15
Habían pasado ya cuatro días desde el incidente frente a la oficina. Cuatro días en los que Vera ya había invadido aproximadamente un treinta por ciento del apartamento de Gabriel.
Ahora, había una manta nueva sobre el sofá, dos velas aromáticas en el salón y una taza rosa enorme viviendo permanentemente junto a la cafetera.
Gabriel seguía fingiendo que aquello no le molestaba, aunque no era cierto.
Aquella mañana, Vera se había quedado trabajando desde casa porque no tenía reuniones presenciales y Medina prefería limitar desplazamientos innecesarios hasta aclarar si realmente la estaban siguiendo.
Así que el apartamento estaba todo lo tranquilo que podía estar con Vera hablando sola desde el salón mientras escribía correos electrónicos en el portátil.
—No, Patricia, las hortensias no transmiten divorcio… Dios mío…
Gabriel pasó junto al sofá vestido con ropa deportiva negra.
—¿Siempre hablas sola?
Ella levantó la vista del ordenador.
—No hablo sola. Tengo conversaciones conmigo misma.
—La cuestión es hablar, ¿no?
Vera lo miró fascinada.
—¿Eso es humor?
Gabriel negó lentamente con la cabeza mientras caminaba hacia la habitación que utilizaba como gimnasio.
—No.
Mentira, porque llevaba días haciendo bromas sin darse cuenta. Y eso empezaba a preocuparle seriamente.
Vera volvió al portátil e intentó concentrarse. Pocos minutos después, empezó a escuchar el sonido metálico de las pesas desde la habitación del gimnasio. La curiosidad la estaba matando.
Intentó seguir trabajando. Aguantó aproximadamente siete minutos, luego acabó levantándose del sofá. Solo iba a mirar, nada más.
Se acercó discretamente a la puerta entreabierta y entonces lo vio.
Grave error. Gabriel estaba entrenando sin camiseta.
El sudor brillaba ligeramente sobre su piel, el pantalón deportivo oscuro caía bajo sobre las caderas y sus músculos se tensaban mientras levantaba peso con absoluta concentración.
Madre de Dios…
Vera se quedó completamente quieta en la puerta. Sabía que Gabriel estaba fuerte, era GEO, obvio que estaba fuerte, pero aquello… El hombre parecía esculpido por un equipo completo de diseñadores de fantasías femeninas.
Gabriel levantó la vista y la vio apoyada en la puerta, mirándolo fijamente. Arqueó una ceja hacia ella.
—¿Necesitas algo?
Vera parpadeó rápidamente.
—¿Qué? No. O sea, sí. Bueno… estaba descansando del trabajo.
Gabriel dejó la pesa sobre el soporte y Vera tuvo la desgracia absoluta de fijarse en sus brazos otra vez.
Perfecto. Simplemente perfecto.
—Eso no explica por qué estás mirando como si hubieras visto una aparición mariana.
Ella respondió algo cohibida.
—¡No estaba mirando!
Gabriel esbozó una mini sonrisa en sus labios otra vez.
Maldición.
Vera señaló las pesas rápidamente para disimular.
—¿Eso pesa mucho?
—Sí.
—¿Cuánto?
Él dijo el número y Vera abrió la boca, sorprendida.
—¡Pero si pesa más que yo!
—Eso me preocupa... a ver si nos alimentamos, ¿eh?
Ella entró un poco más en la habitación, acercándose a la barra.
—Déjame probar.
Gabriel la miró directamente.
—No.
—Solo un poco.
—Vera…
—Gabriel…
Él ya conocía ese tono, el de “voy a hacer una tontería igualmente”.
Suspiró lentamente.
—No la levantes sola.
—Oye, que puedo —se quejó.
Agarró la barra e intentó levantarla. Automáticamente, soltó un sonido ahogado y la pesa apenas se movió del sitio. Vera, por el contrario, casi perdió el equilibrio hacia delante.
—¡Madre mía!
Gabriel reaccionó al instante, sujetando rápidamente la barra antes de que se le cayera encima y Vera acabó prácticamente atrapada entre él y el banco de entrenamiento, muy cerca.
Gabriel seguía sujetando la barra sobre ella mientras ambos se miraban a unos centímetros.
