18 #2
—¿Qué significa “vio demasiado”? —Raúl dudó otra vez y Gabriel comenzó a perder la poca paciencia que le quedaba—. Raúl. —Miró su muñeca—. Llevas seis minutos sentado frente a mí. Ya deberías haber entendido cuándo dejo de preguntar amablemente.
El hombre respiró hondo.
—El hombre que salió de la nave… el que dio la orden de cogerla…
Gabriel no apartó la vista de él ni un segundo.
—Sigue.
—Era importante.
—¿Importante cómo?
Raúl bajó la voz casi por instinto.
—Nivel cártel importante.
Medina maldijo por lo bajini y Gabriel sintió cómo el vello de su cuerpo se erizaba. Vera no tenía ni idea de lo realmente cerca que había estado de algo muy grande y muy peligroso.
Raúl Ortega seguía hablando ahora casi atropelladamente.
—Cuando escapó la noche del operativo, pensaron que no había llegado a verlo bien… pero luego ella habló con la policía y quisieron asegurarse.
Gabriel frunció ligeramente el ceño.
—¿Asegurarse de qué?
El detenido levantó lentamente la vista y la respuesta cayó como una losa dentro de la sala.
—De si podían dejarla vivir.
Medina apartó la mirada un segundo y Gabriel se quedó completamente quieto, demasiado quieto.
Raúl empezó a ponerse nervioso otra vez al ver la expresión de Gabriel cambiar lentamente.
—Yo no iba a hacerle ningún daño, lo juro.
Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa, levantándose despacio, lo que provocó que el detenido retrocediese en la silla. Ahora mismo había algo aterrador en él, algo contenido.
—Pero alguien sí pensaba hacerlo.
Raúl no respondió, no hacía falta.
Gabriel sostuvo su mirada unos segundos más antes de girarse hacia Medina.
—Necesitamos protección permanente.
—Ya lo sé.
—No parcial. —La voz sonó dura y cortante—. Permanente.
Medina asintió lentamente, pues entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Gabriel ya no estaba reaccionando solo como operativo, aquello era personal ahora, muy personal.
Gabriel miró de nuevo al detenido y se giró hacia Medina, el cual permanecía apoyado contra la pared. Él ya tenía lo que quería, ahora el resto de sus compañeros seguirían con el interrogatorio intentando dar con aquel tal Salcedo, pero la voz del detenido lo detuvo antes de llegar a la puerta.
—Oye… —Gabriel se detuvo sin girarse—. Si fuera ella… yo no volvería a salir sola. Por primera vez desde que empezó el interrogatorio, sintió miedo de verdad. No por él, sino por Vera.
Gabriel salió de la sala de interrogatorios con la mandíbula completamente tensa. Medina lo siguió en silencio varios metros por el pasillo antes de hablar.
—Robles.
Gabriel no se detuvo.
—No.
Medina frunció ligeramente el ceño.
—¿No qué?
Gabriel se giró finalmente hacia él con aquella mirada peligrosa, la que aparecía cuando estaba conteniéndose demasiado.
—No pienso dejarla sola otra vez.
Medina lo observó unos segundos.
—Gabriel…
—Han estado siguiéndola durante días. —La voz salió seca y fría—. Han averiguado dónde trabaja. Han conseguido acercarse lo suficiente para susurrarle al oído en un supermercado lleno de gente… y ahora resulta que están decidiendo si la dejan vivir.
El pasillo quedó completamente en silencio unos segundos.
No había mucho que responder a eso.
Gabriel se pasó una mano por la nuca intentando controlar la rabia que seguía hirviéndole dentro.
—No vuelvas a culparte por lo del supermercado —dijo Medina finalmente—. Lo hiciste bien. Eras tú solo.
Gabriel sonrió secamente, sin humor.
—Pues pon más agentes, ya —ordenó a su superior antes de girarse.
Aquellas palabras dejaron claro algo importantísimo: Gabriel estaba entrando en una zona peligrosamente emocional. Ya no pensaba solo como un agente, pensaba como un hombre que no soportaba imaginar que le pasara algo a Vera.
Medina lo conocía demasiado bien para no verlo.
—¿Te das cuenta de que empiezas a implicarte demasiado? —Gabriel se giró y le sostuvo la mirada. No respondió, lo cual era peor, porque significaba que sí, que era cierto. Medina suspiró despacio—. Perfecto. Justo lo que necesitaba. Un GEO emocionalmente comprometido.
Gabriel apoyó ambas manos sobre la cintura, mirando al suelo un segundo antes de hablar.
—Cuando la he visto agarrándome la mano… pensé que iba a romperse allí mismo.
Medina suavizó la expresión.
Gabriel no era un hombre emocional. No hablaba de miedo ni de preocupaciones… y muchísimo menos de mujeres.
—¿Está muy mal?
Gabriel levantó lentamente la vista.
—Mucho más de lo que intenta aparentar.
Luego Medina habló con calma.
—Ve con ella. Yo sigo con esto. Ahora mismo ella te necesita más. —Gabriel asintió finalmente y se giró—. Robles… —Él se detuvo—, ten cuidado.
