21
El apartamento olía a café recién hecho y a tostadas cuando Vera apareció descalza por el pasillo, hablando incluso antes de llegar a la cocina.
—He tenido un sueño rarísimo contigo.
Gabriel levantó la vista de la cafetera y la observó.
—Buenos días a ti también.
—No, escucha esto porque es preocupante. Estábamos en una operación policial y tú ibas vestido completamente de negro, como Batman.
Gabriel siguió sirviendo café tranquilamente.
—Es bastante realista.
Vera apareció finalmente en la cocina. Vestía una vez más una de sus sudaderas y le quedaba enorme.
Ella se dejó caer en una de las sillas de la cocina mientras seguía hablando.
—Y entonces aparecía yo intentando ayudarte, pero llevaba tacones absurdos porque aparentemente mi subconsciente quiere matarme.
Gabriel dejó una taza frente a ella.
—Tu subconsciente no. Tus decisiones, normalmente.
—Qué hostilidad tan temprano, ¿no?
Él se apoyó contra la encimera, observándola, mucho más relajado que días atrás. La amenaza seguía ahí, pero verla así, despeinada, medio dormida y hablando sin respirar… hacía que el apartamento volviera a sentirse normal.
Ella dio un sorbo al café y suspiró, visiblemente feliz.
—Esto sí es vida.
—¿El café?
—No, que me hagas el café por la mañana. Además, he llegado a una conclusión importantísima.
—Temo muchísimo la siguiente frase —bromeó él.
—Te gusta cuidar de mí.
Gabriel levantó una ceja.
—Es solo trabajo —rio él, encogiéndose de hombros, como si aquella frase no tuviese sentido para él.
Ella lo miró directamente.
—Sí, claro, y yo organizo bodas solo por amor al Excel.
Gabriel dejó un plato sobre la mesa, justo delante de ella.
—Come.
Vera cogió una tostada, todavía observándolo fijamente.
—Mira cómo evitas la conversación.
—Mira cómo no te callas ni para desayunar.
Ella sonrió ampliamente mientras Gabriel seguía preparando café y evitaba mirarla.
—¡Ja! Ese silencio ha sido sospechoso.
—Vera…
—Ha sido un silencio de “mierda, quizá sí me gusta”.
Gabriel terminó mirándola y Vera cometió el gravísimo error de fijarse otra vez en la camiseta negra ajustada, el pelo algo despeinado y la calma peligrosa que tenía incluso haciendo tostadas.
Perfecto. Pillada.
—Deja de mirarme así —dijo él de repente.
Ella casi se atragantó con el café.
—¡¿Así cómo?!
—Como si estuvieras pensando cosas.
—Siempre estoy pensando cosas.
Gabriel cruzó lentamente los brazos.
—Puedo verlo en tu cara.
—Eso no es justo, porque tú eres misterioso y yo tengo la expresividad de un dibujo animado. —Él soltó una risa y Vera apoyó la cabeza en la mano—. Madre mía, encima ahora te ríes más. Esto se está descontrolando por momentos.
Gabriel terminó sentándose frente a ella con su propia taza de café y, durante unos segundos, hubo algo parecido a la normalidad. Solo ellos dos desayunando juntos.
Vera lo observó por encima de la taza unos segundos antes de hablar otra vez, por supuesto.
—¿Sabes qué es lo más fuerte de todo?
Gabriel ya parecía resignado.
—¿El qué?
Ella sonrió.
—Que ya no me imagino despertándome aquí sin ti.
Aquella frase provocó que el vello de su cuerpo se erizase. El problema era que él tampoco podía imaginarlo ya.
Gabriel sostuvo su mirada unos segundos por encima de la taza de café. Vera sintió inmediatamente que acababa de decir algo demasiado sincero e íntimo.
Se aclaró la garganta, intentando rebajar la intensidad emocional del momento.
—Bueno, principalmente porque haces buen café. Eso también influye, y mucho.
Gabriel siguió observándola y luego, muy despacio, sonrió de esa forma peligrosa que hacía que Vera perdiera la capacidad de pensar.
—Claro —murmuró él—. A mí me pasa lo mismo —respondió como si nada.
