20
La habitación permanecía completamente en silencio, salvo por la respiración tranquila de Vera dormida junto a él.
Gabriel llevaba varios minutos despierto, simplemente observándola.
La tenue luz del amanecer empezaba a colarse entre las cortinas, iluminando suavemente su rostro apoyado contra su pecho. Por primera vez en muchos días, ella parecía en paz, sin miedo ni ansiedad, solo dormida entre sus brazos.
Gabriel deslizó lentamente los dedos por su mejilla, acariciándola con una suavidad completamente impropia de alguien como él. Seguía teniendo esa necesidad constante de tocarla para asegurarse de que estaba bien.
Vera se removió bajo su mano antes de abrir lentamente los ojos, todavía medio dormida.
Cuando lo vio allí mirándola, sonrió.
—Hola… —susurró ella.
Gabriel apartó despacio un mechón de pelo de su cara.
—Hola —respondió.
Vera levantó la cabeza, observándolo.
Ella estaba mucho más relajada ahora, y eso le gustó, pues llevaba días viéndola permanentemente tensa.
—Parece que hoy no estás vigilando veinte ventanas a la vez —murmuró ella, medio dormida.
Gabriel sonrió.
—Ya no has tenido más ansiedad.
La sinceridad de la frase la enterneció, porque lo decía como si aquello también le hubiera dolido a él.
Vera deslizó distraídamente los dedos por su pecho desnudo mientras seguía abrazada a él y entonces la vio: una cicatriz fina cerca del hombro. Después, otra más pequeña junto a las costillas.
Frunció ligeramente el ceño, acariciando una de ellas con cuidado.
—¿Cómo te hiciste esta cicatriz?
Gabriel bajó la vista hacia su mano.
—Una misión en Valencia hace años.
Ella levantó la cabeza automáticamente.
—¿Qué pasó?
Gabriel permaneció unos segundos callado. Normalmente no hablaba de aquello.
—Fue una entrada complicada. Uno de los tipos llevaba una escopeta recortada escondida.
Vera sintió un nudo en el pecho, pues en ese momento recordó algo importante: Gabriel no solo era protector, también era un hombre que se jugaba la vida constantemente.
Ella acarició despacio la cicatriz otra vez, con muchísimo cuidado.
—Debió de doler.
Gabriel la observó unos segundos.
—Ha habido cosas peores.
Vera entendió inmediatamente que no hablaba solo de heridas físicas. Se incorporó un poco para mirarlo mejor y Gabriel aprovechó para rozarle suavemente la mejilla otra vez con los dedos.
—No voy a dejar que te pase nada —murmuró.
Vera sostuvo su mirada unos segundos y supo que lo decía totalmente en serio.
Gabriel se enfrentaría él solo al mundo entero antes de permitir que alguien le hiciera daño.
Aquello resultaba tan intenso como aterrador.
—Lo sé —susurró ella.
Y era verdad, porque nunca se había sentido tan segura con nadie.
Gabriel la observó un momento más antes de atraerla suavemente otra vez hacia su pecho.
—Duerme un poco más.
Vera sonrió, acomodándose contra él, mientras Gabriel empezaba a acariciarle el pelo con un gesto lento y constante, hasta que notó cómo su respiración volvía a relajarse.
Unos minutos después, Vera ya volvía a dormirse entre sus brazos mientras Gabriel permanecía despierto, abrazándola, pensando que jamás había sentido algo así por nadie.
Gabriel había dormido una hora más y, aun así, volvió a despertarse antes de las siete de la mañana por costumbre.
Esta vez, lo primero que vio al abrir los ojos fue a Vera dormida sobre su pecho. Aquello cambió completamente la sensación habitual de despertarse. Ya no tenía aquella frialdad constante de siempre dentro del apartamento.
Ahora había respiración suave, calor, y una mujer abrazada a él como si fuese el único lugar seguro del mundo.
Gabriel se reclinó para un lado, intentando acomodarla sobre el colchón sin despertarla, pero fracasó. Vera abrió lentamente los ojos unos segundos después.
—¿Te vas? —preguntó medio dormida.
—Tengo reunión con Medina.
Ella asintió despacio, mucho más tranquila que la noche anterior, lo cual provocó que Gabriel se sintiese más aliviado.
—No te quedarás sola —añadió inmediatamente.
Vera le sonrió.
—Lo imaginaba.
Gabriel se incorporó despacio mientras ella seguía envuelta entre las sábanas, observándolo. Sinceramente, aquello tampoco ayudaba nada a su estabilidad mental.
—Santos estará arriba contigo.
—¿Santos es el que parece capaz de romper paredes solo con la mirada?
Gabriel empezó a ponerse la camiseta.
—Ese es Carlos.
—Ah, todavía no distingo bien a tus compañeros.
Gabriel esbozó otra mini sonrisa.
—Vuelvo pronto.
Vera lo observó unos segundos más.
—¿Está todo muy mal?
Gabriel terminó acercándose otra vez a la cama, inclinándose para besarla despacio.
—Estoy trabajando para que no llegue a estarlo.
