Manual de supervivencia para un GEO 16
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La finca de bodas estaba completamente iluminada cuando el vehículo de Gabriel atravesó lentamente la entrada principal.

Luces cálidas entre árboles, música elegante sonando a lo lejos, mesas perfectamente decoradas y camareros moviéndose con bandejas de champán entre invitados vestidos de gala.

Gabriel observó todo aquello desde el vehículo con expresión completamente seria.

—Parece caro.

Vera soltó una risa desde el asiento del copiloto.

—Bienvenido a las bodas de gente con demasiado dinero y problemas familiares ocultos.

Gabriel aparcó cerca de la entrada mientras seguía revisando salidas, movimiento, seguridad privada y zonas oscuras.

Vera lo observó divertida mientras se colocaba bien el vestido.

Gabriel llevaba traje negro perfectamente ajustado. Aquello debería estar prohibido, especialmente porque seguía teniendo esa maldita actitud seria de guardaespaldas atractivo que hacía que todas las mujeres de la finca lo mirasen.

Gabriel apagó el motor.

—Si apareces en una boda vestido así, siguiéndome a todas partes, nadie va a pensar que eres simplemente “un amigo”.

Él abrió la puerta directamente.

—Perfecto —ironizó.

Vera sonrió ampliamente, siguiéndolo fuera del vehículo.

Vera llevaba un vestido verde oscuro ajustado a la cintura, el pelo ligeramente ondulado cayéndole sobre los hombros y unos pendientes dorados pequeños que brillaban con las luces de la finca.

Gabriel se quedó mirándola unos segundos. Iba realmente preciosa y el problema era que ya no podía fingir que aquello no le afectaba.

Vera levantó una ceja al notar que la miraba.

—Gabriel Robles.

Él apartó la vista inmediatamente.

—¿Qué?

—Te has quedado mirando.

—No.

Ella sonrió todavía más, acercándose un poco.

—Qué curioso que el hombre que detecta matrículas a doscientos metros no pueda controlar dónde mira —se burló.

Gabriel cerró la puerta del vehículo más fuerte de lo necesario, sin apartar la vista de ella.

Entraron juntos a la finca y, exactamente tres segundos después, una señora elegantemente vestida se acercó sonriendo.

—¡Vera! Cariño, menos mal que has venido.

La mujer se detuvo entonces al ver a Gabriel.

—Oh.

Vera ya reconocía perfectamente esa expresión de “este hombre está muy bueno”.

—Gabriel, ella es Teresa, la madre de la novia.

Gabriel estrechó su mano educadamente.

—Encantado.

Teresa seguía francamente impactada.

—Igualmente… —Entonces miró a Vera otra vez—. No sabía que vendrías acompañada.

Vera abrió la boca para responder, pero Gabriel lo hizo antes.

—Trabajo con ella.

Teresa sonrió lentamente.

—Claro.

No se había creído absolutamente nada.

Vera tuvo que bajar la cabeza un segundo para esconder la risa y aquello empeoró todavía más cuando empezaron a caminar entre las mesas. La gente los miraba: hombres, mujeres, invitados, camareros… todo el mundo.

Gabriel lo notó enseguida.

—¿Por qué nos mira todo el mundo?

Vera casi se atragantó de la risa.

—Es por el traje, no te preocupes —ironizó ella.

Él seguía escaneando el lugar.

—Estoy trabajando.

—Sí, bueno. Intenta parecer menos atractivo mientras lo haces —se burló.

Gabriel la miró lentamente y Vera tuvo la desgracia absoluta de recordar el gimnasio. Tuvo que apartar rápidamente la vista antes de empezar a pensar otra vez en brazos, espalda, toalla… Comenzó a abanicarse con la mano sin ser consciente.

—¿Te pasa algo? —preguntó él, observándola.

—¿Qué? No —dijo, quedándose quieta.

—Llevas roja desde que salimos del vehículo.

—Hace calor.

Gabriel levantó ligeramente una ceja, mirando alrededor.

—Estamos en octubre.

Mierda.

Vera señaló rápidamente las mesas para cambiar de tema.

—Vale. Necesito revisar el seating plan antes de que alguien decida divorciarse antes de casarse.

Gabriel empezó a seguirla entre invitados mientras varias mujeres se giraban para mirarlo. Lo peor era que él ni siquiera parecía darse cuenta, hasta que una chica joven pasó junto a ellos y sonrió a Gabriel.

—Hola.

Gabriel respondió educadamente.

—Hola.

Y siguió caminando normalmente, pero Vera ya estaba frunciendo el ceño.

—Interesante —comentó ella, mirando a la joven muchacha alejarse.

Gabriel la miró.

—¿Qué?

—Nada. —Le sonrió falsamente—. Absolutamente nada. Tú continúa desfilando por la boda como si fueses una amenaza nacional sexy.

Siguieron avanzando entre las mesas de la boda mientras Vera intentaba concentrarse en el trabajo real.

—Necesito comprobar que el DJ no ha vuelto a beberse el tequila de los novios —murmuró ella revisando la tableta.

Gabriel caminaba a su lado, observándolo todo y, aun así, parte de su atención seguía fija en Vera, en cómo hablaba con todo el mundo, cómo solucionaba problemas sin detenerse y cómo sonreía incluso cuando claramente estaba agotada.

Una camarera pasó junto a ellos y se giró demasiado, mirando a Gabriel. Vera lo notó inmediatamente.

—¿Te das cuenta de que todas las mujeres de esta boda te están mirando?

Gabriel siguió caminando tranquilamente.

—No.

—Bueno, pues yo sí.

—¿Y eso te molesta?

Ella levantó la cabeza rápidamente.

—No.

Gabriel la miró de reojo.

