. Estás triste.

Sofía bajó la mirada. El reflejo de las luces del bar titilaba en su copa.

—He cambiado, Liam —dijo finalmente—. No soy la misma que conociste.

—Eso ya lo sé —respondió él con una sonrisa suave—. Y es justo lo que más me gusta ahora de ti.

Sofía no supo qué decir. Sintió un nudo en la garganta, una mezcla de culpa y ternura. Intentó cambiar de tema, pero el alcohol comenzaba a hacer su efecto. Su risa se volvió más ligera, su voz más cálida.

El tiempo pasó sin que se dieran cuenta.

Andrea y Lucas se marcharon primero, dejando a Sofía y a Liam en la mesa, con el eco de la música y el murmullo del bar envolviéndolos.

Sofía se recostó en el respaldo, riendo por cualquier cosa.

—Creo que… me he pasado con el zumo de la Biblia.

Liam soltó una carcajada.

—Déjame llevarte a casa. No vas a conducir así.

Fuera, la nieve había vuelto a caer. Las luces de neón pintaban reflejos rosados sobre la acera mojada. Sofía salió tambaleante, riendo, mientras Liam le colocaba con cuidado su abrigo sobre los hombros.

—Eres demasiado caballeroso —murmuró ella, mirándolo con los ojos brillantes.

—O demasiado idiota —respondió él con una media sonrisa—. Pero no me importa.

Caminaron hasta el Mini azul de Sofía. Él la ayudó a subir, cerró la puerta y rodeó el coche.

Sofía, con la cabeza recostada contra el cristal y los ojos medio cerrados, permanecía en silencio mientras Liam la observaba, con la ciudad reflejándose en sus rostros.

Encendió el motor.

La nieve caía despacio, cubriendo el parabrisas.

Liam la miró de reojo y murmuró apenas, para sí mismo:

—No pienso rendirme, Sofía.

Y el coche se alejó entre las luces borrosas de Manhattan, dejando atrás el ruido, el hielo y las risas.

El coche se detuvo frente al edificio de Sofía. La calle estaba casi vacía, bañada por la luz anaranjada de las farolas. El reloj del coche marcaba las 2:47 a. m., y la nieve seguía cayendo con suavidad, formando una capa fina sobre el parabrisas.

Liam apagó el motor.

El silencio se instaló, roto solo por el sonido leve del viento contra las ventanas y el tic-tac lejano de un semáforo.