Manual de supervivencia para un GEO 27
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La lluvia volvió aquella noche, suave y constante, golpeando lentamente las ventanas del apartamento mientras Madrid recuperaba una normalidad que Vera todavía sentía muy lejos.

No había querido quedarse sola ni un segundo desde que llegaron y Gabriel tampoco parecía tener intención de alejarse demasiado.

Él estaba sentado en el extremo del sofá, revisando algo en el portátil de trabajo mientras Vera permanecía acurrucada contra su costado, envuelta en una manta, descalza, vistiendo una de sus sudaderas otra vez.

Gabriel sospechaba que jamás volvería a ver una sudadera suya igual, ahora todas le recordarían inevitablemente a ella.

Vera llevaba varios minutos en completo silencio, lo cual resultaba tan extraño que Gabriel terminó apartando la vista de la pantalla.

—Me preocupas.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que lleves diez minutos sin hablar.

Vera suspiró, hundiéndose un poco más bajo la manta.

—Estoy procesando el trauma.

—Mmm.

—Creo que me merezco un premio por sobrevivir a todo esto.

Gabriel dejó finalmente el portátil sobre la mesa.

—¿Qué tipo de premio?

Ella lo miró muy seria.

—Pizza.

Gabriel sonrió.

—Tu capacidad para convertir traumas en hambre sigue resultándome fascinante.

—El estrés consume muchas calorías.

—Eso te lo acabas de inventar —la acusó, divertido.

—Probablemente.

Gabriel negó lentamente con la cabeza, observándola, mucho más tranquilo ahora que estaba allí, en su sofá, diciendo tonterías otra vez.

Aquello ayudaba más de lo que iba a admitir nunca.

—¿Tú estás bien?

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos.

—Sí.

Vera entornó los ojos.

—Eso ha sonado muy masculino.

Él arqueó una ceja.

—¿Qué significa eso?

—Que no me estás contando nada.

Gabriel apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá, mirándola con calma.

—Estoy bien, Vera.

Ella supo inmediatamente que era verdad, al menos en parte. No parecía roto ni descontrolado, solo más atento, como si todavía siguiera vigilando el mundo entero alrededor de ella.

Vera observó unos segundos la pistola que él había dejado desmontada sobre la mesa para limpiarla.

Ahora lo entendía mucho mejor: Gabriel no solo era protector; también era peligroso, y aun así nunca se había sentido más segura con nadie. Era una contradicción absurda.

Vera terminó acercándose un poco más hasta apoyar suavemente la cabeza sobre su hombro y Gabriel reaccionó rodeándole la cintura con el brazo.

—Gracias por venir a buscarme —murmuró ella muy bajito.

—No me agradezcas algo así.

Ella le sonrió.

—A partir de ahora, quedan prohibidas las naves industriales en nuestras vidas.

—Hecho, y también los secuestros —añadió él rápidamente.

—Especialmente los secuestros —concretó Vera.

Ella levantó la cabeza, mirándolo.

—¿Eso significa que no puedo volver a ser secuestrada?

Gabriel entornó los ojos.

—Como vuelvas a hacerlo, voy a enfadarme muchísimo.

Vera sonrió. Gabriel se quedó observándola unos segundos más. Aquella risa, después de todo lo ocurrido, seguía pareciéndole, probablemente, el mejor sonido del mundo.

—¿Sabes una cosa?

—Me lo vas a decir igualmente, ¿verdad?

—Ahora eres mucho más cariñoso.

Gabriel la miró de soslayo.

—Eso es mentira.

Ella levantó inmediatamente la cabeza, indignada.

—Me acaricias el pelo cada pocos minutos —bromeó ella, picándolo.

Él miró automáticamente su propia mano sobre ella.

—Eso no es ser cariñoso.

—Claro que lo es. Eres como un oso intentando fingir que no tiene sentimientos.

Gabriel soltó aire lentamente por la nariz: ya estaba con la mini sonrisa otra vez.

—No sabes lo ofensiva que ha sido esa descripción.

—Pero precisa —lo señaló con el dedo.

Él terminó girándose un poco hacia ella en el sofá.

—Hablas muchísimo para ser alguien que ha pasado el día secuestrada.

—Estoy compensando psicológicamente.

