22
La sala de reuniones operativas estaba mucho más silenciosa aquella mañana.
Cuando Medina estaba callado, normalmente significaba problemas… y viendo las carpetas abiertas sobre la mesa, claramente los había.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Gabriel.
Medina levantó la vista de uno de los informes.
—Hemos avanzado con Salcedo.
Gabriel tomó asiento sin perder tiempo y Carlos lo imitó mientras en la pantalla aparecían nuevas fotografías, movimientos, matrículas, transferencias y nombres.
—Las escuchas del detenido del supermercado han servido —continuó Medina—. Hemos localizado dos almacenes más relacionados con la organización.
Gabriel estudió rápidamente las imágenes.
—¿Hay movimiento de mercancía?
—Sí, posiblemente armas y drogas.
Carlos soltó aire lentamente.
—Perfecto, cada día mejor.
Medina cambió entonces de pantalla y apareció una fotografía aérea de una nave industrial.
—Anoche entró aquí uno de los hombres cercanos a Salcedo.
Gabriel observó la imagen unos segundos.
—¿Y él?
—Todavía no. —Gabriel empezaba a cansarse de aquella respuesta—. Pero sabemos algo importante —añadió Medina—. Salcedo no ha salido de Madrid.
Eso hizo que la sala volviera a tensarse un poco más. Aquello significaba exactamente lo que Gabriel llevaba días pensando: el peligro seguía cerca.
Carlos señaló uno de los documentos.
—¿Qué pasa con la filtración?
—Asuntos Internos sigue revisándolo todo. De momento no hay nombres.
Gabriel apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—Pues más vale que encuentren algo rápido.
Medina sostuvo su mirada unos segundos, entendía perfectamente la amenaza implícita ahí.
Gabriel ya no reaccionaba bien cuando el tema era Vera.
El superior terminó suspirando despacio antes de abrir otra carpeta.
—Hay otra cosa.
Su tono hizo que Gabriel levantara inmediatamente la vista.
—¿Qué?
Medina permaneció unos segundos callado.
—En unos días Vera tendrá que declarar formalmente en el juzgado.
Gabriel se quedó completamente quieto.
—No.
Carlos giró ligeramente la cabeza hacia él y Medina mantuvo la calma.
—Gabriel…
—No va a exponerse así.
—Es testigo clave.
—Precisamente por eso.
La tensión dentro de la sala subió inmediatamente.
Gabriel ya estaba pensando: rutas, distancias, francotiradores, entradas y salidas. Todo.
Medina se inclinó ligeramente hacia delante.
—Escúchame primero. —Gabriel sostuvo su mirada varios segundos antes de asentir—. El traslado será limpio. Vehículos distintos, rutas variables, apoyo exterior y entrada restringida.
Carlos abrió uno de los mapas del operativo.
—No irá en un convoy evidente.
Medina asintió.
—La idea es moverla rápido y sin llamar la atención.
Gabriel seguía completamente serio, analizando.
—¿De cuántos hombres disponemos?
—Los suficientes.
Gabriel levantó lentamente la vista.
—Quiero un número.
Medina ya esperaba aquello.
—Cuatro exteriores. Dos vehículos. Cobertura previa en la zona y revisión completa del edificio antes de moverla.
Gabriel seguía sin parecer convencido.
—Quiero ir delante.
—Ya contábamos con ello.
Gabriel estudió el mapa unos segundos más. Algo dentro de él lo hacía sentir incómodo, no por el operativo, sino por la idea de moverla. Llevaba días consiguiendo mantenerla segura, controlada, pero aquello cambiaba las reglas otra vez.
Medina lo observó en silencio antes de hablar más bajo.
—No podemos esconderla para siempre, Robles.
Gabriel levantó lentamente la vista y, por un segundo, volvió a mostrar esa expresión fría y determinada.
—Puedo intentarlo.
Carlos soltó aire por la nariz, casi riéndose.
—Joder… estás fatal.
Gabriel lo ignoró completamente y Medina cerró finalmente la carpeta.
—Quedan unos días todavía. Ajustaremos el operativo antes de moverla. —Gabriel asintió despacio—. Necesitamos la declaración judicial de ella si queremos que el juez autorice algunas entradas.
Gabriel asintió. Su superior tenía razón: necesitaban la declaración de Vera, aunque no le gustara tener que moverla. Aun así, iría bien protegida. Él mismo se encargaría de ello y, además, aún faltaban días.
Miró a Carlos, el cual volvía a hablar con su superior y, en ese momento, lo único que le apeteció fue volver al piso con ella para escuchar su voz.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del apartamento mientras Vera permanecía sentada sobre un taburete de la cocina, observando a Gabriel cocinar.
Aquello se había convertido en una de sus actividades favoritas.
