Manual de supervivencia para un GEO 19
76%

19

Gabriel despertó de golpe a las tres y cuarto de la madrugada.

Había algo que había interrumpido su sueño, aunque no supo exactamente qué al principio.

El apartamento seguía completamente oscuro y en silencio, pero años de entrenamiento habían convertido su cerebro en una alarma imposible de apagar.

Se incorporó lentamente en la cama, escuchando. Tras unos segundos, lo oyó. Un sonido suave e irregular, una respiración.

—Mierda —susurró, y salió inmediatamente de la habitación, aún medio dormido pero completamente alerta.

El pasillo estaba oscuro, salvo por la tenue luz que salía de debajo de la puerta de la habitación de Vera.

Volvió a escucharlo. La respiración acelerada. Vera estaba hiperventilando.

Se acercó rápido y golpeó suavemente la puerta.

—Vera.

Ella no respondió.

Gabriel abrió inmediatamente y se quedó bajo el marco de la puerta, analizando la situación. Vera estaba sentada en el suelo, junto a la cama, abrazándose las piernas mientras intentaba respirar, temblando y con la cara pálida.

La lámpara de la mesilla iluminaba lágrimas silenciosas que bajaban por sus mejillas.

Gabriel cruzó la habitación inmediatamente, arrodillándose frente a ella.

—Eh.

Vera levantó la cabeza sobresaltada y, al verlo, se rompió un poco más.

—No… puedo… respirar…

Gabriel le sujetó suavemente ambas manos.

—Sí puedes.

Ella negó rápidamente, intentando coger aire.

—No, no… —susurró con dificultad.

La voz le salió rota. Aquello le destrozó algo dentro del pecho. Vera siempre hablaba, siempre sonreía y hacía bromas, pero ahora estaba aterrada de verdad.

Gabriel se acercó un poco más, obligándola suavemente a mirarlo.

—Eh. Mírame.

Ella levantó los ojos llenos de lágrimas hacia él y Gabriel sintió rabia al verla así. Aquellos hombres la habían roto por dentro, le habían metido el miedo bajo la piel.

—Respira conmigo —dijo casi en un susurro.

Vera intentó obedecerlo y Gabriel inhaló despacio frente a ella, indicándole cómo hacerlo.

—Así.

Ella lo imitó, temblando.

Gabriel seguía sujetándole las manos mientras le hablaba con una calma increíblemente suave para alguien como él.

—Eso es. —Vera cerró los ojos, intentando concentrarse en su voz, solo en él—. Estoy aquí —murmuró él—. No va a pasarte nada.

Aquellas palabras terminaron de romperla y Vera se lanzó directamente hacia él, abrazándolo con fuerza.

Gabriel la rodeó inmediatamente con ambos brazos, acercándola contra su pecho mientras notaba cómo seguía temblando.

—Lo siento… —susurró ella entre respiraciones todavía irregulares—. Intenté dormir, pero no podía dejar de pensar en el hombre del supermercado y…

Gabriel apoyó suavemente una mano en su nuca.

—No tienes que disculparte.

Ella seguía abrazada a él con fuerza y, por primera vez, sintió algo peligrosísimo al notar cuánto confiaba ya en él. Vera literalmente estaba buscándolo como refugio.

Permanecieron así varios minutos hasta que la respiración de Vera empezó finalmente a estabilizarse y, entonces, levantó lentamente la cabeza.

Los dos seguían en el suelo de la habitación, abrazados y en silencio.

Gabriel le apartó despacio un mechón de pelo húmedo de la cara y Vera sintió que el corazón volvía a acelerársele, pero por una razón completamente distinta ahora, por la forma en que él la estaba mirando. Ya no era solo protección, sino algo mucho más peligroso.

Gabriel bajó lentamente la vista hacia sus labios y Vera dejó de respirar un segundo, pero esta vez no por ansiedad.

El silencio entre ambos se volvió más íntimo y ella apoyó una mano sobre su pecho.

Gabriel cerró los ojos un instante, como si estuviera perdiendo la batalla consigo mismo, y probablemente era eso lo que estaba pasando.

Cuando volvió a abrirlos, ya no existía distancia real entre ellos, y aquello terminó de destruir el poco autocontrol que le quedaba.

La miró a los ojos unos segundos y luego buscó sus labios. La besó despacio, como si hubiese intentado contenerse demasiado tiempo.

Vera respondió inmediatamente agarrándose a su camiseta mientras Gabriel profundizaba el beso, sosteniéndole el rostro con una mano.

Aquello no se parecía a nada de lo que habían bromeado hasta entonces. No era divertido, era pura necesidad.

Toda la tensión acumulada durante aquel día explotó de golpe: el miedo, la convivencia, las miradas, la protección, las noches juntos, el supermercado, las manos entrelazadas, los besos esquivos. Todo.

Gabriel la acercó más a él mientras Vera volvía a besarlo con una desesperación emocional que le rompió completamente por dentro.

Ella seguía temblando y, aun así, lo estaba besando como si él fuese lo único estable que tenía ahora mismo.

Gabriel supo que eso ya no se podía parar. Se quedó mirándola un segundo; ella lo observaba de la misma forma, así que descendió de nuevo hacia sus labios, besándola más despacio esta vez y más profundo, como si todavía estuviera intentando contener todo lo que llevaba días sintiendo por ella.

