Manual de supervivencia para un GEO 18
72%

18

El trayecto de vuelta desde el supermercado fue muchísimo más silencioso de lo normal.

Vera seguía sentada en el asiento del copiloto, abrazándose a sí misma mientras miraba por la ventanilla, sin prestar realmente atención a nada. Gabriel no dejaba de apretar la mandíbula.

La escena se repetía en su mente una y otra vez. El momento exacto en que se alejó de ella, el segundo en que el hombre aprovechó, cómo se acercó demasiado…

Había cometido un error.

Gabriel aparcó en el subterráneo del edificio y se giró inmediatamente hacia ella.

—Vamos a subir.

Vera asintió despacio. Estaba mucho más callada de lo habitual y eso le gustaba todavía menos.

Subieron rápidamente mientras Gabriel seguía vigilando allá por donde pasaban con mucha más tensión que antes.

Cuando entraron al apartamento, Gabriel dejó las bolsas sobre la cocina y Vera se quedó quieta unos segundos en mitad del salón, como si de pronto no supiera muy bien qué hacer.

Gabriel observó cómo se abrazaba ligeramente los brazos y seguía temblando.

Iba a ir hacia ella cuando llamaron a la puerta con tres golpes.

Gabriel abrió inmediatamente y Carlos apareció al otro lado vestido de paisano.

—Han cogido al tipo —dijo directamente.

Vera levantó la cabeza desde el salón y Gabriel sintió cómo su cuerpo se tensaba.

—¿Dónde?

—Intentaba salir en coche del aparcamiento exterior. Medina quiere verte ya.

Gabriel asintió y miró a Vera. No quería dejarla sola ni cinco minutos en ese momento.

Carlos pareció darse cuenta enseguida.

—Ya me quedo yo con ella. —Gabriel dudó un segundo, algo raro en él—. Estará bien conmigo —añadió con suavidad.

Vera levantó ligeramente la vista hacia Gabriel y el simple hecho de verla todavía nerviosa hizo que algo dentro de él se tensara más aún.

Se acercó despacio hasta ella.

—Tengo que ir.

Ella intentó sonreír un poco.

—Sí, claro.

Gabriel bajó ligeramente el tono de voz.

—Carlos se queda aquí.

Vera asintió despacio otra vez y se acercó un poco más.

—¿Vas a volver pronto?

Aquello le golpeó directamente en el pecho, Vera nunca preguntaba cosas así.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos.

—Sí.

Ella tragó saliva y asintió.

—Vale.

Él dudó un instante más y terminó apartándole suavemente un mechón de pelo de la cara.

Vera lo observó unos segundos completamente quieta. Gabriel tuvo que obligarse a apartarse antes de hacer algo muchísimo menos profesional y Carlos carraspeó brevemente desde la entrada.

—Voy a fingir que no he visto eso.

Gabriel lo ignoró mientras iba hacia la puerta de su piso.

Media hora después ya estaba entrando en la sala de análisis junto a Medina.

El ambiente allí era completamente distinto al del apartamento. Frío, operativo y tenso.

Pantallas encendidas, agentes moviéndose, grabaciones abiertas del supermercado…

Medina lo esperaba con los brazos cruzados frente a uno de los monitores.

—¿Cómo está ella?

Gabriel se acercó a la mesa.

—Asustada. —La palabra salió seca y directa. Medina entendió inmediatamente el nivel del problema—. Enséñamelo.

Uno de los técnicos reprodujo la grabación.

Las cámaras mostraban perfectamente a Vera empujando el carrito, hablando y riendo. Luego el seguimiento. El hombre aparecía detrás de ellos varios pasillos antes, observando y esperando.

Gabriel sintió cómo se le endurecía automáticamente la expresión.

Ahora lo veía todo claro. El tipo había estado estudiando el momento exacto para acercarse.

La imagen mostró el instante exacto en que Gabriel se apartaba hacia el primer sospechoso, dejando a Vera expuesta justo cuando el segundo hombre aparecía a su espalda, con un sigilo milimétrico.

—Mierda —murmuró uno de los agentes.

Gabriel no dijo nada. Su mirada estaba clavada en el segundo exacto en que Vera se quedaba paralizada cuando el hombre le hablaba al oído.

La pantalla congeló la imagen justo ahí y la rabia se apoderó de él.

Medina lo observó de reojo.

—No fue culpa tuya, Robles.

Gabriel seguía mirando la pantalla.

—La dejé sola.

—Tres segundos —puntualizó Medina.

—Suficientes.

Un agente entró rápidamente en la sala.

—Tenemos al detenido preparado.

Medina asintió y Gabriel levantó lentamente la cabeza con la expresión completamente distinta ahora, más fría y peligrosa.

La sala de interrogatorios era exactamente tan fría e incómoda como Vera habría imaginado. Luz blanca, mesa metálica, paredes grises y, sentado al otro lado, estaba el hombre del supermercado.

Treinta y pocos años, barba corta, sudadera negra… y ahora parecía mucho menos intimidante, sobre todo después de descubrir que lo habían detenido los GEO.

Gabriel entró el último y el detenido levantó automáticamente la vista hacia él.

Gabriel ya no tenía nada que ver con el hombre que cocinaba pollo, el que veía películas o el que sonreía con Vera. Ahora era otra cosa completamente distinta.

Tomó asiento lentamente frente a él, sin decir absolutamente nada, y el silencio empezó a volverse incómodo muy rápido.

Medina permaneció apoyado contra la pared, observando y esperando.