—Claro.

—Solo digo que visualmente llamas mucho la atención.

—Tú también.

Vera dejó de caminar un segundo.

—Mmm… gracias, supongo.

Él apartó la vista hacia las mesas otra vez.

—Era solo una observación —pronunció él, como si no le diese importancia.

—Ajá.

Gabriel empezaba a entender algo preocupante. Discutir con Vera era completamente inútil. Ella siempre convertía cualquier conversación en algo personal… y lo peor era que empezaba a gustarle.

Llegaron hasta la zona principal del banquete, donde varios invitados ya estaban bailando cerca de la pista iluminada. Entonces ocurrió: una mujer espectacularmente arreglada apareció frente a Gabriel, sonriendo.

—Perdona… ¿eres amigo del novio?

Vera redujo la velocidad de sus pasos.

—No —respondió él.

—Ah, pensé, pareces mucho más interesante que todos los hombres de esta boda juntos.

Vera abrió los ojos como platos. Aquella mujer ya llevaba unas copas de más y estaba totalmente desinhibida.

Gabriel parecía ligeramente incómodo.

—Trabajo aquí.

—Qué pena —respondió la mujer sonriendo todavía más—. Eresss con creces lo mejor que he visssto esta noche… ¡hip! —El hipo comenzó a hacer acto de presencia.

Gabriel respondió con calma.

—Gracias.

Automáticamente, volvió a caminar junto a Vera sin añadir nada más.

La mujer todavía seguía mirándolo mientras se alejaban.

—Bueno…

Gabriel levantó una ceja.

—¿Bueno… qué? —preguntó caminando a su lado.

—Acabas de convertirte en el buenorro de la boda, una amenaza pública para mujeres heterosexuales.

—Estás exagerando.

—No. Esa mujer estuvo a punto de secuestrarte delante de mí.

Aquello había sonado muchísimo más territorial de lo que pretendía. Gabriel la observó unos segundos y luego sonrió otra vez, muy despacio.

Gabriel inclinó la cabeza, acercándose un poco mientras seguían caminando entre luces y música.

—¿Estás celosa?

Vera lo miró completamente indignada.

—¿Yo? ¡No!

—Claro —le dio la razón, aunque no era exactamente eso lo que pensaba.

—Gabriel, por favor. Llevo demasiados años organizando bodas como para ponerme nerviosa porque una desconocida quiera adoptarte. Las bodas son muy básicas y siempre es lo mismo. Relájate.

—¿Adoptarme?

—Sí —confirmó ella.

Gabriel acabó apoyado cerca de una de las columnas exteriores de la finca mientras Vera atravesaba la boda de un lado a otro como una fuerza de la naturaleza ligeramente estresada.

Le empezaba a resultar divertidísimo verla trabajar en directo.

Vera reaccionaba a cada problema como si estuviese desactivando una bomba.

—¿Quién ha movido estas velas? —preguntó consternada al pasar junto a una mesa.

Un camarero levantó la mano lentamente.

—Yo…

—¿Por qué?

—Pensé que quedaban mejor.

Vera lo miró completamente seria.

—Roberto, te aprecio muchísimo, pero nunca vuelvas a improvisar con la decoración en mi presencia.

Gabriel apartó la vista un momento porque tuvo que contener la risa y aquello ya empezaba a pasarle con demasiada frecuencia.

Vera seguía caminando rápidamente, revisando mesas mientras hablaba por un auricular diminuto.

—No, no pongáis el vals todavía. La abuela sigue desaparecida y no pienso empezar una boda sin localizar a una señora de ochenta y cuatro años.

Gabriel terminó soltando aire lentamente por la nariz otra vez con aquella mini sonrisa.

Una camarera pasó junto a él y sonrió.

—Tu novia da un poco de miedo cuando trabaja.

Gabriel levantó automáticamente la vista hacia Vera y ahí estaba otra vez ese problema, porque ni siquiera corrigió lo de “tu novia”.

Vera apareció poco después junto a él, visiblemente alterada.

—Necesito otra Alicia.

Gabriel enarcó ligeramente una ceja.

—¿Otra Alicia?

—Sí. Una asistente estable y con piernas rápidas.

—Pensaba que ella libraba hoy.

—Exacto… y la echo muchísimo de menos.

Vera miró entonces alrededor, desesperada, y sus ojos terminaron deteniéndose en Gabriel.

Él ya conocía perfectamente esa mirada.

—No.

—Ni siquiera te he pedido nada.

—Pero vas a hacerlo.

Ella sonrió lentamente.

—Gabriel…

—No.

—Necesito ayuda logística.

—No.

—Eres literalmente un GEO.

Él cruzó los brazos.

—Eso no significa lo que tú crees que significa.

Vera se acercó un poco más, bajando la voz.

—Hay una emergencia.

Gabriel suspiró lentamente.

—¿Qué emergencia?

Ella señaló discretamente hacia la esquina del jardín.

Gabriel miró y vio a un niño de unos siete años escondido debajo de una mesa comiéndose lo que parecían cinco macarons robados.

Gabriel parpadeó lentamente.

—¿Ese es el problema?

—Ha robado postres y ahora se niega a salir.

Gabriel la miró completamente serio.

—¿Quieres que intervenga tácticamente contra un niño?

—Quiero que uses tus habilidades especiales de GEO intimidante.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

—Vera…

—Por favor. Eres grande y das miedo —explicó ella.

—No doy miedo —se quejó él.

Ella lo miró de arriba abajo.

—Pareces capaz de derribar una pared.

Gabriel resopló, puso los ojos en blanco y se acercó a la mesa mientras Vera lo seguía intentando no reírse. Sinceramente, la escena era ridícula.