Manual de supervivencia para una boda Regresar no siempre es volver
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Regresar no siempre es volver

C uatro meses después…

Sofía se incorporó lentamente del sofá. Sus pies descalzos rozaron el suelo de madera, frío y brillante, arrancándole un pequeño escalofrío que la devolvió a la realidad. Se quedó quieta unos segundos, dejando que el silencio del apartamento la envolviera.

En la mesa, una revista de decoración abierta mostraba una página con salones perfectos, ordenados, luminosos… tan distintos al suyo, donde aún flotaba el aroma tenue del café recién hecho.

Habían pasado cuatro meses desde su regreso de Hawái y, aunque la rutina había vuelto a su vida, algo en ella seguía distinto. Más profundo. Más callado. Como si una parte de sí misma se hubiera quedado allí, entre el rumor del mar y la arena dorada.

Cruzó el salón despacio, con pasos suaves.

El espacio aún olía a nuevo y estaba lleno de cajas a medio abrir, restos de una mudanza reciente que Liam, Andrea y Lucas le habían ayudado a hacer unas semanas atrás.

Había cuadros apoyados contra la pared, libros apilados en el suelo y una manta mal doblada sobre el sofá.

Era un caos amable, pero todavía no se sentía suyo.

Sofía se detuvo frente a la ventana. Afuera, la ciudad seguía viva incluso en la calma de la mañana invernal. Un taxi pasó dejando un reflejo amarillo sobre el cristal. El cielo estaba gris perlado, con esa luz que no es del todo de día ni de noche.

Suspiró. Tomó el abrigo del perchero junto a la mesita de la entrada, dejó la taza vacía en el fregadero y buscó las llaves dentro del bolso. Luego, con un gesto distraído, se envolvió en una bufanda gris que le cubría hasta la barbilla.

Antes de salir, echó una última mirada al interior del apartamento. Las sombras suaves, la planta en la esquina, el eco de sus propios pasos… todo seguía igual y, sin embargo, ella no terminaba de sentirlo como un hogar.

Cerró la puerta despacio.

El sonido del cerrojo resonó en el pasillo como un eco hueco, casi melancólico.

Fuera, el edificio estaba en silencio. No conocía a ninguno de sus vecinos; apenas un par de rostros cruzados en el ascensor, un saludo tímido, una sonrisa de cortesía. Siempre entraba y salía con prisa, como si aún no perteneciera del todo a aquel lugar.

El ascensor tardó unos segundos en llegar.

El reflejo de las luces se multiplicaba en las paredes de acero mientras ella se acomodaba el cabello.

Al llegar al vestíbulo, el aire de la calle la recibió con un soplo frío y limpio.

El cielo de Nueva York estaba cubierto; prometía ser un día invernal muy frío.

Su Mini azul la esperaba junto a la acera, cubierto por una fina capa de escarcha.

Al encenderlo, el motor emitió un ronroneo leve y los cristales comenzaron a empañarse mientras el calefactor luchaba contra el frío.

Sofía sonrió, puso su canción favorita — Neon Seed (Joy of the Prompt) — y se incorporó al tráfico, mientras, si esto fuera una película, la cámara seguiría al coche a través de las avenidas llenas de vida: taxis amarillos, escaparates encendidos, niños con bufandas de colores jugando en los parques y el vapor saliendo de las alcantarillas.

La casa de sus padres estaba al norte de la ciudad, en un barrio tranquilo, donde los árboles desnudos se mecían suavemente bajo el viento. Sofía aparcó frente al portal y apenas bajó del coche cuando la puerta se abrió: su madre la esperaba en el umbral con una sonrisa y los brazos abiertos.

—¡Sofía, cariño! —exclamó, abrazándola con fuerza—. Justo anoche llegamos.

Su padre apareció detrás, con su eterna gorra de viaje aún en la mano, la piel ligeramente tostada y sonriendo.

—¡Mira quién está aquí! —dijo, abriendo los brazos—. Justo a tiempo para probar el guiso de tu madre.

—¿Cómo fue Egipto? —preguntó Sofía, sonriendo.

—Increíble —respondió su madre, entusiasmada—. ¡El Nilo, Sofía! Y los templos… majestuosos. Pero no te imaginas el calor que hacía.

—Ni el regateo que tuvo con los vendedores del bazar —añadió su padre entre carcajadas—. Creo que media calle la conocía al final del día.

Las risas llenaron la casa. Olía a hogar: a café recién hecho, a guiso, a ese perfume inconfundible que mezcla familia y tiempo. Todo se sentía acogedor, pero también había algo silencioso.

Sofía se quitó el abrigo, dejó el bolso sobre una silla y se detuvo un momento a observar el salón.

Sus padres viajaban mucho desde que se jubilaron y su madre, entre risas, le explicó que no había decorado demasiado.

—Este año no me he complicado —dijo—. Solo lo justo para que no parezca que hemos abandonado la Navidad.

Sobre la mesa del aparador descansaba un pequeño árbol de Navidad, diminuto, con luces blancas parpadeando suavemente. A su alrededor había fotos familiares: Sofía de bebé en brazos de su padre, los tres en la playa, otra de una Navidad antigua con risas congeladas en el tiempo.

Había algo profundamente tierno en ese rincón: una postal de lo que fue, de lo que seguía siendo en el corazón.

Pasaron la mañana hojeando las fotos del viaje: las pirámides, los camellos, el desierto dorado bajo el sol. Su madre hablaba sin parar, entusiasmada, mientras su padre asentía, interrumpiendo solo para añadir algún detalle divertido.

