17 #2
Los ojos de Vera se abrieron de par en par.
—Madre mía… qué miedo —ironizó.
Gabriel se incorporó finalmente, ofreciéndole una mano para levantarla, casi como si firmasen un tratado de paz. Ella se sujetó y Gabriel la impulsó hacia arriba para ayudarla a levantarse.
Se soltaron de la mano y ella apartó la mirada de él rápidamente. Joder, ni siquiera comprendía lo que acababa de suceder. De lo que estaba segura era de que ambos acababan de cruzar una línea muy peligrosa.
El apartamento de Gabriel había dejado oficialmente de parecer el de Gabriel Robles, y aquello empezaba a ser preocupante.
Durante años, el piso había sido orden, silencio, colores neutros y rutina. Ahora había velas aromáticas, mantas suaves, revistas de bodas, una planta nueva junto al ventanal y una taza rosa enorme al lado de la cafetera.
Gabriel estaba entrenando en el gimnasio cuando empezó a escuchar movimiento sospechoso en el salón.
El silencio normalmente significaba que todo estaba bien; sin embargo, el ruido significaba que Vera andaba cerca.
Terminó la serie de pesas y salió del gimnasio con una toalla alrededor del cuello y la camiseta negra ajustada pegada al cuerpo por el sudor.
Se quedó paralizado en mitad del pasillo. Aquello no podía ser verdad.
—¿Qué has hecho?
Vera levantó la cabeza desde el sofá. Tenía el portátil sobre las piernas, el pelo recogido deprisa y vestía una sudadera gris enorme de Gabriel que prácticamente le cubría medio cuerpo.
Aquello no ayudaba absolutamente nada a la estabilidad mental de ningún hombre.
—¿Qué? —preguntó ella inocentemente.
Gabriel observó lentamente el salón.
Los cojines habían cambiado de sitio, había flores nuevas sobre la mesa y una manta amarilla descansaba ahora perfectamente doblada sobre su sofá gris.
—Tu piso es aburrido —explicó Vera tranquilamente—. Estoy mejorándolo.
Gabriel se pasó una mano por la barbilla y observó la manta como si hubiese aparecido un cadáver en el salón.
—¿Por qué hay color aquí?
—¡Porque eres un ser humano!
Él seguía mirando el salón con la sensación de haber sido traicionado.
—Mi casa estaba perfectamente.
—Tu casa parecía la de un hombre divorciado.
Gabriel la miró lentamente.
—Tengo veintiocho años.
—Exacto. Una edad peligrosísima para comprar muebles grises y rendirse ante la vida.
Él decidió ignorar por completo el comentario porque seguía fijándose en ella y en la sudadera, demasiado grande sobre su cuerpo. Las mangas le cubrían casi las manos y el cuello le caía ligeramente hacia un hombro.
—Llevas mi ropa puesta.
Vera bajó automáticamente la vista hacia la sudadera.
—Ah. Sí. La mía estaba lavándose —respondió sin darle importancia. Gabriel seguía observándola y aquello empezó a ponerla ligeramente nerviosa—. ¿Qué?
—Te queda enorme.
Ella levantó una ceja lentamente.
—Bueno, es que tú eres enorme.
Gabriel soltó aire lentamente por la nariz y se acercó un poco más al sofá.
—Vera…
—¿Qué? Es cierto, me he perdido varias veces en ella hasta poder encontrar la salida…
—Él terminó apoyándose detrás del sofá, mirándola—.
Además —continuó ella rápidamente, intentando pensar en otra cosa—, esta sudadera huele a ti.
—Vera cerró los ojos un segundo—. Quería decir…
a detergente, a gimnasio, no, a gimnasio no…
a… hombre grande. No sé. Voy a callarme.
Gabriel ya estaba aguantándose la risa otra vez.
—¿Hombre grande?
Ella señaló hacia él y se hundió más en el sofá, cruzándose de brazos dentro de la sudadera gigante.
Ahora mismo estaba adorable.
—No entiendo cómo puedes vivir aquí sin volverte loco —murmuró, mirando a su alrededor.
—Vivía perfectamente antes de que llegaras tú.
Ella levantó la cabeza inmediatamente.
—Ajá. ¿Y quién le daba personalidad a este piso?
—Mi piso no necesita personalidad.
—Tu salón parece una sala de espera del gobierno.
Gabriel se giró y observó la planta con flores rosas. Suspiró y negó con la cabeza. Había aprendido que era mejor no decir nada.
Vera seguía acurrucada en el sofá, envuelta en la sudadera gigante, mientras Gabriel observaba resignado cómo su apartamento iba perdiendo poco a poco todo atisbo de minimalismo. Y lo peor era que ya ni siquiera le molestaba tanto.
Ella levantó ligeramente la cabeza, mirándolo otra vez.
—¿Has acabado ya de entrenar?
Gabriel cogió la botella de agua de la mesa.
—Sí.
—¿Entrenas todos los días?
—Casi.
Vera hizo una mueca.
—Qué agotadores sois los hombres disciplinados.
—Tú hablas sola con un cactus.
—Manolito escucha sin juzgarme.
Vera jugueteó distraídamente con una de las mangas enormes de la sudadera antes de hablar otra vez.
—Creo que tendría que ir a comprar.
Gabriel levantó la vista hacia ella.
