16 #2
Aquel hombre entrenado para operaciones antiterroristas acabó agachándose delante de una mesa decorada con flores para hablar con un niño que estaba comiendo macarons como si no existiese un mañana.
—Hola.
El niño levantó la cabeza lentamente y se sorprendió al ver a Gabriel.
—Oh, oh —dijo el niño con una vocecilla infantil.
Gabriel ya empezaba a sospechar que esa frase iba a perseguirlo toda la vida.
—¿Qué haces ahí debajo?
—Escondiéndome.
—Eso ya lo veo.
El niño señaló los macarons .
—Me he comido muchos.
Vera intervino inmediatamente.
—Diecisiete —comentó ella situándose al lado de Gabriel.
—¡Vera! —exclamó el niño.
Gabriel tuvo que apretar los labios para no reírse.
—Esa es una cantidad preocupante.
El niño miró entonces a Gabriel con admiración absoluta.
—¿Eres policía?
Vera sonrió ampliamente.
—Es más que policía.
Gabriel la miró lentamente y ella se encogió de hombros inocentemente.
—¿Has matado a alguien? —preguntó el niño, fascinado.
—¡Mateo! —exclamó Vera.
Gabriel se pasó una mano por el cabello.
—No.
—¿Pero podrías?
Vera ya estaba tapándose la cara, intentando no morirse de vergüenza y Gabriel… Gabriel terminó soltando una risa baja otra vez.
Aquella situación era tan absurdamente ridícula que incluso él había dejado de intentar mantener la compostura.
El niño seguía mirándolo fascinado desde debajo de la mesa.
—Seguro que sí has matado a alguien.
—Mateo, por favor, deja de interrogar al GEO —murmuró Vera.
Pero Mateo ya había decidido que Gabriel era la mejor persona que había conocido nunca.
—¿Tienes pistola?
Gabriel lo observó unos segundos.
—Ahora mismo… no.
Los ojos del niño brillaron.
—Madre mía.
Gabriel suspiró e indicó al niño que se acercase.
—Vale. Sal de debajo de la mesa.
Mateo abrazó los macarons como si fuesen bienes nacionales.
—No.
—Mateo… —pronunció Gabriel lentamente.
—No quiero. Me van a castigar.
Vera se agachó un poco junto a la mesa.
—No te van a castigar. Solo tienes que dejar de robar postres y salir.
El niño frunció el ceño.
—No estaba robando. Los estaba protegiendo de otros niños.
Gabriel levantó lentamente una ceja.
—Interesante estrategia.
Mateo señaló a Vera.
—Ella me entiende.
—No le hagas caso —respondió Gabriel inmediatamente—. Ella también habría sido problemática de pequeña.
—¡¿Cómo que problemática?! Yo era encantadora.
Gabriel la miró de arriba abajo.
—Entraste sola en una nave de narcotraficantes buscando vino, es más válida la opción que yo digo.
Ella abrió la boca indignada, pero se contuvo de decir nada.
—No voy a salir —insistió el niño.
Gabriel suspiró lentamente y Vera reconoció inmediatamente esa expresión. Era la misma cara que ponía cuando entraba en modo operativo.
—Gabriel… —pronunció ella un poco asustada.
Él se agachó ligeramente frente a la mesa.
—Mateo. Último aviso. Sal. Ahora.
El niño parpadeó y Vera abrió los ojos desmesuradamente.
—No, no, no. No puedes usar voz táctica con un niño de siete años —susurró ella.
Gabriel seguía mirando fijamente a Mateo.
—Sí puedo.
—¡Gabriel!
Mateo tragó saliva, mirando alternativamente a ambos.
—Da un poco de miedo —pronunció el niño.
—Bien —respondió Gabriel tranquilamente, conforme con la reacción de Mateo.
Vera le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡No puedes intimidar a invitados pequeños!
Él ni siquiera apartó la vista del niño.
—No, no, Vera. Hay que pararle los pies a este pequeño delincuente.
Mateo se sintió ofendido por aquel comentario.
—¡No soy un delincuente!
—Diecisiete macarons . Ocultación bajo una mesa. Negativa a cooperar. El caso está bastante claro.