Gabriel giró la cabeza.
—¿Con qué?
Medina sostuvo su mirada unos segundos.
—Con enamorarte de una mujer a la que alguien quiere matar.
Gabriel no respondió. Y aquel era el verdadero problema, porque probablemente ya estaba ocurriendo.
Salió finalmente de la zona de interrogatorios atravesando los pasillos de la unidad con la cabeza funcionando demasiado deprisa.
“Salcedo. Cártel. Decidir si la dejan vivir” .
—Joder.
Aquello ya no era una operación puntual, era protección real… y eso cambiaba absolutamente todo.
Entró directamente en la zona restringida de equipamiento mientras varios agentes levantaban la vista al verlo pasar y abrió su taquilla metálica con movimientos rápidos y precisos.
Dentro tenía el equipo táctico: chaleco, documentación y la caja de seguridad donde guardaba el arma reglamentaria cuando estaba dentro de las instalaciones.
La abrió y, durante un segundo, se quedó mirando la pistola apoyada dentro, negra y compacta. Como GEO, podía llevar su arma siempre que quisiese, incluso llevársela a casa. Lo hacía muchas veces, pero esta vez era más necesario que nunca.
Esta vez el pensamiento fue distinto, era Vera. Vera temblando en mitad de un supermercado, agarrándole la mano y pidiéndole que no la dejara sola.
Gabriel cogió el arma lentamente, comprobándola con movimientos automáticos antes de colocarla bajo la sudadera en la funda interior.
Cerró la taquilla más fuerte de lo normal, sin poder controlar su furia, hasta que uno de sus compañeros apareció allí.
—Medina me envía contigo para vigilancia por el tema de Vera —Gabriel aceptó—. ¿Cómo ha ido?
Gabriel empezó a caminar hacia la salida.
—Peor de lo que esperaba.
Tomás frunció ligeramente el ceño, siguiéndolo.
—¿Tan grave es?
Gabriel tardó dos segundos en responder.
—No quieren intimidarla. Quieren decidir si es un problema.
Tomas maldijo inmediatamente y ambos siguieron caminando rápido hacia el aparcamiento.
—¿Ella sabe algo?
—No todo.
—¿Y vas a contárselo?
Esa era la cuestión. Decirle la verdad significaba más miedo y más ansiedad, pero ocultárselo… ya no parecía posible.
Subió al vehículo y arrancó inmediatamente mientras Tomás se reunía con otro compañero y ambos tomaban otro vehículo.
El trayecto hacia el apartamento fue peor que el primero que realizó con Vera. Ahora no podía dejar de imaginar cosas.
Escenarios, errores, distancias, tiempos de reacción… todo, y el peor pensamiento de todos seguía repitiéndose solo: ¿Qué habría pasado si el hombre del supermercado hubiese llevado un arma?
Golpeó el volante varias veces mientras su respiración se aceleraba.
Cuando llegó al edificio ya había dos agentes discretamente colocados en el exterior, vigilando accesos.
Bien, por fin algo correcto.
Subió rápidamente al apartamento y, en cuanto abrió la puerta, escuchó la voz de Vera desde el salón.
—¿Gabriel?
Algo dentro de él se relajó inmediatamente al escucharla bien.
Carlos estaba sentado en la cocina con una taza de café mientras Vera permanecía en el sofá abrazando un cojín enorme, aún con los ojos algo rojos.
Ella levantó rápidamente la vista al verlo entrar.
—Hola —dijo ella bajito.
Carlos se levantó automáticamente.
—Os dejo solos.
Gabriel asintió y esperó hasta escuchar que la puerta se cerraba.
El salón quedó en silencio. Vera seguía mirándolo desde el sofá, más callada de lo habitual, y Gabriel dejó lentamente las llaves sobre la encimera antes de acercarse a ella. Abrió su chaqueta y dejó el arma sobre la mesa. Ella tragó saliva al verla, pero no dijo nada al respecto.
—¿Cómo estás?
Ella intentó sonreír un poco.
—Creo que sigo en shock.
La sinceridad de la frase le dolió muchísimo más de lo esperado.
Gabriel terminó sentándose junto a ella en el sofá y Vera, casi sin pensarlo, se acercó inmediatamente un poco más, buscando seguridad.
—¿Han dicho algo? —preguntó bajito.
Gabriel la observó unos segundos y supo inmediatamente dos cosas: no quería mentirle ni asustarla más de la cuenta. Algo incompatible.
—Sí.
Ella tragó saliva.
—¿Muy malo?
Gabriel pasó lentamente una mano por su pelo, apartándoselo de la cara, un gesto tan natural que ninguno de los dos pareció darse cuenta realmente.
—Estoy trabajando para que no llegue a serlo.
Vera lo observó unos segundos y entonces, muy despacio, apoyó la cabeza en su hombro, como si fuese lo más normal del mundo.
Gabriel cerró los ojos un instante, intentando controlar los latidos de su corazón. El verdadero problema ya no era protegerla. El verdadero problema era que empezaba a sentir que haría literalmente cualquier cosa por ella.