Aquello fue respuesta suficiente.
Media hora después, Gabriel ya estaba entrando junto a Carlos en la sala de reuniones operativas.
El ambiente era muy distinto al del apartamento. Pantallas encendidas, mapas, fotografías, informes… y Medina esperándolos frente a una mesa llena de documentos.
—Tenemos un problema serio —dijo sin rodeos.
Gabriel tomó asiento y clavó la vista en las imágenes abiertas sobre la pantalla principal que reflejaban fotografías de vigilancia, rutas, llamadas, capturas de cámaras… Una fotografía en concretó llamó su atención.
Lo reconoció enseguida: el hombre de la nave, el mismo que había ordenado coger a Vera. El mismo que Vera había descrito en su declaración.
Gabriel sintió cómo se le endurecía automáticamente toda la expresión.
—¿Quién es?
Medina apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Mario Salcedo.
Carlos levantó ligeramente la cabeza.
—¿El enlace mexicano?
Medina asintió.
—Uno de ellos.
Gabriel seguía mirando fijamente la fotografía.
El hombre sonreía en una cena elegante, como si no fuese uno de los criminales más buscados por varias unidades internacionales.
—Acusado de tráfico de armas —continuó Medina—, drogas, lavado de dinero y conexiones con gente muy peligrosa.
Carlos soltó un improperio repentino y Gabriel entendió inmediatamente el verdadero alcance del problema. Vera no había visto a un narcotraficante cualquiera. Había visto a alguien que jamás debía ser identificado.
—¿Están seguros de que fue él quien estuvo en la nave? —preguntó Gabriel.
Medina abrió otra imagen ampliada de cámaras exteriores. Aquello fue suficiente para reconocerlo.
—Sí.
Ese hecho cambiaba por sí solo el nivel de amenaza.
Gabriel apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—Van a volver a intentarlo.
No sonó como una teoría, sino como una certeza.
Medina lo observó unos segundos.
—Probablemente.
Carlos se pasó una mano por el pelo.
—Mierda.
Gabriel seguía mirando las fotografías sin apartar la vista de Salcedo y empezó a sentir esa rabia fría otra vez. Seguía imaginando a Vera aterrada dentro del supermercado, temblando, llorando y sujetándole la mano.
Medina lo observó en silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Sabes cuál es el problema ahora mismo?
Gabriel levantó la vista.
—¿Cuál?
—Que ya no estás pensando como escolta.
Carlos miró discretamente hacia otro lado, porque él también lo había notado.
Gabriel sostuvo la mirada de Medina.
—¿Y cómo estoy pensando?
Medina tardó apenas un segundo en responder.
—Como un hombre con sentimientos hacia la testigo.
La sala quedó completamente en silencio y el peor problema fue que Gabriel no lo negó, ya no podía hacerlo.
Carlos directamente decidió mirar los informes de la mesa, como si aquello no estuviera pasando. Gabriel sostuvo la mirada de su superior sin moverse y Medina terminó resoplando lentamente.
—Esto es exactamente lo que quería evitar.
Gabriel apoyó ambos codos sobre la mesa.
—No voy a apartarme de ella.
—No he dicho eso todavía.
—Lo estás pensando —concluyó Gabriel.
Medina se pasó una mano por la barba, observándolo fijamente.
—Gabriel, sabes perfectamente cómo funciona esto. Cuando hay sentimientos de por medio… se pierde objetividad.
—No con ella.
—Eso es exactamente lo que diría cualquiera antes de cometer un error.
La tensión dentro de la sala escaló inmediatamente.
Carlos levantó la vista otra vez y miró a Gabriel, el cual empezaba a tener esa expresión peligrosa.
—¿Quieres poner a otro con ella? —preguntó Gabriel muy tranquilo. Medina no respondió y aquello fue respuesta suficiente. Gabriel asintió lentamente—. Perfecto, entonces dime quién va a protegerla mejor que yo. ¿Carlos?
Carlos levantó las manos inmediatamente.
—A mí no me metas en esto.
Gabriel siguió mirando a Medina.
—¿Santos? ¿Herrera? ¿Quién?
Medina no respondió porque realmente todos en aquella sala sabían la verdad. Gabriel era el mejor que tenían, el más preparado, el más preciso y el más peligroso, y también el que ya conocía perfectamente las rutinas de Vera, sus reacciones, sus miedos, todo.
Medina apretó ligeramente la mandíbula.
—Precisamente porque eres el mejor no quiero que pierdas la cabeza por una mujer.
Gabriel tardó un segundo en responder.
—Precisamente porque soy el mejor ella sigue viva. —Carlos dejó de fingir que no escuchaba y Gabriel se inclinó ligeramente hacia delante—. Sabes perfectamente que si me apartas o pones a otro con ella, la pones en peligro.
Medina sostuvo su mirada varios segundos.
El superior soltó finalmente el aire despacio, resignado.
—Joder…
Gabriel no apartó la vista.
—Déjame seguir con ella.
Medina lo observó unos segundos más antes de asentir finalmente.
