Manual de supervivencia para un GEO 24
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El estallido del cristal hizo que Vera gritara involuntariamente.

Todo ocurrió a una velocidad absurda después de eso. Carlos aceleró brutalmente, intentando sacar el vehículo del bloqueo mientras Medina gritaba órdenes por el comunicador.

—¡Contacto armado confirmado!

Gabriel seguía cubriendo a Vera con su cuerpo mientras observaba el exterior a través de la ventanilla destrozada.

Entonces los vio: tres hombres con armas largas, moviéndose rápido hacia ellos y demasiado coordinados.

Mierda.

—¡Atrás! —rugió Gabriel.

Carlos dio un volantazo violento, esquivando parcialmente el vehículo cruzado mientras el segundo vehículo del operativo impactaba bruscamente contra uno de los atacantes.

Disparos, cristales, gritos… Madrid había desaparecido y ahora solo existía el caos.

Vera temblaba intentando respirar mientras Gabriel la mantenía pegada contra él.

—Tranquila, tranquila.

Ella levantó la cabeza automáticamente y ahí estaba otra vez esa calma imposible en sus ojos, incluso en mitad de una emboscada.

—Vas a salir de aquí conmigo. ¿Entendido?

Ella asintió temblorosa.

Otro disparo impactó contra el lateral del vehículo y Carlos maldijo violentamente.

—¡Hostia puta! ¡Nos rodean!

Gabriel miró rápidamente a su alrededor.

Mal no, ¡fatal! Demasiados ángulos cerrados y demasiados civiles alrededor. Aunque lo peor estaba por llegar…

Una furgoneta blanca apareció derrapando desde la calle lateral, bloqueando completamente la salida.

Gabriel entendió inmediatamente lo que significaba. Aquello no era intimidación, venían a por ella.

—¡Salimos! —ordenó Medina por el comunicador—. ¡Salimos ya!

Gabriel abrió inmediatamente su puerta, sujetando a Vera.

—Ven conmigo.

Ella apenas consiguió incorporarse cuando otro disparo impactó cerca del vehículo.

Gabriel respondió instantáneamente con dos disparos secos de una precisión absoluta.

Uno de los atacantes cayó contra el asfalto y Vera se quedó completamente paralizada durante un par de segundos.

Gabriel la agarró inmediatamente de la cintura.

—¡Vera, muévete!

Ella reaccionó al instante, siguiéndolo fuera del vehículo mientras Carlos y Herrera cubrían posiciones y disparaban hacia los atacantes.

El ruido era ensordecedor.

Gabriel avanzó pegando literalmente a Vera contra su cuerpo mientras buscaba cobertura detrás de un vehículo aparcado.

—Quédate aquí.

Ella lo agarró inmediatamente del brazo.

—¡No me dejes!

Aquello le atravesó el pecho otra vez, pero Gabriel sostuvo su cara apenas un segundo.

—Voy a sacarte de aquí. Te lo prometo.

En ese momento, la situación se complicó todavía más. Dos hombres aparecieron desde el lateral de una calle, abriendo fuego directamente hacia ellos.

Gabriel reaccionó instantáneamente y empujó a Vera contra el suelo detrás del vehículo mientras disparaba preciso, frío y letal.

Uno de los asaltantes cayó y el otro retrocedió, cubriéndose.

Otro hombre apareció detrás de Vera demasiado rápido y la rodeó violentamente por la cintura, tirando de ella hacia atrás.

Vera gritó inmediatamente.

—¡Gabriel!

El mundo se detuvo para él. Giró la cabeza y la vio.

Un hombre la arrastraba hacia la furgoneta blanca mientras otro apuntaba directamente hacia Gabriel, obligándolo a cubrirse.

No, no, no…

Gabriel salió inmediatamente de detrás del vehículo.

—¡Vera!

Ella seguía intentando zafarse, golpeando al hombre desesperadamente mientras el caos seguía desatándose a su alrededor.

Gabriel disparó otra vez, pero el atacante lo obligó a cubrirse devolviendo fuego.

Fueron solo unos segundos, pero cuando logró incorporarse, la puerta de la furgoneta ya se estaba cerrando con Vera dentro.

