Manual de supervivencia para un GEO 25
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Vera tenía las manos temblando cuando la sacaron de la furgoneta.

No sabía cuánto tiempo llevaba dentro, quizá veinte minutos o quizá una hora. Había perdido completamente la noción del tiempo.

Gabriel. La idea apareció otra vez provocándole un nudo doloroso en el pecho. La última imagen que tenía de él era corriendo hacia ella, desesperado e intentando alcanzarla. Sinceramente, aquello era lo único que impedía que terminara derrumbándose.

Dos hombres la sujetaron de los brazos, obligándola a avanzar hacia una nave industrial enorme, fría, oscura y aislada.

Vera respiró hondo, intentando no entrar en pánico. El corazón le iba tan rápido que sentía que iba a desmayarse.

—Esto me parece una gestión horrible por vuestra parte.

Uno de los hombres la empujó hacia delante.

—Cállate.

—Sí, eso me lo han dicho muchísimo últimamente, pero resulta que no funciona —pronunció ella, temblando, sin poder dejar de hablar.

El hombre soltó una maldición en voz baja.

Vera siguió hablando sin control porque estaba aterrada y porque, si dejaba de hacerlo, iba a empezar a pensar demasiado.

—Esto está siendo traumático, además de incómodo físicamente.

¿Sabéis lo difícil que es caminar cuando te sujetan así?

Siento que voy torcida. —Uno de los hombres resopló, irritado—.

Además, una cosa os digo, Gabriel se va a enfadar muchísimo cuando me encuentre.

Muchísimo. O sea, vosotros no lo conocéis como yo, pero tiene una cara concreta cuando pierde la paciencia que da auténtico miedo.

—Nadie respondió y Vera tragó saliva, intentando controlar el temblor de la voz—.

Aunque ahora mismo preferiría que llegara ya…

porque estoy empezando a entrar en pánico y creo que estoy hablando demasiado incluso para mis estándares normales.

Uno de los hombres habló irritado.

—¿No se calla nunca?

—No —respondió el otro, completamente agotado.

Vera respiró hondo, intentando no llorar.

La llevaron hacia el interior de la nave, atravesando cajas, vehículos y hombres armados que se movían a su alrededor.

Vera intentó memorizar cosas automáticamente: salidas, caras, puertas… y entonces lo vio.

Mario Salcedo estaba apoyado tranquilamente contra una mesa metálica al fondo de la nave, observándola llegar, elegante y calmado, como si no acabara de organizar un secuestro a plena luz del día.

Aquello le provocó un escalofrío inmediato. Era exactamente igual de aterrador que en la nave de Las Rozas, o quizá más.

Salcedo se incorporó lentamente y caminó hacia ella. Vera se obligó a sostenerle la mirada, aunque el cuerpo entero le pedía salir corriendo.

—Vera Ríos —dijo él con voz tranquila—. Por fin podemos hablar.

Ella tragó saliva.

—Preferiría no hacerlo.

Uno de los hombres la zarandeó.

—Te he dicho que te calles.

—Bueno, técnicamente él acaba de decir que quiere hablar conmigo, así que hay mensajes contradictorios aquí —sollozó.

Salcedo sonrió ante aquellas palabras, aunque su sonrisa resultó muchísimo peor que si hubiera gritado.

—Déjala.

El hombre soltó inmediatamente el brazo de Vera.

Ella intentó respirar despacio mientras Salcedo seguía observándola con una calma intimidante.

—Eres exactamente igual de habladora que lo que reflejan los informes.

Aquello no le gustó nada.

—¿Tenéis informes sobre mí? Me parece invasivo y, además, probablemente muy aburrido porque básicamente trabajo y organizo bodas.

Salcedo soltó una risa baja, pero sus ojos seguían mostrando frialdad.

—Quiero saber qué le contaste a la policía.

Vera sintió el miedo subirle inmediatamente por la garganta. Ahí estaba el verdadero motivo de su secuestro.

Ella intentó mantener la voz firme.

—No mucho.

Salcedo se acercó un paso más.

—No me mientas.

Vera tragó saliva.