Vera dejó de respirar un segundo cuando se dio cuenta de que él tenía el pecho literalmente delante de ella.
Gabriel terminó apartando la barra lentamente.
—Te dije que no podías.
Ella seguía completamente bloqueada mirando sus hombros.
—Sí… bueno… ahora entiendo por qué tienes esos músculos.
—Vera abrió muchísimo los ojos al darse cuenta de lo que había dicho.
Sin duda, había confesado que lo estaba mirando—.
¡Los músculos de trabajo! Quiero decir… de entrenamiento.
O sea… que se nota que entrenas mucho. Muchísimo.
Demasiado, incluso. Bueno, tampoco demasiado, porque…
Gabriel ya estaba aguantándose la risa y eso lo empeoró todo.
—Mmm… Vera...
Ella se tapó la cara un segundo.
—Voy a callarme.
—¿Callarte? ¿Tú? —bromeó—. Permíteme que lo dude.
Ella levantó lentamente la vista y entonces vio otra vez esa maldita mini sonrisa.
—Te estás riendo de mí.
—Un poco.
—Increíble. El hombre silencioso ha descubierto la diversión a costa de mi humillación.
Gabriel negó lentamente con la cabeza antes de volver al entrenamiento y Vera huyó de allí todo lo dignamente que pudo, o al menos intentó hacerlo, aunque cuando regresó al salón seguía viendo mentalmente esos brazos, los abdominales, la espalda…
Resopló e intentó volver al portátil, aunque no pudo concentrarse más de dos minutos seguidos porque poco después escuchó la ducha. No quería pensar en eso, de verdad que no, así que abrió un documento nuevo intentando centrarse en el trabajo.
Cinco minutos después la puerta de la habitación de Gabriel se abrió y Vera levantó la vista automáticamente.
Gabriel apareció cruzando el pasillo únicamente con una toalla baja sobre la cintura y el pelo todavía húmedo. Aquella imagen dejó a Vera sin aliento.
Aquel no era un cuerpo normal, sino un atentado visual.
Gabriel caminó tranquilamente hacia su habitación mientras Vera fingía intensamente mirar el portátil, aunque lo cierto es que llevaba dos minutos sin pestañear.
Poco después volvió a salir ya vestido con pantalones deportivos y una camiseta gris holgada. Ahí fue donde pudo respirar un poco mejor.
—¿Sigues trabajando? —preguntó, acercándose a la cocina.
Vera seguía escribiendo cosas completamente incoherentes en el portátil.
—Sí. Muchísimo. Estoy súper concentrada.
Gabriel cogió agua de la nevera, observándola de reojo, y vio que estaba nerviosa.
—¿Te pasa algo?
Ella levantó la vista demasiado rápido.
—¿Qué? No. Nada. ¿Por qué?
Gabriel apoyó una mano sobre la encimera.
—Porque llevas tres minutos mirando la misma línea.
Vera miró la pantalla y, efectivamente, había escrito: “centros de mesa musculares”.
—Mierda —susurró muy bajito. Cerró el portátil de golpe—. Bueno, el cerebro humano tiene momentos complicados.
Gabriel ya estaba sonriendo sin disimulo.
—¿Te sientes incómoda?
—¿Qué? Nooo.
—Pues lo parece.
Vera forzó una sonrisa.
—Por favor. Puedes pasearte sin camiseta todo lo que quieras. El problema es que no voy a volver a trabajar correctamente en mi vida, pero, aparte de eso, todo bien —acabó encogiéndose de hombros, como si nada, como si ni siquiera hubiera sido consciente de lo que decía.
Gabriel se quedó apoyado contra la encimera con la botella de agua en la mano, observándola claramente divertido.
Ella arqueó una ceja. Aquello debería ser ilegal, un hombre con ese cuerpo no tenía derecho a parecer entretenido viéndola sufrir.
—¿Así que ahora no puedes trabajar correctamente?
Vera intentó recuperar algo de dignidad.
—Correcto.
Fracaso absoluto.
Gabriel bebió agua tranquilamente.
—Qué tragedia —bromeó.
—No te rías. Es gravísimo.
—No me estoy riendo.
Mentira, la mini sonrisa seguía ahí.
Vera señaló directamente hacia él.
—Eso… eso que estás haciendo con la cara.
