Manual de supervivencia para un GEO 23
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La tensión volvió al apartamento incluso antes de que amaneciera. Vera lo notó de inmediato, no porque alguien dijera nada, sino porque Gabriel había vuelto a convertirse en ese hombre frío, preciso y controlador que parecía analizar absolutamente todo lo que ocurría a su alrededor.

Era el mismo de los primeros días, aunque ahora había algo diferente cada vez que la miraba: había preocupación detrás de toda aquella calma tensa.

—No me gusta esta cara tuya —murmuró Vera desde el sofá, sosteniendo una taza de café.

Gabriel terminó de colocarse el chaleco discretamente bajo la chaqueta.

—¿Qué cara?

—La de “voy a controlar una operación militar y probablemente a discutir con medio Madrid”.

Carlos soltó una sonrisa desde la entrada mientras revisaba algo en el móvil.

—Bastante acertado.

Gabriel ignoró el comentario de su compañero mientras Vera seguía observándolo. El ambiente había cambiado mucho en los últimos días. Nada de besos contra la pared ni de bromas; ahora todo parecía tenso.

Gabriel se acercó a ella y su expresión cambió un poco al verla allí sentada.

—Escúchame bien —dijo agachándose frente a ella—. Hoy no te separas de mí bajo ningún concepto.

Vera asintió despacio, sin bromear esta vez. La seriedad del momento ya no dejaba espacio para nada más.

—Habrá gente fuera del juzgado. Prensa probablemente también.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Y si alguien me reconoce?

—No van a acercarse.

La seguridad absoluta en su voz consiguió tranquilizarla un poco. Gabriel decía aquellas cosas como si fueran leyes físicas inquebrantables, como si el mundo entero tuviera que obedecerlo.

Carlos levantó la vista del móvil.

—Los vehículos ya están abajo.

Gabriel asintió sin apartar la mirada de Vera y ella empezó a ponerse nerviosa justo en ese instante. Aquello dejaba de ser conjeturas y ahora iba a ocurrir de verdad.

Él notó sus nervios de inmediato y le sujetó suavemente la mano.

—Eh. —Vera levantó la vista hacia él—. Va a salir bien.

Ella intentó sonreír un poco.

—Eso dices siempre.

—Y siempre tengo razón.

Esa respuesta consiguió arrancarle una risa nerviosa. Gabriel aprovechó ese instante para inclinarse y besarla despacio, como si intentara transmitirle calma de aquella manera.

—Recuerda que tenemos una cita pendiente.

Vera parpadeó.

—Eso es un soborno para que coopere. —Ella terminó sonriendo un poco más relajada—. Lo voy a hacer igualmente.

Carlos se aclaró la garganta desde la entrada.

—No quiero interrumpir vuestro momento romántico, pero Medina está esperando abajo.

Gabriel cerró los ojos un segundo, agotado.

Gabriel se levantó finalmente y le tendió la mano. Vera la tomó y se puso en pie.

En cuanto estuvo frente a él, Gabriel volvió a acercarse unos centímetros, lo justo para mirarla directamente a los ojos.

—Quédate detrás de mí cuando salgamos del edificio.

Vera asintió despacio.

—Vale.

—Y si te digo que corras…

Ella lo interrumpió suavemente.

—Correré.

Ambos entendieron perfectamente lo que significaba aquella conversación.

Gabriel le acarició la mano una última vez antes de soltarla y luego volvió a convertirse en el GEO que lo controlaba todo.

Carlos abrió la puerta del apartamento mientras otro de los agentes esperaba ya junto al ascensor.

—Todo limpio abajo —informó Herrera directamente.

Gabriel asintió.

—¿Vehículos?

—Listos.

Vera observó cómo cambiaba el ambiente entre ellos. Las bromas desaparecían y las voces bajaban. Todo se volvía mucho más técnico.

Gabriel caminó a la cabeza por el pasillo mientras Carlos se colocaba detrás de Vera.

Algo en aquella disposición le provocó un pequeño nudo en el estómago.

Gabriel lo notó enseguida, ya que antes de entrar al ascensor giró ligeramente la cabeza hacia ella un segundo, lo suficiente para dedicarle esa mirada tranquila que siempre conseguía calmarla un poco, como diciendo: “estoy aquí”.

Las puertas del ascensor se cerraron y solo se escuchó el leve ruido mecánico al descender plantas.

Vera jugueteó con una de las mangas de la camisa mientras Carlos revisaba algo por el pinganillo.

—Exterior despejado.

Gabriel permanecía quieto frente a las puertas metálicas.

