Manual de supervivencia para un GEO 26
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Vera forcejeó inútilmente mientras la ataban a la silla metálica.

—¡Esto es completamente innecesario! ¡No tengo fuerza física ni coordinación para escapar de ningún sitio!

Uno de los hombres terminó sujetándole las muñecas con una brida mientras ella respiraba cada vez más rápido.

El arma seguía en la mano de Salcedo y él ya no parecía estar dudando tanto.

Vera intentó controlar las lágrimas mientras lo veía acercarse lentamente otra vez.

—Escucha… de verdad… yo no soy importante.

Salcedo se detuvo frente a ella.

—Ahora mismo sí lo eres.

Aquello le heló la sangre.

La nave permanecía en silencio, salvo por algunos hombres moviéndose alrededor, revisando armas y hablando por radios.

Vera entendió algo en ese momento: iban a matarla.

La respiración empezó a ser entrecortada.

—Por favor…

Salcedo levantó lentamente la pistola, apuntando directamente hacia ella.

Vera dejó de escuchar prácticamente todo a su alrededor. El corazón, el miedo, las lágrimas cayéndole ya sin control… y pensó en Gabriel, en su voz, en su apartamento, en las mañanas con café y en la forma en que siempre le decía: “va a salir bien”.

Quería volver allí, a su vida normal, quería…

Una explosión sacudió brutalmente toda la nave y los gritos lo inundaron todo de inmediato.

Todos los hombres se giraron automáticamente hacia el exterior mientras las luces temblaban un instante. Entonces, llegaron los disparos. Muchos, secos y precisos.

Vera levantó la cabeza sobresaltada mientras el corazón le explotaba directamente en el pecho.

No, no podía ser.

Una voz rugió desde fuera.

—¡Policía! ¡Al suelo!

Los hombres empezaron a moverse inmediatamente, levantando armas mientras Salcedo se giraba bruscamente hacia la entrada.

Vera supo exactamente quién estaba allí incluso antes de verlo.

Gabriel.

El sonido de disparos se acercó rápidamente hacia el interior de la nave y un hombre cayó cerca de unas cajas. Hubo otro disparó hacia la entrada y entonces apareció él.

Gabriel irrumpió dentro de la nave armado y moviéndose con una precisión aterradora.

Frío, rápido y letal.

Vera se quedó completamente paralizada un segundo al verlo así. Nunca había visto al verdadero Gabriel hasta ese momento.

Gabriel avanzó, cubriéndose mientras Carlos y otros agentes entraban detrás, asegurando posiciones, disparos y órdenes y, aun así, en mitad de todo aquello, los ojos de Gabriel encontraron inmediatamente a Vera atada a la silla.

El mundo pareció detenerse un segundo.

Vera vio algo brutal cruzarle la cara: rabia.

Salcedo reaccionó inmediatamente, agarrándola violentamente por el brazo y colocándole la pistola junto a la cabeza.

—¡Quietos!

Toda la nave quedó en tensión absoluta.

Gabriel levantó el arma apuntándolo directamente, sin temblar. Sus ojos daban auténtico miedo.

—Suéltala —dijo con una voz fría como el hielo.

Salcedo sostuvo a Vera contra él, usando su cuerpo como cobertura parcial.

—Ahora entiendo por qué ella estaba tan segura de que vendrías.

Gabriel no respondió ni apartó el arma.

Nada existía a su alrededor, salvo Vera llorando frente a él y Salcedo apuntándole a la cabeza.

Carlos intentó moverse lateralmente y Gabriel levantó apenas una mano, deteniéndolo.

No quería ángulos cruzados cerca de ella.

Salcedo sonrió.

—¿Sabes qué es lo interesante? Que ahora mismo tú tampoco puedes fallar.

Vera apenas podía respirar.

Gabriel seguía apuntando directamente entre los ojos de Salcedo, quieto como una estatua.

Salcedo empezó a tensar ligeramente el dedo sobre el gatillo. Error. Gabriel disparó primero: un único disparo, preciso y perfecto.

La cabeza de Salcedo se movió violentamente hacia atrás y el cuerpo cayó inerte al suelo.

