19 #2
—¿Todo bien?
Ella lo miró y tragó saliva.
—Sí —susurró.
Gabriel se incorporó y comenzó a moverse lentamente sobre ella. Vera arqueó la espalda por el placer que Gabriel le provocaba y lo acompañó en sus lentos movimientos mientras sus respiraciones se acompasaban y los gemidos inundaban la habitación.
Vera lo besó lentamente mientras sentía las manos de Gabriel recorriendo su piel con una mezcla imposible de fuerza y cuidado y, por primera vez desde hacía días, el miedo pareció difuminarse un poco.
Entre aquellos brazos ya no existían ni el hombre del supermercado, ni las amenazas, ni las miradas que la vigilaban; solo Gabriel, el hombre que había irrumpido en su vida de la forma más caótica posible y que ahora se había convertido en el único refugio donde conseguía respirar tranquila.
Vera acarició lentamente su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos, mientras él volvía a besarla con una intensidad que le hacía perder el sentido de todo. Gabriel no dejaba de moverse, adquiriendo cada vez más velocidad y fuerza.
Jamás había conocido a nadie como él. Nadie que transmitiera aquella absurda sensación de seguridad incluso en mitad del caos. Gabriel no solo era fuerte; era firme, constante y protector. Y quizá por eso, su cuerpo dejaba de temblar cuando él la abrazaba.
Desde la primera vez que lo había visto en aquel restaurante, le había parecido uno de los hombres más atractivos del mundo, demasiado serio e imponente, pero entonces empezó a conocerlo de verdad.
Las sutiles sonrisas, la paciencia imposible que tenía con ella, la forma en que siempre estaba pendiente de si ella estaba bien, cómo la miraba cuando pensaba que ella no se daba cuenta.
Poco a poco, su percepción de él había cambiado.
Gabriel ya no era solo el GEO intimidante que la protegía, era el hombre al que buscaba automáticamente cuando tenía miedo, cuya voz conseguía calmarla en mitad de un ataque de ansiedad, el único con el que se sentía realmente segura.
La idea le golpeó el pecho de una forma inesperadamente intensa mientras él volvía a besar su cuello y la abrazaba más contra él.
Quizá era demasiado pronto, quizá todo aquello estaba ocurriendo demasiado deprisa, pero ya no podía imaginarse lejos de él.
Gabriel representaba exactamente lo que necesitaba ahora mismo: un lugar donde sentirse protegida y donde descansar, donde dejar de tener miedo, aunque solo fuese por unas horas.
Entre aquellos brazos el mundo seguía siendo peligroso, pero ella ya no estaba sola frente al mismo y, quizá, por ese motivo, mientras Gabriel la besaba despacio y la miraba como si fuese algo increíblemente valioso, sintió por primera vez en mucho tiempo que todo podía salir bien.
El ritmo de él aumentó hasta que se detuvo y la miró con la respiración acelerada.
Tuvo un gesto que llamó la atención de ella y luego llevó su mano hacia la mesita de noche, abrió el cajón rápidamente y extrajo un envoltorio con un preservativo dentro.
Vera se quedó observándolo durante unos segundos hasta que él volvió a tumbarse sobre ella y la besó. Vera lo abrazó con fuerza mientras sentía cómo entraba de nuevo en su interior y volvía a comenzar despacio para ir aumentando el ritmo progresivamente.
Gabriel sujetó su mano entrelazando sus dedos y Vera llevó su otra mano hasta su cuello, situándola en la nuca mientras él incrementaba más sus movimientos.
El placer fue incrementándose hasta que Vera no fue capaz de controlarse más y un gemido suyo inundó toda la habitación mientras se estremecía.
—No pares… —susurró ella entre gemidos.
Él sonrió y negó con la cabeza.
—No voy a parar —dijo antes de besarla.
Ella soltó su mano y se agarró con fuerza a él mientras escondía su frente en su hombro. Gabriel situó su mano en su nuca para ayudarla a mantener su frente junto a él mientras ella se sujetaba a él, igualando su ritmo.
Gabriel volvió a besarla despacio mientras Vera seguía acariciándole el pecho con manos temblorosas.
Vera gimió de nuevo y él le sonrió. Sus miradas coincidieron y ella apretó los labios al ver que él tenía una sonrisa en sus labios.
—Esto es culpa tuya.
Gabriel sonrió más sin apartar la mirada de ella. Ambos tenían la respiración acelerada. Los labios de Gabriel rozaron los suyos de nuevo.
—¿Mía?
—Sí. Tú empezaste a pasearte sin camiseta por la casa.