—Bueno, depende de cómo definamos “mucho”, porque objetivamente yo hablo bastante, entonces quizá dije cosas sin querer, pero también estaba muy estresada y, la verdad, había hombres armados y eso dificulta bastante la concentración.

—Salcedo la observó en silencio—. Además, Gabriel dice que cuando me pongo nerviosa hablo más de la cuenta, y lo peor es que tiene razón, cosa que me molesta bastante…

porque odio admitir que ese hombre tiene razón.

Algo cambió en la expresión de Salcedo al escuchar el nombre de Gabriel.

—¿Gabriel Robles?

Mierda.

Vera sintió que acababa de cometer un error.

—Así que es verdad.

Ella intentó corregir rápidamente.

—Bueno, no sé si es verdad, depende de qué pregunta esté haciendo, porque ahora mismo yo tampoco me estoy entendiendo mucho…

Salcedo se acercó hasta quedar justo frente a ella y toda la nave quedó en silencio.

—¿Qué eres exactamente para él?

El miedo le golpeó otra vez el pecho. La forma en que hizo aquella pregunta resultó insidiosa. Vera sostuvo su mirada, intentando aparentar ser más valiente de lo que se sentía. Entonces, respondió exactamente lo único que sabía con absoluta certeza.

—La persona que va a venir a buscarme.

Por primera vez, la sonrisa de Salcedo desapareció por completo y este sostuvo su mirada unos segundos más, frío e impasible, pero Vera vio perfectamente que había reaccionado al nombre de Gabriel.

Salcedo inclinó la cabeza, observándola.

—¿Sabes cuál es tu problema, Vera?

Ella tragó saliva, fingiendo estar más tranquila de lo que estaba.

—¿Que hablo demasiado? Me lo dicen muchísimo.

Salcedo chasqueó la lengua.

—Tu problema es que crees que Gabriel Robles puede protegerte de todo.

Aquello le dolió más de lo que esperaba, justo porque ahora necesitaba creerlo.

Vera levantó ligeramente la barbilla, intentando mantener algo de dignidad pese al miedo.

—No lo creo. Lo sé.

Aquella respuesta la dio tan rápida y tan segura que incluso ella se sorprendió, pero era verdad, lo sabía.

Salcedo la observó unos segundos completamente quieto.

Luego, empezó a caminar lentamente alrededor de ella.

—Los hombres como Gabriel siempre fallan en algo.

Vera intentó no seguirlo con la mirada, aunque el cuerpo entero le pedía controlar dónde estaba constantemente.

—Bueno, técnicamente hoy no ha sido culpa suya —murmuró, intentando mantener la voz firme—. Había muchísima gente disparando y eso complica bastante los rescates.

Salcedo se detuvo detrás de ella.

—¿Qué viste exactamente aquella noche en Las Rozas?

Vera cerró ligeramente los ojos e intentó pensar rápido, porque sabía perfectamente que aquello importaba.

—No gran cosa.

—Vera…

La forma tranquila en que pronunció su nombre le provocó un escalofrío.

—Vi una nave. Gente. Cajas.

—¿Armas?

Ella dudó apenas medio segundo.

Salcedo lo vio inmediatamente.

—Así que sí viste algo.

Mierda.

Vera empezó a hablar otra vez porque el miedo ya estaba subiéndole por la garganta.

—Bueno, también puede ser que mi cerebro estuviera inventándose cosas porque yo en ese momento estaba secuestrada y no muy centrada en análisis criminales.

Salcedo se acercó otra vez hasta quedar frente a ella, mucho más cerca ahora, y Vera tuvo que obligarse a no retroceder.

—¿Le diste nombres a la policía?

Ella negó rápidamente.

—No, no sabía ninguno.

Eso al menos era verdad. Salcedo sostuvo su mirada unos segundos más y luego preguntó algo que hizo que el corazón se le congelara directamente.

—¿Cuánto tardará Gabriel en encontrarte?

El corazón de Vera empezó a latir todavía más rápido, pero sostuvo la mirada de Salcedo intentando controlar el miedo.

—No lo sé.

Mentira, sí lo sabía. Gabriel ya debía de estar destrozando medio Madrid para encontrarla y, sinceramente, aquello era exactamente lo que más esperanza le daba ahora mismo.