—¿Sabes que odio muchísimo los ascensores? —comenzó a hablar Vera, fruto de los nervios.

Carlos soltó aire por la nariz, divertido, y Gabriel cerró los ojos un segundo.

—Vera…

—¿Qué? Ya sabes lo que pasa cuando estoy nerviosa… Ni que fuese nuevo para ti.

Herrera y Carlos miraron un momento a Gabriel, el cuál inspiró hondo.

Las puertas se abrieron finalmente, dando acceso al aparcamiento subterráneo. En ese instante, Vera supo que aquello iba muy en serio.

Dos vehículos negros, hombres armados, movimientos rápidos y miradas constantes en todas direcciones.

Medina esperaba junto al primero de los vehículos, revisando su reloj.

—Bien. Nos movemos.

Gabriel apoyó una mano en la espalda de Vera y la condujo hacia el vehículo. Medina lo observó un instante y confirmó lo que ya sabía: Gabriel había dejado de actuar como escolta. Ahora se movía como un hombre dispuesto a todo por mantenerla a salvo.

Vera entró en el vehículo mientras Gabriel ocupaba el asiento trasero junto a ella. Carlos iba delante y Herrera en el segundo vehículo.

Todo parecía perfectamente organizado, controlado y seguro y, aun así, cuando el convoy empezó a salir lentamente del aparcamiento hacia las calles de Madrid, Gabriel sintió otra vez aquella presión incómoda clavándose en el pecho.

Ese instinto suyo que rara vez fallaba, como si algo estuviera esperando el momento exacto para romperlo todo.

Madrid avanzaba al otro lado de las ventanillas, teñido por el gris húmedo de la mañana.

Tráfico, semáforos, gente caminando sin tener ni idea de lo que ocurría dentro de aquellos vehículos negros.

Vera permanecía sentada junto a Gabriel, intentando no parecer nerviosa, aunque llevaba diez minutos moviendo la pierna sin parar. Gabriel terminó apoyando suavemente una mano sobre su rodilla y la pierna dejó de moverse.

Ella levantó la vista hacia él y otra vez pudo notar aquella calma rara que solo Gabriel conseguía transmitirle.

—Todo bien —murmuró él.

Vera asintió despacio, aunque no estaba segura de que fuese verdad.

Carlos hablaba por el pinganillo desde el asiento delantero del conductor mientras revisaba constantemente los retrovisores.

—Segundo vehículo en posición.

La voz de Herrera llegó distorsionada inmediatamente después.

—Ruta limpia de momento.

Gabriel seguía observando la calle atentamente. Vera lo conocía ya lo suficiente para notar que algo seguía inquietándolo.

—Estás muy callado —susurró ella.

Él no apartó la vista de la ventanilla.

—Estoy trabajando.

—Sí, pero normalmente también gruñes.

Carlos soltó risa baja y Gabriel cerró los ojos un segundo.

—No gruño.

—Eso ha sonado exactamente como un gruñido.

Carlos directamente empezó a reírse.

—Voy a empezar a usar ese apodo —bromeó Carlos desde delante—. Gabriel el gruñidor.

Gabriel ignoró a ambos mientras el vehículo giraba hacia una avenida más amplia. Fue ahí cuando Vera notó algo importante: su mano seguía sobre su rodilla, firme y protectora, como si necesitara mantener contacto constante con ella para asegurarse de que seguía bien.

Sabía que Gabriel estaba tan nervioso como ella, solo que él sabía esconderlo mejor.

El vehículo aminoró la marcha al acercarse a un cruce.

Medina habló por el comunicador desde el vehículo que iba por delante.

—Cambio de ruta. Seguimos alternativa dos.

Gabriel levantó inmediatamente la vista.

—¿Motivo?

—Retención inesperada delante.

Gabriel observó automáticamente los alrededores y Vera vio cómo algo en él volvía a tensarse otra vez.

—¿Qué pasa? —preguntó bajito.

Gabriel tardó un segundo en responder.

—Nada.

Carlos miró otra vez por el retrovisor.

—Tenemos un vehículo detrás desde hace tres calles.

El ambiente dentro del vehículo cambió inmediatamente.

Vera sintió cómo el estómago se le encogía mientras Gabriel miraba discretamente hacia atrás.

—¿Se trata del mismo vehículo?

—Sí.

Herrera habló desde el segundo vehículo.

—Lo tenemos en visual también.

Gabriel apoyó instintivamente una mano sobre la cintura, donde llevaba el arma oculta.

Carlos siguió observando el retrovisor unos segundos más.