Todo ocurrió tan rápido que Vera ni siquiera llegó a entenderlo, solo sintió cómo la pistola desaparecía de su cabeza y Salcedo caía al suelo. Un segundo después, Gabriel ya estaba frente a ella.

—Vera…

La voz ya no sonó fría, ahora sonaba completamente rota.

Él le sujetó la cara entre las manos, comprobando frenéticamente si estaba herida mientras a su alrededor seguían escuchándose órdenes y pasos.

Gabriel ya no parecía ver nada más. Solo a ella.

—¿Te han hecho daño?

Vera intentó responder, pero no podía. En cuanto él la tocó, el miedo terminó de aflorar dentro de ella y las lágrimas empezaron a caerle sin control.

—Pensé que no ibas a llegar…

Gabriel soltó el arma para empezar a cortar las bridas de sus muñecas con una navaja táctica.

Las manos le temblaban ligeramente y eso asustó muchísimo más a Vera que todos los disparos anteriores. Gabriel nunca temblaba.

—Mírame —dijo él en voz baja, liberándole las manos—. Mírame.

Ella levantó la vista llorando y entonces vio algo que jamás había visto en él: miedo, como si la idea de llegar tarde lo hubiera devastado por dentro.

Gabriel le apartó rápidamente el pelo empapado de lágrimas de la cara, revisándole el cuello, los brazos, los hombros… comprobando que seguía de una pieza.

—Estoy bien… —consiguió susurrar ella—. Estoy bien.

Él cerró los ojos un segundo, apoyando la frente contra la suya, y Vera sintió la respiración temblarle.

—Joder… —murmuró él.

Aquello no sonó a enfado, sino a alivio absoluto.

Carlos apareció detrás, asegurando la zona.

—Nave limpia.

Gabriel ni siquiera levantó la vista.

Seguía abrazando a Vera contra él como si todavía pudiera desaparecer.

Ella se aferró inmediatamente a su chaleco táctico, todavía temblando, y, entonces, empezó a hablar otra vez, porque claramente seguía siendo ella.

—Odio muchísimo este tipo de planes sorpresa.

Gabriel soltó una risa incrédula contra su pelo. Aquello terminó de hacerla llorar todavía más.

Gabriel la abrazó con más fuerza.

—Te dije que iba a sacarte de aquí.

Vera escondió automáticamente la cara contra su cuello, intentando respirar otra vez con normalidad.

—Había armas… y gente horrible… y me han atado a una silla metálica…

Gabriel deslizó lentamente una mano por su espalda, intentando calmarla, mucho más suave ahora.

—Ya pasó.

Ella negó rápidamente contra su cuello.

—No, todavía no, creo que… que voy a necesitar siete años de terapia después de esto.

Carlos carraspeó detrás de ellos.

—Definitivamente está bien.

Gabriel cerró los ojos un segundo, visiblemente agotado, y luego apartó la cabeza para mirarla otra vez.

Vera le acarició la mandíbula casi sin pensar y entonces vio una pequeña mancha de sangre junto a su cuello.

—¿Estás herido?

Gabriel negó inmediatamente.

—No es mía.

Ella soltó aire temblorosamente y, antes de darse cuenta de lo que hacía, acabó abrazándolo otra vez con muchísima fuerza. Durante un rato horrible había pensado que no volvería a verlo nunca más.

La ambulancia olía a desinfectante y metal frío.

Vera seguía temblando ligeramente sentada sobre la camilla mientras una sanitaria le revisaba el brazo.

Gabriel continuaba justo delante de ella, sin separarse ni un segundo.

La sanitaria levantó la vista hacia él.

—Señor, necesito espacio para revisarla.

Gabriel no se movió.

—Estoy dándote espacio.

Carlos, desde la puerta de la ambulancia, enarcó una ceja.

—No, Robles. Estás prácticamente respirando encima de ella.

Gabriel lo ignoró por completo.

Vera levantó la cabeza, observándolo. Seguía teniendo sangre en la ropa, en el chaleco táctico, la mandíbula completamente tensa y los ojos… seguían siendo los mismos ojos que había visto dentro de la nave, aquellos que daban auténtico miedo. Pero ahora había otra cosa debajo: agotamiento.

La sanitaria terminó finalmente la revisión.

—No parece haber lesiones graves. Solo golpes y estrés agudo.