—Tengo la cara normal.
—No. Tienes cara de “voy a burlarme de ti porque casi te matas intentando levantar pesas”. —Gabriel soltó aire lentamente por la nariz otra vez y Vera abrió mucho los ojos—. Madre mía. —Suspiró—. Ya hasta haces ruiditos de diversión.
—¿Ruiditos de diversión?
—Sí, estás evolucionando, felicidades.
Él negó lentamente, acercándose un poco más al sofá.
—No estoy evolucionando.
—Claro que sí, en unos meses igual hasta cuentas chistes.
Gabriel levantó una ceja.
—Eso sería preocupante, ¿verdad?
Vera resopló e intentó volver a abrir el portátil muy profesionalmente.
Lo abrió y duró aproximadamente cinco segundos antes de volver a mirarlo.
Resopló porque la camiseta gris ligeramente holgada seguía marcándole los hombros de una forma completamente innecesaria para la estabilidad emocional de cualquier mujer.
—Deja de mirarme así.
Vera parpadeó rápidamente.
—¡No te estoy mirando!
Gabriel se quedó callado dos segundos.
—Vera…
Ella resopló dejando caer la cabeza hacia atrás sobre el sofá. De acuerdo, sí, Gabriel era consciente de que ella se sentía atraída por él y este lo usaba para burlarse. Maldito fuese…
—Vale. Quizá un poco —admitió.
—Un poco.
—Mira… —dijo fingiendo que se sentía ofendida—, deberías avisar antes de aparecer medio desnudo por el pasillo.
Él cruzó los brazos lentamente.
—Es mi casa.
—Exacto, y yo no estaba preparada psicológicamente para este nivel de… músculo policial.
Gabriel ya estaba sonriendo abiertamente ahora, aunque negó con la cabeza y apartó la vista de ella con cierta timidez. Aquello llamó la atención de Vera.
—¿Te ponen nervioso las cosas que te digo? —preguntó ella con calma.
Vera lo miró fijamente, intentando recuperar el control de la situación.
—No.
Ella arqueó una ceja lentamente.
—¿No?
—No. —Él inclinó la cabeza, observándola, y aquello no ayudó absolutamente nada—. ¿Sabes? Mira cuanto quieras, viene incluido en el pack de vivir conmigo en mi piso —lo dijo lentamente.
Vera casi se atragantó. Estaba claro que estaba jugando con ella, así que se limitó a mirarlo fijamente hasta que Gabriel soltó una risa baja.
Vera se quedó completamente quieta, era la primera vez que lo escuchaba reír así y, madre de Dios, aquello sí que era peligroso, muchísimo más que los narcotraficantes.
El problema era que él también parecía haberse dado cuenta del efecto que acababa de provocar y estaba disfrutándolo.
—Vale —dijo, levantándose rápidamente del sofá con el portátil entre las manos—. Voy a trabajar a mi habitación.
Cerró el portátil, se puso en pie y avanzó hacia el pasillo, pero Gabriel se movió justo lo suficiente para cortarle el paso, no de forma agresiva ni seria, solo jugando.
Ella lo miró enfadada.
—¿Te diviertes?
Él apoyó una mano en la pared junto a ella, observándola con tranquilidad absoluta.
—Sí.
—Estás disfrutando de esto.
—¿De qué exactamente? —bromeó.
Ella situó el ordenador en su pecho y apretó los labios.
—No es gracioso.
Él chasqueó la lengua.
—Un poquito sí.
Ella suspiró, como si se armase de paciencia.
—Vale. Me voy a trabajar antes de que hagas otra mini sonrisa.
Gabriel apartó finalmente el brazo dejándola pasar, pero justo cuando Vera avanzó dos pasos por el pasillo, escuchó su voz detrás de ella.
—Vera.
Ella se giró lentamente.
—¿Qué?
Gabriel sostuvo su mirada un instante.
—Te has puesto roja otra vez.
Vale. Muerte. Directamente, muerte instantánea.
—Deja de decir tonterías —dijo, abriendo la puerta de su habitación.
Entró y cerró la puerta con rapidez. Apoyó la espalda contra ella y cerró los ojos unos segundos.
—Joder con esos músculos… —susurró antes de ir hacia el escritorio de la habitación.