Gabriel cocinando resultaba absurdamente atractivo, especialmente porque estaba concentrado, con las mangas remangadas y esa expresión seria permanente que ahora ella ya sabía interpretar a la perfección.
—¿Sabes qué es lo más fuerte de todo esto? —preguntó Vera, balanceando ligeramente las piernas.
Gabriel ni levantó la vista de la sartén.
—Vas a decírmelo igualmente aunque no responda.
—Correcto. Eso. Exactamente eso. Cada vez haces más esas sonrisitas pequeñas y luego finges que no existen.
—No estoy sonriendo.
—Gabriel, ya ni siquiera intentas mentir bien.
Él removió la comida tranquilamente.
—Tú hablas demasiado.
—Y tú eres un hombre que cada vez muestras más sentimientos…
Gabriel levantó finalmente la vista hacia ella.
—¿Eso qué significa?
Vera lo señaló.
—Que antes parecías un francotirador traumatizado y ahora, a veces, sonríes.
Gabriel sostuvo su mirada unos segundos mientras Vera sonreía orgullosa de sí misma.
Gabriel negó lentamente con la cabeza.
—No tienes remedio.
Ella sonrió todavía más.
—Pero te encanto —dijo divertida.
Él apagó finalmente el fuego y se acercó despacio hasta quedar frente a ella, demasiado cerca. Vera levantó lentamente la cabeza, mirándolo.
—¿Sabes? —murmuró él, apoyando las manos sobre la encimera a ambos lados de ella—. Eres increíblemente mandona para alguien secuestrable… y, además, sigues hablando demasiado.
—Quizá un poco —contestó y se encogió de hombros.
Él bajó ligeramente la cabeza, acercándose más.
—Cuando termine todo esto… —dijo Gabriel.
Ella parpadeó expectante.
—¿Sí?
Gabriel le apartó despacio un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto tan suave que le derritió completamente el corazón.
—Voy a llevarte a cenar.
Vera se quedó absorta.
—¿En plan… cita?
—En plan cita —confirmó él.
Vera sonrió de una forma tan inmediata y feliz que Gabriel no tuvo otra que sonreír también.
—¿Con restaurante y todo?
—Sí.
—¿Y sin narcotraficantes?
—Esa es la idea —rio Gabriel finalmente.
Ella lo miró muchísimo más feliz de lo que debería por una simple cena. Pero no era solo eso: era lo que significaba, un futuro, un después.
—Vale —susurró ella, sonriendo—. Acepto encantada.
Gabriel la observó unos segundos y luego apoyó lentamente la frente contra la suya, cerrando los ojos un instante.
—Me vuelves loco —murmuró—, en todos los sentidos —confesó finalmente.
Vera se quedó sin capacidad de reacción ante aquella confesión sincera.
Ella levantó una mano y le acarició la mandíbula con suavidad, observándolo como si quisiera decir algo sin palabras.
Ambos se quedaron mirándose unos segundos hasta que Gabriel la besó, profundo y lento al principio, como si quisiera saborearla. Vera respondió rodeándole el cuello con los brazos y aquello terminó de romper el poco autocontrol que le quedaba.
Gabriel la levantó suavemente del taburete y la llevó contra la pared del pasillo, besándola con mucha más intensidad ahora, más necesitado.
Vera soltó una exhalación temblorosa cuando él atrapó su cintura entre sus manos, apretándola contra su cuerpo.
El beso se volvió más lento durante unos segundos, mientras Gabriel descendía suavemente hacia su mandíbula y luego hacia su cuello.
Vera cerró automáticamente los ojos, apoyando la cabeza contra la pared al sentir sus labios sobre la piel.
Él soltó una respiración más pesada contra su cuello antes de volver a besarla lentamente y, durante unos segundos, Vera permaneció abrazada a él, escuchando la lluvia al otro lado de las ventanas. Así consiguió olvidarse casi por completo de que había hombres peligrosos buscándola ahí fuera.
Gabriel siguió besándola lentamente contra la pared del pasillo mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas del apartamento.
Las manos de Gabriel recorrían suavemente su cintura mientras ella se aferraba a sus hombros, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba cada vez más.
—Gabriel… —susurró contra sus labios, casi sin aire.
Él levantó la cabeza, mirándola de cerca.
—¿Mmm?
Vera tragó saliva, intentando hilar cualquier pensamiento coherente.
—No puedo pensar cuando me besas así.
Gabriel sonrió de esa forma tranquila y segura que conseguía desmontarla completamente.
—Ahora entiendo ciertas cosas.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Oye! —dijo golpeándole el hombro.
Pero él la besó de nuevo antes de que pudiera seguir protestando, hasta que Vera acabó riendo suavemente contra sus labios.
Gabriel apoyó la frente contra la de ella, respirando un poco más acelerado y, durante un instante, simplemente se quedaron ahí, abrazados y escuchando la lluvia, como si el mundo entero hubiese desaparecido fuera del apartamento.