Ella abrió los ojos como platos y lo señaló.
—Madre mía. Ya ni siquiera escondes que te hago gracia.
—Siempre me has hecho gracia.
Vera levantó lentamente la cabeza.
—¿Eso es… un cumplido? —Gabriel se quedó quieto un segundo, como si acabara de darse cuenta de lo que había dicho, y volvió a encogerse de hombros—. Gabriel Robles teniendo sentimientos. Qué glorioso momento.
Él negó despacio con la cabeza, intentando volver a la normalidad. Fue un fracaso, porque seguía mirándola de esa forma distinta, más cálida y cercana.
Vera notó otra vez ese pequeño vuelco en el pecho.
Gabriel dejó entonces la taza sobre la mesa.
—Hoy no puedes salir.
Ella hizo una mueca de desagrado. Menudo cambio de tema.
—Sabía que la felicidad iba a durar poco.
—Tenemos vigilancia nueva abajo y Medina quiere revisar protocolos antes de movernos otra vez.
Vera apoyó la barbilla sobre la mano, observándolo.
—“Movernos” suena muchísimo a película de espías.
—Tu vida ahora mismo es bastante de película de espías.
—Sí, pero sin glamour. Llevo tres días viviendo vestida con sudaderas tuyas y discutiendo con policías gigantes.
Gabriel levantó una ceja.
—Te gustan demasiado mis sudaderas.
—Me gusta que huelan a ti. —Él volvió a sonreír, así que ella carraspeó de inmediato—. Bueno, perfecto, genial, voy a dejar de hablar durante aproximadamente una hora.
Gabriel terminó riéndose de verdad. Vera se quedó completamente quieta, mirándolo.
—Eso sí que no me lo creo.
Ella entornó los ojos y lo señaló acusadoramente.
—Tú tienes la culpa de todo esto.
—¿De qué, exactamente?
—De que me esté enamorando de un GEO mandón.
Gabriel dejó de moverse un instante y Vera sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Aquello había salido solo, casi sin pensar.
—Vale, no hace falta que pongas esa cara, sin duda el café está hablando por mí y…
Gabriel se inclinó entonces sobre la mesa, interrumpiéndola con un beso corto, suave y directo y, cuando se apartó unos centímetros, la miró de esa forma tranquila que ya empezaba a ablandarle totalmente el corazón.
—Yo también estoy bastante jodido contigo, Vera.
Sinceramente… aquello fue muchísimo peor que cualquier beso.
El apartamento estaba demasiado silencioso y aquello ya empezaba a poner nervioso a Gabriel.
Vera llevaba, exactamente, siete minutos callada… y aquello era sospechoso.
Gabriel levantó la vista del portátil que tenía sobre la mesa del salón.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Vera llegó desde el pasillo.
—Nada.
Gabriel se levantó directamente y la encontró en el suelo del recibidor rodeada de cajas pequeñas y herramientas, mirando un folleto de instrucciones al revés.
—¿Qué es eso?
Ella levantó la cabeza.
—Una estantería para el baño, la cogí en el supermercado el otro día.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—¿Por qué hay una estantería nueva?
—Porque necesitas almacenamiento.
Gabriel sonrió inocentemente.
—Claro. Lo que tú digas.
Iba a seguir discutiendo eso con ella cuando llamaron a la puerta con tres golpes.
Vera levantó automáticamente la cabeza.
—¿Quién es?
—Carlos y Herrera.
—¿El rubio gigante y el que parece capaz de matar a gente solo con la mirada?
Gabriel abrió la puerta, resignado.
—Hola, Robles.
Carlos entró directamente al apartamento con una bolsa de comida en la mano mientras Herrera aparecía por detrás, observándolo todo como si siguiera trabajando incluso de visita.
Ambos se quedaron quietos al ver el recibidor, las cajas y a Vera sentada en el suelo montando muebles.
Carlos parpadeó.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Vera levantó una mano, saludando.
—Estoy domesticando a vuestro compañero.
Gabriel se pasó lentamente una mano por la cara. Herrera observó la estantería desmontada y luego a Gabriel. Finalmente, desvió la mirada hacia el comedor.