Gabriel negó lentamente con la cabeza, observándola.

Ella apoyó distraídamente una mano sobre el pecho de él y notó algo. Directamente frunció el ceño.

—Espera.

Gabriel levantó una ceja.

—¿Qué?

—Tienes el corazón acelerado.

Él desvió la vista un segundo. Grave error, porque Vera lo vio inmediatamente.

—Gabriel Robles… ¿estás nervioso?

Él volvió a mirarla completamente serio.

—No.

—¡Mentira! —lo señaló acusadoramente desde la manta—. ¡Te late rapidísimo!

Gabriel agarró suavemente su muñeca, apartándole la mano del pecho.

—Estás diciendo tonterías.

—No, no. Esto es interesantísimo. El GEO que da miedo resulta que tiene pulso humano.

Aquello arrancó otra sonrisa a Gabriel y Vera sonrió automáticamente al escucharla.

Gabriel no era más tierno porque se hubiese vuelto débil; lo era con ella, solo con ella.

—¿Ya has terminado de analizarme?

Vera fingió pensarlo.

—No estoy segura. Creo que necesito más observación científica.

—Qué mala suerte tengo.

Ella sonrió.

—Muchísima.

Gabriel la observó unos segundos en silencio.

—¿Sigues asustada?

Vera tragó saliva y decidió no mentirle.

—Un poco.

Gabriel asintió despacio, como si ya esperara esa respuesta. Luego, deslizó suavemente la mano por su espalda, acercándola más hacia él.

—No va a volver a pasar.

La seguridad tranquila en su voz consiguió calmar algo dentro de ella. Vera cerró lentamente los ojos, apoyándose mejor sobre él.

—Bueno… eso espero… porque ha sido la peor cita de mi vida.

Gabriel bajó la cabeza, mirándola.

—¿Esto era una cita?

Ella abrió un ojo lentamente.

—Me llevaste en vehículo, hubo tensión emocional y casi muero. Técnicamente cuenta.

Gabriel terminó riéndose de verdad otra vez y, mientras seguía abrazándola contra él, escuchando la lluvia caer sobre Madrid, pensó que probablemente dejaría que Vera convirtiera cualquier desastre en una conversación absurda si eso significaba seguir oyéndola hablar así el resto de su vida.

La unidad parecía extrañamente tranquila aquella mañana, demasiado tranquila para lo que había ocurrido unos días antes.

Gabriel cruzó el pasillo principal con un café en la mano mientras varios agentes levantaban la vista al verlo pasar. Automáticamente, empezaron las sonrisas.

—¡Hombre! ¡El héroe romántico! —gritó uno desde el fondo.

Gabriel siguió caminando sin variar el gesto.

—Voy a empezar a disparar a gente —susurró.

Carlos apareció de repente, saliendo de una oficina.

—Eso ya lo hiciste el otro día y fue bastante impresionante.

Gabriel lo miró lentamente.

—Carlos…

—¿Qué? Toda la unidad está obsesionada con la historia de cómo atravesaste media nave para rescatar a la organizadora de bodas parlanchina.

Gabriel abrió la puerta de la sala de reuniones, ignorándolo, y Carlos entró detrás de él. Dentro ya estaban Medina, Herrera y dos agentes más revisando informes.

Herrera levantó la vista.

—Robles.

Gabriel asintió y entonces Medina cerró la carpeta que tenía delante.

—Bien. Vamos a terminar esto. —Gabriel tomó asiento frente a la mesa mientras Carlos se dejaba caer a su lado—. Tras la operación en la nave, se realizaron diecisiete detenciones adicionales.

Herrera deslizó varias fotografías sobre la mesa: drogas, armas y dinero.

—Hemos desmantelado prácticamente toda la estructura de Salcedo en Madrid.

Gabriel observó las imágenes en silencio.

—¿Y la filtración? —preguntó.

Medina apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Asuntos Internos sigue trabajando en ello, pero el núcleo operativo ya cayó.

Carlos soltó aire lentamente.

—Menudo desastre tenía montado ese hijo de puta.

Hubo un silencio. Todos recordaban perfectamente aquella nave y a Vera atada a aquella silla.

Gabriel apartó lentamente la vista de las fotografías. No tenía intención de quedarse demasiado tiempo pensando en eso.