Luego él deslizó lentamente una mano por su mejilla.
—Ven aquí.
La cogió en volandas y la llevó despacio hacia la habitación, sin dejar de besarla.
Vera sonrió nerviosa cuando chocó accidentalmente contra la puerta.
—Muy operativo todo.
—Estoy improvisando —bromeó él.
Gabriel dejó escapar una risa baja, rozando su boca, y la besó otra vez mientras la hacía retroceder lentamente hasta el interior de la habitación.
Todo resultaba lento, suave, íntimo y sin prisas.
Él le quitó delicadamente la sudadera, pasándola por sus brazos y sin dejar de mirarla, mientras Vera le desabrochaba lentamente la camisa negra, temblorosa por los nervios.
Gabriel empezaba a pensar que jamás iba a acostumbrarse a verla así, sonrojada y mirándolo como si fuese eso exactamente lo que quería.
Ella terminó de quitarle la camisa y apoyó automáticamente ambas manos sobre su pecho desnudo.
—Esto sigue siendo injusto.
Gabriel levantó una ceja.
—¿El qué?
—Que tengas este cuerpo y además seas buena persona.
Él terminó riéndose otra vez y la empujó con suavidad hacia atrás, sobre el colchón, sin dejar de besarla. Vera lo abrazó al instante, atrayéndolo aún más hacia ella.
Las sábanas se hundieron bajo el peso de ambos mientras las manos de Gabriel recorrían lentamente su cintura, acariciándola despacio.
—Esta situación está siendo muchísimo más romántica de lo que esperaba de un hombre que amenaza a gente.
Gabriel cerró los ojos un segundo, riéndose contra su cuello.
—Eres una charlatana de cuidado.
—Eso no es un insulto para mí.
—Y, aun así, me gustas igual.
Vera abrió la boca para responder algo más, pero Gabriel la besó, interrumpiéndola, mucho más lento esta vez, como si quisiera callarla exactamente así.
—Mmm… técnica sucia… —murmuró ella contra sus labios.
Él acarició suavemente su mejilla, sonriendo.
—Aquí no hay técnica, es solo supervivencia antes de volverme loco del todo.
Vera sonrió, abrazándolo más fuerte, y Gabriel volvió a besarla despacio mientras sus manos recorrían lentamente su espalda, sin tensión ni prisas.
Gabriel recorrió con sus manos la piel de su cintura bajo la camiseta y Vera siguió aferrada a él, incapaz de dejar de sonreír entre beso y beso.
—Esto sigue pareciéndome surrealista.
Gabriel descendió lentamente hacia su cuello, dejando pequeños besos sobre su piel.
—¿El qué?
—Que el hombre más serio de España resulte ser cariñoso en el fondo.
Él sonrió contra su cuello.
—En el fondo no. Tú simplemente hablas demasiado y vas descubriendo cosas.
—Es un don.
—Es agotador.
Vera soltó una carcajada cuando él volvió a besarla despacio y, sinceramente, aquello le encantaba a Gabriel. Le encantaba escucharla reír así, relajada, feliz y entre sus brazos.
Ella acarició lentamente su espalda mientras seguía mirándolo con esa expresión tierna que ya conseguía anularle por completo el autocontrol.
—¿Sabes qué es lo peor?
Gabriel levantó la cabeza y volvió a besarla antes de que pudiera seguir hablando, haciéndole perder de nuevo el hilo de lo que estaba diciendo.
Ella soltó una respiración temblorosa contra sus labios mientras él seguía acariciándole suavemente la cintura.
—Eso es trampa…
Gabriel rozó su nariz contra la de ella, apenas un gesto breve, íntimo.
—Ya te lo he dicho, es supervivencia.
—No creo que esa palabra signifique lo que tú crees.
Él terminó riéndose otra vez.
Nunca habría imaginado que Gabriel Robles pudiera reír así con alguien.
Ella volvió a abrir la boca, claramente preparada para seguir hablando, pero Gabriel negó lentamente con la cabeza. sonriendo.
—Vera…
—¿Qué?
Él acarició suavemente su mejilla con el pulgar, observándola de cerca.
—Guarda silencio un minuto.
—No prometo que pued…
Gabriel la besó otra vez, interrumpiéndola directamente, y cuando se apartó unos centímetros murmuró muy bajo junto a sus labios.
—Ahora mismo prefiero escucharte de otra manera.
Vera sintió cómo se le aceleraba inmediatamente el corazón al entender lo que quería decir. Gabriel sonrió al verla roja como un tomate.
—Mira qué callada te has quedado ahora.
Ella le dio un golpecito en el hombro, avergonzada.
—No vuelvas a decir eso con esa voz porque voy a morir aquí mismo.
Gabriel rio en voz baja antes de besarla otra vez, lentamente, hasta que Vera se rindió al silencio entre sus labios.