—Robles… ¿hay cojines nuevos?
—No preguntes.
Carlos empezó a reírse con ganas mientras entraban al salón.
—No puede ser. Te ha colonizado el apartamento.
—Estoy creando un hogar —corrigió Vera desde el suelo.
—Estás destruyendo mi paz mental —respondió Gabriel automáticamente.
Carlos se sentó dejándose caer en el sofá y cogió uno de los cojines.
—Madre mía. Nadie va a creer esto en la unidad.
Vera señaló hacia Gabriel, indignada.
—Encima no me ayuda con la estantería.
Herrera levantó lentamente una ceja y miró a Gabriel.
—¿No ayudas a tu novia?
Vera dejó de mover el destornillador y Gabriel se quedó quieto.
Carlos levantó la cabeza, sonriendo lentamente, con cierta malicia.
—Ohhh… esto se ha puesto interesante.
—No empieces —gruñó Gabriel.
Vera intentó hablar, pero se lo pensó mejor y prefirió guardar silencio.
Herrera seguía tan tranquilo lanzando preguntas.
—Entonces… ¿qué es?
Gabriel respondió seco.
—Es complicado.
Carlos estaba disfrutando muchísimo.
—Traducción masculina GEO: está enamoradísimo y no sabe gestionarlo.
—Carlos —lo amenazó Gabriel.
—¿Qué? Tienes cara de asesinar a cualquiera que la mire demasiado.
Vera bajó lentamente la vista e intentó ocultar una sonrisa, pero Gabriel la vio.
Herrera terminó acercándose hacia la estantería desmontada.
—Dame eso antes de que Robles tenga una crisis nerviosa por ver tornillos sueltos en su casa.
Vera le entregó las piezas inmediatamente.
—Gracias. Eres oficialmente mi favorito.
Gabriel cruzó lentamente los brazos.
—Perfecto, que viva él contigo entonces.
Carlos casi se cayó del sofá de la risa.
—Está celoso hasta de Herrera. Esto es increíble.
Gabriel miró fijamente a sus compañeros.
—¿Habéis venido por algo o solo a fastidiarme?
Carlos levantó la bolsa de comida.
—Medina nos mandó traerte informes y comida. Sospecha que sobrevivís únicamente a base de café y de tensión sexual no resuelta.
Herrera siguió montando la estantería y Gabriel empezó a plantearse seriamente matar a Carlos. Lo miró fijamente varios segundos.
—Te voy a tirar por el balcón.
Carlos seguía riéndose de su amigo.
—Lo dices como si no fuese verdad.
Vera seguía tapándose media cara, intentando no morirse de vergüenza, mientras Herrera montaba la estantería con eficiencia militar en absoluto silencio.
—Quiero dejar claro —murmuró ella desde el suelo—, que yo no he dicho nada sobre tensión sexual.
Carlos señaló a Gabriel.
—No hace falta, se le nota a él en la cara.
Gabriel fue a la cocina y abrió la nevera con demasiada fuerza.
—Carlos…
—¿Qué? Es que realmente parece que llevas semanas reprimiendo emociones.
Herrera levantó la vista y miró a Gabriel.
—Eso no es nuevo.
Vera soltó una risa involuntaria porque Gabriel giró inmediatamente la cabeza hacia ella y esta levantó las manos rápidamente, como si la apuntasen con un arma.
—No estoy participando en esto.
—Sí lo estás —respondieron los tres hombres a la vez.
Vera parpadeó.
—Vale, ¿estáis coordinados o qué?
Carlos se acomodó mejor en el sofá, observando el apartamento, y sonrió lentamente.
—Madre mía… si hay hasta velas.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—No mires.
—¿Hay una manta amarilla?
—Carlos…
—¿Y flores?
Vera levantó orgullosamente la mano desde el suelo.
—Eso sí ha sido idea mía.
Carlos empezó a aplaudir despacio.
—Impresionante, lo has convertido en un piso donde viven personas normales.
—Gracias —comentó ella, llena de orgullo.
Gabriel apoyó ambas manos sobre la encimera y respiró hondo.
—Antes también vivía una persona normal aquí.