Sofía los observaba, enternecida, sintiendo una mezcla de alegría y melancolía al verlos tan felices, tan llenos de vida.

El tiempo pareció detenerse entre tazas de café y el murmullo del viento contra los cristales.

Era uno de esos días sencillos que se guardan en la memoria sin esfuerzo, porque huelen a infancia, a hogar, a un amor que nunca se va.

El reloj del comedor marcaba las horas con su tic-tac pausado. Entre risas y anécdotas, recorrieron las fotos en la cámara digital de su padre, una tras otra, sentados juntos en el sofá.

—Mira, esta la hizo tu madre desde el barco del Nilo —decía él, agrandando la imagen con el dedo.

En la pantalla se veía el río teñido de tonos dorados, los templos al fondo y el rostro sonriente de su madre con un sombrero de ala ancha.

—Y esta —añadió ella riendo— es cuando tu padre casi se cae del camello.

Sofía soltó una carcajada.

—¿En serio, papá?

—¡Fue culpa del guía! —protestó él entre risas, fingiendo indignación.

Sofía sonrió, girando la taza entre las manos.

—Se nota que lo habéis disfrutado —respondió, con un brillo nostálgico en la mirada.

Su madre la observó en silencio unos segundos. Luego, con ese instinto que solo tienen las madres, cambió el tono.

—¿Y tú, cariño? ¿Qué tal Hawái? —preguntó con suavidad—. Hace unos meses que volviste y todavía no nos has contado mucho…

Sofía se quedó quieta. Bajó la mirada al café, como si buscara respuestas en la superficie oscura que temblaba apenas.

—Bien… —murmuró al fin—. Fue un viaje bonito. Diferente.

Su padre la observó con una sonrisa traviesa, apoyando los codos sobre la mesa.

—¿Y qué tal con Liam? —preguntó, con fingida inocencia.

Sofía levantó la vista, algo sorprendida, antes de soltar una risa breve, nerviosa.

—¿Con Liam? Nada, papá… somos amigos. Ya lo sabes.

—Ajá… amigos —repitió él, con una sonrisa que no terminaba de creerse.

—De verdad —insistió Sofía, negando con la cabeza—. Lo intenté, pero… bueno, queremos cosas diferentes.

Su madre, notando el leve cambio en su tono, le tomó la mano.

—Ay, hija… algún día llegará alguien que no te hará daño. Ya verás.

Sofía le devolvió la sonrisa, pequeña, cansada, sincera.

—Ya no espero demasiado —susurró.

Hubo un silencio suave, interrumpido solo por el tic-tac del reloj y el canto lejano de un gorrión tras la ventana. Entonces, su madre cambió de tema con entusiasmo renovado.

—Bueno, bueno, ¿y la boda de Andrea? ¿Ya habéis recogido los vestidos?

—Mañana —respondió Sofía, con un leve suspiro—. Vamos a la boutique mañana. Andrea está como una niña y Lucas… bueno, Lucas no para de llorar.

—¡Normal! —rió su madre—. Casarse en Hawái, en plena Navidad… es un sueño. ¿Y tú, cariño? ¿Estás preparada para volver al paraíso?

Sofía dudó. Se encogió de hombros, mirando por la ventana, donde la luz empezaba a volverse dorada.

—No lo sé, mamá… Es raro. Tengo ganas, pero también miedo.

—¿Miedo de qué? —intervino su padre.

Ella vaciló un momento antes de responder, con la voz apenas audible.

—De volver a verle.

Su madre se inclinó un poco hacia ella, con una sonrisa curiosa.

—¿Has conocido a alguien? —preguntó en tono juguetón—. Vamos, cuéntanos, ¿quién es?

Sofía respiró hondo y asintió, bajando la mirada con una media sonrisa entre la nostalgia y la timidez.

—Sí… conocí a alguien. Se llama Kai.

El nombre pareció llenar la estancia de un aire nuevo. Su madre entrecerró los ojos, expectante.

—Kai… —repitió, saboreando el nombre—. Suena a alguien especial.

—Lo fue —admitió Sofía—. Es… distinto a todo lo que había conocido. Trabaja allí, en el resort. Y… bueno, me hizo sentir algo que creía que ya no existía.

Su padre sonrió con ternura, aunque su expresión tenía algo de preocupación protectora.

—¿Y qué pasó?

Sofía guardó silencio unos segundos, observando cómo el vapor se elevaba de su taza ya casi vacía.

—Pasó que… no era el momento —susurró—. O que no era para mí.

Su madre le acarició la mejilla con delicadeza.

—A veces no lo es, pero eso no significa que no lo vuelva a ser —dijo, con una sonrisa sabia—. La vida da muchas vueltas, Sofía.

Sofía la miró y asintió despacio, aunque en el fondo sentía ese nudo en el pecho que no terminaba de irse.

La tarde transcurrió así, ligera y tibia, envuelta en luz de invierno.

Su madre hablaba emocionada, gesticulando con las manos, mientras su padre buscaba más fotos para mostrarle. Sofía los observaba con ternura; los veía más juntos que nunca, rejuvenecidos, con esa alegría tranquila que solo dan los años bien vividos.

Cuando llegó la hora de marcharse, Sofía se levantó, abrazó a su madre y luego a su padre. Él la apretó fuerte, con esa calidez que solo tiene el abrazo de un padre.

—¿Y el próximo? ¿Dónde, papá? —preguntó Sofía sonriendo, mirándolo a los ojos.

Su madre levantó los brazos y exclamó con entusiasmo:

—¡A España, ole!

Los tres rieron.