El detenido intentó sostenerle la mirada a Gabriel unos segundos, pero fracasó. Había algo inquietante en él cuando estaba completamente serio.

Gabriel apoyó despacio ambos codos sobre la mesa.

—Cuál es tu nombre.

—Ya se lo he dicho al otro policía.

Gabriel ni pestañeó.

—Tu nombre.

El hombre resopló con resignación.

—Raúl Ortega.

Gabriel asintió una vez.

—¿Quién te mandó al supermercado?

—No sé de qué hablas.

Gabriel se quedó completamente quieto y aquello resultó muchísimo más incómodo que si hubiese gritado.

—Te doy una sola oportunidad para hacerlo fácil. Tú eliges.

El hombre soltó una risa nerviosa.

—Solo estaba comprando.

Gabriel inclinó la cabeza.

—¿Sí?

—Sí.

—Interesante, porque las cámaras te muestran siguiendo a Vera Ríos durante dieciséis minutos.

—El detenido tragó saliva con un pequeñísimo gesto, pero Gabriel lo vio—.

Y luego acercándote a ella cuando yo me aparto.

—El hombre se cruzó de brazos mientras Gabriel se echaba un poco hacia delante—.

Voy a explicarte algo, Raúl Ortega. La mujer a la que asustaste hoy está bajo mi protección.

El detenido intentó mantener la compostura.

—No la toqué.

Gabriel lo observó unos segundos y luego sonrió, aunque no era una sonrisa agradable.

—Ese es exactamente el motivo por el que sigues sentado cómodamente en esa silla.

Medina no intervino. Gabriel estaba haciendo justamente lo que mejor sabía hacer: presión psicológica.

Gabriel sacó entonces una fotografía y la dejó sobre la mesa: una captura ampliada de la cámara del supermercado de él susurrándole al oído a Vera.

—¿Sabes qué veo aquí? —El detenido no respondió—. Veo a un hombre acercándose demasiado a una persona aterrada. —Gabriel apoyó ligeramente la espalda en la silla—. Y eso me pone de muy mal humor.

El hombre tragó saliva otra vez, más visible ahora.

Gabriel lo estaba destrozando lentamente, sin levantar la voz, sin amenazas directas, solo con presencia y control… y con la certeza aterradora de que era capaz de hacer cosas horribles si quería.

Gabriel deslizó otra fotografía. Esta vez aparecía Vera agarrándole la mano aterrada dentro del supermercado.

Raúl apartó la vista un segundo.

—Ahí está. —Lo miró fijamente—. Tienes hijas, ¿verdad? —Raúl levantó la cabeza de golpe. Sabía que había tocado su primera grieta, pero Gabriel ni se inmutó—. Dos, ¿verdad? De nueve y doce años.

El detenido palideció ligeramente.

—¿Cómo…?

—Yo hago mi trabajo mejor que tú el tuyo.

Imagínate que un desconocido se acerca así a una de ellas.

—Raúl apretó la mandíbula—. ¿Qué harías?

—Gabriel se incorporó como si fuese a levantarse, pero se quedó sentado—.

¿Le partirías el cuello a esa persona al momento?

¿Lo matarías? —dijo mirándose las manos como si no le importase—.

Un hombre hace cualquier cosa por proteger lo que es suyo, ¿verdad?

—le preguntó fijando su mirada en la suya, lo que provocó que Raúl apartase sus ojos de él de inmediato y bajase la mirada.

Medina supo inmediatamente que Gabriel acababa de romperlo, que ya había instalado el miedo en el cuerpo del detenido.

Aquello no era un interrogatorio normal, sino manipulación emocional.

Gabriel dejó entonces ambas manos sobre la mesa, acercándose un poco más.

—Ahora dime algo, Raúl. ¿Quién quiere a Vera Ríos?

El hombre respiró hondo.

—Solo… solo teníamos que confirmar que seguía con la policía.

Gabriel se quedó completamente quieto.

—¿Quién dio la orden? —Raúl dudó—. No desperdicies la oportunidad de salir caminando de aquí.

El hombre cerró los ojos un segundo y cuando volvió a abrirlos ya estaba derrotado. Aquel hombre era realmente un cobarde.

—Un tipo al que llaman Salcedo.

Medina y Gabriel intercambiaron una mirada rápida. Ambos entendieron inmediatamente algo horrible: aquella orden partía de mucho más arriba de lo que pensaban.

El silencio dentro de la sala se volvió todavía más pesado.

Salcedo. Gabriel repitió el nombre mentalmente mientras observaba fijamente al detenido, pues había algo en la forma en que lo había dicho que no le gustaba nada.

Medina se incorporó lentamente desde la pared.

—¿Quién es Salcedo?

Raúl se pasó una mano temblorosa por la cara.

Ya no parecía desafiante ni duro. Ahora parecía exactamente lo que era: un intermediario asustado.

—No lo conozco en persona. Solo recibo órdenes.

Gabriel siguió completamente quieto.

—¿Qué órdenes? —Raúl dudó un segundo—. Piensa bien cuánto quieres proteger a gente que te usaría de escudo humano sin pestañear. —El hombre tragó saliva—. Porque ahora mismo ellos siguen libres y tú estás aquí. Solo.

Aquello terminó de hundirlo.

Raúl bajó la cabeza unos segundos antes de responder.

—Solo querían vigilarla.

—¿Por qué? —preguntó Medina.

El detenido miró directamente a Gabriel y, por primera vez, parecía sinceramente incómodo.

—Porque el jefe piensa que vio demasiado aquella noche.

El aire de la sala cambió inmediatamente y Gabriel apretó lentamente la mandíbula.