29
Tres meses después.
—No, no, Mercedes, escúchame, no puedes mezclar peonías con rosas inglesas en agosto.
—¡Eso es lo que le dije yo a mi hermana en su boda!
Gabriel, que descansaba sobre el sofá, cerró los ojos lentamente y respiró hondo, luego volvió a abrirlos, mirando hacia la cocina de su apartamento.
Error. Porque allí estaban otra vez: Vera y su madre, hablando a una velocidad físicamente imposible mientras llenaban la cocina de flores, cintas y adornos varios.
Mercedes era elegante, guapísima, adorable… y exactamente igual de parlanchina que Vera.
Gabriel todavía seguía intentando entender cómo el universo había decidido castigarle de aquella manera.
—Además —continuó Vera, señalando unas muestras de manteles sobre la encimera—, los hombres nunca entienden la importancia estética de las sillas.
Mercedes asintió, indignadísima.
—¡Jamás! El padre de Gabriel quería manteles beige para nuestra boda.
Vera abrió muchísimo los ojos, horrorizada.
—¿ Beige ? Eso es una amenaza visual.
—¡Lo sé!
Gabriel apoyó lentamente la cabeza contra el respaldo del sofá, dándose por vencido. Lo peor de todo era que llevaban así una hora y cuarenta minutos.
Carlos le había escrito hacía veinte minutos por WhatsApp.
Carlos: ¿Sigues vivo?
Gabriel todavía estaba pensando la respuesta porque, sinceramente, no estaba seguro.
Mercedes apareció entonces en el salón con una taza de café en la mano.
—Gabriel, cariño, ¿tú qué opinas de las hortensias blancas?
Él levantó lentamente la vista.
—No debería tener opinión sobre hortensias.
—Error —respondieron Vera y Mercedes a la vez desde habitaciones distintas.
Gabriel parpadeó una vez.
—Esto empieza a parecer una secta floral.
Vera apareció por el pasillo sujetando varias carpetas.
—Es cultura estética.
Mercedes señaló orgullosamente hacia Vera.
—¿Ves? Esta chica sí entiende.
Gabriel sostuvo la mirada de su madre varios segundos.
—Mamá, no habéis dejado de hablar desde que llegaste.
Mercedes sonrió ampliamente.
—Y tú llevas tres meses más afable, incluso sonríes más. Así que nadie se queja.
Aquello lo dejó completamente aturdido y Vera sonrió al ver su reacción. Le encantaba cuando Mercedes ganaba discusiones contra él.
—Traidoras, las dos —susurró Gabriel.
Gabriel terminó levantándose del sofá y caminó hacia la cocina mientras las dos seguían hablando simultáneamente sobre flores, vestidos, música y cosas que él, francamente, ya no podía seguir mentalmente.
Vera se acercó hacia él en mitad de aquella conversación interminable, como si llevaran toda la vida haciéndolo.
Le rodeó la cintura distraídamente mientras seguía hablando con Mercedes al mismo tiempo y Gabriel apoyó una mano sobre su espalda, casi sin pensar.
Mercedes observó aquel gesto y sonrió con ternura porque veía con claridad algo que Gabriel probablemente tardaría todavía años en admitir en voz alta: que estaba feliz.
Vera levantó entonces la cabeza hacia él, en mitad de otra explicación caótica sobre centros de mesa.
—¿Me estás escuchando?
Gabriel la miró unos segundos y luego, muy despacio, se inclinó y la besó directamente para callarla.
Mercedes soltó inmediatamente una carcajada triunfal.
—¡Igual que su padre! ¡Exactamente igual!
Vera empezó a reírse contra la boca de Gabriel mientras él cerraba los ojos con resignación.
—No sobreviviré a ninguna de las dos.
—Y nos quieres muchísimo, confiesa —respondió Vera, sonriendo.
Gabriel observó a las dos mujeres hablar otra vez simultáneamente mientras el apartamento volvía a llenarse de ruido, flores, risas y conversaciones imposibles de seguir para el humano promedio.
Sinceramente, después de años viviendo solo, rodeado únicamente de silencio, nunca había sido tan feliz de escuchar tanto ruido.
Al final, Gabriel había entendido algo que jamás había esperado descubrir en mitad de un operativo, entre disparos, caos y una organizadora de bodas incapaz de guardar silencio: que el hogar no siempre era un lugar, que a veces era una persona, una voz llenando el apartamento desde la cocina, unas manos buscándolo en mitad de la noche o una risa apareciendo justo después del miedo.
Vera comprendió también que la seguridad no siempre estaba en las paredes, ni en las cerraduras, ni siquiera en esconderse del mundo; a veces estaba simplemente en unos brazos capaces de encontrarla incluso en mitad del infierno.
Quizá por eso todo terminó exactamente así: con Gabriel fingiendo paciencia, Vera hablando de más y Mercedes colándose en la conversación en un apartamento desbordado de ruido, flores y vida.
Porque, después de todo lo que habían vivido, el amor entre ellos nunca fue silencioso: era exactamente como Vera, imposible de controlar, dinámico, un poco caótico y completamente capaz de cambiarlo todo.