Herrera levantó una ceja.
—Eso no es cierto.
Gabriel intentó mantenerse serio, pero sonrió levemente.
—¡Herrera! ¡Lo ha hecho otra vez!
—Lo veo —confirmó este.
—¡Está sonriendo!
—¿Es tan raro? Ya me parecía a mí.
Carlos parecía afectado.
—Vera, este hombre una vez felicitó una Navidad diciendo “correcto”.
Ella giró lentamente la cabeza hacia Gabriel, completamente fascinada.
—No puede ser verdad.
—Sí puede —confirmó Carlos.
—Eso es tristísimo.
Él se sirvió agua intentando ignorarlos a todos. Misión imposible, pues Vera ya estaba levantándose del suelo y acercándose a él con expresión dramática.
—Ven aquí.
Gabriel frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué haces?
Ella le sujetó suavemente la cara con ambas manos, obligándolo a mirarla.
—Vamos a trabajar esas capacidades emocionales.
Carlos dejó escapar un ruido ahogado de felicidad.
—Voy a llorar de la emoción.
Gabriel agarró las muñecas de Vera intentando apartarla, algo imposible, porque ella seguía sonriendo justo delante de él.
—Tienes que aprender a expresar cariño como un ser humano.
—Te estoy alimentando y dejando vivir aquí. Eso ya es muchísimo cariño.
Carlos se llevó una mano al pecho.
—Madre mía… y encima cree que eso es romántico.
Herrera terminó finalmente la estantería y se levantó con calma.
—Para él, probablemente sí lo es.
Vera lo miró unos segundos más.
—Bueno… a mí me sirve.
Gabriel suspiró y Carlos enarcó una ceja al ver que sonreía a Vera.
—Está acabadísimo.
Gabriel soltó aire lentamente por la nariz.
—Voy a arrepentirme toda mi vida de haberos dejado entrar aquí.
—Demasiado tarde —respondió Carlos con sorna—. Ya hemos visto las velas románticas. Nunca podrás recuperar la autoridad masculina después de esto.
Vera levantó inmediatamente la mano, señalando a Carlos.
—Las velas no son románticas, son decorativas.
Carlos la miró fijamente.
—Son de vainilla y canela.
Carlos y Herrera terminaron marchándose casi una hora después, no sin antes reírse de Gabriel unas cuarenta veces más, hacer comentarios sobre las velas y despedirse de Vera como si ya formase parte del apartamento.
—Adiós, señora —dijo Carlos desde la puerta.
—Ha sido un placer —respondió ella orgullosamente.
Gabriel cerró la puerta lentamente y el silencio que quedó en el apartamento resultó extraño después de tanta guasa.
Vera seguía sonriendo desde el salón mientras observaba la estantería ya montada.
—Me caen bien tus amigos.
Gabriel resopló caminando hacia la cocina.
—No son mis amigos ahora mismo.
Ella sonrió y él se quedó unos segundos observándola desde allí, descalza, llevando una de sus sudaderas y moviendo cosas por el salón como si hubiese vivido allí toda la vida.
Carlos tenía razón, todos la tenían: Gabriel nunca había sido tan permisivo con nadie.
Jamás, ni con compañeros, ni con parejas, ni siquiera consigo mismo.
Pero con Vera… la dejaba llenar el piso de cojines, hablar sin parar, desordenar su rutina y romper por completo el silencio perfecto del piso donde llevaba años viviendo.
Y lo mejor de todo era que a Gabriel le gustaba.
Le gustaba escucharla hablar desde otra habitación, escuchar sus pasos por el pasillo, sus comentarios absurdos mientras él cocinaba e incluso sus discusiones con las plantas.
El apartamento ya no se sentía vacío cuando ella estaba allí.
Gabriel apoyó lentamente una mano sobre la encimera, observándola en silencio mientras Vera seguía hablando sola y organizando libros, y entendió algo que probablemente todo el mundo llevaba viendo semanas: sí, estaba enamorado de ella, tan enamorado que seguramente se notaba desde kilómetros de distancia y, sinceramente, aquello era muchísimo más peligroso que cualquier operativo en el que hubiese estado jamás.