Salcedo siguió observándola en silencio, como si intentara decidir cuánto sabía realmente.

—Estás convencida de que vendrá.

Vera tragó saliva.

—Sí.

—Eso es interesante.

Vera respiró hondo, intentando mantener la calma.

—Además, está muy enfadado ahora mismo, así que yo me preocuparía bastante si fuese vosotros.

Uno de los hombres soltó aire por la nariz, claramente incómodo.

Salcedo levantó una mano haciéndolo callar.

—Ya veo… ¿los esperamos? —ironizó Salcedo hacia sus hombres.

—Me parece una idea horrible —dijo ella rápidamente—. De verdad. Como persona objetiva creo que deberíamos evitar cualquier encuentro armado con él.

Salcedo siguió observándola en silencio después de aquella frase.

—El problema, Vera… es que ahora ya nos hemos visto demasiado bien.

El miedo volvió a subirle directamente por la garganta.

—Eso no suena nada bien.

—Porque no es bueno para ti. —Él la miró fijamente—. Y eso deja pocas soluciones.

Vera sintió cómo el corazón empezaba a latirle muchísimo más rápido.

—¿Qué tipo de soluciones?

Salcedo sonrió.

—Te matamos… o te matamos.

Perfecto. Un game over de campeonato.

Vera soltó aire lentamente e intentó no derrumbarse allí mismo y, aun así, su boca siguió funcionando sola.

—Bueno, me parece una gestión criminal poco creativa. —Uno de los hombres resopló, agotado—. Además, van a ir a por vosotros igualmente, ¿sabéis? No soy una experta legal, pero creo que el asesinato, el secuestro y ataque armado a policías suma bastantes años de cárcel.

Salcedo la observó con una calma inquietante y entonces sacó lentamente una pistola de la parte trasera de la cintura.

Vera casi se quedó sin respiración del susto. Aquello ya no parecía una amenaza abstracta. Ahora el arma estaba ahí, delante de ella, real, tangible.

Salcedo la sostuvo entre los dedos, distraído, mirándola como si todavía dudara entre disparar o no.

—¿Sabes qué es lo curioso? —murmuró, divertido—. Que sigues hablando incluso cuando deberías estar aterrada.

Vera tragó saliva.

—Porque lo estoy —susurró rápidamente—. Estoy aterrada, por eso hablo.

—La voz empezó a temblarle más de la cuenta—.

Tengo muchas bodas pendientes y, sinceramente, me viene fatal morir ahora mismo.

—Salcedo levantó una ceja mientras ella seguía hablando atropelladamente, casi desesperada—.

Yo solo organizo bodas. Mi trabajo consiste en elegir flores y discutir con DJ ’s.

No quiero problemas con narcotraficantes ni tiroteos ni…

esto. —El arma seguía en la mano de Salcedo y Vera sintió que las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos asustados—.

De verdad… dejadme ya tranquila. No me importa lo que hagáis.

Solo quiero volver a mi vida normal. —La voz ya le temblaba muchísimo—.

Quiero volver a planear bodas y a discutir por centros de mesa y…

Salcedo levantó lentamente la pistola, apuntándole directamente al pecho, y el silencio cayó brutalmente sobre la nave.

—Cállate o te pego un tiro.

Vera se quedó completamente quieta, sin respirar y, aun así… terminó murmurando muy bajito.

—… y manteles.

Uno de los hombres resopló, incapaz de evitarlo.

Salcedo cerró los ojos un segundo, sin duda agotado de escucharla.

—Atadla.

El miedo explotó inmediatamente otra vez dentro de Vera.

—¡No, no, no, esperad! —Dos hombres se acercaron agarrándola de los brazos mientras ella intentaba resistirse—. ¡Por favor! ¡No hace falta atarme! ¡Soy literalmente una organizadora de bodas, una wedding planner , no soy una amenaza!

La arrastraron hacia una silla metálica al otro lado de la nave y Vera empezó a entrar en pánico de verdad.

—¡Gabriel va a encontrarme! ¡Os juro que va a hacerlo!

Nadie respondió porque, sinceramente, todos empezaban a creer exactamente lo mismo.