Manual de supervivencia para un GEO 28
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Cuando Gabriel abrió la puerta del apartamento, aquella tarde lo primero que escuchó fue la voz de Vera.

—¡No, no, no! ¡Eso no puede ir ahí! ¡Rompe completamente la armonía del salón!

Gabriel dejó lentamente las llaves sobre la entrada mientras una sonrisa aparecía en sus labios.

Se quitó la chaqueta caminando hacia el salón y la depositó en una silla. Encontró a Vera subida en una silla, intentando alcanzar una estantería mientras reorganizaba libros.

—¿Qué estás haciendo?

Vera giró inmediatamente la cabeza y el rostro se le iluminó en cuanto lo vio aparecer.

Aquello seguía provocándole un efecto ridículamente inmediato en el pecho.

—¡Has llegado!

Gabriel dejó la bolsa que llevaba sobre la mesa y se acercó hacia ella.

—Bájate de ahí antes de que tenga que rescatarte otra vez.

Ella puso cara de ofendida.

—Controlo perfectamente la situación.

—Estás subida en una silla giratoria.

Vera miró hacia abajo.

—Bueno… quizá parcialmente.

Gabriel terminó sujetándola suavemente por la cintura, ayudándola a bajar, y en cuanto ella tocó el suelo… lo abrazó automáticamente, como si ya fuera la cosa más normal del mundo.

Gabriel cerró los brazos alrededor de ella, apoyando la barbilla sobre su cabeza.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Vera contra su pecho.

—Bien.

Ella levantó inmediatamente la cabeza.

—Eso significa que ha ido fatal o que no quieres hablar del tema.

Gabriel la miró, divertido.

—Ha ido bien, de verdad.

Vera lo observó unos segundos, intentando analizarlo, y luego asintió despacio.

—Vale. Te creo.

—¿Has salido hoy?

Ella negó rápidamente.

—No, ni loca.

—Eso explica por qué has vuelto a mover cosas —comentó él mirando a su alrededor.

Vera hizo lo mismo, con aire inocente.

—El salón necesitaba un cambio.

Gabriel observó los cojines nuevos, las velas, las plantas, los libros reorganizados…

Ella se mordió ligeramente el labio, más seria de repente.

—Gabriel…

Él levantó la vista hacia ella al momento.

—¿Qué pasa?

—Hoy he estado pensando…

—Uyyy —la interrumpió.

Gabriel ya empezaba a sospechar por dónde iba aquello y no le gustaba ni un poco.

Ella respiró hondo antes de continuar.

—Supongo que ahora debería volver a mi piso. —Se encogió de hombros—. Quiero decir… ya no necesito protección y, técnicamente, he invadido tu casa durante semanas y…

—No.

Vera parpadeó.

—¿No qué?

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

—No quiero que te vayas. —Ella intentó bromear para sobrevivir emocionalmente, pero no supo qué decir al respecto.

Él dio un paso más hacia ella, lo justo para acariciarle suavemente la cintura—.

Ya me he acostumbrado a tenerte aquí. —Aquello fue muchísimo peor que un “te quiero”.

Vera lo miró asombrada—. El piso está demasiado silencioso cuando no hablas.

Ella abrió lentamente la boca.

—Eso… ha sido… muy romántico.

Gabriel chasqueó la lengua.

—No te emociones demasiado.

—Es tarde para eso —respondió Vera rápidamente—. ¿Y si te vuelvo completamente loco viviendo contigo?

Gabriel la observó unos segundos.

—Sí, estoy seguro de que eso pasará en algún momento.

Ella sonrió inmediatamente.

—Vaya confianza tienes depositada en mí.

—Pero voy a arriesgarme igualmente.

Vera sospechó que acababan de tomar una decisión mucho más importante de lo que ambos estaban diciendo en voz alta.

Gabriel seguía mirándola de esa forma tranquila y peligrosa al mismo tiempo, con la mano todavía apoyada sobre su cintura.

—Vale… —murmuró, intentando recuperar algo de capacidad de raciocinio—. Mmm… esto ha sido una conversación de pareja.

Gabriel inclinó la cabeza, observándola.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Porque acabamos de decidir que vamos a convivir juntos sin firmar ningún documento legal.

Vera ya estaba empezando a aceptar que, probablemente, viviría toda la vida intentando sobrevivir a esas mini sonrisas.

Él la acercó más aún a su cuerpo, lo justo para que Vera dejase de pensar con claridad.

—Hablas muchísimo cuando estás nerviosa.

Ella soltó una risa.

—Ya… mmm… no puedo evitarlo. Es culpa tuya. Si no dijeses esas cosas… yo no…

Gabriel la besó antes de que siguiese hablando.

La besó con lentitud, disfrutando por fin del momento en que ella dejaba de hablar.

Vera sonrió contra sus labios mientras rodeaba su cuello con los brazos, acercándose todavía más a él.

Gabriel sonrió divertido antes de besarla otra vez, más profundo y mucho más cálido.

La mano de Vera subió lentamente hasta su nuca mientras él la acercaba completamente contra su cuerpo.

Por primera vez desde el secuestro, todo volvió a sentirse tranquilo y seguro.

Gabriel apoyó entonces la frente contra la de Vera, respirando despacio.

—¿Sabes qué? —susurró ella—. Técnicamente acabas de invitarme a vivir contigo.

Gabriel cerró los ojos un segundo, resignado.

—Sí. He cometido ese error.

Ella rompió a reír, y Gabriel la hizo callar besándola de nuevo.

Porque, sinceramente, ya empezaba a sospechar que aquella iba a ser su vida a partir de ahora: Vera hablando sin respirar, él fingiendo que aquello lo desesperaba y ambos besándose en mitad del caos constantemente.

Y lo mejor de todo, es que no cambiaría absolutamente nada.