—¿Comprar qué?
—Comida. Tu nevera está casi vacía. Solo tienes verdura, pollo, huevos y algo de pescado…
—Comida normal —indicó él.
—No tienes nada dulce —pronunció ella, como si se quejase.
—Mi dieta funciona perfectamente.
—Necesitamos más comida para sobrevivir. —Él decidió ignorar el comentario mientras bebía agua—. ¿Puedes dejarme algún carro de la compra o algo así? Porque voy a necesitar muchas bolsas.
Gabriel frunció ligeramente el ceño.
—No vas a salir sola.
Vera dejó caer lentamente la cabeza hacia atrás sobre el sofá.
—Puedo ir so…
—No.
—Llevo días encerrada —se quejó.
—Es por tu seguridad.
Ella resopló cruzándose mejor dentro de la sudadera.
—Ya lo sé, pero empiezo a sentirme un poco… atrapada.
Lo dijo con una sinceridad que abrumaba.
Gabriel la observó unos segundos. La entendía, porque él también estaba cansado. Cansado de vivir pendiente de amenazas, de mirar constantemente ventanas, de controlar horarios y de dormir en alerta, pero aquello seguía siendo necesario.
—Yo también estoy agobiado —admitió finalmente.
Vera levantó la vista, sorprendida, y él se pasó una mano por el cuello todavía húmedo por el entrenamiento.
—Pero es lo que hay ahora mismo.
Ella suspiró lentamente y durante un segundo ambos parecieron agotados exactamente por el mismo motivo: la tensión constante.
—Cuando me duche, te acompaño a comprar.
Vera levantó automáticamente la cabeza.
—¿Sí?
Él asintió.
—Sí, avisaré a seguridad. Y de paso llenamos la nevera. Así dejarás de criticar mi alimentación.
Ella sonrió inmediatamente.
—Sabía que, pese a ser GEO, eras un hombre razonable —bromeó.
Gabriel empezó a caminar hacia su habitación.
—No te emociones. Solo necesito comida.
—Claro. Y yo solo reorganizo tu salón por motivos humanitarios.
Él negó con la cabeza mientras desaparecía por el pasillo y Vera se quedó sonriendo sola dentro de aquella sudadera enorme.
El supermercado estaba lleno para ser un martes por la tarde.
Carros chocando, niños corriendo entre pasillos, música suave sonando por los altavoces y Vera emocionada, empujando el carro como si aquello fuese una excursión.
Gabriel caminaba a su lado, vestido con una sudadera negra y esa expresión seria y permanente que hacía que la gente se apartara ligeramente cuando pasaba cerca.
Seguía vigilando absolutamente todo: entradas, salidas, reflejos, personas… Mientras tanto, Vera analizaba yogures.
Gabriel llevaba una mano apoyada en el carro y observaba automáticamente el fondo del pasillo.
Ella levantó un paquete de cereales coloridos.
—¡Qué ricos! —Él la miró, como si no estuviese muy seguro de comprar aquello—. Además, tienen dibujitos felices.
Gabriel suspiró y se giró para mirar a su alrededor, así que Vera aprovechó inmediatamente para meter los cereales en el carro.
—Perfecto. Gané.
Siguieron avanzando mientras ella seguía llenando el carro de cosas que Gabriel no habría comprado por voluntad propia: galletas, helado, velas pequeñas, palomitas y una planta diminuta.
Él se detuvo mirando la maceta.
—No necesitamos otra planta.
—Necesitas color y cariño en ese piso.
—Las plantas no dan eso.
—Habla por ti. Manolito sí me lo da.
Gabriel iba a responder cuando algo llamó su atención al otro lado del pasillo.
Un hombre con gorra gris y chaqueta oscura los miraba.
El cuerpo entero de Gabriel se puso en tensión.
El hombre apartó rápidamente la vista, fingiendo mirar productos lácteos.
Mierda.
Gabriel agarró inmediatamente el brazo de Vera y ella dio un pequeño respingo.
—¿Qué pasa?
—Ven conmigo.
La forma en que lo dijo hizo que ella dejara de bromear automáticamente. Gabriel la condujo rápidamente hacia otro pasillo, alejándola del hombre mientras seguía observando reflejos en los congeladores.
Vera empezó a notar cómo el corazón se le aceleraba. Conocía perfectamente ese tono suyo, el serio de verdad.
—¿Qué… qué pasa?
Él colocó el carro delante de ella y se situó prácticamente detrás, bloqueándole parte del cuerpo con el suyo mientras fingía observar productos de limpieza, protegiéndola.
—No mires atrás todavía —murmuró.
El miedo le golpeó instantáneamente en el pecho.
—¿Es… por ese hombre?
Gabriel seguía observando el reflejo del congelador.
—No lo sé.
Esa fue una mentira parcial, pues aquel hombre llevaba siguiéndolos desde la entrada.
Vera tragó saliva e intentó mantener la calma.
Él notó inmediatamente el cambio en su respiración, bajó un poco la voz, más firme y calmada ahora, y la hizo girar levemente hacia él.
—Eh. Mírame.
Ella levantó la vista automáticamente. Ahí estaba otra vez, esa tranquilidad rara que solo aparecía cuando él intentaba protegerla.
—Todo está bien —dijo él suavemente—. Estoy contigo.