Ella lo miró aterrada desde el interior.

—¡Gabriel!

Aquello lo destrozó por dentro.

La furgoneta arrancó violentamente y se perdió calle abajo. Gabriel salió detrás de ella sin pensarlo, completamente fuera de control por primera vez en años.

—¡Gabriel, no! —gritó Medina desde algún lugar.

Pero ya era tarde. Gabriel acababa de convertirse en el hombre más peligroso de Madrid. Y quien estuviera detrás de aquello lo iba a lamentar.

El ruido de la ciudad desapareció completamente para Gabriel en el instante en que la furgoneta se llevó a Vera. Solo quedó adrenalina, rabia y una presión brutal aplastándole el pecho.

—¡Gabriel!

La voz de Medina sonó lejana mientras corría calle abajo tras el vehículo, completamente fuera de control.

La furgoneta giró violentamente en una avenida principal, perdiéndose entre vehículos y cláxones.

Gabriel siguió corriendo igualmente, como si pudiera alcanzarla movido solo por la rabia.

Un vehículo frenó bruscamente a centímetros de él mientras cruzaba la calle sin mirar, pero no le importó, nada importaba ahora mismo salvo ella.

El comunicador estalló con mil voces que se superponían.

—¡Vehículo blanco en dirección norte!

—¡Cortad salidas!

—¡Interceptadlo! ¡Que no escape!

Pero Gabriel apenas escuchaba. Algo dentro de él se había roto en el momento en que la había visto desaparecer.

Medina finalmente lo alcanzó, agarrándolo violentamente del brazo.

—¡Robles!

Gabriel se giró con una expresión tan peligrosa que incluso Medina sintió un segundo de auténtico pavor. No lo había visto así jamás. No era solo rabia: era desesperación.

—La tienen —dijo Gabriel con la voz completamente rota de furia.

Medina apretó con fuerza su brazo.

—Y la vamos a recuperar.

—¡Se la han llevado delante de mis narices!

El rugido fue brutal, salvaje, y varios policías a su alrededor se quedaron completamente quietos. Gabriel acababa de perder la compostura por primera vez en años.

Carlos apareció corriendo hacia ellos con sangre en la manga y el arma todavía en la mano.

—Tenemos una cámara en la salida este. Herrera ya va tras ellos.

Gabriel se soltó con furia del agarre de Medina.

—Voy yo.

—Así no.

Gabriel lo miró directamente y Medina entendió inmediatamente el verdadero problema. Gabriel ya no estaba pensando como un policía, sino como un hombre al que acababan de arrancarle a la persona que más quería.

—Escúchame bien —dijo Medina agarrándolo otra vez del chaleco—. Si pierdes la cabeza ahora, no podremos ayudarla. Cálmate.

Gabriel respiraba fuerte, intentando contener algo que claramente ya apenas controlaba.

—Estaba asustada —murmuró entonces mirando la calle por donde había desaparecido la furgoneta—. Me estaba mirando a mí…

Aquello afectó incluso a Carlos, pues jamás había escuchado a Gabriel hablar en aquel tono entre frustrado y colérico.

El comunicador volvió a activarse.

—¡Tenemos dirección parcial del vehículo!

Todos reaccionaron de inmediato. Gabriel fue el primero, porque en cuanto escuchó aquello, algo volvió a encenderse dentro de él.

—Habla.

—La furgoneta ha entrado en la M-30 norte. Dos vehículos de apoyo posibles.

Gabriel ya estaba moviéndose hacia uno de los vehículos policiales.

Medina lo siguió rápidamente.

—Robles.

Él abrió violentamente la puerta del vehículo.

—¿Qué?

Medina sostuvo su mirada unos segundos. Ahí seguía esa expresión, la del hombre dispuesto a incendiar una ciudad entera por recuperarla.

—La rescataremos.

Gabriel tragó saliva, pero cuando habló… la voz volvió a sonar fría.

—No.

Medina frunció el ceño.

—¿Qué?

Gabriel arrancó el vehículo con movimientos secos y levantó finalmente la vista.

—La voy a rescatar yo.