Gabriel asintió.

—¿Puede irse conmigo?

La mujer parpadeó un segundo.

—Bueno… técnicamente…

—Sí puede —interrumpió Carlos directamente—. Porque si no, este hombre va a arrancar la puerta de la ambulancia.

La sanitaria observó a Gabriel y luego a Vera abrazada a una manta térmica, y decidió no discutir.

—Vale. Pero que descanse.

Gabriel asintió otra vez, como si aquello fuese una orden táctica.

Vera lo observó mientras él le tendía la mano para ayudarla a bajar. Justo cuando sus dedos tocaron los de él, Gabriel los cerró inmediatamente alrededor de los suyos.

El trayecto de vuelta al apartamento fue extrañamente silencioso.

Carlos conducía, Herrera iba delante y Vera permanecía pegada al costado de Gabriel en los asientos traseros.

Aún seguía aterrada y Gabriel parecía notarlo incluso antes de que ella misma lo entendiera.

Cada vez que el vehículo frenaba un poco brusco, su mano se tensaba sobre la de ella.

Cada vez que alguien pasaba demasiado cerca del vehículo, levantaba inmediatamente la vista. Seguía completamente alerta.

Vera terminó mirándolo en silencio unos segundos.

—Dabas muchísimo miedo ahí dentro.

Gabriel giró la cabeza hacia ella.

—Tú dabas muchísimo miedo atada a esa silla.

Vera bajó la vista hacia sus manos un instante.

—Pensé que no ibas a llegar.

Gabriel cerró los ojos un segundo, apoyando la cabeza contra el respaldo, como si aquella idea todavía le doliera físicamente.

—Yo también.

Carlos levantó la vista hacia el retrovisor y decidió mirar rápidamente hacia delante otra vez. Aquello ya era demasiado íntimo, incluso para él.

Gabriel levantó entonces la mano lentamente hasta acariciarle el pelo, apartándoselo detrás de la oreja.

—Pero llegué.

Vera sintió cómo se le llenaban otra vez los ojos de lágrimas.

—Odio muchísimo las naves industriales.

Herrera miró de reojo a Carlos con una leve sonrisa en sus labios. Gabriel terminó apoyando la frente contra la de ella, cerrando los ojos un instante mientras soltaba una risa agotada. La primera desde el rescate.

—No vuelves a acercarte a una en toda tu vida.

Aquello debería haber sonado exagerado, pero después de ver cómo había entrado a rescatarla, Vera sospechaba que hablaba completamente en serio.

Cuando entraron finalmente al apartamento, el silencio resultó extrañísimo.

Todo seguía exactamente igual: la manta amarilla, las velas, las tazas del desayuno, como si el mundo no hubiera estado a punto de romperse completamente unas horas antes.

Vera se quedó quieta en mitad del salón, observándolo todo. En ese momento, su cuerpo le falló un poco. Ya no había adrenalina ni supervivencia; solo cansancio, miedo y shock.

Gabriel lo notó inmediatamente y se acercó rápido, sujetándole suavemente la cintura.

—Eh.

Ella respiró temblorosamente y antes de darse cuenta acabó abrazándolo con mucha fuerza.

Gabriel la rodeó inmediatamente con ambos brazos y Vera escondió la cara contra su cuello mientras empezaba a temblar otra vez.

—Lo siento… —susurró, rota—. Creo que ahora sí me está entrando el trauma.

Él le acarició lentamente el pelo, manteniéndola pegada a su pecho.

—Ya pasó.

Ella negó contra él.

—Pensé que iba a morirme allí.

Gabriel apretó ligeramente la mandíbula, porque él también lo había pensado.

—No iba a dejar que eso pasara.

Gabriel siguió abrazándola en mitad del salón mientras Vera intentaba recuperar una respiración normal e intentaba controlar temblores involuntarios que él notaba perfectamente contra su cuerpo.

Carlos apareció desde la cocina dejando varias botellas de agua sobre la encimera, mucho más tranquilo ahora que todo había terminado, aunque todavía llevaba restos de sangre seca en la manga y una expresión agotada.

—Herrera está abajo con los compañeros del perímetro —informó mirando a Gabriel—. Medina quiere vigilancia toda la noche.