—No quiero ni un solo error por tu parte.
La voz sonó dura.
—Ni uno. —Gabriel asintió una sola vez—. No lo habrá.
Medina supo inmediatamente algo peligroso: Gabriel acababa de convertir aquello en algo personal, muchísimo más personal de lo que debía.
Su superior volvió entonces hacia la pantalla principal, intentando reconducir la reunión.
—Bien, hablemos de Salcedo.
Gabriel cruzó lentamente los brazos.
—¿Tenemos ubicación?
Medina negó.
—Todavía no, pero estamos levantando todas sus conexiones de Madrid y alrededores.
Carlos abrió uno de los informes.
—Tiene varias empresas pantalla.
—Y varias casas seguras —añadió Medina—. Además, estamos cruzando llamadas del detenido del supermercado con otros objetivos conocidos.
Gabriel seguía mirando las fotografías del capo mexicano.
—Ese hombre no aparece personalmente en una nave cualquiera porque sí.
Medina asintió.
—Exacto, y eso es lo que más preocupa.
Carlos señaló una de las imágenes satélite abiertas sobre la pantalla.
—Creemos que la nave de Las Rozas era solo un punto temporal de movimiento de mercancía.
—¿Solo drogas? —preguntó Gabriel.
—Probablemente, aunque tampoco podemos descartar el tráfico de armas en ese lugar.
Gabriel empezó a analizarlo todo mentalmente.
—¿Qué quiere hacer?
Medina apoyó las manos sobre la mesa.
—Seguir tirando del hilo del detenido. Vigilancias, escuchas y ver si conseguimos localizar a Salcedo antes de que él decida mover ficha otra vez.
Gabriel levantó lentamente la vista.
—La moverá.
La seguridad absoluta en su voz hizo que la sala volviera a quedarse en silencio.
Todos entendieron exactamente lo mismo: aquello aún no había terminado.
Gabriel levantó lentamente la vista hacia la pantalla, donde seguía apareciendo el rostro de Mario Salcedo y, cuanto más observaba aquella fotografía, más claro tenía que aquello no había hecho más que empezar.
Medina empezó a pasar imágenes y documentos sobre la mesa.
—Desde este momento, cambiamos protocolo completo con Vera.
Gabriel cruzó los brazos inmediatamente.
—Ya lo he hecho.
Carlos soltó aire por la nariz.
—Lo sabemos. Básicamente has convertido tu apartamento en una fortaleza. —Gabriel ignoró aquello y Medina siguió hablando—. Nada de rutinas fijas, nada de salir sin apoyo, entradas y salidas variables y dos hombres permanentes abajo.
Gabriel asintió automáticamente.
—Quiero cámaras en el edificio.
Carlos levantó ligeramente las cejas.
—¿En serio?
Gabriel lo miró.
—Se acercaron demasiado.
Dijo aquella frase con tanta frialdad que incluso Carlos dejó de bromear, porque sí, aquello era exactamente lo que más le estaba afectando, el hecho de imaginar que alguien había podido tocarla, hacerle daño o llevársela.
Medina observó a Gabriel unos segundos más antes de continuar.
—También vamos a controlar sus movimientos digitales, redes sociales, ubicaciones, reservas y cualquier exposición pública.
Gabriel asintió otra vez.
—¿Y el edificio? —preguntó Carlos.
—Lo revisaremos entero —respondió Gabriel inmediatamente—. Accesos, cámaras y posibles puntos ciegos.
Medina se quedó mirándolo un momento y luego cambió una de las fotografías de la pantalla a un mapa de Madrid con varias marcas rojas.
—Tenemos posibles movimientos de Salcedo: aquí, aquí y aquí.
Carlos se inclinó un poco hacia delante.
—¿Casas seguras?
—Probablemente.
Gabriel estudió las ubicaciones rápidamente.
—Todas cerca de salidas rápidas de la ciudad.
Medina asintió.
—Y cerca de zonas industriales.
Gabriel apoyó una mano sobre la mesa, pensando y analizando.
—No va a quedarse quieto.
—No —respondió Medina—. Y lo peor es que seguramente ya sabe que ella sigue bajo protección.
Carlos frunció ligeramente el ceño.
—¿Creéis que tienen alguien dentro?
Aquello cambió completamente el ambiente de la sala, que se volvió mucho más incómodo, pues todos habían pensado exactamente lo mismo: ¿cómo demonios sabían tan rápido dónde estaba Vera?
Medina habló finalmente.
—Estamos revisando posibles filtraciones.
Gabriel apretó lentamente la mandíbula. Aquello sí que no podía soportarlo. La idea de que alguien de dentro estuviera facilitando información lo consumía.
—Quiero saber cualquier nombre que salga —dijo con tono seco.
Medina levantó una ceja.
—Lo sabrás.
—No van a tocarla —dijo finalmente.
Carlos intercambió una mirada rápida con Medina. Ambos acababan de entender algo muy concreto: Gabriel Robles estaba dispuesto a iniciar una guerra entera por Vera, y no dudaría un segundo en hacerlo.