La central operativa parecía al borde del colapso cuando Gabriel entró. Pantallas encendidas, mapas, comunicaciones cruzadas, agentes moviéndose deprisa y, en mitad de todo aquello, Gabriel parecía una amenaza humana real.

Nadie habló cuando atravesó la sala. Todos podían ver en su cara la rabia, la frialdad y la violencia contenida.

Carlos apareció detrás de él, todavía con sangre seca en la manga.

—Herrera sigue al vehículo desde cámaras urbanas. Lo perdieron tres minutos en un túnel, pero volvieron a encontrarlo saliendo hacia la zona industrial norte.

Gabriel ya estaba frente a una de las pantallas observando imágenes congeladas de la furgoneta blanca.

Entonces, vio algo que le atravesó el pecho: la mano de Vera golpeando desesperadamente el cristal trasero.

Medina llegó inmediatamente después.

—Estamos levantando todas las cámaras de tráfico.

Gabriel seguía mirando fijamente la imagen y, cuanto más la veía, más peligroso parecía volverse. Ya no había miedo en él, solo intención de hacer daño a quien se la hubiera llevado.

Uno de los analistas habló desde el fondo.

—Tenemos posible cambio de vehículo.

La pantalla cambió inmediatamente a una gasolinera industrial, con una hora reciente.

La furgoneta entró parcialmente en la imagen y, después, nada.

Gabriel se inclinó ligeramente hacia delante, observando cada detalle.

—Ponlo otra vez.

La grabación retrocedió y la reprodujeron lentamente.

Carlos frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué ves?

Gabriel entornó los ojos, analizando.

—Ese vehículo gris.

Medina miró la pantalla.

—¿Qué pasa con él?

—Está esperando antes de que llegue la furgoneta.

El analista amplió la imagen.

Gabriel tuvo razón, el vehículo ya estaba allí parado antes, esperando.

—Un vehículo de apoyo —murmuró Carlos.

Gabriel ya estaba pensando muchísimo más rápido que todos los demás.

Rutas, tiempos, distancias y, entonces, entendió algo importante.

—No van a mantenerla en Madrid centro.

Medina lo miró.

—¿Por qué?

Gabriel señaló la pantalla.

—Demasiado ruido, demasiadas cámaras y demasiada policía ya movilizada.

Carlos asintió lentamente.

—En la zona industrial, en el exterior, en una nave quizá.

Gabriel levantó inmediatamente la vista.

Las Rozas, el almacén, la misma estructura operativa. Aquello le dio una idea peligrosa.

—Salcedo ya ha hecho esto antes.

La sala quedó completamente en silencio.

Todo encajaba demasiado bien. Vehículos preparados, rutas limpias, equipos coordinados… aquello estaba planificado desde hacía días.

Medina apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Crees que él está allí?

Gabriel sostuvo su mirada y la respuesta fue inmediata.

—Sí.

Carlos se pasó una mano por el pelo.

—Joder…

Gabriel ya no estaba pensando solo en el operativo. Estaba pensando en Vera, asustada y encerrada, preguntándose si él iba a encontrarla. Aquello hizo que algo se endureciera todavía más dentro de él.

El comunicador volvió a sonar.

—Posible ubicación confirmada.

Toda la sala se giró automáticamente cuando el analista amplió un mapa del polígono industrial al norte de Madrid, con varias naves aisladas y poca circulación. El lugar perfecto para esconder gente.

Gabriel agarró inmediatamente el chaleco táctico de encima de la mesa.

—Moviliza al equipo.

Medina lo observó.

—Robles. —Gabriel levantó la vista—. Vamos a entrar con cabeza —dijo Medina.

Gabriel empezó a colocarse el chaleco.

—Entraré primero.

—No vas solo.

—Entraré primero igualmente.

Carlos intercambió una mirada rápida con Medina. Ambos sabían perfectamente que discutir aquello era inútil. Gabriel ya estaba completamente decidido y, probablemente, nada en el mundo podría detenerlo ahora mismo.

Gabriel acabó de cargar el arma antes de hablar muy bajo.

—Aguanta un poco más, Vera…

Y el silencio que cayó después resultó mucho más inquietante que cualquier grito.