Gabriel asintió sin soltar a Vera.

Carlos observó aquella escena unos segundos. Nunca había visto a Gabriel así.

Normalmente, Gabriel era distante, controlado y frío, incluso cuando estaba preocupado.

Ahora no, ahora parecía un hombre intentando convencerse de que la persona entre sus brazos seguía viva de verdad.

Vera levantó la cabeza, todavía abrazada a él.

—¿Herrera está bien?

Carlos asintió.

—Sí. Un golpe en el hombro, nada grave.

Ella suspiró aliviada y luego murmuró casi automáticamente.

—Le debo una estantería nueva.

Carlos se quedó mirándola dos segundos y terminó soltando una carcajada.

—Definitivamente, estás mejorando.

Gabriel cerró los ojos un instante, apoyando la barbilla sobre la cabeza de Vera.

Aquello también le ayudaba a él: escucharla hablar, decir tonterías… le demostraba que seguía siendo ella.

Carlos cogió entonces las llaves del vehículo de la encimera.

—Voy abajo con Herrera un rato. Medina subirá luego.

Gabriel levantó la vista.

—Gracias.

Carlos sostuvo su mirada unos segundos y entendió perfectamente todo lo que Gabriel no iba a decir nunca en voz alta.

Le dio una palmada breve en el hombro antes de caminar hacia la puerta.

—Descansa un poco, Robles. —Luego miró a Vera—. Y tú, intenta no volver a ser secuestrada. Nos das muchísimo trabajo.

Ella sonrió.

—Lo intentaré.

Cuando la puerta se cerró y volvieron a quedarse solos, el apartamento recuperó otra vez ese silencio extraño, pero esta vez no era tranquilo: era frágil.

Gabriel bajó lentamente la vista hacia Vera y ella lo miró también, muy de cerca ahora.

Todavía podía ver pequeñas manchas de sangre seca junto a su cuello, el cansancio brutal en sus ojos y la tensión que seguía atrapada en todo su cuerpo.

Él todavía no había salido del operativo mentalmente, ni de lejos.

Vera levantó lentamente una mano, acariciándole la mandíbula, y Gabriel cerró los ojos un segundo al sentirla, como si ese gesto tan simple terminara de derribarlo un poco más.

—¿Sabes una cosa?

Gabriel abrió los ojos.

—¿Mmm?

—Cuando has entrado ahí dentro dabas muchísimo miedo —acabó ella, esbozando una sonrisa.

Él soltó aire lentamente por la nariz.

—Ya me lo has dicho.

—No, pero hablo en serio. Parecías… no sé… como de una película de acción.

Gabriel apoyó lentamente la frente contra la suya.

—Y tú seguías hablando incluso secuestrada.

Vera suspiró.

—Bueno, cada uno gestiona el estrés como puede.

—Una sonrisa apareció finalmente en la boca de Gabriel.

Vera sintió de nuevo ese pequeño vuelco absurdo en el pecho—.

Además —continuó ella muy seria—, quiero aclarar que, si vuelves a entrar así en un sitio, voy a necesitar preparación psicológica previa.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Pensaba que eras atractivo cocinando y bien peinado, pero resulta que también eres atractivo rescatando personas bajo fuego cruzado. Muy egocéntrico por tu parte, también he de decir…

Gabriel terminó soltando una risa baja. Vera se quedó mirándolo.

—Vera, te estaba buscando por medio Madrid. Te prometo que el pelo no era mi prioridad.

Ella intentó contener la sonrisa.

—Bueno… gracias.

Él la observó unos segundos más.

—Pero… tú sí estabas guapa, incluso gritando como una desesperada.

Vera se quedó completamente quieta.

—¿Perdona?

Gabriel sonrió al ver cómo acababa de cortocircuitarle el cerebro.

—Nada.

—No, no, espera. ¿Acabas de decirme algo bonito voluntariamente?

—He recibido un golpe fuerte hoy.

Ella terminó riéndose por primera vez desde el secuestro. Una risa breve, todavía algo temblorosa, pero real. Gabriel sintió algo aflojarse por fin dentro del pecho al escucharla. Mientras Vera pudiera seguir riéndose así, todo lo demás tenía arreglo.