Vera se aferró a su camiseta, respirando temblorosamente entre beso y beso, mientras él la abrazaba con fuerza contra su pecho.

Gabriel deslizó una mano lentamente por su espalda, acariciándola con una suavidad que Vera jamás habría imaginado en alguien como él.

Ella levantó una mano hacia su cuello, acariciándolo despacio, y Gabriel soltó una respiración más pesada contra sus labios antes de besarla otra vez, más hambriento.

Vera sintió cómo el corazón le latía tan fuerte que casi dolía y, cuando Gabriel bajó lentamente los labios hacia su mandíbula, dejó de pensar.

Los besos descendieron lentamente por su cuello mientras él la sujetaba con firmeza por la cintura.

Vera cerró los ojos automáticamente al sentir cómo le rozaba la piel con una calma medida y peligrosa.

—Gabriel… —susurró.

Él levantó la cabeza, mirándola unos segundos. Había algo en sus ojos ahora… algo mucho más intenso, más deseo que control.

Aun así, volvió a besarla despacio, como si quisiera asegurarse de que seguía bien, siempre pendiente de ella.

Gabriel deslizó entonces la mano lentamente por debajo del camisón, acariciándole suavemente la pierna.

Vera exhaló temblorosa, aferrándose más a él.

Gabriel apoyó la frente un segundo contra la de ella, intentando recuperar algo de control, y Vera volvió a besarlo inmediatamente. Aquello acabó con cualquier intención de detenerse.

Se incorporó lo suficiente para quitarse la camiseta del pijama con un movimiento rápido antes de volver hacia ella. Vera dejó escapar el aire al verlo.

Ella acarició distraídamente sus hombros, tratando de respirar con normalidad, y Gabriel terminó sonriendo antes de rodearle suavemente la cintura.

La levantó en brazos sin previo aviso y Vera soltó un grito de sorpresa, aferrándose a Gabriel, que volvió a besarla lentamente mientras sus manos recorrían su cintura con una calma que contrastaba con la intensidad que llevaba dentro.

Estaba perdiendo el control. Y lo sabía.

Vera lo miraba desde el colchón con las mejillas sonrojadas, respirando rápido, acariciándole los hombros desnudos como si no pudiera creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad.

Gabriel deslizó entonces las manos hacia los tirantes finos del camisón, despacio, dándole tiempo para detenerlo si quería, pero Vera no lo hizo.

Sostuvo su mirada mientras él le apartaba suavemente la tela de los hombros y la hacía descender lentamente por sus brazos. Cuando el camisón terminó cayendo a un lado de la cama, Gabriel dejó de respirar un segundo.

Vera era preciosa, muchísimo más de lo que había imaginado.

La observó como si quisiera memorizarla antes de volver a besarla con una intensidad completamente distinta, más profunda y necesitada.

Vera respondió al instante rodeándole el cuello con los brazos mientras sentía la piel cálida de Gabriel contra la suya. Aquello sí que terminó de deshacerla.

Él la abrazó con fuerza contra su pecho desnudo mientras sus manos recorrían lentamente su espalda y su cintura.

Todo en Vera era suavidad: su piel, sus manos, la forma delicada en que lo acariciaba.

Gabriel cerró los ojos un segundo al sentir cómo ella deslizaba lentamente las manos por su espalda. El contraste lo volvió completamente loco. Él era fuerza, músculo y control; Vera parecía hecha exactamente para derribar todas sus defensas.

La besó otra vez, más despacio ahora, descendiendo lentamente por su cuello y paseando su lengua por su clavícula hasta llegar a uno de sus pechos. Vera contuvo el aliento cuando sintió sus labios sobre la piel sensible de sus senos.

—Gabriel… —susurró.

Vera cerró los ojos y soltó una respiración entrecortada mientras él la besaba con una mezcla peligrosa de deseo y cuidado, como si estuviera intentando contenerse y al mismo tiempo ya no pudiera hacerlo.

Justo en ese momento, Gabriel tuvo un pensamiento que le atravesó por completo: lo frágil que parecía Vera entre sus brazos y la necesidad brutal que sentía de protegerla de absolutamente todo, de aquellos hombres, del miedo y del mundo entero si hacía falta.

Aquello ya no era solo deseo, era algo muchísimo peor.

Vera deslizó lentamente la palma de la mano sobre el pecho de Gabriel, acariciándolo despacio, y sintió inmediatamente cómo los músculos se tensaban bajo sus dedos.

Él levantó lentamente la cabeza, contemplándola, respirando más rápido, con los ojos mucho más oscuros que antes. Vera pensó exactamente lo mismo que llevaba pensando desde que lo conoció: que Gabriel era peligroso para su estabilidad emocional.

Lo que habían comenzado ya era imparable.

Gabriel se hizo a un lado y acabó de quitarle la ropa interior, luego hizo lo mismo con él y se situó entre sus piernas. Ella lo rodeó rápidamente con los brazos, aproximándose a él, aceptando cada movimiento de Gabriel.

La besó apasionadamente mientras acariciaba su cintura y su pierna y comenzó a entrar en ella.

Fue delicado, aunque la piel de Vera y sus caricias lo tenían totalmente encendido.

Intentó controlarse y enterró su rostro en su hombro una vez entró del todo, sintiendo cómo ella lo apretaba con sus brazos. A vera se le escapó un gemido.

Él miró su perfil.