Medina lo observó unos segundos antes de continuar.

—Vera ya no necesita protección permanente. —Se hizo un breve silencio alrededor de la mesa y Carlos miró automáticamente a Gabriel—. La amenaza terminó —continuó el superior—. Oficialmente puede volver a su vida normal.

Gabriel asintió despacio, profesional e impecable, aunque algo en su mirada seguía diciendo claramente: “no me gusta”.

Carlos decidió intervenir antes de que el silencio se volviera incómodo.

—Bueno, su vida normal ahora incluye traumatizar a algunos GEO.

Herrera asintió con seriedad.

—Y reorganizar apartamentos ajenos.

Gabriel cerró los ojos un segundo, agotado.

—No voy a escuchar esto otra vez.

Medina sonrió con gesto divertido.

—La unidad entera sabe ya que tienes velas aromáticas. De vainilla.

—Voy a pedir traslado internacional —concluyó Gabriel.

Carlos empezó a reírse.

—¡Robles! ¡El hombre que atravesó un operativo armado para volver a casa con mantas amarillas!

Gabriel sostuvo la mirada de todos varios segundos.

—Os recuerdo que sé dónde entrenáis...

Herrera levantó lentamente una carpeta.

—Una amenaza creíble.

Carlos seguía riéndose mientras Gabriel se reclinaba ligeramente en la silla y Medina observaba desde el otro lado de la mesa. Al menos, ahora Gabriel parecía relajado, aunque no duraría mucho cuando llegase a su piso y encontrase a Vera hablando sin parar en su apartamento.

Medina cerró finalmente la carpeta principal.

—Buen trabajo, señores. —Luego añadió, mirando a Gabriel—. Especialmente tú, Robles.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos.

—Solo hice mi trabajo.

Pero toda la sala sabía perfectamente que aquello no había sido solo trabajo.

La reunión terminó pocos minutos después.

Las carpetas se cerraron, las sillas se situaron bajo la mesa y el sonido habitual de la unidad volvió lentamente a la normalidad.

Gabriel se levantó, guardándose el móvil en el bolsillo, mientras Carlos seguía sonriendo como un bobo.

—Voy a comprarte unas velas nuevas por Navidad.

Gabriel lo miró fijamente.

—Carlos…

—¿Qué? Ahora eres un hombre hogareño.

Herrera pasó junto a ellos cogiendo otra carpeta.

—Robles tiene una manta decorativa. Ya no puede intimidar igual.

—Os odio mucho. A los dos.

Carlos caminó a su lado unos metros antes de mirarlo de reojo.

—¿Vas a casa?

Gabriel ni siquiera dudó.

—Claro.

Aquella respuesta salió tan automática que Carlos sonrió con sorna.

—Estás fatal. —Gabriel ignoró el comentario mientras se colocaba la chaqueta—. ¿Cómo está ella?

Esa pregunta sí hizo cambiar la expresión de Gabriel.

—Bien.

Carlos asintió despacio, prestando atención a su tono de voz.

—¿Sigue hablando sin respirar?

Gabriel abrió la puerta principal de la unidad.

—Más de lo normal desde el secuestro.

—Impresionante. —Gabriel esbozó una sonrisa—. Madre mía… te ha cambiado la vida por completo.

No lo negó. De hecho, ya ni siquiera tenía sentido intentarlo.

Se despidió de ellos con un gesto breve y caminó hacia el aparcamiento mientras la tarde empezaba a caer sobre Madrid.

Ahora ya no pensaba en informes, operativos ni entrenamiento; pensaba en Vera: en si seguiría envuelta en aquella manta amarilla ocupando medio sofá, si habría pedido comida basura otra vez o si estaría reorganizando su apartamento sin permiso.

Lo peor era que la idea ya no le molestaba. Al contrario, mientras arrancaba el vehículo, Gabriel entendió algo que probablemente llevaba semanas siendo evidente para todo el mundo menos para él mismo: aquellas últimas semanas habían cambiado completamente su vida.

Después de años viviendo solo, de silencio y de rutina militar, había alguien esperándolo en casa y, sinceramente, no recordaba la última vez que había tenido tantas ganas de volver a un lugar.