Vera lo miraba con los ojos como platos. Gabriel Robles parecía estar hablando completamente en serio sobre macarons robados.
Mateo señaló acusadoramente a Gabriel.
—Tú me caes bien, pero ella es más simpática.
Gabriel asintió lentamente.
—Eso me dice todo el mundo. Venga, sal.
—¡No!
Gabriel alzó la mano frente a él.
—Gabriel —susurró ella un poco abochornada.
—Pequeño delincuente… te cuento tres…
—Ayyy —sollozó el niño.
—Uno… dos…
—Ya voy… jooo…
—Ríndete y entrega todos los macaron s que lleves encima —bromeó Gabriel, cogiéndole unos cuantos de las manos.
—Nooo, mis macarons .
—Quedan confiscados, la suerte que tienes es que eres inimputable, así que da gracias.
—¿Que soy qué? —protestó el niño. Mateo terminó saliendo lentamente de debajo de la mesa con los hombros caídos—. Vale… pero no le digáis nada a mi madre.
Gabriel extendió la mano solemnemente.
—Entrega el resto de los macarons y negociaremos.
Mateo lo miró, impresionado.
—Eres el policía más raro del mundo —respondió, mirándolo de la cabeza a los pies.
Gabriel cogió los dulces y, cuando Mateo salió corriendo hacia la pista de baile, Vera tuvo que apoyarse un segundo en el brazo de Gabriel porque literalmente no podía parar de reír.
—No puedo creer lo que has hecho con el niño… —rio ella.
—Ha funcionado, ¿no? —Gabriel dejó los dulces en una bandeja sobre una mesa cercana—. Un delito es un delito. En este caso, delito leve de hurto.
Ella levantó la vista hacia él, todavía sonriendo, y otra vez ocurrió. Ese momento extraño donde se olvidaba de todo lo demás, de la boda, del peligro, de la gente alrededor… Gabriel seguía mirándola con esa calma peligrosa que empezaba a descolocarla.
—¡Vera!
Ambos giraron la cabeza automáticamente.
Uno de los camareros venía prácticamente corriendo desde la zona del jardín.
Vera cerró los ojos un segundo.
—¿Qué ha pasado ahora?
El camarero llegó completamente agitado.
—El padrino y el tío de la novia están discutiendo porque uno dice que le han quitado una silla y el otro amenaza con irse.
Gabriel parpadeó lentamente.
—¿La gente amenaza con abandonar bodas por un malentendido con las sillas?
Vera ya empezaba a caminar rápidamente hacia el jardín.
—La mitad de mi trabajo consiste en evitar riñas familiares.
Él tuvo que apretar los labios otra vez para no reírse.
—¿Necesitas ayuda táctica?
Ella se giró caminando hacia atrás.
—Sí. Si ves a alguien lanzar una copa de vino, intercepta.
—Recibido.
Vera salió corriendo entre mesas y luces hacia la zona del conflicto.
Gabriel se quedó observando cómo se alejaba… era imposible no mirarla.
Vera se movía por aquel lugar como si hubiese nacido para controlar el caos.
Gabriel terminó apoyándose junto a una columna exterior, desde la que dominaba casi toda la finca; aun así, sus ojos volvían una y otra vez hacia Vera.
La vio separar elegantemente a dos hombres borrachos, hacer reír a una señora nerviosa y reorganizar una mesa entera en menos de tres minutos.
Una de las invitadas apareció junto a Gabriel con una copa en la mano, observándolo con curiosidad. Gabriel la miró de la cabeza a los pies. Aquella mujer llevaba unas cuantas copas de más y también le costaba mantener la estabilidad, así que acabó apoyándose con una mano en la columna.
—¿Tú eres el novio secreto… o el guardaespaldas atractivo?
Gabriel la miró lentamente.
—Ninguno de los dos.
La mujer dio un sorbo al vino.
—Pues sea lo que sea… —señaló hacia Vera—, esa mujer manda más que tú, ja, ja.
Gabriel dirigió automáticamente la vista hacia Vera justo en el momento en que ella señalaba muy seriamente a un camarero que sostenía una botella de champán como si estuviese negociando un tratado internacional.
Y, sin darse cuenta, sonrió.