—Puede ser casualidad.

Gabriel no respondió, y eso fue muchísimo peor. Vera ya sabía perfectamente algo sobre él: cuando Gabriel dejaba de bromear por completo, era porque empezaba a prepararse para la violencia.

El convoy volvió a girar y el vehículo oscuro giró detrás de ellos otra vez.

Se hizo el silencio absoluto en el interior. Medina habló inmediatamente por el comunicador.

—Confirmad seguimiento.

Carlos observó otra vez.

—Confirmado.

Gabriel ya estaba completamente diferente, más frío, más tenso y más peligroso.

Giró la cabeza hacia Vera.

—Ahora escúchame bien.

Ella tragó saliva.

—Vale…

—Pase lo que pase, no salgas del vehículo hasta que yo te lo diga.

El miedo le golpeó tan fuerte que solo pudo asentir levemente. Gabriel acababa de pasar de preocupado a preparado para combate.

Vera sintió cómo el aire se volvía mucho más pesado dentro del vehículo, como si de golpe todo hubiera dejado de parecer un simple traslado policial.

Gabriel seguía observando el retrovisor lateral con esa calma aterradora que aparecía cuando estaba entrando completamente en modo operativo.

Carlos habló otra vez por el pinganillo.

—El vehículo sigue detrás.

Medina respondió enseguida desde el vehículo que iba en cabeza.

—Mantenemos ruta. No aceleréis todavía.

Gabriel ya estaba analizando todo mentalmente: distancias, coberturas, salidas y ángulos, y lo peor era que seguía sintiendo exactamente lo mismo. Algo iba mal, muy mal.

Vera intentó controlar la respiración mientras observaba discretamente a Gabriel. La tensión en su mandíbula, la forma en que tenía una mano preparada cerca del arma, los ojos moviéndose de aquí para allá.

Nunca lo había visto así de serio, ni siquiera durante el ataque del supermercado.

El convoy volvió a girar y el vehículo oscuro volvió a hacerlo tras ellos.

Carlos maldijo para sus adentros.

—Ya no parece casualidad.

Gabriel activó inmediatamente el comunicador.

—Matrícula.

Herrera respondió desde atrás.

—Copiada.

—Pásala.

Luego la voz de Herrera se volvió mucho más tensa.

—Gabriel…

Mala señal, muy mala señal.

—Habla.

—La matrícula es falsa.

El corazón de Vera dio un vuelco inmediato y Gabriel sintió cómo algo frío se le clavaba directamente en el pecho. Aquello confirmaba exactamente lo que temía: una emboscada.

Medina reaccionó inmediatamente.

—Cambio de protocolo. Alternativa cuatro. Ya.

El vehículo delantero aceleró ligeramente mientras Carlos giraba bruscamente hacia otra calle.

Vera se agarró automáticamente al asiento.

—¿Qué está pasando?

Gabriel giró la cabeza hacia ella y la tranquilidad de sus ojos fue casi peor que el miedo, porque significaba que ya estaba preparado para lo peor.

—Quiero que te agaches un poco.

—Gabriel…

—Ahora.

Ella obedeció sin rechistar y, en cuanto lo hizo, el vehículo oscuro aceleró de golpe detrás de ellos.

—¡Movimiento! —gritó Herrera por el comunicador.

Después, todo ocurrió demasiado rápido.

El vehículo sospechoso invadió parcialmente el carril, acercándose con violencia.

Carlos giró el volante, esquivándolo por centímetros.

—¡Joder!

Gabriel sujetó a Vera al instante, protegiéndola contra él mientras barría la calle en busca de amenazas.

Otro vehículo apareció de pronto delante, cruzándose en mitad de la avenida y bloqueando el paso.

La tensión estalló dentro del vehículo.

—¡Emboscada! —rugió Carlos.

Gabriel ya estaba sacando el arma con un movimiento limpio, perfecto y automático.

Vera sintió el verdadero terror golpeándole el pecho al verlo cambiar completamente.

Ya no era su Gabriel del apartamento; ahora era el GEO, el hombre peligroso, el que había sido entrenado para momentos como aquel.

El vehículo frenó violentamente; los neumáticos chirriaron y se oyeron gritos fuera. Gabriel empujó de inmediato a Vera hacia abajo, entre los asientos, cubriéndola con su cuerpo.

—No te muevas.

Ella apenas podía respirar.

El comunicador estalló en una maraña de voces simultáneas.

—¡Dos vehículos!

—¡Armas largas!

—¡Contacto visual!

Entonces, el primer disparo destrozó una de las ventanillas delanteras.