Gabriel soltó una risa burlona contra su boca.
—¿En serio estás sacando este tema ahora?
—Sí. Tienes… muchos músculos tácticos.
Él cerró los ojos un segundo, claramente divertido, antes de besarla otra vez y sin dejar de mecerse contra sus caderas.
—Y, además, hueles demasiado bien. Eso tampoco ayuda.
Gabriel terminó sonriendo ya abiertamente mientras apoyaba la frente contra la de ella y llevaba su mano hasta su pierna, situándola al lado de su cadera.
—¿Tú no te callas nunca?
Ella sonrió inocentemente.
—No lo sé, sigo un poco… un poco nerviosa —acabó gimiendo.
Él negó lentamente con la cabeza, acariciándole la mejilla con una suavidad que le derritió completamente el corazón. Luego se acercó a sus labios.
—Vera…
—¿Qué?
Gabriel sonrió con picardía.
—Guarda silencio un minuto, por favor —pronunció incrementando más el ritmo.
—No prometo nada.
—Ya me lo imaginaba.
Y volvió a besarla despacio, como si ya estuviera completamente colado por ella.
Vera sonrió contra sus labios mientras él seguía besándola lentamente.
—Creo que… que estás aprovechando que estoy distraída para hacerme callar.
Gabriel rozó su nariz con la de ella, sonriendo.
—Exactamente.
—Muy manipulador por tu parte, agente.
—Técnica avanzada GEO.
Ella abrió los ojos fingiendo sorpresa.
—¿Os enseñan esto en la academia?
Gabriel dejó escapar otra risa mientras la abrazaba más contra él.
—Solo con objetivos especialmente problemáticos.
Vera intentó parecer indignada, especialmente cuando él volvió a besar su cuello despacio.
—Gabriel…
—¿Mmm?
Ella respiró entrecortadamente, intentando pensar.
—He… he olvidado lo que iba a decir.
Él levantó la cabeza, mirándola con esa expresión peligrosamente divertida.
—Milagro.
Vera le dio un pequeño golpe en el hombro.
—No te acostumbres demasiado.
Gabriel sonrió otra vez antes de besarla lentamente.
—Demasiado tarde para eso.
Gabriel incrementó el ritmo y sujetó con más fuerza su pierna junto a su cadera hasta que sintió que el placer se desbocaba junto al de ella.
Ella se sujetó con fuerza a sus hombros mientras él inspiraba hondo y la apretaba junto a él, hasta que se quedó quieto con la respiración aceleraba, casi jadeando.
Ella lo abrazo mientras recuperaba también el aliento.
Gabriel tragó saliva y se incorporó sobre ella. Ambos se miraron y él acabó besando su frente y luego sus labios.
Se quedó observándola y entonces lo entendió. Estaba totalmente enamorado de ella.
La idea apareció clara, brutal e imposible ya de ignorar.
Aquello ya no era solo deseo ni protección…
era Vera y todo lo que tenía que ver con ella: la forma en que llenaba el apartamento hablando sin parar, cómo desordenaba absolutamente todo lo que tocaba, las discusiones absurdas sobre cojines, plantas o cereales…
y lo peor era que ahora, cuando ella callaba demasiado, lo notaba inmediatamente y echaba de menos el jaleo que siempre parecía acompañarla.
Aquella era, probablemente, la señal más preocupante de todas.
Gabriel acarició lentamente su espalda mientras Vera seguía abrazada a él, respirando más tranquila que en toda la noche.
Pensó que hacía unas semanas el silencio en su apartamento le parecía perfecto, necesario, ahora ya no.
Ahora, cuando Vera no hablaba, cuando no escuchaba ruido en el salón, cuando no aparecía discutiendo con una planta o criticando su nevera, la casa se sentía vacía.
Ella levantó ligeramente la cabeza, mirándolo. Gabriel sintió otra vez ese golpe en el pecho al verla así, despeinada, sonrojada y observándolo como si él fuese exactamente lo que necesitaba.
Él nunca había querido a nadie en su vida de aquella manera y, sin embargo, ahora no podía imaginarse sacándola de ella.
Vera acarició distraídamente su pecho desnudo.
—¿Por qué me miras así?
Gabriel tardó un segundo en responder.
Él le apartó suavemente un mechón de pelo de la cara.
—Porque haces muchísimo ruido… y ahora creo que ya no sabría vivir sin él.
Vera se quedó completamente quieta unos segundos y luego sonrió despacio, de esa forma suave que conseguía desmontarle cualquier defensa que todavía le quedara. Y, por primera vez, Vera no supo qué responder.