Manual de supervivencia para un GEO 17 #3
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17 #3

Aquello ayudó muchísimo más de lo que debería.

Vera respiró hondo e intentó no ponerse nerviosa mientras Gabriel seguía atento a cualquier movimiento a su alrededor.

El hombre apareció al final del pasillo unos segundos después y cuando vio a Gabriel observándolo directamente, se detuvo.

Gabriel se colocó un poco más delante de Vera.

Ella apenas podía verlo detrás de él.

—¿Qué hacemos? —preguntó bajito.

Gabriel seguía mirando fijamente al hombre.

—Comprar rápido e irnos.

El hombre fingió coger algo de una estantería, pero seguía mirándolos y Vera empezó a sentir otra vez esa sensación horrible en el estómago.

De golpe, todo parecía demasiado pequeño: el pasillo, las luces, la distancia hasta la salida…

Gabriel notó inmediatamente cómo se tensaba detrás de él, así que, sin apartar la vista del tipo, buscó su mano y la agarró fuerte.

Vera apretó automáticamente los dedos alrededor de los suyos y, aunque seguía asustada, el simple hecho de que Gabriel estuviera allí delante de ella hacía que todo pareciera un poco menos terrible.

El hombre permanecía al final del pasillo fingiendo mirar productos, pero Gabriel ya sabía perfectamente que aquello no era normal. Aquel hombre estaba demasiado pendiente y quieto. Su alarma se encendió cuando el hombre metió lentamente la mano dentro de la chaqueta.

El cuerpo entero de Gabriel reaccionó automáticamente.

Adrenalina, alerta, entrenamiento… su mente reaccionó rápidamente. Un arma.

En menos de un segundo ya estaba avanzando directamente hacia él, dejando atrás el carro y a Vera.

—Gabriel… —empezó ella alarmada.

Pero él ya iba hacia el hombre con intención clarísima de neutralizarlo antes de que pudiera sacar nada.

El tipo levantó rápidamente ambas manos y luego sacó un móvil, un simple móvil.

Gabriel frenó a dos metros de él, observándolo fijamente mientras el hombre desbloqueaba la pantalla mostrando una lista de la compra completamente absurda que pudo leer desde allí: pan, leche, detergente…

Mierda.

El tipo lo miró claramente incómodo.

—¿Perdone? ¿Qué se le ofrece?

Gabriel seguía tenso. Algo seguía sin encajarle. Entonces escuchó detrás un pequeño sonido ahogado.

Se giró inmediatamente y vio a otro hombre justo detrás de Vera, muchísimo más cerca de lo que debería.

Vestía con chaqueta negra y capucha oscura, así como una gorra.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza hacia ella y le susurró algo al oído.

Vera se quedó completamente inmóvil, pálida y en shock.

—¡Vera! —Gabriel ya estaba corriendo hacia ella—. ¡Eh! —gritó hacia el hombre.

El hombre levantó inmediatamente la cabeza y salió huyendo entre los pasillos del supermercado, empujando un carrito.

—¡Alto!

Gabriel estuvo a punto de salir detrás de él por puro instinto, pero cuando llegó junto a Vera y la vio, ella estaba completamente quieta y temblando, con unos ojos que expresaban puro miedo.

Todo cambió de repente.

—¿Estás bien? —preguntó, sujetándole ambos brazos.

Ella tardó un segundo en reaccionar.

—Sí… sí…

Gabriel miró hacia la salida, justo a tiempo de ver al hombre perderse entre la gente y los carros. Maldita fuera su estampa.

Estuvo a punto de salir corriendo tras él, pero justo cuando dio un paso, Vera le agarró la mano con fuerza y aquello lo detuvo en seco.

—No… —susurró ella—. No me dejes, por favor.

Gabriel sintió algo romperse dentro del pecho al escucharla decir eso. Vera estaba aterrada de verdad, no fingía ni bromeaba… estaba muy asustada.

Él miró un segundo hacia la salida y luego volvió a mirarla a ella.

—No voy a dejarte.

La atrajo directamente hacia él, abrazándola con fuerza mientras notaba cómo empezaba a temblar entre sus brazos.

—Mierda, mierda, mierda —susurró Gabriel mientras activaba el comunicador del auricular—.

Posible contacto confirmado. Varón caucásico, sudadera negra, gorra gris oscura, unos treinta y cinco años, barba corta.

Acaba de salir corriendo por la entrada principal del supermercado. Repito: sujeto huyendo.

La respuesta llegó instantáneamente por el pinganillo.

—Recibido. Lo tenemos.

Gabriel seguía abrazando a Vera mientras notaba literalmente cómo le temblaban las manos agarradas a su sudadera.

Aquello desató en él una rabia brutal. Alguien se había acercado lo suficiente para tocarla… y asustarla.

—Eh… mírame —murmuró más suave, bajando la cabeza hacia ella. Vera levantó lentamente la vista y Gabriel sintió un golpe seco en el pecho al ver que tenía lágrimas en los ojos—. ¿Qué te ha dicho?

Ella tragó saliva intentando respirar bien.

—Sabía cómo me llamaba… —su voz tembló. Gabriel apretó automáticamente la mandíbula—. Me ha dicho “hola, Vera”. —Una lágrima terminó resbalando por su mejilla.

Gabriel volvió a abrazarla, apretándola contra su pecho mientras cerraba los ojos un segundo.

Aquello dejó de ser una amenaza lejana. Ahora era real.

Miró hacia los lados, asegurándose de que no había nadie más cerca, aunque el grito de él y su posterior gesto, abrazándola, habían captado la atención de todas las personas que se encontraban en aquel pasillo.

—Vámonos —dijo sin soltarla.